¡Hola a todos!

Esta historia se me ocurrió justamente en estos instantes y, la verdad, me quedé satisfecha con el resultado. Ojalá les guste.

¡Saludos!

EuRiv.


El dolor de ser olvidado.

Hace unos momentos estaba tonteando con mis amigos Gonzalo y Álvaro; estábamos observando cuán chicos de preparatoria a todas las mujeres que entraban por la puerta del salón en donde se impartiría la clase de Orígenes de la Antropología.

Había mujeres guapas, esbeltas, de belleza suprema… Como para derramar cuanta baba se me ocurriera.

- Esa chica rubia tiene un hermoso culo, ¿no lo crees, Iván? – me comentó Gonzalo mientras me señalaba a una beldad exquisita.

- ¡Por supuesto, cabrón! – exclamé muy gustoso.

- Ya párenle, compas – nos exhortó Álvaro -. No vaya a ser que una de ellas les oiga y les corten sus vergas.

Los tres nos echamos a reír. ¡Ese Álvaro y sus quejas!

Ahora, en estos instantes, mi risa dejó de escucharse; mis ojos, como si tuvieran vida propia, se volvieron nuevamente hacia la entrada…

- Oh, Dios mío…- murmuré.

Ahí estaba ella.

La criatura más hermosa y exquisita que mis ojos hayan contemplado en toda una vida; una hermosa mujer de cabellos negros, labios pequeños y rosados, ojos azules grisáceos grandes y un cuerpo esbelto y escultural, casi una perfección de la divinidad. Su mirada destilaba una especie de inocencia sobrenatural, muy al contrario de todas las que habían entrado antes que ella.

Pero eso no fue lo que realmente me captó la atención desde que entró. No, no fue eso, sino que a esa chica… Ya la conocía.

Mis pensamientos revolucionaron y los recuerdos empezaron a resurgir. De seguro alguien se preguntará cómo estoy tan seguro de que ya conocía a esa chica; mi respuesta sería lo siguiente: Estando en la secundaria, tenía entre mis compañeros a una chica gordita, de lentes, tímida y solitaria; de esta niña todos nos burlábamos cruelmente, la menospreciábamos y hasta le hacíamos de cosas, por no decir que entre todos le hacíamos "bullying" por considerarla nuestra mascota de diversiones.

Su nombre era Leda Montesinos, "Leda La Lela", para todos los que estudiamos en aquella generación del 2003. Era un apodo que nadie ha olvidado hasta la fecha… Y más cuando desapareció en un día lluvioso.

Nadie, ni siquiera su madre, había vuelto a saber de ella. Nadie la volvió a ver… Hasta ahora, justo en este mismo edificio.

La observo desde lejos; ella sonreía, charlaba animadamente con cuatro de nuestras compañeras de clase. Parecía ser que ellas la conocían de por vida, o eso suponía a juzgar por la familiaridad con la que la trataban.

- ¿Estás bien? – me preguntó Gonzalo repentinamente.

- ¿Eh? ¿Disculpa?

- Viejo, te has quedado alelado viendo a esa hermosa muñeca que está allá desde el inicio de la clase.

- Déjalo, Gonzo – interrumpió Álvaro con una sonrisa -. Parece ser que el amor ya hizo acto de presencia en nuestro compa-.

- Es ella – murmuré.

- ¿Hmmm?

- Es Leda.

- Iván, estás equivocado, hombre – comentó Gonzalo-. Ella se llama Mercedes Capuleto.

- ¿Mercedes Capuleto?

- No prestaste atención a la presentación, ¿verdad? – inquirió Álvaro.

- Ese no es su nombre verdadero, chicos. ¡Ella es Leda Montesinos!

- La estás confundiendo, Iván.

- ¡No la estoy confundiendo, Álvaro! ¡Estoy seguro de que es ella! Es más, iré ahí, me presentaré y hasta le diré que estudiamos juntos en la misma secundaria.

- Iván, no creo que sea buena idea presentarte así nada más y decirle que es otra persona – replicó Gonzalo-. Quién sabe si la ofenderías con comparaciones bur- ¡Iván, regresa!

Me encaminé hacia donde estaba ella sin hacer caso de las llamadas de mis amigos.

Mi mente divagaba; trataba de articular las palabras exactas para que ella me recuerde y me responda con seriedad dónde había estado en estos siete años que llevaba de desaparecida y porqué no había querido regresar a su hogar.

Al momento de haberse ido ella, todos se echaron encima de toda la generación, por no decir la policía, los maestros, y hasta nuestros padres. Todo el mundo estaba enojado con nosotros; todo el mundo nos apuntaba con el dedo acusándonos de asesinato, secuestro o de cualquier otro delito que se les ocurriera.

¡Y eso que éramos unos críos de 12 años en ese entonces!

- ¿Leda? – llamé muy dudoso cuando las chicas estuvieron a punto de irse.

Nada.

Ellas me ignoraron por completo, incluyendo a la supuesta Mercedes. Corrí entonces detrás de la chica de cabellos negros y, agarrándola sorpresivamente del brazo, la volví bruscamente hacia mí exclamando:

- ¡Leda!

- ¡Oye ¿qué te pasa?! – exclamó muy asustada - ¡Suéltame!

- ¿Es que no me reconoces? ¡Soy yo, Iván Palmerín!

Ella me miró, como si trataba de recordar mi rostro. Yo estaba desesperado porque ella me reconociera, me recordara, o al menos que hiciera el intento.

- Disculpa – me dijo de pronto mientras se soltaba de mi agarre-, pero no te conozco.

- Leda…

- ¿Leda? ¿Quién es Leda?

- Pues… Tú eres Leda.

- ¿Es esto una broma?

- ¡No, no es una broma! ¡Leda, por Dios, soy yo, Iván!

Su mirada me dio a entender que estaba muy asustada.

- ¡Iván, ya párale con esta estupidez! – exclamó de repente Gonzalo, quien me apartó bruscamente mientras que Álvaro se acercó a ella y le dijo:

- Disculpa a nuestro amigo, Mercedes. No sé qué le sucede ahora ni porqué de repente empezó a decir eso de Leda. Lo siento.

- No hay problema… Pero, por favor, dile a tu amigo que no se me acerque jamás. Me… Me da mucho miedo…

- ¡¿Cómo que te doy miedo?! – exclamé indignado - ¡Leda, por Dios, trata de recordar! ¡Leda!

- ¡Iván, carajo, ya cálmate! – me reprochaba Gonzalo mientras trataba de sujetarme.

- ¿Quién es Leda? – preguntó ella con extrañeza.

- Uhmmm… Es un poco complicado de explicar, Mercedes – le respondió Álvaro -, pero… Es mejor para ti que no… Tú sabes… Simplemente ignóralo. Y no te preocupes… Me encargaré de que él no se te acerque en todo el año.

- ¡Hijo de puta! – estallé en furia - ¡Leda! ¡Maldición, mujer, sólo di que me recuerdas!

Mercedes se despidió de mi amigo y salió huyendo en dirección a la biblioteca.

Álvaro, claramente enojado, se volvió hacia mí y me reclamó:

- ¡Eres un cabrón incoherente! ¡¿No viste que se asustó?!

Me solté del agarre de Gonzalo y, enfrentándome a Álvaro cara a cara, le contesté:

- ¡Tú no entiendes!

- ¡Y prefiero no hacerlo, Iván! ¿Ok? ¡Simplemente no es justo que empezando el primer día del resto de tu vida en la universidad, vayas y asustes a una chica con eso de Leda! ¡Hubieras visto el miedo que se reflejaron en sus ojos, Iván! ¡La asustaste!

- ¡Dios, Álvaro! ¡Chicos! Ella es Leda, ¡sé que es ella!

- ¡Deja a Leda en paz! ¡Deja su memoria en paz!

- Ella no está muerta, Álvaro. ¡No está muerta!

- Iván – intervino Gonzalo -, en serio, ya bájale al asunto. ¿Acaso olvidaste que la policía encontró rastros de SU sangre en el bosque?

- No, no lo he olvidado… Pero estoy seguro de que Mercedes es Leda. ¡Sólo mírenla! ¡Mírenla!

- Iván… Por favor… Trata de calmarte y olvidar del asunto. Hazte ya de una buena vez a la idea de que ella no es Leda. Mercedes no se parece en nada a la difunta… Simplemente supéralo.

Mis labios temblaron de la indignación.

No podía creer que ellos negaran de manera rotunda que Mercedes era en realidad Leda. Ellos, mis amigos, me piden ahora que me olvide de ella y continúe con mi vida.

¿Yo, olvidarme de la persona de quien encontraron rastros de sangre y ningún cadáver? ¿Olvidarme de la persona cuya desaparición provocó que nos señalaran con el dedo como sus supuestos asesinos?

- No, no puedo hacerlo. Me niego a aceptar y olvidar todo, abuela – dije con determinación mientras que Marta, mi abuela, me servía una taza de té en la mesa -. Estoy seguro de que ella es Leda. No sé la razón de esa certeza, pero sé que es ella.

Mi abuela, sin decir palabra, me miró en silencio por un rato. Luego, encendió una veladora, tomó su taza de té y lanzó su contenido al fuego. Con voz grave y certera, me dijo:

- No estás equivocado, Iván… Mercedes es Leda.

Levanté mi mirada con sorpresa. Mi abuela, al asentar la taza, me explicó con seriedad:

- Hace siete años, utilizaste un conjuro de la Tierra con una gota de tu sangre como medio, con tal de procurar de que ella sea encontrada…

- Y con tu ayuda… Aunque después, por alguna razón, mi Don se extinguió.

La anciana se levantó de la mesa y, mirando hacia la ventana, continuó diciendo:

- No negaré que así fue, hijo mío… Pero hay algo que jamás te he dicho respecto a ese conjuro de la tierra… Y que es preciso que sepas ahora.

La vi con extrañeza.

Mi abuela, una Hija de la Tierra, me estaba enseñando en esos momentos todos los conjuros y secretos que pasaban de generación en generación, puesto que yo estaba destinado a ser un Hijo de la Tierra también. Ella no me ocultaba nada ni antes ni después de la desaparición de Leda, por lo que me causó preocupación ahora que ella no me haya dicho un aspecto del Conjuro de la Sangre, el más poderoso de los Dones de la Tierra.

- Abuela – murmuré -… ¿Qué… Qué fue lo que hice exactamente?

Con tristeza, ella se volvió hacia mí y me respondió:

- Iván… el Conjuro de la Sangre no era para encontrar a las personas… Es para curar las heridas de la memoria del alma y salvar las vidas de quienes realmente necesitan de la Misericordia de Dios.

- ¡¿Qué?!

Me levanté asustado y exclamé:

- ¡¿Qué es lo que me hiciste hacer, abuela?!

- Lo que era necesario para salvar la vida de esa niña, hijo mío.

- ¿Qué? ¿Leda…? ¿Qué…?

Mi abuela, con un profundo suspiro, me respondió:

- Ella trató de suicidarse en el bosque.

Me quedé turbado.

- Leda ha sufrido demasiado desde el vientre de su madre. Su padre la negó, su madre la culpaba por no realizar lo que ella quería ser en la vida y… Bueno, ella trataba de refugiarse en la escuela, tener amigos en quienes confiar, buscar un escape de esa dura realidad a la que estaba sometida. En lugar de eso, encontró el infierno.

- Dios…

- Morgaine, su tía adoptiva, la había hallado bajo la lluvia en medio de una pila de sangre. La recogió y se la llevó a la Abadía de Avalon. Ahí, Leda se debatía entre la vida y la muerte; casi nada se podía hacer, a menos que alguien que poseyera el Don y que haya hecho tanto daño al usarlo esté muy arrepentido de ello y, en pos de hacer una buena obra…

- Renunciara a su Don…

- Y se enfrentara al castigo más doloroso que ningún ser humano haya sufrido en vida.

Las últimas palabras encogieron mi corazón.

- Abuela… Tú… ¿Tú hiciste que renunciara a mi Don para salvar su vida?

- Sí… Y de paso hice que aceptaras el castigo que cargas hasta ahora.

- ¿E-el castigo?... ¿Cuál es? ¿Cuál es que ni siquiera lo he notado?

Con labios temblorosos, me dio su respuesta:

- El dolor de ser olvidado por esa persona.

Lágrimas empezaron a salir de mis ojos. Lágrimas que marcaban la realización de un sufrimiento que me he buscado y aceptado sin saberlo hasta ahora. Lágrimas de dolor y arrepentimiento, lágrimas que se derramarán en silencio durante el resto de mi vida.

Ahora entendí porqué Leda no me reconoció.

Ahora entendí que, si bien mi abuela me dijo que podría estar presente en su vida día a día, ella jamás me recordará, jamás me reconocerá, jamás se acordará de mí.

Ese es el castigo que llevaré por el resto de mis días.