He pretendido recrear, bajo mi propia visión, un hecho que ocurrió ese año. Inspirada en un fragmento del libro "Heinrich Himmler" por Manvell & Fraenkell (p. 250). Todos los personajes mencionados son de caracter histórico. Espero sea de su interés.


La decisión

Abril de 1945. Oficina del Reichsführer SS; Heinrich L. Himmler. 17:45 hrs.

Una inesperada llamada me había tomado por sorpresa esa tarde. El Reichsführer me solicitaba urgentemente en su departamento para discutir asuntos internos de gran magnitud. Me apresuré hacia su oficina, tan pronto como pude. Conociéndolo, cualquier asunto interno que tuviese que tratar conmigo involucraba tensión y estrés en él. Detrás de su máscara de alto oficial, no era más que un hombre dominado por su miedo y por sus ambiciones. Y yo, su humilde personal de confianza. Una posición que no me había demorado mucho en obtener.

Llamé a la puerta y bajo autorización, entré. Él se encontraba de espaldas a la puerta, mirando por la ventana hacia el exterior del edificio. Sus brazos cruzados, mientras con una mano sostenía un pequeño puro prendido. Me acerqué a un metro de su escritorio.

Él se giró por un instante para identificar de reojo mi presencia, y con indiferencia, regresó su vista hacia la ventana.

– Schellenberg… – dijo con una voz apenas audible. Su guardia estaba totalmente baja.

– ¿Herr Himmler? – formulé, ante la incógnita de su llamado. Hubo unos segundos de silencio, hasta que entonces habló.

– ¿Crees que el contenido de estos documentos sea verdadero?

Con la mención de ello, me percaté enseguida de la serie de papeles que cubrían el escritorio. Todos firmados bajo el mismo nombre. Rápidamente, identifiqué su origen, se trataban de aquéllos registros que yo anteriormente le había entregado.

– Señor – contesté, con una pausa para meditar mis palabras. – En mi humilde opinión, todos los sucesos recientes comprueban la veracidad de esos resultados. – puntualicé, con firme voz.

Bastó ese comentario, para que entonces el hombre se girará hacia mí. Aún con los brazos cruzados, continuó su interrogación, mientras la luz proveniente de la lámpara irradiaba sobre sus gafas.

– Quieres decir, que ya no podemos hacer más por él, ¿verdad? – la seriedad en su voz era desbordante.

Bien sabía yo qué rumbo debía tomar esta conversación y no dudé en aprovechar la oportunidad que se me daba.

– Ahora todo está en sus manos, Herr Himmler. – le contesté con la misma seriedad – Ha llegado el momento de que usted obre. Por Alemania.

Estas palabras parecieron recaer sobre sus hombros, sobre su espalda, sobre todo su cuerpo. Extendió sus brazos y se recargó sobre el borde del escritorio, con la mirada perdida.

– Pero, ¿a qué costo? Yo no podría… – comenzó a decir, pero le interrumpí.

– Herr Himmler, usted es la autoridad más poderosa de todo el Reich después de Führer. Ahora que su condición está colapsando, su futuro como líder se está desvaneciendo, es deber suyo salvar a esta nación. Usted está listo, puede hacerlo. – Él levantó la mirada ante estas palabras, y sus ojos fueron penetrados por la decisión que exudaba mi figura.

Él se limitó a darme la espalda nuevamente.

– Schellenberg, lo que me pides es demasiado. Jamás he deseado el título del Führer, mucho menos de esta manera.– comentó. Por un momento pensé que su postura era inquebrantable. – Sin embargo, de entre todos mis allegados, tú y Brandt son los únicos en los que puedo verdaderamente confiar del todo. Por eso te pregunto: ¿Qué es lo que se supone debo hacer? No puedo simplemente fusilar a Hitler. No puedo envenenarlo. No puedo apresarlo. Ninguna de esas opciones podrían solucionar esto. Aún en este estado de enfermedad, él tiene a muchos fiéles bajo su servicio, de entre ellos, me incluyo en la lista. La traición no es una opción para mí, y tú lo sabes. – fue lo que añadió.

Detecté en sus palabras un mensaje de ayuda. Quería escucharme decírselo a voz.

– Enfréntelo – concluí.

Él hombre quedó perplejo.

– Schellenberg, ¿acaso tú también has enloquecido? – me interrogó. – Lo que menos puedo hacer es plantarme frente a él y pedirle que renuncie. Me pegaría un tiro a la cabeza en un arranque de ira antes de que pueda yo terminar mi oración. – Su visión era correcta, y al mismo tiempo, era la clave.

– Eso es lo que debe usted temer y de lo que debe protegerse. Su inestabilidad provocará la caída del Reich. – Le contesté fríamente.

Mis palabras le pesaban más. Pero no sólo mis palabras le pesaban, era la verdad, la cruda verdad la que más lo sofocaba, pero él insistía en negarse.

– ¡No, no, no y no! ¡Jamás! – exclamó casi en berrinche.

– Entonces espere el momento oportuno, Herr Himmler. Hágase de algunos aliados. Su posición le favorecerá. Cuando la caída del III Reich ocurra, y cuando Herr Hitler sea derrocado, usted inevitablemente será el consiguiente mandatario de esta nación. Y con ello, nosotros, los que estamos a su servicio seremos su fuerza y protección. – sugerí, reafirmándo mi postura, y levantando mi brazo hacia él, añadí. – Nuestro honor es nuestra lealtad.

Absorto en sus pensamientos, desplomó todo su peso sobre su silla.

– Comúnicame con Kersten. Urgéntemente. – concluyó, sin expresión alguna, mientras me hacía un ademán para marcharme.

Lo había conseguido.