Bueno, entré a un concurso de escritores y perdí. Quiero compartir con ustedes esta pequeña leyenda de terror que hice para dicho concurso. Ojala ustedes sepan apreciarlo mejor que los jueces delicados y religiosos que me juzgaron -.-


Las historias del abuelo/Carne de cañón

En la historia católica se ha hablado mucho de la batalla eterna entre el bien y el mal desde que Adán cometió el primer pecado. Esto es preámbulo a las luchas que sostuvieron, sostienen y sostendrán los ángeles y demonios hasta la nueva llegada de Cristo. Es una guerra, pero en toda guerra, según marca la historia, hay traidores y héroes. Quién no nos asegura que esto no es lo mismo en la Tierra, exactamente en lugares donde uno lo considera "Tierra santa". Las iglesias y sectas budistas también son campos de escaramuzas.

Mi abuelo me contaba historias de terror y leyendas tradicionales cada vez que se acercaban las fiestas santas, el día de los muertos en especial. Su forma de narrar era única, sencilla, pero hacía volar la imaginación de quien lo oyese. Los perros de la colonia Jalatlaco nos hacían compañía, independientemente de que fuera de día o de noche; en lo personal, me aterraba más que aullaran de día, y las pinturas de la muerte que "adornaban" las paredes de varios callejones solo daban ambiente para hacer crecer mi miedo.

En una ocasión nos contó algo que nos dejó a mi hermano y a mi algo estupefactos, una vieja leyenda según él, yo solo rogaba porque no fuera más que un cuento que se sacó de la manga; las leyendas tienen algo de verdad escondida entre ellas y sinceramente yo quería, mas que nada deseaba, que aquel relato no fuera más que una mentira.

En la calle o colonia de los curtidores, no lo preciso ni lo quiero hacer por temor a abrir mi Caja de Pandora con aquellos viejos traumas, según contaba el abuelo, era natural que algún hombre resultara herido o amaneciera muerto en el día. Todos por ahí eran gente de campo en aquella época, pero era gente mala además, católica en hipocresía y ni siquiera la iglesia que construyeron en la misma colonia de Jalatlaco pudo hacer algo al respecto por salvar la fe de sus muy desviados creyentes.

Aconteció que el antiguo Padre que se alojaba en el templo murió y su cuerpo apareció privado de extremidades enfrente de la cocina de la señora Pancha, que se encontraba en cerca de las esquinas de lo que ahora son la calle de Antequera y la Calzada de la república. Sabían donde podrían hallar al culpable, pero los curtidores de aquella zona eran bastante fieros y unidos, ni la policía deseaba hacerle frente; irónicamente, aquella zona era bastante segura. Ni un perro se asomaba a mirar la puerta ajena pasadas las diez de la noche.

El crimen permaneció impune por largo, largo tiempo. Ahora la pregunta que asomaba la mente de aquellos católicos era "¿Quién impartirá la misa los domingos?" La junta directiva se reunió para buscar a alguien que se encargara de ese trabajo, pero seguramente la noticia del padre muerto llegó a oídos de Papa y eso haría imposible que permitiera el arribo de un nuevo cardenal a la iglesia hasta que se haya capturado al culpable. Entonces optaron por algo: convertir a su creyente más fiero y aferrado a las creencias de la biblia en el padre provisional hasta que encontraran alguno cercano. La decisión fue difícil, más porque aquel creyente empedernido vivía en la calle de los Curtidores.

El nombre de este hombre era Venustiano Concepción. En pocas palabras, se trataba de un fanático religioso, pero con un par de defectos bastante llamativos. Uno era su inagotable apetito, si alguien lo invitaba a comer y asistirían quince gentes, debían preparar raciones como para 25; y dos, era bastante avaro, por lo tanto no perdía la descripción principal de todos los que vivían en la colonia de los Curtidores: católica en hipocresía, entonces, pueden darse cuenta de cómo estaba el resto de la gente.

Venustiano ejerció su nueva vida cristiana a los tres meses de la muerte del antiguo padre. Al principio le fue algo costoso adaptarse, más que nada porque debía de abstenerse de ciertos deseos, en especial los carnales, pero pudo hacerlo a final de cuentas y todo parecía tomar buen rumbo.

Fue entonces que al señor Concepción se le ocurrió tomar una copita del vino de consagrar, tenía dificultades para dormir y la cama en donde había estado acostado desde hace varios días no le ayudaba en nada a concebir el sueño.

Encontrar la botella de vino no fue la gran cosa, el problema, aunque curioso, fue no encontrar algo con qué servirlo. Si bien era más fácil tomar directamente el licor de su recipiente, podía tirar algo y si manchaba su blanca bata para dormir encontraría problemas. Se la pasó buscando por la habitación entera que tenía a su disposición dentro de la iglesia por un largo, largo rato. Estaba desesperado y ni las vueltas lograron cansar su cuerpo, es mas, se encontraba más despierto a las tres de la mañana y lo que quería era dormir. Ya en su desesperación golpeó un muro, el cual se hizo a un lado como si de una puerta se tratase, dentro del hueco no había más que una gruta no superior a los dos metros de profundidad con una pequeña vitrina al fondo. El señor Venustiano estaba confundido, no sabía que algo así estuviera en aquella reciente construcción. Ingresó a la gruta y palpó la vitrina con una mano, la otra sostenía una vela de cera para alumbrarlo. En el interior de aquella pieza de madera, bien tallada por cierto, asomándose levemente por la refracción de la poca luz que emitía de la llama, una pequeña copa de cristal con trazos a punta de aguja con adornos y detalles florales era apenas visible. Venustiano sonrió complacido por encontrar lo que estaba buscando. Sin más demora sacó la copa de dentro de la vitrina y regresó a su habitación.

Por dos días seguidos bebió de la copa cada noche, a cada sorbo el ardor en su garganta se volvía más intenso y eso lo animaba a seguir bebiendo. En cosa de una semana ya se había gastado en más de siete botellas de vino, cuando una sola debería durar alrededor medio año. No emborrachaba, se mantenía sobrio en toda la velada; nada de resaca o cruda, es como si estuviera bebiendo agua simplemente.

Al cabo de un mes más las cosas empezaron a cambiar. Su lengua se adormecía cada vez que probaba bocado alguno, por lo tanto, a nada le sabía la comida, a menos claro que la sazonara fuertemente con alguna especia, paprika, sal, pimienta, incluso chiles habaneros. Pero igualmente pasado un tiempo ni esto le sabía, ahora buscaba sabores mas fuertes para que la comida le sintiera algo, vinagre a mas no poder en las ensaladas, clavos en las sopas, semillas de chile en el café, ajos en los tés. Aunque claro, la copa y el vino lo salvaban de su frustración apenas llegadas las horas oscuras.

Una tarde recibió la visita de alguno de sus ex vecinos y recibiéndole como un buen colega que no veía en años le invitó a tomar una tasa de té en el atrio de del templo. El viento pegaba agradablemente y el sol no estaba tan fuerte, clima perfecto para tomar algo de aire y conversar. Su amigo, el señor Carlos Santiago no fue con él para platicar y mucho menos confesarse, bueno, tal vez algo relacionado con esto ultimo.

-¿Qué te trae por aquí, buen amigo? –Preguntó el señor Venustiano tomando al señor por los hombros.

Él no respondió al instante, primero bajó la mirada, después dio un sorbo a su taza y con algo de pesadez deslizó el líquido por su garganta. Se le denotaba nervioso, el Padre le animó a hablar llamándolo un par de veces por su nombre. Suspiró, negando con la cabeza varias veces y con voz temblorosa habló.

-¿Recuerdas que tengo una gran fascinación por el juego y el azar? –Venustiano asintió, imaginándose por que rumbo iría su compañero. –Perdí algunos miles de pesos y me están buscando, ¿será que pueda encontrar gracia en usted y ocultarme por unos pocos días?

-No hay que decir mas, viejo camarada.

Y pasó la tarde hasta llegar a la noche.

Como ya se había convertido su "santa" costumbre, el señor Venustiano se levantó apenas la última vela dentro de la iglesia dejó de iluminar el más recóndito pasillo de la iglesia, aunque esta fuese bastante pequeña y no había mucha gente que la habitase; esperando unos minutos más, salió de puntillas y tratando de hacer el mismo ruido que un ratón al caminar, se terminó por encaminar hasta el mueble que contenía dentro una nueva botella de vino. Pero algo curioso pasó esta vez. Justo después de persignarse ante la imagen de un santo, y de pasar a un lado de un espejo mal situado en la pared, en el reflejo del mismo logró verse a sí, pero diferente, primero su ropa estaba cambiada por una tela roja carmín en lugar de blanca, su cabello canoso y corto lo tenía castaño y a la altura de los hombros. No creyendo lo que veía, agitó su cabeza y devolvió la vista al reflejo, ahora ya todo se veía normal en él.

Fue por su copa rutinaria y bebió hasta saciarse, un par de tragos le bastaron por esta ocasión y le extrañó, pero lo ignoró. Regresando a su habitación llevó consigo un vaso con agua y algo de pan para su invitado, él comió y ambos durmieron en la misma cama.

Los días que se quedaron juntos fueron pocos, quizá tres o cuatro, durante los cuales el hambre del Padre comenzó a crecer vorazmente. Llegó el momento que su lengua se había adormecido completamente ante los sabores de las especias mas fuertes conocidas, ya ni siquiera comiendo únicamente los saborizantes lograba sentir algo en su paladar, solo el vino en su copa hacía mella en él. Como no lograba saborear nada, sentía a la vez que no comía nada, el estómago le rugía estruendosamente, el dolor en sus intestinos era constante e irritante.

En las noches de aquellos días no dormía, solo bebía, pero claro que el agua no saciaría jamás el apetito de nadie. En las mañanas tampoco comía, que caso tenía si no podía degustar nada. Tal vez se diera el caso en que muriera de inanición.

Los perros aullaban en los alrededores a la casa de mis abuelos, ni siquiera el sonido de los cláxones de los vehículos que traspasaban cerca al estadio de beisbol lograba hacerlos calla o hacer que se oyeran menos. Recuerdo el miedo.

Cercana la mañana del día cinco, o cuatro, no lo cercioro, pasó que el señor Venustiano se levantaba como todos los días para rezar. No había nadie en la iglesia ni en el pequeño convento al lado de esta, así que podría derramar cuanta lágrima de devoción como quisiese sin ser molestado. Hay que recordar que el sujeto era un fanático, hipócrita, pero al fin y al cabo un simple fanático religioso.

Justo en el momento que se persignó por segunda vez la mano le comenzó a temblar, le quemaba el rosario que cargaba en el cuello y quedaba pegado a su pecho tal cual si una vela hubiera sido puesta sobre su piel, los ojos comenzaron a llorarle. Su amigo, el señor Santiago, lo vio en ese estado y fue a tratar de ayudarle. Para Venustiano, el hambre le pegó de lleno de peor manera que en las anteriores, en sus oídos no escuchaba más que el zumbido de una mosca. Cerró los párpados, el sonido era estridente y molesto; no sentía los jaloneos del señor Santiago; tapó sus oídos con ambas manos para dejar de oír, pero simplemente no podía dejar de hacerlo.

En cuanto otra pobre alma apareció entre los dos llevaron al Padre a su recámara y tuvieron que cancelar la misa de aquella tarde.

Aún cuando el médico que fue a atenderlo no pudo encontrar nada que fuese de preocupación, le recomendó que lo mejor sería dejarlo descansar, estaba desnutrido y el sueño podría devolverle algo de vitalidad. Santiago se quedó a su lado un día más.

Era de noche cuando maquinalmente don Venustiano se levantó para ir a tomar su copa, mas Santiago lo detuvo, sin embargo los ojos del Padre parecían idos completamente.

-Hoy no, amigo, hoy no. –Le dijo.

Se escuchó su estómago rugir, el otro rió.

-Iré por algo de pan. –Volvió a decir y se marchó.

Santiago estaba por cruzar la puerta de la recámara cuando sintió que le tomaban del hombro. Volteó para encontrarse con el rostro de su amigo sonriente, pero aquella sonrisa daba miedo, era más bien una mueca y los ojos le brillaban fuertemente. El estómago le volvió a gruñir.

-Bueno, ya no está Hansel, pero tú me servirás. –Canturreó.

Lo siguiente que pasó a eso prefiero no relatarlo, es asqueroso y se me crispan los cabellos de solo tratar de describirlo, pero tienen que saberlo, aún así.

Sin hacer ruido y sin que se lo esperara, como poseído, el dichoso Padre de la iglesia asesinó a su amigo, pero lo peor del asunto no era eso, después de todo era uno de los curtidores así que no hubiera sido raro, lo malo llegó en el momento que clavó los dientes sobre el cuello de su víctima. Más asqueroso aun, por fin pudo sentir algo. El sabor de la sangre y de la carne cruda le revivió el gusto.

Tras de él una sombra imitaba los movimientos del señor Venustiano.

No olió a muerto, ni siquiera se notó la ausencia del señor Santiago en toda la colonia, pensando que se trataba de un ajuste de cuentas tampoco quisieron saber que habrá pasado con él.

El cuerpo de su maltrecho camarada, y la sangre del susodicho, permanecieron en aquella habitación por el tiempo de tres días, tiempo en que tardó de devorarlo, claro, siempre con una copa de vino a la mano.

Esto no acaba aquí, el señor Santiago fue el primero de muchos.

Lentamente y poco a poco el convento comenzó a ser deshabitado, todos corrieron el mismo destino del curtidor. Por miedo algunos escaparon, pero por diversas razones otros se quedaron, el resto fue devorado.

La copa, curiosamente y antes de que se me escape, se pintarrajeaba con una nueva espina en los detalles florales que la adornaban en su cristal por cada muerte que ocurría.

Volviendo al meollo del asunto, en el día cuatro del décimo mes del año la Iglesia de Jalatlaco quedó completamente vacía. Nadie más que él y solo él con su soledad, aun así, seguía insatisfecho y el sabor de la carne humana le había agradado tanto que quiso comer más.

Salió a la parte de arriba del templo, donde estaba situado antes un viejo órgano y tocó algunas notas que salieron de sus dedos. En aquella planta alta había un gran espejo con bordes de oro. La melodía que iba creando resultaba armoniosa, pegadiza, incluso incitaba a cantar un himno.

En cuanto dio vuelta al espejo, primero miró su reflejó, después vio como este comenzaba a deformarse lentamente hasta dar una apariencia que no era suya. Frente a él había primero una mancha roja como la sangre, que luego tomó forma de ropajes, rostro y cuerpo. Venustiano quedó fijo en su posición, sin moverse ni un ápice, solo observando. La figura en el reflejo comenzó a mover la faz de su cara, buscando una mueca o más bien una sonrisa torcida. El órgano siguió tocando sin necesidad de su usuario.

Su estómago volvió a rugir. Alzó su mano y la figura en el espejo hizo lo mismo, ambos voltearon a ver su extremidad, pero el espejo devolvió la mirada hacia el frente, hacia el señor Venustiano y rió. Él sonrió con suma tranquilidad.

-Igual que hace más de mil años…

El reflejo escapó de su prisión momentáneamente, el dichoso Padre no se movió, y en silencio su vida también fue tomada, pero por el demonio de la Gran mosca.

¿Cómo un demonio pudo entrar a un lugar santo, la casa de Dios? Bueno, aquí retomo el punto inicial. Incluso la divina guerra tiene sus reveces como las guerras humanas.

Ahora, solo espero que con esto mi mente termine de tener pesadillas, y no pienso visitar al abuelo en un largo, largo tiempo.

FIN