Buenos días, tardes o noches, señoras y señores, presento aquí mi primera historia como seriado que estoy dispuesto a publicar en Internet. Por ser la primera, supongo que puede atribuírsele el adjetivo de "mediocre" y sí, tal vez lo sea. Sólo un poco. Por eso, espero que este público pueda ayudar con las reseñas que pueda hacer. La historia que sigue es de misterio, pero un misterio diferente, en varios aspectos; espero que pueda ser visible el porqué de eso momentos después. Por ahora, disfruten.


Archivo 1

- Dante. Pst. Dante.

- ¿Qué?

- ¿Estás ocupado?

- ¿Necesitas algo?

- No, no, es sólo que…

- Oigan, ustedes dos – interrumpió la profesora de literatura. No la he visto bien desde que la clase empezó, considerando que es la primera hora del primer día de clases, por lo que todos somos muertos vivientes traídos por las rutas del colegio a morirnos más aún. Qué más da. Veamos...

Cabello recogido, puntas dañadas, pelo en área interna de buena textura, color demasiado vivo como para coincidir con las puntas: uso de cosméticos, de carácter progresivo, es decir, uso profesional. Arrugas en ojos profundas, leves en frente y comisuras, tal vez cuarenta años. Anillo en el dedo, casada, pequeño rubí: estrato 5 en adelante, lo que explica la capacidad que tiene de comprar productos de uso personalizado. Mirada despectiva, agresividad, posible sentimiento de superioridad. Perfecto perfil para una goda presumida.

- ¿Sí, señora?

- Dejen de hablar.

- Lo sentimos, profesora – respondió Frida con su típica prudencia. Un poco cobarde para mí.

- Y usted, joven Dante.

- ¿Eh?

- Es maleducado comer chicle en clase, y es maleducado hacer que su profesora se lo repita todas las clases.

- Miro despectivamente al piso; estoy cansado de dar la misma explicación siempre que oigo una frase con el mismo tema.

- ¿Por qué es maleducado comer chicle? – respondo, dispuesto a empezar uno de mis clásicos argumentos y logrando ver la creciente preocupación de Frida al lado mío, mirándome directamente con un "no otra vez" escrito en la cara, con tinta imaginaria, claro.

- Porque sí – respondió la profesora.

- Esa no es una respuesta – replico.

La profesora calla reteniendo regaños, tal como Frida al lado mío, a la que empieza a subirle el color rojo. Sonrío; no puedo evitarlo.

- ¿Sabía usted, profesora – continúo – que si mastica un chicle de un determinado sabor mientras estudia, le será más fácil recordar lo estudiado durante un examen si come un chicle del mismo sabor?

- ¿Disculpe?

- ¿No lo sabía? Es poca preocupación por las técnicas didácticas la que tiene siendo Ud. educadora.

- Respete, hombre – replicó ella mientras se le quebrantaba la voz, más de ira que de tristeza.

- Por favor, discúlpelo, profesora – interviene Frida, pero:

- Usted no está respetando mi costumbre de comer chicles para aumentar mis capacidades de memoria – respondí, mientras cogí otro chicle y le indico un "habla con la mano" a la otra -, ¿y qué sentido tiene respetar a quien no respeta, por lo que procedo a no respetar, digamos, su cabello?

- Dios mío – se le escapa a mi compañera con un intento de cara de asesina que sólo daba ternura, lástima, ganas de reírse en la cara, quién sabe. Pero la estrella del lugar era la cara de recién-bateada cara de sorpresa de mi apreciada profesora. Tal parece que las opiniones sociales le afectan. Por tanto,

Bingo.

- ¿D-De qué está hablando?

- ¿Va usted a negarme que ese pelo que tiene encima está hecho a punta de dinero? Dígame, ¿es tal capital suyo o proviene de su esposo? – la curiosa, Frida, pegó un codazo en mis costillas para expresar su deseo de intervenir en mi charla con la docente para que, en otras palabras, me callase.

- ¿Cómo se atreve?

- ¿Y cómo se atreve usted a no cuidar ni tratar de innovar en la técnica y aplicación de enseñanza en el estudiantado, señora no-creo-en-los-chicles? – la mirada de Frida había pasado a irradiar nervios a rareza, pero con el mismo tono de decepción. Supongo que es entendible, quiero decir, cualquiera que arme un argumento en función de comer dulces no puede ser tomado en serio. No si no se es yo, por lo menos, pues la profesora miró bajo, encorvó los hombros: ahora está rendida.

Sonó la campana. Y en seguida, como era de esperarse, la que fue autoproclamada como madre-novia-sobreprotectora-hermana-mandona o lo que sea que ella crea que es, Frida volteó enseguida su cara:

- ¿Qué crees que haces? – me grita Frida, sin que el tono de decepción en su semblante se haya ido del todo.

- Um, ¿me expreso?

- ¿Podrías "expresarte" con un poco más de piedad? Das miedo. Y no necesitas acribillar a la profesora con una metralleta verbal para validar tu punto.

- Claro que lo hace, si eres yo. O como yo. Pero mejor, yo.

- ¿Podrías dejar de ser tan malo? – pregunta ella haciendo un intento que oscila entre la lástima y la risa de pegarme en el brazo.

Mientras, recojo mis cosas, un cuaderno, dos libros de texto, puestas en mi maleta. Volteo mi mirada, la profesora retira la suya. ¿Habré llegado muy lejos?

Espero que sí.

- No lo creo – respondo.

- ¡Eres un idiota!

- No lo creo.

- ¿Y creerás que cometí la estupidez de traerte almuerzo otra vez?

- ¡Espero creerlo!

Voltea su espalda, en un intento de dignidad. Da igual, siempre es lo mismo. Siendo probable que ese tal añorado almuerzo se pierda, meto las manos a mis bolsillos: un llavero con tres llaves, una bolsa con veintisiete chicles más (sólo sabor ácido, señores; mi paladar exige acción, a pesar de lo mal que suene… en fin); siete monedas, dos de doscientos pesos, una de quinientos… creo que ésta es de cien, dos billetes, uno de mil y… espera… esto no es un billete. Es menos fibroso. Más seco. ¿Qué es esto?

- ¿Vas a pedirme perdón o no?

No lo haré. Tengo mejores cosas que hacer, como ver este papel. Ah, sí, resultó ser un papel.

- Hey, deberías –

Se detuvo en su regaño. Gracias al cielo, pero ¿por qué habrá callado?

- ¿Qué es eso?

- ¿Qué estás haciendo en mi hombro, Dios?

- ¿Viendo ese papel?

- ¿Por qué seguimos respondiendo en preguntas?

Dejando la incomprensibilidad física de las acciones de mi, um, compañera, terminé de abrir mi papel. Está impreso, así que la persona quiere mantener su anonimato. Una pequeña pieza; el corte de papel era bastante exacto. Empezaría a leer, pero:

- ¿Qué crees que haces?

- Leo. O eso intento; gracias por impedírmelo, por cierto.

- ¿Y luego?

- ¿Qué quieres decir con eso?

- ¿Estás seguro de que debes entrometerte?

- No negaré que tengo un poco de pereza, pero ¿por qué no?

- No lo sé.

- Entonces no es relevante.

- ¡Sí lo es! – me grita mientras me hace voltear la cara hacia ella, pero en seguida se calma -, mira, no todo tiene que saberse. Y de lo que sabes, sólo porque lo sabes no significa que debas entrometerte.

Silencio. Tres segundos.

- ¿Por qué, niña Sentimiento, de repente tan preocupada? – pregunto en el tono mediocre de humor que es el único que sé expresar.

- No lo sé. Sólo lo siento.

- Sabes que no acepto nada que no tenga una razón.

Volteé mis ojos, y leí.

Y hoy en día, sé que debí creerle.


Sí, lo sé, los nombres deben ser algo bastante "qué demonios estaba pensando este pequeño fusionador de cotidianidad y extravagancia rebuscada; bueno, supongo que todo adquirirá explicación, que es la gracia de todo lo que debería suceder en una historia como la que planea ser esta. Gracias por su atención, señoras y señores. :)