Esta es una historia que escribí, supongo nadie me va a leer por lo que es más bibliográfica, y no corro riesgos. Mi mente como la de cualquiera tiene profundos trances de fantasía las que estoy dispuesta a plasmar.

"Cuando dos jóvenes se aman buscan los medios para comenzar su sueño. Pero para iniciar este recorrido fantasioso primero necesitaron conocerse."

Esa noche me sentí indefensa, sola, sin que nadie me recuerde. Un dolor agudo atravesaba mi cabeza, sin embargo no hice caso, solo quería estar con él.

Este sueño que he creado a través de mi imaginación, no me permite alejarme de la esperanza de volverle a ver.

Me senté en una de las bancas del parque, buscando recuerdos que otros borraron pero que yo conserve, el frío de las hojas de otoño me transporto al día en que me enamore por primera vez.

En deceso del alba me encontraba yo, tiritando de miedo e inocua, mientras que unos hombres invadían mi casa, destruían mis cosas, mataban a mis sirvientes. Mis padres huyeron pensando que morí. El miedo corría en cada partícula de mi cuerpo, es ahí cuando empecé a imaginar "N.E"

Hubo un joven de todos ellos vestido al igual que los demás, con kimono. Su cabello era castaño, su mirada azabache, y con una agilidad impresionante.

Aquella casa en la que vivía era grande, y aunque hasta ahora no se lo que buscaban en ella, los hombres pelaban por encontrarla primero. Ese joven me vio, media moribunda en el comedor, yo aún era una niña así que cuando se me acerco y poso sus labios en los diez minutos estuvo así disfrutando de algo que yo no le tomaba sentido.

No entendí su actitud tan pasiva, cuando sus compañeros estaban en el enfrentamiento por ganar , miraba con asco los actos de ellos como si mirase a dos perros pelarse por un trozo de carne.

Me tomo entre sus brazos para acomodarme en su espalda y logre susurrar en su oído "gracias".

Desde ese momento pude sentir que ya lo conocía, la verdad no sabía quién, donde, o cuando, pero sentí que me enamore de él como antes ya seguramente lo había estado.

"Te lo debía Silvia" me contesto.

No recuerdo más de lo que paso ese día, pero tengo impregnado en mi memoria es su verdadero rostro, todo lo que llevaba era un disfraz para no ser reconocido. Su cabello no era castaño sino naranja, sus ojos no eran azabache sino café, pero el kimono pertenecía a su ser.

"Sebastián" musite antes de caer.

Continuara.