Iba el caminante en aquella calle dentro de un pueblo al que acababa de llegar, el color ámbar de un atardecer cálido le maravillaba, pero su atención se dirigió a un grupo de gente sentada alrededor de un hombre que saltaba y recitaba palabras sin sentido mientras tocaba un laúd con una destreza poco más que decente.

Escuchando aquellas palabras que formaban frases aleatorias, de alguna manera comenzó a reír al igual que el resto del público, estaba acostumbrado a que los juglares cantasen historias trágicas sobre héroes que sufren tormentos sólo para tener un poco más de renombre, pero este animado personaje con ropas estrafalarias de colores brillantes le daba un nuevo sentido a la palabra entretenimiento. Quizás era su manera de cantar o el hecho de que no había ni pie ni cabeza en lo que expresaba, pero su actuación era atrayente, magistral.
Luego, de golpe, el hombre paró en seco y con una sonrisa dijo:
-Gracias por vuestra atención, ahora si me disculpan, mi acto principal dará comienzo- dicho esto, el risueño dio una reverencia y se fue dejando a todas las personas espectantes. No volvió.

Esa misma noche, el caminante se dispuso a pensar en aquella extraña y absurda obra, analizó cada frase que pudo entender mientras reía, sorprendentemente todo cobraba sentido, aquellas canciones no eran para nada aleatorias, simplemente tenían un mensaje implícito lleno de enseñanzas profundas, ¿era aquel hombre un verdadero sabio, o era él mismo quien encontraba conexiones donde no las había? el hombre esbozó una sonrisa y durmió plácidamente bajo un árbol.

No se esperaba que a la mañana siguiente el alcalde del pueblo se presentase delante de él ofreciéndole comida. Agradecido, el caminante se levantó y le dio la mano al señor, pero había algo en él que le parecía familiar. Tras una larga charla el señor se despidió educadamente y se encaminó a su casa para atender asuntos, o eso dijo. También comentó que al atardecer aparecería el arlequín en el mismo lugar.
-He de seguir mi camino, ¿Usted no lo verá, señor?- dijo el caminante.

El alcalde soltó una risotada y luego aclaró -nunca me lo pierdo.

Una vez acabada su comida y el paseo por el pueblo, el viajero se dirigió hacia el oeste con el sol decreciente acariciándole la cara, pero se detuvo al ver al arlequín yendo en la dirección opuesta, se acercaba alegre con su laúd y sus particulares ropas.
-Su obra, ayer, fue impresionante.
-Gracias- dijo el risueño.
-¿Y cual era su acto principal?
El hombre rió a carcajadas y luego respondió:
-Enseñar a una cara nueva.

El caminante, sorprendido, hizo la pregunta que había formulado durante la noche y daba gracias por tener la oportunidad de compartir.
-¿Cómo hace usted para dar enseñanzas de esa manera?
El risueño lo miró sonriente y dijo:
-Muy fácil, sólo cuando dejas de luchar contra la locura y permites que se funda contigo, te das cuenta de lo cuerdo que estás- acto seguido, el arlequín se alejó un poco y luego se giró para decir con una voz más grave que le dio a entender al viajero que ya habían hablado antes:
-Espero que hayas disfrutado la comida- luego se fue cantando con las últimas luces del día.

-Que pueblo más extraño-se dijo el caminante antes de seguir su camino.