Peña Nieto fue encontrado por los hombres del dictador norcoreano, y asesinado a tiros, el día 25 de noviembre de 2013, antes de cumplir un año en el poder.

Su muerte fue la gota que derramó el vaso, pues los norcoreanos, con el consentimiento de los políticos masones, impusieron su ley, que incluía la supresión de libertad religiosa, siendo sólo el general Kim Jong-Un al único que se podía rendir culto. Para hacer valer esta ley, los norcoreanos se valieron de la fuerza bruta, destruyeron parroquias, y derramaron más sangre que la que se había derramado en la rebelión cristera, sobretodo la de muchos obispos y sacerdotes. Si bien esta última había afectado a los estados de Jalisco, Michoacán, Zacatecas, Colima, y San Luis, la nueva persecución llegaba a todo el país. La catedral del Distrito Federal fue convertida en cuartel del general Kim Dae-Hyun, jefe del ejército de Kim Jong-Un.

Muchos católicos protestaron pacíficamente por el sacrilegio que cometían estos soldados, pero fueron asesinados, encarcelados, torturados o llevados a trabajos forzados. El corazón de los creyentes se desmoronaba, no podían creer lo que estaban viviendo, lo que vivieron nuestros antepasados hace más de setenta años, lo estaban volviendo a sufrir.