Amanda esperó a que su madre le quitara la mirada de encima. No pasó mucho tiempo para que el hombre dejara la comida a la mitad y se levantara furioso. Su madre le siguió de inmediato, llorando y sin voltear a ver a la niña.

Siempre era así cuando mencionaban a su padre.

Esta vez la pequeña no se quedó sentada a esperar que ambos volvieran. Rápidamente se terminó la sopa y corrió a su habitación. Al otro lado del pasillo ya escuchaba los primeros golpes y los chillidos histéricos de su madre.

Tomó una mochila en la que metió una muda de ropa, una botella de agua, algunos bocadillos que previamente había preparado y El libro. Al salir casi se olvidaba de lo más importante; la escoba. Le era indispensable para partir.

Pasó por enfrente de la habitación de su madre; ya no se escuchaba ningún ruido. Era mejor así, pues de ese modo no la descubrirían. Sin hacer mucho ruido, subió a la azotea del edificio en el que vivían. Una vez arriba se acercó al borde, escoba en mano. Varios pisos abajo estaba el estacionamiento del multifamiliar. Al horizonte, el sol se ponía, indicándole el camino. No podía contener la emoción.

Sin embargo, un atisbo de duda la inquietaba. Cerró los ojos y se convenció de que aquello era lo correcto. No le quedaba otro remedio; era obvio que para su madre, ella ya no existía, pues sólo tenía ojos y oídos para su nuevo esposo. Mientras que este aprovechaba cada rato a solas con la niña para molestarla, de maneras que la niña no alcanzaba a comprender. Al recordar esto último, las dudas y el temor se desvanecieron. Abrió los ojos y sonrió.

Con un poco de nerviosismo, decidió que debía hacerlo ahora o nunca. Respiró profundo y, sin más preparación dio un salto.

El miedo regresó, solo que ahora era tan fuerte que ya no era solo miedo, sino terror. A cada segundo el estacionamiento se acercaba. Acabaría mal, ya estaba segura de ello.

¡Pero no podía ser! El libro no podía mentir. Recordar lo que decía el libro la salvaría. Se aferró como pudo a la escoba, la puso entre sus piernas y se imaginó que daba un nuevo salto hacia arriba. Ya escuchaba los gritos de algunas personas, cada vez más cercanos.

- ¡No, así no! –gritó mientras daba un tercer salto, que la elevó varios kilómetros en cuestión de segundos.

¡Era cierto! ¡El libro decía la verdad! –gritaba como loca, pese a que ya nadie la escuchaba-, Ahora ¡sólo me falta la varita!

Inclinándose hacia enfrente, hizo que la escoba volara tambaleante, pero en línea recta. Sabía que sólo podía encontrar una varita en Londres. Después, ya se las arreglaría para encontrar al legendario mago que el libro describía. No le sería difícil identificarlo. Ojos verdes, cabello azabache y en la frente, una peculiar cicatriz.

Mientras se alejaba más y más de su casa, un pensamiento siniestro enturbiaba su momento de felicidad.

Pero se equivocaba; su madre la había seguido al techo y, al ver lo que había pasado, decidió seguirla. Sólo que ella sí que se olvidó de llevar consigo la escoba.

*NOTA DE LA AUTORA: Este cuento fue antes una minificción, presentada en la revista Mina de Palabras y será presentado tal como se lee aquí en un concurso literario del estado de Campeche. Si lo ves publicado en otro lugar bajo otro pseudónimo que no sea Angelina Lima o Renzoki, por favor avísame.