-¡Hemos conseguido encender las estrellas!- exclamó con júbilo, el intento de una risa en sus cuerdas vocales y entonces la buscó con la mirada en la amplitud de la Plaza.

-¿Dónde está La Muse?- gritó con horror otra voz, esta vez masculina y todos los presentes sintieron cómo su desesperación se les aferraba al tuétano de sus huesos. Buscaron hasta debajo del agua de la fuente, pero tampoco estaba.

-Sólo Dios sabe qué pasará con las estrellas.- Lloriqueó una pequeña niña, agarrada de la mano de su madre.

-Les plus brillants de tous les détonateurs sont morts. ¡Révolution ruine la beauté de l'art!-Las estrellas jadearon ante el aviso del bufón de La Corte Real. ¿Qué le pasó? Tal vez un latido demasiado fuerte de su corazón, o se atragantaría con alguna mentira piadosa.

-Mi Muse, mi Muse. ¿Qué haré yo sin mi Muse?- El dueño de la segunda voz se acarició los suspiros moribundos en un acto de autocompasión, sin querer mirar al cielo como las estrellas se desangraban, perdiendo así todo rastro de brillo que hubo alguna vez en ellas, antes de que no hubiera más opciones en el mundo que no fueran muerte o victoria.

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