Declinaba la tarde y aun así el calor era apenas soportable aquel día de finales de verano. Dentro del castillo perteneciente al antiguo linaje de hechiceros, apellidados Geurock, colgado en una de las paredes del recibidor, frente a la mismísima puerta de entrada, se encontraba un tremendo reloj mágico de madera, el cual, aquel día, marcaba las 7.35 de la tarde. Se trataba de un enorme artefacto tallado con la más infinita paciencia, del cual, a las doce en punto, emergía de su interior un pequeño hechicero que indicaba con su báculo el dígito XII. Bajo éste, alguien, varias generaciones atrás, había instalado una pequeña mesita del mismo estilo, la que con el paso del tiempo había llegado a tener por objeto acoger todo tipo de correspondencia.

Aquella preciosa y extremadamente calurosa tarde de verano, yacía sobre la mesita un pequeño rollo de pergamino aparentemente olvidado. Olía a resina de tal forma que, Edgar, antiguo mayordomo del castillo, al pasar por allí llevando entre sus manos una bandeja con refrescos para sus jóvenes amos, frunció el cejo al volver la vista a la mesita y ver el pergamino que, aun a esas alturas de la tarde, nadie había reclamado.

La correspondencia solía llegar temprano en la mañana, y además era costumbre repartirla durante la misma. Principalmente porque el correo imperial no funcionaba en las tardes, y finalmente, para tener el tiempo de corresponderla si fuese necesario. Sólo los casos extremadamente urgentes arribaban en las tardes, o durante el resto del día, y generalmente lo hacían con tanto escándalo que era imposible que pasaran desapercibidas. Por todo lo anterior, aquel pedazo de papel que hedía a resina de árbol viejo debía de ser especial.

Edgar lo tomó, tratando de no darle más importancia de la que él debía, y buscó en él al destinatario: Para Vadenl e Ivonne Geurock, decía bordado en letras amarillas el lazo verde agua que mantenía enrollado el pergamino. Se guardó el rollo en cuestión en uno de sus bolsillos de su delantal de servicio y siguió su camino inicial con la bandeja en sus manos. Pensó que tenía bastante suerte que los refrescos y el pergamino tuvieran el mismo destino, así no tendría que entrar y salir del castillo más veces de las que debía.

Cruzó la puerta del recibidor y la inmediata brillantez del sol lo encegueció por al menos tres segundos. Se quedó un momento de pie bajo el umbral de la puerta, frente al extenso pedazo de tierra que, adornado por un par de árboles aislados y una pagoda, venía a ser el jardín del castillo. Un tanto camuflados, a la sombra de un árbol cuyo tronco a la mitad se abría en cuatro dedos atestados de hojas, se encontraban sus jóvenes amos. Les había buscado con la vista y no había sido difícil ubicarlos. Sentados alrededor de la mesita de metal, le pareció que el joven Vadenl escuchaba a su hermana mientras ésta le hablaba, al parecer con gran entusiasmo, al tiempo que se abanicaba el rostro.

Él era un joven alto y corpulento, relativamente apuesto, aunque lamentablemente bastante desastrado. Ataba su larga melena negra en una coleta para que no se le fuera a los hombros ni al rostro. Le gustaba el pelo largo, aunque durante las faenas de caza éste le estorbase un poco. Sus ojos, almendrados eran de un amarillo intenso fuera de lo normal, los cuales de alguna forma u otra, combinaban con el tono de su cabellera azabache. Sus cejas eran obladas y alargadas, y su rostro, ancho, pero nunca regordete.

Vadenl era un joven simple, pero decidido. Prefería la compañía de sus libros al bullicio de las armas y la guerra, aunque tenía claro que aquello era un deber ciudadano. Por lo mismo, desde pequeño había sido entrenado en el uso de las armas de una forma más estricta de la que se le daba al común de los habitantes de Selfond Grans. Esto debido a su noble condición. Condición que por otro lado, él no había decidido y que solamente le había acarreado problemas.

Aquel día llevaba puestos unos pantalones de tela, oscuros y ajustados, y una camisa ploma abierta hasta la mitad y arremangada hasta los codos. Durante el transcurso de la mañana había salido de caza, por lo que aun llevaba encima sus botas de cuero negro de dragón, embarradas hasta más arriba de los tobillos.

La jovencita a su lado era su hermana. Al igual que Vadenl, la jovencita había estudiado hechicería y aprendido el arte del tiro con arco. Ivonne, era delgada y un tanto bajita, de rostro fino, ojos almendrados y mirada intensa. A diferencia de su hermano, ella era en sí una persona muy temperamental.

Vadenl dejó escapar un suspiro. Sentado frente a su hermana, trataba de prestarle atención a sus ridículos planes, pero le resultaba casi imposible. En el fondo, estaba seguro de que Ivonne estaba haciendo hasta lo imposible para no volver a la casa elfa. No era que Eragars, rey elfo e íntimo amigo suyo no la hubiese tratado bien. El problema se había dado entre la hija del rey, Elaers de Bosque Elfo, y su hermana, que no habían podido tolerarse la una a la otra.

-¿Y bien? ¿Qué opinas?

La pregunta de Ivonne lo pilló por sorpresa. Para no molestarla, trató de hacerle creer que estaba meditando lo que fuese que le hubiese estado diciendo en todo aquel tiempo, y pasado un minutos, más menos, se atrevió a insistirle en aquello en lo que ella no estaba dispuesta a ceder.- verás Ivy, entiendo tu punto de vista, pero lo medité bastante durante la noche, y creo que no deberíamos ser tan orgullosos y pedirle ayuda a Eragars. Enviémosle un pergamino y expliquémosle nuestra situación. No se negaría a darnos asilo.

Ivonne sintió como la rabia se apoderaba de todo su ser. No era que ella no quisiera ir al castillo elfo por Eragars, simplemente se trataba de que moría de miedo de solo pensar en que la hija del rey pudiera arrebatarle a su hermano. Ella tenía bien claras las intenciones de esa elfa, y Vadenl era, después de todo, un hombre. Si volvían al bosque, aquella arpía se las ingeniaría para envolverlo entre sus redes, y Vadenl caería. Afortunadamente, ella había pensado en una respuesta por si Vadenl persistía con el tema.- No es que no quiera volver al bosque.- Comenzó, tratando de tranquilizarse.- Es sólo que Eragars era íntimo amigo de Vadenl Geurock, prestigioso proyecto de hechicero. Un joven con linaje y tierras. Un hombre digno para su hija. No de Vadenl sin apellido, ahora hijo de nadie, que no es hechicero, y que siquiera tiene un palmo de tierra que ofrecerle a su hija en dote.- Se detuvo un par de segundos, y al ver a su hermano escucharle con toda tranquilidad, sus esfuerzos por no enojarse se desvanecieron y alzó la voz de inmediato.- No te hagas el imbécil. Sé que estás loco por la hija de Eragars, y no te molestes en negarlo.

-Bien.- le contestó él tranquilamente.- No lo negaré. Es lógico que me interese una mujer. Estoy en edad de casarme y…

Ivonne carraspeó y su hermano detuvo abruptamente la historia. Era una suerte que Edgar se hubiese aparecido en aquel momento, interrumpiendo justo lo que ella no deseaba escuchar.

El criado se hizo el desentendido. De todas formas no había escuchado la totalidad de la conversación y no pretendía indagar más en un asunto que no le competía. Una vez frente a ellos, depositó la bandeja sobre la mesa y les entregó los refrescos a sus amos.

-Muchas gracias Edgar.- le contestó cortésmente Vadenl, deseando que el hombre se fuera ya para terminar su charla con Ivonne antes de que el tema se enfriase.

La joven permanecía muda, aunque por dentro gritaba de rabia. Le quedaba una última oportunidad para hacer entender a su hermano que Elaers no era para él, antes de perder el juego. Envuelta entre sus propios pensamientos, no se dio cuenta de lo abstraída que estaba hasta que Vadenl la llamó por su sobrenombre, aquel que tanto le gustaba.

-Ivy.- le dijo el joven.

Ella despabiló de inmediato.

-Nos ha llegado correspondencia.- le informó él.

En efecto. Vadenl acababa de recibir de las manos de Edgar un pequeño pergamino enrollado y amarrado con un delgado lazo verde claro que llevaba bordado el nombre de ambos.

-Muchas gracias Edgar.- le contestó la jovencita antes de que el criado desapareciera de la vista de ambos. Al verse libre de Edgar, y dispuesta a jugar su último as bajo la manga, su ira afloró, y no quiso ni pudo controlarse. Se olvidó de inmediato del pergamino.

-Vadenl, esa mujer no es para ti.- se atrevió a decirle a la cara, reuniendo todo su valor.- Tiene al menos doscientos años más que tú y…- Se detuvo en seco cuando notó que le prestaban nula atención.

El joven, por otro lado, que en un principio sólo deseaba terminar de una vez la discusión pendiente con Ivonne, focalizó toda su atención en el extraño pergamino. No había remitente en él. Probablemente se encontraría en el reverso de la cinta. La desató rápidamente y le dio vuelta, dejando el pergamino sobre la mesa. Efectivamente allí estaba. Con una clara mezcla de emoción y curiosidad, la leyó en voz alta.

-Eragars de Bosque Elfo.

-¿Qué?- le preguntó su hermana anonadada.

-Es de Eragars.- le explicó él con alegría.- Él nos ha enviado el pergamino.

De mala gana Ivonne le arrebató la cinta a su hermano de las manos. Apresuradamente leyó el reverso. "Eragars de Bosque Elfo", decía.

-Bueno, esto soluciona todos nuestros problemas, ¿No es así?- le preguntó Vadenl con ironía, aun sin leer el pergamino.- Nuestro padre nos ha echado de casa. No tenemos donde ir. Eragars nos ha invitado a la suya…

-Eso aún no lo sabes.- protestó ella.- No has leído el pergamino.

Vadenl se encogió de hombros y se lo entregó en sus manos.- Léelo.- le animó.- En voz alta.- continuó desafiante y seguro de sí mismo.

Ella se lo quitó de las manos y lo desenrolló rápidamente. Aun no sabía si alegrarse por tener noticias de su amigo o enojarse por el hecho de que Vadenl se hubiese salido con la suya, a fin de cuenta.

Era un pergamino de media plana, lo cual extrañó a la joven. Eragars solía escribirle planas y planas con el único objetivo de invitarlos a su castillo. Quizá su hipótesis no fuera tan descabellada después de todo. Quizá a Eragars si le importasen los títulos… Aunque no tendría como haberse enterado de lo ocurrido en su familia, a menos que… En fin, trató de despejar su cabeza y comenzó su lectura. Su vocecita dulce y a la vez un tanto ronca inundó al ambiente.

Séptimo día del presente mes.

Queridos Vadenl e Ivonne Geurock;

Existen razones más allá de lo comprensible y explicable para que los cite a mi morada este mes sin darlas por escrito. Espero me comprendan, y acepten mi invitación, que esta vez no es de placeres, como han sido las anteriores. Lo único que puedo adelantarles es que la misión es en extremo riesgosa, y que están en todo su derecho a no asistir.

Sin más preámbulos les diré que mi hijo Esel planea pasar por el reino humano de Selfond Grans durante la semana del nueve al dieciséis, por lo que me he tomado la molestia de pedirle que, si llegasen ustedes a acudir en mi auxilio, les facilite parte de su escolta. Éstos los traerán ante mí.

Les ruego no se sientan presionados. Cualquiera sea la decisión que hayan determinado, me veo en la obligación de exigirles jamás comenten el contenido de este pergamino, ya que no sólo me acarrearía problemas a mí, sino también a ustedes.

Finalmente, y sólo si acceden a mi petición, mantengan los ojos bien abiertos. No se fíen de nadie en el camino, que corren tiempos extremadamente peligrosos.

Atentamente,

Eragars de Bosque Elfo.

Ivonne depositó el pergamino sobre la mesa y guardó silencio. Claramente no era lo que imaginaban. Dejó escapar un suspiro. Aun aquello no le animaba para nada. No podía negarle su ayuda a Eragars si él se la estaba pidiendo, pero tampoco quería ir. Si daba aquel paso, perdía para siempre a su hermano.

Vadenl tomó inquieto el pergamino y lo leyó en silencio una vez más. No podía entender a cabalidad lo que su hermana le acababa de leer. Una vez terminó, preguntó consternado, haciendo referencia a uno de los párrafos.- ¿Qué no comentemos su contenido? No tiene sentido.

Ivonne, de pronto, se dio cuenta de que su hermano tenía razón. Eragars sabía perfectamente que les era imposible comentar siquiera que se relacionaban con elfos. En primer lugar, era poco creíble, y en segundo, los pondría en riesgo tanto a ellos como a sus amigos, ya que los reinos humanos estaban a la espera de arrebatarle los bosques a sus verdaderos moradores, y estaban dispuestos a enfrascarse en alguna guerra si era necesario. Por lo tanto, y debido a las circunstancias, claramente aquello no tenía sentido.-Tienes razón.- Murmuró ella inquieta.- Aquello era totalmente innecesario.

Vadenl se encogió de hombros. Luego guardó silencio un instante mientras trataba de sacar conclusiones de aquel pergamino. En primer lugar, lo que fuese que estuviese ocurriendo, debía ser de gran importancia para que éste no lo hubiese dicho por escrito, y el que no lo hubiese hecho le ponía los pelos de punta, ya que Eragars nunca había sido bueno guardando secretos. Luego, debía estar muy desesperado para haber confiado en ellos, ya que si bien eran buenos amigos, Eragars poseía en su corte consejeros de todas partes del mundo, con conocimientos mucho más bastos de los que ellos mismos poseían y además, siglos de respaldo, cosa que ellos, apenas muchachos ante ojos elfos, jamás tendrían. Es decir, se trataba de algo sumamente importante y complicado. Explicándole aquello a Ivonne, terminó por preguntarle- Pero, ¿Qué podrá ser?

Esta vez, ella se encogió de hombros.- Para no atreverse a escribirlo, debe ser realmente importante.- Concluyó, un tanto asustada ahora por lo que su hermano había sacado por conclusión. Finalmente, agregó, alejando de si sus celos enfermizos.- Debemos ir a verle.

Vadenl asintió en silencio una vez más. Escondió su rostro entre sus manos, con los codos apoyados en la mesa y guardó silencio un momento. Lo que fuese, terminarían por enterarse cuando Esel los pasara a buscar, y sería en aquel momento en el que se daría cuenta si la decisión tomada había sido para bien o para mal; es decir, ir de todas formas a visitar a su amigo.

Alzó la vista y su rostro se encontró de frente con el de su hermana, que nerviosa trataba de ocultar su miedo. Aquello hizo que el joven se diera cuenta de otro nuevo problema. Él era hombre, podría manejárselas en una situación peligrosa, pero su hermana, después de todo, y aunque supiera hechicería, seguía siendo una mujer, y no era propio involucrarla en todo aquel embrollo. No obstante, tampoco podía dejarla a su suerte en Selfond Grans, aunque fuera lo correcto, ya que, ahora que no tenían hogar al que regresar, estaría dejando a su hermana a merced de su suerte. Debatiéndose entre lo correcto y lo que no lo era, terminó por decirle.- No tienes porqué ir si no quieres. Yo lo entenderé.

-Pero ¿Qué estás diciendo? Debo ir, aunque no quiera.- Le contestó, enterándose de inmediato de lo que pasaba por la mente de su hermano, y para tratar de calmarlo, agregó, con voz cantarina.- Además, Eragars tiende a exagerar.

Vadenl le sonrió al instante. Ivonne estaba tratando de calmarlo. Lo sabía porque la conocía bastante bien. Más de lo que ella creía, por lo que decidió seguirle el juego.- Tienes razón. No sé bien que parámetros ocuparía Eragars para referirse a un problema. Aunque de todas formas no creo que se trate de dragones o… quizá tiene problemas con los enanos y necesita embajadores. En realidad, no lo sé.- Concluyó, riéndose un poco para no asustar aún más a su hermana. Volvió a guardar silencio. Si tenía que viajar con ella, se aseguraría de que nada le ocurriese en el trayecto a la casa elfa, y la tendría bajo siete llaves encerrada en el castillo. Aquello era lo mejor y lo único que podía hacer.

-Pero.- insistió involuntariamente Ivonne.- Lo que me preocupa es que Esel se encuentre involucrado. Aquello es indicio de que el asunto es serio. Como te decía, Esel es un guerrero. Si se ha ofrecido a buscarnos, es porque la situación lo amerita. Y eso nos obliga a ser precavidos.- quería con todas sus ganas pensar que Eragars estaba exagerando, y hacerle creer a Vadenl que no era necesario preocuparse por ella, pero, ¡cómo saltarse aquel detalle!

Aquello hizo que Vadenl volviera a cuestionarse lo anterior. ¿Era lo mejor que Ivonne viajara con él? Suspiró y miró el vacío por un instante, hasta que decidió volver a plantearle la pregunta a su hermana.- ¿Estás segura de que quieres ir? No es necesario que finjas. Yo puedo entender que tengas miedo, y perfectamente podemos alquilar algo en Selfond Grans hasta que yo vuelva por ti. Quizá no sea esta la mejor ocasión para probar tu valor. Quizá debas quedarte.

-Vadenl, por favor, sabes bien que no voy a dejarte solo. Además, no me da miedo partir.- le mintió, y de forma tan descarada, que hasta se sintió mal. Pero ¿qué podía hacer? El quedarse implicaría más problemas para Vadenl, que de por sí ya tenía bastantes. Por lo mismo, agregó.- No me subestimes. Sabes que puedo cuidarme perfectamente.

-Lo sé.- le contestó Vadenl un tanto molesto, pues el tono de su hermana había sido un tanto agresivo.- Simplemente estaba tratando de velar por tu seguridad.

-Pues, vela también por mi integridad emocional. Sufriré un colapso nervioso si me quedo aquí, en Selfond Grans. No soportaré la idea de no saber si estás bien o no.

-Estoy de acuerdo, pero…- Intentó hacer razonar a su hermana, mas ella le interrumpió.

-No se hable más del tema. Tú y yo iremos juntos al castillo elfo.- tratando de lucir arrogante como siempre, se tragó su miedo. Decidida a terminar la conversación, se puso de pie y le sonrió. Si estaba escrito ir en auxilio de su amigo, al menos se encargaría de apoyar a su hermano día y noche, y de paso, aprovecharía de alejar a aquella intrusa de Vadenl.

Ivonne lo había dejado allí, sentado y con las palabras atascadas en la boca. Por si eso fuese poco, había tomado el pergamino antes siquiera que él pudiese reclamarlo, y ágilmente había vuelto a enrollarlo. Luego, lo había apretado al cinto de su vestido y sin más palabras, tan sólo una sonrisa, se había retirado para obligarlo a no darle más vueltas al asunto, lo cual, por un lado era un alivio, y por el otro, una calamidad.

Vadenl dejó escapar un suspiro. Al menos no discutirían sobre el asunto de Elaers de Bosque Elfo. Había pasado a ser tema secundario… para ella, puesto que para él nunca lo había sido. Con aquello en la mente, de pronto fue consciente que el sol estaba achicharrándole la cabellera.

Se puso de pie al tiempo que tomaba su refresco, que a esas alturas ya estaba bastante caliente, y emprendió camino vuelta al castillo.

La tarde transcurrió tensa, aunque sin más inconvenientes para el joven, quién, tendido en su cama, se quedó dormido pasada la media noche. A eso de las 7 de la tarde, Vadenl asistió a la merienda familiar, la cual cada vez se volvía más y más incómoda, desde que su padre no le dirigía la palabra. Tras aquel incidente, el hogar se había transformado casi en un infierno.

A la mañana siguiente decidió que lo mejor era gastar sus horas empacando y ordenando lo que se llevaría consigo. Trabajo, por otro lado, que llevaba un tanto avanzado, dado que hacía dos semanas que su padre los había expulsado del castillo y desheredado por completo. Al menos les había dado un mes de gracia para encontrar nueva morada.

No obstante, de lo que ya había empacado, debía reconsiderar ciertas cosas, dado que en un comienzo pensaba mudarse. De acuerdo a lo que podía recordar del pergamino enviado por Eragars, se hizo a la idea de que éste iba a ser un viaje ligero. Sabiendo además, que sería un viaje sin retorno, debido a la tremenda pelea que había tenido con su padre, lamentaba no poder llevarse todos sus libros. Había gastado bastante dinero en volúmenes enormes de todo tipo de magia y hechicería, de los que ahora debía desprenderse. Aquel día, ojeó muchos por última vez, como queriendo despedirse de ellos por separado. Sin embargo, compartía un cariño especial con uno en particular, el cual decidió quedarse. "Hechicería negra avanzada y nociones básicas para pociones prohibidas", rezaba la portada. Escrito por Clef Bork. No lo había leído, pero no pensaba deshacerse de él. Tenía la corazonada de que algún día le serviría.

Sacó de su clóset un bolso, ni muy grande ni muy pequeño, el cual depositó abierto sobre su cama. Debía ser selectivo. Lo que cupiera en el bolso sería lo que llevaría. Afortunadamente nunca había sido tan materialista como su hermana. Reía para sus adentros cuando imaginaba lo desesperada que debía estar Ivonne despidiéndose de todas sus chucherías, y le daba ataque de risa imaginársela mirando por última vez su tremenda colección de espadas. Ivonne era fanática de todo aquello que tuviera filo y sirviera para dañar.

En cuanto a su ropa, organizó dos mudas completas y las hizo caber en el bolso. Aquello no iba a ser una gran preocupación, ya que Eragars solía acomodarlos en un cuarto y habilitarles un ropero atiborrado en vestuario. Estaba completamente seguro que esta vez, aunque se tratase de algo más riesgoso, no iba a dejar de prestarles ropa. De hecho, de todos los posibles desenlaces del drama que se le ocurrían en aquel momento, incluían prendas que él no poseía, ya fuesen estas para el combate, o para una cena diplomática.

Después de ello, puso dentro del bolso todos los saquitos de polvos mágicos que tenía. Éstos le habían costado una fortuna y no pensaba dejarlos en casa. Además, tampoco ocupaban demasiado espacio. Agregó también unos cuantos frasquitos con extraños líquidos muy útiles para hacer pociones. Cuando los guardó en el bolso pensó que no le servirían para nada, más que mal, en el peor de los casos, si Eragars estaba en guerra, no tendría tiempo para preparar una poción.

Por último, guardó todo aquello que estaba acostumbrado a llevar consigo. Sus tres medias esferas de protección; creaban campos de energía bastante eficaces contra todo tipo de sortilegios, incluyendo magia avanzada. Veneno líquido en frasquitos mágicamente sellados, y una brújula común y corriente, pero con un valor sentimental más grande que cualquier cosa que llevase encima. Ésta le había ayudado a extraviarse en medio del bosque. Gracias a ella había conocido a la elfa más maravillosa del planeta.

Fue así como el tiempo comenzó a transcurrir, al parecer, sin querer darles noticias a los jóvenes hermanos de la comitiva de Eragars, hasta la madrugada del cuarto día después de haber recibido el pergamino.

Daban las nueve de la noche del tercer día transcurrido desde que Eragars les había enviado el pergamino. Después de haber pasado una tarde entera con su pequeño hermano Kaden, Vadenl había había accedido a relatarle una vez más la historia del hechicero y el dragón verde. Quiso hacer de la ocasión algo inolvidable, ya que pensó que, tal vez, ésa sería la última vez que viera al pequeño, por quien sentía un aprecio especial. Fue por ello que, en medio de la biblioteca del cual ya no sería su hogar, acomodó dos butacas frente a una amplia mesa de estudio, a la derecha de la chimenea de piedra, la cual encendió utilizando fuego mágico. Fuego que sólo iluminaba, pero que le otorgaría al entorno un ambiente más cálido.

Tenía pensado no solo relatarle la historia, como el pequeño lo había pedido. Además iba a recrearla utilizando un hechizo sencillo a base de ilusiones. Los personajes actuarían, siguiendo las órdenes del hechicero, en un escenario de un metro cuadrado, sobre la mesa, para sorpresa del pequeño.

Cuando todo estuvo listo, le dio inicio a su relato.

-"..dio tres pasos hacia atrás y desenfundó su espada. La asió fuerte de la empuñadura. Sin duda alguna, el valiente caballero tenía miedo, pero no debía demostrárselo a la temible criatura de tres cabezas y seis colas que se había plantado delante de él. Claro que el dragón también tenía sus intereses. Se repetía una y otra vez que el hombrecito no iba a hacerle daño a sus crías. Obviamente, se trataba de un tremendo malentendido. El hechicero se cruzó con el nido por azar. El punto era hacerle entender al reptil que no planeaba cometer ningún asesinato.

El dragón le lanzó su poderoso aliento al hechicero, y éste, intentando huir, terminó tumbado al otro lado del escenario.

-¡No!- gritó Kaden, que aunque no era la primera vez que escuchaba la historia, se había dejado llevar por la emoción de ser la primera vez en verla recreada en el escenario.

-"El dragón se acercó con rapidez a aquel hombre desvalido. Tenía pensado ocupar su hechizo más poderoso para hacerlo desaparecer, cuando de pronto, silbó misteriosa una saeta por el aire, y fue a enterrarse en el entrecejo del reptil. El hechicero buscó entre las sombras del bosque a su salvador, pero por más que se esforzó, no pudo encontrarlo.

"Voló otra saeta. Luego otra…

"De pronto, el bosque entero pareció haber despertado de un largo sueño. Árboles y enredaderas usaban su cuerpo para atrapar a la bestia.

-"Magia verde.- susurró el hechicero.- Es una criatura del bosque la que me ayuda.- se dijo luego, pues en algún momento llegó a creer que habían sido guerreros, o incluso bandidos, los que lo habían librado de una muerte segura.

"Asustado, el dragón comenzó a retroceder, y no a causa del sorpresivo ataque, sino del poder de la criatura que, escondida entre los recovecos del bosque, lo enfrentaba, porque, a diferencia del hechicero, el dragón sabía perfectamente con qué clase de ser estaba a punto de encararse, y de hacerlo, llevaba las de perder.

"Rápidamente, utilizando su aliento de fuego, atacó a sus carceleros; árboles y enredaderas, y volando se perdió en el bosque, dejando el nido desprotegido.

Vadenl miró de reojo a Kaden. El chiquillo estaba a la espera de que apareciera el misterioso ente que había rescatado al valiente hechicero del dragón.

Mágicamente, el joven creó una ventisca artificial que meció todas las hojas de los árboles del tablero, que luego de aquello, volvieron a sumirse en su eterno sopor.

En un recóndito lugar del tablero, Kaden distinguió el sonido de alguien al caminar, que con o sin quererlo, se había delatado quebrando un par de ramillas. Al instante, el hechicero se puso de pie, y con un susurro, pronunció un hechizo.- "retorno".- y su espada llegó volando hacia él. Esperó en silencio que apareciera su "salvador", pero como este no se dejaba ver, se puso a la defensiva. No obstante, un par de segundos después, una dulce voz de mujer lo desencajó por completo.

-No tiene por qué temerme, hechicero.- Le dijo ella, y luego se dejó ver. Se trataba de una criatura preciosa, envuelta en ropas verdes de guerrera salvaje, de cabellera negra revuelta y de ojos verde agua almendrados, los cuales fijó en el hombre que tenía delante.

"El hechicero quedó petrificado tan solo de mirarla. Habría dado cualquier cosa por tenerla a su lado, o frente a él, hasta el fin de los tiempos. Hubiese hasta ido en busca de más dragones para ser salvado por ella una vez más.

De pronto, Vadenl cortó la escena. El tablero desapareció, sin dejar rastro del hechicero y de su salvadora.

-¡Pero…!- Comenzó a protestar el muchacho.

-Porque es tarde.- Le interrumpió Vadenl.- Mañana por la mañana terminaremos la historia, y sabrás que le ocurrió al hechicero.

El niño cruzó sus brazos en señal de disgusto. Se puso de pie farfullando, y dispuesto estaba a retirarse, cuando de pronto de media vuelta y corriendo se abalanzó sobre su hermano. Para el joven, fue en repentino estallido emocional. Abrazó con fuerza al pequeño, que entre sollozos le suplicó a su hermano que no lo abandonara.

-No voy a abandonarte.- Le contestó Vadenl con ternura, acariciándole la cabella a Kaden con sus manos en señal de afecto. Sintió pena al pensar que extrañaría al pequeño sabandija que le perseguía en todo momento.

-Papá me dijo que todos los hechiceros tienen que hacer sus prácticas en algún remoto lugar del continente. También me dijo que me despidiera de ti porque cabía la posibilidad de que no volviera a verte nunca más, ni a ti ni a Ivonne.

Vadenl guardó silencio por un momento. Esa era la clase de mentiras que su padre le había inventado para no soportar la humillación de tener que explicarle la verdad. Sin embargo, tras meditarlo un par de segundos, decidió continuar la farsa. Kaden era muy pequeño aun y no lo entendería. Por otro lado, no pretendía romperle el corazón.

-Así es la vida de los hechiceros.- Le mintió también.- Es por eso que somos tan pocos. El hechicero de la historia que acababa de contarte también tuvo que pasar por esto. También tuvo que hacer su práctica de hechicería.

-Pero al hechicero de la historia lo rescató una elfa. Eso fue un milagro. Los elfos no rescatan humanos.

Vadenl le sonrió en silencio, repitiéndose una y otra vez la palabra milagro en su cabeza, aunque la verdad es que no era así. Los elfos eran las criaturas más amigables del mundo, es sólo que han tenido un par de problemas territoriales con los humanos, y estos últimos han inventado cosas de ellos para desprestigiarlos.

El pequeño se zafó de Vadenl y se devolvió a su butaca.- Hermano ¿Por qué el hechicero vagaba por los bosques? ¿Desconocía los peligros de internarse en territorio elfo?

La pregunta lo tomó por sorpresa. ¿Por qué él había decidido cruzar el bosque en vez de rodearlo y llegar seguro a su casa? Se encogió de hombros.- Porque se confió de su poder. Era un hombre atolondrado, y aunque serlo es un defecto, para el hechicero fue una bendición, ya que lo llevó a conocer a la elfa, de quien se enamoró perdidamente.

-¿Se enamoró de una elfa?- le preguntó el chiquillo asqueado.

Vadenl se descolocó ante la reacción de su hermanito. ¡Claro que sí! ¡Él se había enamorado completamente de una elfa! ¿Qué había de malo en ello? ¿Existía alguna clausura que impidiera que un humano se enamorase de un elfo? ¿Acaso estaba prohibido?

El pequeño olvidó el asunto del hechicero y volvió a preguntarle a su hermano.- ¿Pero, vas a volver?

Vadenl lo miró con ternura, también dejando atrás el asunto.- Claro que sí, enano. ¿Cómo crees que me voy a morir así como así? Además, tu hermana viaja conmigo. Ivonne es un hueso duro de roer.

-Debes proteger a mi hermana.- murmuró el pequeño, dándose media vuelta y secándose con el puño de su poleron los pequeños lagrimones que caían de sus mejillas para que su hermano no lo notase. Entonces, exclamó con toda la felicidad que pudo irradiar.- mañana terminarás de contarme la historia. Muero de ganas por saber cómo terminará. Estoy seguro que la elfa acabará siendo mala.- Luego, y aun de espalda, salió corriendo de la biblioteca dejando a Vadenl completamente solo.

Viéndose libre de todos, sus recuerdos volvieron a ella. Cuando él se había enfrentado al dragón, y en el último instante, pensando en que ya no tendría un mañana, ella lo había salvado. Y así, sumido en sus pensamientos, se quedó profundamente dormido, cerca del fuego mágico que ardía en la chimenea, sentado en una de las butacas negras de la biblioteca.

Cruzando el jardín principal a toda velocidad, Ivonne ingresó al castillo por la puerta trasera, con más prisa que nunca. Ésta emitió un ruido sordo cuando ella la cerró. Entonces, todo volvió a ser silencio y oscuridad.

-Lumino.- susurró, y frente a ella apareció una pequeña esfera de luz mortecina, que bastaba para avanzar en medio de la oscuridad sin tropezarse ni asustar a nadie después de haber llegado a deshoras. Apuró el paso para cruzar el salón e ir en busca de su hermano, sin embargo, sin razón para ello, se detuvo en seco frente al gran reloj del recibidor. 3:45 AM marcaba éste.

Se quedó allí parada un instante, sin saber por qué. Luego volvió a apurar el paso en dirección al cuarto de Vadenl, esperando encontrarlo allí.

Vadenl dormía plácidamente en una butaca. Soñaba con su elfa, o al menos con la que esperaba fuese su elfa algún día, aunque debía aceptar que Ivy tenía razón. Ella parecía esquivarle la mirada, y aunque lo tratase con ternura, no le prestaba tanta atención como él hubiese querido.

Soñaba que llegaba Esel a caballo, y que les decía que Elaers estaba en peligro, que debía ir a rescatarla. Él partía a galope al castillo elfo, en el que Eragars le entregaba la armadura que antiguamente él mismo había usado en combate, y… luego hubo una confusión con un dragón con cola de tritón y un restaurant de comida cacera…

-Despierta Vadenl.- Ivonne lo sujetó por los hombros y lo sacudió suavemente, pero éste dormía tan profundamente que finalmente optó por zamarrearlo.- ¡Despierta sabandija!- le gritó un minuto más tarde, cuando ya había perdido por completo la paciencia.

Partiendo desde el dormitorio del joven, Ivonne había recorrido el castillo casi completo, y había terminado encontrándolo justamente en el único lugar en el que jamás pensó que estaría. La biblioteca, pero precisamente, cerca de la chimenea que no prendían en verano.

-¿Qué pretendes?- murmuró Vadenl aun un tanto dormido. Entreabrió sus ojos y se extrañó al ver que su hermana aun llevaba puesto el vestido negro con el que había salido en la mañana, cubierto por una gruesa capa de barro. No le quiso decir que lucía espantosa, con el pelo todo revuelto y su chaquetón de cuero de dragón agujereado.

-Debemos apurarnos.- le contestó ella cortante.- Esel está aquí, con su escolta.

-¿Esel?- Preguntó Vadenl a pesar de saber perfectamente de quien hablaban. En realidad su pregunta había querido resaltar la hora en la que llegaba más que la persona de la que estaban hablando, cosa que Ivonne no le entendió.

-Sí, Esel. Está en bosque, esperándonos, mientras yo me demoraba buscándote.- Le contestó ella con un aire de rabieta en su tono.- ¿Qué diablos haces al lado de una chimenea en verano?

-Yo estaba…- Comenzó Vadenl.

-Da igual.- le interrumpió ella.- Debemos irnos ahora.

El joven se llevó las manos a los ojos y se los refregó. Se puso de pie justo en el momento en que ella le ordenó.

-Te espero en 10 minutos abajo, en la puerta principal.- Luego se fue ofuscada.

Aun medio dormido, Vadenl se retiró inconscientemente hacia su cuarto. Caminó por inercia, bostezando de vez en cuando, y cuando al fin llegó, se detuvo un segundo a pensar para qué diablos había subido.

-Esel.- recordó somñoliento. Entonces se dirigió a la derecha de su cuarto. Había dejado su bolso y sus espadas justo delante del armario. Tomó el bolso y se lo puso. Luego se amarró las dos espadas al cinto. Descolgó de una percha cercana al armario su gabán negro y salió dejando con llave mágica la puerta de acceso.

Ivonne lo esperaba abajo, a un costado de la puerta principal al fuerte. Se mostraba un tanto inquieta, por lo que el muchacho apuró el paso. Bajó las escaleras casi trotando y se le unió apenas pudo.

Mientras se fijaba en el castillo, que algún día había sido un fuerte, llegó a la conclusión de que éste era prueba viviente de la decadencia humana. La construcción, que en algún momento de la historia había sido indestructible, ahora, no era más que una ruina contando sus días. El esplendor había desaparecido, dejándole el camino abierto al derrumbe de toda una era de dominio de la humanidad.

Así era como él, erudito en historia y guerrero innato, veía aquella mole avejentada delante suyo, mientras esperaba pacientemente a los hermanos Geurock, Vadenl e Ivonne.

Tratando de entender las razones que motivarían a un reino a mantener "aquello" funcionando sin repararle, se echó a reír. Todo siempre había sido cuestión del tiempo, que hacía y deshacía a su antojo a medida que transcurría. Y él era constante observador de ello. Su inmortalidad le hacía partícipe de la corrupción de las sociedades, y de la aparición y esplendor de otras…

El estornudo de su acompañante lo distrajo.- Kareki. ¿Te encuentras bien?- le preguntó inquieto a la mujer de cabellera azabache revuelta que, apoyando su espalda en el tronco de un árbol cerano, esperaba en silencio la llegada de los dos jóvenes.

-Sí.- le contestó ella sonriente- frío.- Le murmuró luego.- hacía mucho tiempo que no lo sentía.

Entonces él se abalanzó sobre ella y la abrazó.- Procura que todo salga bien.- le rogó, y quitándose su chaqueta de encima, se la entregó al tiempo que le besaba la frente.

-¿Cuánto más irán a tardar?- preguntó ella acurrucándose en la chaqueta de su amado.

-No mucho.- le contestó él distraído.- Acabo de escucharlos salir del castillo. En quince minutos estarán con nosotros.

Ya más despierto, Vadenl siguió a su hermana en silencio, no porque no tuviera nada que decir, sino porque prefería esperar a que a ésta se le pasara la rabieta. Ivonne se transformaba en un ogro cada vez que algo le molestaba, y eso sumado a su falta de sueño terminaba por ser insano para cualquiera. Por ello, tampoco preguntó dónde específicamente los esperaba Esel y su escolta, respuesta que lo estaba sacando se sus cabales de pura intriga.

Atravesaron el antejardín del fuerte a paso agigantado, hasta llegar al portón principal. Cuatro guardias estaban apostados allí, jugando a las cartas animadamente y bebiendo para pasar el frío. A Vadenl no le importó. A Ivonne, sin embargo, le molestó bastante, y con lo molesta que ya estaba, a Vadenl no le quedó otra que prestarle una ayudita a los nocheros.

-Muchachos, necesitamos salir.- les dijo él amablemente, mientras ella los miraba con cara de yegua salvaje encadenada.

Los guardias se pusieron de pie de inmediato y les abrieron el portón con muy poca presteza. Estaban ya bastante ebrios, y es que seguramente pensaron que pasarían desapercibidos, ya que muy rara vez a alguien se le ocurría salir a las 4.15 de la madrugada.

El portón cedió al fin, y en ese preciso instante, Vadenl sintió un sabor amargo cruzar su garganta, y atravesar como estaca su corazón. Una vez pusiera un pie fuera del fuerte, ya nunca más podría volver a entrar. Se sorprendió al darse cuenta de que estaba retardando inconscientemente el momento en que aquel paso sería dado. Irónicamente, aquel paso debía llevarlo a la felicidad absoluta. A un mundo en el que él pusiera sus propias reglas. Un mundo con Elaers de Bosque Elfo a su lado, y sin embargo, después de haber luchado tanto por ello, ahora no se atrevía a dar el paso porque…

-¡Vadenl!- Le gritoneó Ivonne, no muy fuerte, del otro lado del portón.- Tenemos prisa.- Le recordó rápidamente, recalcando cada una de las sílabas de aquellas dos palabras.

Vadenl la miró a los ojos sin comprender cómo podía llegar a ser tan desapegada emocionalmente de todo. En fin. Suspiró y sonriéndole nerviosamente, dio aquel pequeño gran paso despidiéndose amistosamente de los nocheros. Una vez del otro lado, volvió su vista al portón, y luego a Ivonne, que ya había emprendido camino hacia donde quiera que Esel estuviese esperándoles.

Del otro lado del portón surgía un camino estrecho que llevaba directamente a la ciudad de Selfond Grans. A no más de 20 metros del camino, comenzaba el Bosque Negro, como era conocido entre los reinos humanos, o, el Bosque Elfo, como era llamado por sus verdaderos moradores.

Afuera, el viento sofocaba. No se había dado cuenta de ello porque había estado luchando contra sus sentimientos, todos ellos encontrados.

Se desabrochó la mitad de su camisa, sólo para refrescarse antes de seguir a su hermana. Cuando el silencio se volvió incómodo para él, se atrevió a preguntarle. -¿A cuanta distancia está Esel?

-A poco más de cinco minutos de aquí.- le contestó ella aun cortante, mientras apuntaba al horizonte.- Y está bastante desolado.- agregó, refiriéndose al elfo.

Vadenl saboreó la respuesta como quien tiene en su poder un pequeño pedazo de pastel. Aquel trocito de información planteaba múltiples preguntas: ¿Qué tan mal estaba Eragars? ¿Qué le había ocurrido? ¿Qué razón le habría obligado a mandar un pergamino de suma urgencia, que en el fondo, no decía nada? Y la más importante de todas ¿Cómo estaba Elaers? Claro sí, que cuando llegase la hora de formular ésa pregunta, trataría de hacerla pasar por nada más que una sana preocupación.

Vadenl se acomodó la chaqueta al hombro y le echó un vistazo al bosque que se abría al frente. Desde hacía ya un buen par de meses que no se adentraba en él por motivos que fuesen más allá del conseguir una buena caza.

En sí, el Bosque Negro, o como él mejor lo conocía, el Bosque Elfo, no era algo que agradase la vista en una primera instancia- ni segunda, ni tercera, si había que ser honestos-, y aquello, sumado a la cantidad de criaturas mágicas que moraban en él, era una buena razón para que la mayoría de los humanos no se atreviesen a adentrarse más en él.

Imponentes, gallardos, ya de por sí, los primeros árboles que le daban la bienvenida, parecían amenazadores. Como personificación poética, hacía ya mucho tiempo Vadenl le había dicho a su hermano pequeño que se asemejaban a los guardias del palacio imperial. Bastante peligrosos y con cara de muy pocos amigos.

Más adelante, la maraña se volvía confusa. El bosque crecía salvaje, sin reglas. Debido a que las únicas criaturas "civilizadas" que moraban en él se encontraban a días de viaje de allí, no existía ni siquiera un sendero que pisar. Aquello además, hacía que fuese bastante fácil perderse.

Una oleada de calor insoportable pareció inundarlo todo. Vadenl sintió sus mejillas comenzar a arder de pronto. Había olvidado completamente lo desagradable que podía llegar a ser el calor dentro del bosque.

Sus pasos siguieron a los de su hermana que sin dudarlo se adentró en el bosque como quien entra a un precioso jardín. Ella nunca dudaba. Nunca titubeaba. O mejor dicho, jamás lo demostraba.

Por un momento el joven quiso poder ser como ella. Simplemente trazar un camino y recorrerlo sin dudarlo, hasta el final, aunque la decisión fuese la equivocada.

Pensando en ello estaba cuando se adentraron en el Bosque elfo, propiedad de todos y de nadie a la vez. Si bien los elfos deambulaban a lo largo de todo el territorio, moraban en el corazón del mismo. Ellos, dueños indiscutidos de esos terrenos, los manejaban de forma diferente a la humanamente conocida. Vigilaban los bosques desde las sombras, y convivían con cuanta criatura mágica deseara adentrarse en él. Todas tenían el paso abierto, menos una. La raza humana.

Desde hacía un par de décadas que los humanos y los elfos mantenían relaciones hostiles. Aquel deseo sobrenatural que envuelve a los hombres y los conduce a destruir era el que los elfos habían perseguido. Razón por la cual, éstos habían decidido cerrarle el paso a los bosques.

Vadenl lo sabía bien, por ello todos pensaron que estaba loco cuando decidió cruzar el Bosque Negro, desde la escuela de hechicería, para llegar a su morada. Para ser franco con él mismo, su cabeza en aquel instante sólo veía problemas sin salida, y creyó que si podía enfrentarse a uno mayor, quizá los que tuviese, de pronto le pareciesen ínfimos, e incluso viese la solución.

No se había equivocado. El bosque lo había elegido como uno más de los menos de veinte humanos que había llegado a conocer el corazón de él.

Vadenl dejó escapar el enésimo suspiro de la madrugada y en un impulso extraño, como siempre, alzó su vista al cielo y comprobó que el bosque seguía siendo el mismo de siempre. Sus árboles eran tan altos que incluso osaban intentar llegar al sol. Cuando sus gruesos troncos llegaban al cielo como enclenques ramitas, se curvaban formando una especie de techo natural, el cual, con el paso de tiempo se había vuelto más frondoso, impidiéndole a los rayos de sol penetrar libremente.

Ivonne carraspeó y le dirigió una mirada cortante a su hermano, mientras le indicaba con gestos, que Esel de Bosque Elfo se encontraba a no más de tres minutos de allí.

Por entremedio de aquel caos y maraña de diversos tonos de verdes, el joven pudo distinguir algunas formas que no provenían del bosque. El relinchar de un grupo de caballos se lo comprobó. Conforme iba avanzando, las figuras se iban volviendo cada vez más nítidas, pasando de vagos manchones color plomo a una escolta completa de caballeros elfos.

Aquello precisamente dejó perplejo a Vadenl. Para que aquello fuese posible, para que Esel de Bosque Elfo haya tomado la opción de viajar con una escolta de caballeros y no de nobles, el problema al que se enfrentaba Eragars debía de ser bastante grande.

Frente a ellos, al medio de la escolta, se encontraba Esel de Bosque Elfo. Se trataba de un elfo joven. Representaba unos veinte y pocos a pesar de tener unos ciento veinte y muchos. Esel era un elfo alto, delgado y un tanto anguloso, cosa que se hacía más notoria en su rostro. Iba envuelto en placas metálicas lustrosas con algunas incrustaciones color esmeralda. Momentos antes se había quitado el casco de su cabeza, dejando al aire libre su cabellera rizada, azabache que caía desastrosamente sobre sus hombros, cosa que confirmaba a los hermanos que efectivamente el viaje desde el castillo elfo hacia la fortaleza no había sido precisamente de placeres.

De una rápida ojeada el muchacho pudo identificar cuatro arqueros bastante cerca de Esel, además de un sujeto medio extraño que reposaba apoyado en un árbol, al lado derecho del príncipe elfo.

Antes siquiera de que el joven pudiera asimilar correctamente lo que estaba ocurriendo, Esel comenzó a caminar hacia ellos. No le había dado tiempo si quiera como para salir de su asombro, parte por ser primera vez que el muchacho veía una escolta elfa armada completamente y por haberle tomado realmente el peso a la situación luego de haber recibido el pergamino. Supuso que lo mismo debía estarle pasando en esos instantes a Ivonne, y desde luego, no se equivocaba.

Una vez el elfo se encontró ante él, en una reacción que descolocó un tanto al muchacho, el elfo le abrazó con fuerza. Rápidamente, Vadenl atinó a corresponderle el abrazo, al tiempo que le preguntaba.- Esel, viejo amigo ¿Qué ha ocurrido?

Pasados un par de segundos, el elfo soltó al muchacho y se hizo a un lado para que éste pudiera observar la plenitud de la escolta que lo acompañaba. Frente a ellos, los 20 caballeros elfos les hicieron una pequeña reverencia.

A su otro lado, Ivonne, de pie, parecía tener cara de entenderlo todo, y sin embargo, profesaba las mismas dudas que su hermano. El hecho de que se hubiese topado con Esel, había sido un evento casi fortuito. Deambulaba por el bosque, como solía hacerlo a menudo, cuando el graznido de una criatura salvaje la distrajo por completo. Acostumbrada como estaba a fiarse de sus rápidas reacciones, desenfundó y se quedó allí un momento. Quieta. Expectante.

El viento espeso se coló por sus cabellos y por entre sus ropas, haciendo que sintiese el peso de la noche. Nada ocurrió durante el lapso aproximado de un minuto, en el que ella hasta su respiración había querido pausar para poder escuchar mejor. Cuando comenzó a calmarse, una voz estruendosa casi le arrebató el corazón del susto.

-¿Ivy?

Luego de haberse recuperado del impacto inicial, su memoria trabajó para reconocer al propietario de dicha voz. -¿Esel?- preguntó al viento.

Una risita medio estrambótica, medio melancólica lo delató, y entonces, como la criatura misteriosa que siempre había sido, surgió del bosque como ánima en pena y en menos de tres segundos apareció frente a ella Esel de Bosque Elfo, el guerrero de piel tan pálida que llegaba a tener un tinte casi plomizo. Alto, cubierto en una armadura colosal, la miró con ternura y al rato cambió la expresión para preguntarle con desconcierto.

-¿Dónde has estado? Llevo horas esperándote.

Ella se encogió de hombros inquieta.- ¿Horas, Esel? No puede ser. No nos ha llegado ningún pergamino tuyo.

Él frunció el entrecejo.- Eso no puede ser. Enviamos un dragón mensajero ayer comunicándoles que llegaríamos hoy al atardecer.

Esta vez ella frunció el entrecejo realmente desconcertada.- Déjame que te reitere que no recibimos nada ni ayer ni hoy.

El elfo se rascó su negra y enmarañada cabellera rizada revuelta y continuó.- Da igual. Confío en ti, Ivonne, pero en honor al tiempo me saltaré cualquier preámbulo e iré directo al grano. ¿Qué han decidido?

Ella suspiró.- ¿De acuerdo al pergamino que recibimos de tu padre? Por supuesto que le ayudaremos.

En ese preciso instante el elfo no pudo contenerse y la abrazó tan fuerte, que a la pequeña Ivonne le pareció que en cualquier momento le quebraría los huesos.

-¡No sabes cuánto aprecio tu respuesta!- Le contestó todo lo radiante que podía estar su rostro ojeroso, el cual pasados un par de segundos, volvió a ensombrecerse.- De todas formas no hay tiempo. Debemos ir por Vadenl ¿Irá él con nosotros?

Ella asintió en silencio. Tuvo la femenina necesidad de abrazarlo y reconfortarlo, pero se contuvo, puesto que no quería que le notase sensible.

-Entonces debemos ir a buscarlo inmediatamente. El tiempo se nos acaba.- le dijo él, adivinando las reacciones de la muchacha.

-Pero, ¿Qué ha ocurrido?- le preguntó ella, asustada de pronto.

Él entonces le hizo un ademán de guiarla hacia el castillo Geurock y se dispuso a avanzar.- Te explicaré todo cuando Vadenl esté con nosotros.- Le contestó mientras caminaban.

Y de esa forma Ivonne había recorrido el corto trayecto que unía al bosque elfo con el castillo y una vez llegaron al límite de ambos, Esel se despidió diciéndole.-Te esperaré en el claro que se encuentra a menos de quince minutos de la puerta principal ¿Lo ubicas?

Ella volvió a asentir.

Luego de despedirse brevemente, Ivonne había ido a buscar a su hermano, al que había terminado por encontrar en la biblioteca. Juntos se habían internado en el Bosque Negro, donde se reunieron con Esel en medio del claro en el que él les había dicho que estaría.

Junto a aquella escolta de elfos, se encontraba un caballero extraño. No era elfo, porque desentonaba en contextura, porte y en armadura con el resto de la escolta. Ambos hermanos notaron como la vista de Esel viajó desde ellos hacia aquel extraño personaje, que sin pensarlo, como si hubiese querido darles una gran sorpresa, se quitó la capucha y dejó al descubierto su fino rostro de mujer, y su larga y ondulada cabellera negra.

Esel fue a buscarla dando grandes zancadas desde donde se encontraba. Una vez frente a ella, le tomó la mano y le indicó amablemente que le acompañara. Ella así lo hizo, con la vista fija en el suelo, como si supiese que ya había llamado bastante la atención y ahora quisiera minimizar su existencia.

Mientras tanto, Vadenl le dirigió una mirada cómplice a Ivonne, la cual ella entendió a la perfección como un "¿Crees que son pareja?"

Ante ello, ella le contestó encogiéndose de hombros, que Vadenl interpretó como un "Quizá."

No obstante había allí un asunto mucho más importante que el que anteriormente habían comentado entre gestos ambos hermanos. Durante todos los viajes que habían realizado a la casa elfa de Eragars, éste les había hecho saber el listado de nombres de los 5 humanos vivos que formaban parte de su círculo de confianza. Aparte de ellos, se encontraba Alhen Wildermach y su pequeña hija Stella Wildermach, a quienes conocían, y un tal Dark Von Sloversher, de quien habían escuchado mucho pero aún no conocían.

Sabiendo aquello, Vadenl no pudo no querer saber ¿Quién era ella, que aunque no pertenecía al círculo de confianza de Eragars, acompañaba a Esel?

Una vez el elfo y su humana acompañante estuvieron lo bastante cerca de ellos como para empezar a charlar, Ivonne se saltó todas las preguntas que anteriormente le preocupaban, para hacer notar su inquietud sobre la mujer, sonando bastante descortés.

La cara del elfo cambió drásticamente, como había ocurrido bastante durante la noche. Dejó escapar un suspiro y tras un breve instante de silencio, comenzó a explicarles casi en un susurro.

-Ella es Kareki Sarou, hechicera de la corte de los Dragones Negros. Llevamos 20 años siendo amantes. No es algo que le haya contado a mi padre, aunque mis mejores hombres siempre lo han sabido y entiendo que no te fíes de ella, pero yo pongo mi vida en sus manos, y me gustaría que si no confían en ella, al menos lo hagan en mí.

Ivonne quiso gritar al firmamento ¿qué maldito problema tenían los elfos que les gustaba tanto liarse con humanos? pero guardó silencio. No le gustaba nada el asunto, y no precisamente por lo que fuese a pasar o lo que los aguardase allá, en los dominios de Eragars, sino en la misma mujer que tenía frente a ella.

Al contrario de su hermana, Vadenl sintió la tremenda necesidad de confiar en ella, lo que tradujo como empatía. Es como si se hubiese visto a él y a Elaers en aquella posición, y no le había gustado nada.- Te entiendo.- Dejó escapar las palabras con una sinceridad tan grande que Ivonne no pudo dejar de ocultar su rostro de tragedia.

La extraña alzó la vista y como toda respuesta le regaló una sonrisa.

El joven le correspondió la sonrisa y luego volvió su vista hacia el elfo.- Hacía un rato le dijiste a Ivy que no contabas con mucho tiempo. ¿Por qué? ¿Qué es lo que ha pasado?

-Lo que salga de ésta boca no lo reproducirás jamás, o ambos correrán peligro.- inició el elfo, como si estuviese profiriendo una extraña amenaza en un tono extrañamente afable.- Hace dos semanas y un par de días atrás, mi padre, Eragars de Bosque Elfo, recibió un extraño pergamino de amenaza. No lo tomamos en cuenta hasta que recibimos la horrenda noticia de que la torre occidental había sido destruida completamente. Sesenta elfos, todos guerreros, muertos de la noche a la mañana . Nos enteramos dos días después, cuando mi padre, cansado de no obtener noticias por medio del comunicador mágico, envió una comitiva, de la cual yo estaba a cargo, para descubrir qué estaba pasando.-Esel se detuvo un momento en su relato, y cerró sus ojos como si estuviese evocando a su memoria un suceso terriblemente dramático. Volvió a suspirar, y continuó. -Fue horrible. Volví con la noticia a mi padre, y luego retorné a la torre, desde dónde comenzamos a rastrear lo ocurrido.

-¿Dices que la torre occidental fue destruida? ¿Cómo pudo haber ocurrido eso?- preguntó Ivonne atormentada.

-¿Y tienen alguna idea de qué fue lo que ocurrió?- le preguntó Vadenl un tanto ansioso.

Esel se encogió de hombros.- Tenemos pistas. Por ejemplo, la torre fue destruida desde arriba, por lo que pensamos que utilizaron dragones lanza piedras. Creemos que fue un ataque sorpresivo, ya que muchos… muchos de los elfos… muertos no llevaban puestas sus armaduras… Fue una masacre a gran escala.

Vadenl estaba parado allí, sin saber qué decir o pensar, cuando Ivonne se abalanzó hacia Esel y le abrazó con fuerza.

-Gracias Ivy.- le contestó él.- Como podrás imaginarte, mi padre está destrozado. Por lo mismo mandó a Elaers hasta la torre Norte y luego, a casa de su abuelo. Allí no correrá ningún peligro.

Vadenl lazó un suspiro de alivio. Elaers estaba sana y salva. Nada malo le había ocurrido, y no había tenido que preguntarlo directamente.

Ivonne dio un par de pasos hacia atrás al tiempo que le preguntaba al elfo.- ¿Y piensas que pueden atacarlos nuevamente?

-Estamos completamente seguros de ello. Después de lo que ha ocurrido, es lo más factible.

Los cuatro guardaron silencio durante un breve lapso de tiempo, el cual Vadenl se atrevió a interrumpir.- Todo esto parece una macabra historia de terror. Lo que no logro comprender es nuestro rol en esta historia.

Esel pareció analizarlos a ambos antes de contestar a la pregunta de Vadenl.- Mi padre es quien los quiere a su lado. Hacía siglos que no ocurría algo así, y esta devastado. Cree fervientemente que se avecina una guerra y requiere concejos.

-¿Qué?- dejó escapar en un chillido Ivonne.- ¿Realmente cree que se avecina una guerra? ¿Contra quienes? ¿Y qué es lo que pretendes que hagamos, Esel? Yo jamás he estado en una guerra.

-En cuanto a la guerra, quizá haya sido un levantamiento de los elfos de bajo montaña. Ya saben ustedes que no se fían de nosotros. Ya hemos mandado emisarios a sus tierras, escoltados por paladines. No obstante, lo que más necesita mi padre en estos momentos es tenerlos a su lado para saberse seguro. Necesita de sus amigos.

-Comprendo.- Contestó Vadenl.- Si lo que quiere tu padre, y amigo nuestro, es que estemos a su lado en este momento tan difícil para él, lo estaremos, que no te quepa duda alguna, Esel.

-No saben cuánto aprecio este gesto, Ivonne, Vadenl. Mi padre se encuentra totalmente devastado, y ustedes serán de gran ayuda a la hora de levantarle la moral.- Continuó el elfo.- Estaremos en deuda con ustedes.

-No sé si sea correcto preguntarlo ahora, Esel, pero necesito saberlo. Hay una parte en el pergamino que dice explícitamente que no debemos comentarle nada de lo ocurrido a nadie. ¿Hay algo más?- preguntó Ivonne.- Es decir, es lógico que no íbamos a decirle nada a ninguno de nuestra raza.- continuó ella, poniéndole especial énfasis a las últimas dos palabras.- Entonces ¿Por qué agregarlo?

-Es secreto de estado querida Ivonne. Aun no se ha difundido la noticia. El pueblo no lo sabe todavía, porque tenemos miedo de estar equivocados, o alarmarlos antes de tiempo. Quizá podamos controlar lo ocurrido y manejar la situación, pero mientras no estemos seguros de qué es exactamente lo que ha ocurrido, no difundiremos nada.

A través de su rostro, Vadenl demostró no estar de acuerdo ante la medida tomada, pero en vista que no era mucho lo que podían hacer, dejó el tema de lado y preguntó.- ¿Cuándo deseas que partamos, Esel?

-De poderse, ahora. Ya saben que son 5 días de viaje hasta el corazón del reino elfo, y como tememos por sus vidas, hemos decidido escoltarlos. Kareki y dos de mis caballeros viajaran con ustedes.- contestó él.- Sin embargo, los dejarán a unos kilómetros de la frontera con el castillo. De ésta forma, Kareki y yo nos ahorraremos problemas.

Ivonne dejó escapar un pequeño resoplido y luego, dirigiéndose a Esel, le preguntó.- ¿Ella será quien nos guiará al castillo elfo?

-No puedo hacerlo yo, Ivy. Mi deber en estos instantes es continuar rastreando hasta dar con una explicación a lo ocurrido.

-Entiendo.- dijo Ivonne, asumiendo los hechos.

-Vadenl.- Le llamó Esel mirándolo a los ojos.- Necesito que me jures por tu vida que protegerás a mi hermana suceda lo que suceda. Ella ahora no sabe nada, pero tarde o temprano se enterará, y querrá saber cómo están sus hermanos y su padre. Viajará al castillo a penas lo descubra. No habrá forma de hacerla entrar en razón. Lo sé, porque la conozco muy bien, y ni Garathers ni yo vamos a estar allí para cuidarla.

A Ivonne todo aquello le cayó como un balde de agua. Sus peores temores se habían materializado completamente. Esel sabía lo que Vadenl sentía por Elaers, y estaba dispuesto a entregarle su cuidado a él, y seguramente lo había hecho porque el bueno de su hermano había aceptado a la tal Kareki.

Vadenl le tendió la mano derecha a Esel, y al tiempo que se la apretaban fuertemente, el joven le respondió.- Pase lo que pase, Elaers no correrá peligro.

El elfo le sonrió al joven hechicero. Luego, tomó de la mano a Kareki, y le preguntó.- ¿Estás lista?

Aquello era señal inequívoca que era el momento de las despedidas.

Vadenl e Ivonne se miraron mutuamente. Ambos tenían sus bolsos en la espalda, por lo que, estaban más que preparados para partir.

Esel, aun de la mano con su amada, caminó de vuelta hacia su escolta, con Vadenl e Ivonne pisándole los talones. Los caballeros al verlo aproximarse, dejaron de charlar al instante.

Frente a ellos, Esel se dirigió a uno de los elfos en cuestión.- Ervin.- Se trataba de un guerrero, cuyo rostro se encontraba escondido bajo su enorme casco.- Ya sabes que hacer.

El elfo, de pie delante de su corcel, asintió en silencio e hizo una reverencia. Luego, tan rápido como podía, se dirigió a un par de corceles negros que mantenían atrás de la escolta y los arreó hasta donde se encontraban los hermanos. Mientras tanto, Esel volvió a dirigirse a los jóvenes.

-Kareki los guiará hasta la frontera. Una vez allá, volverá conmigo para continuar nuestra búsqueda. Apenas hayan llegado a la frontera, contáctense conmigo inmediatamente para hacerme saber que están bien.- les explicó.

-Así lo haremos Esel, pierde cuidado.- Le contestó Ivonne.

Esel estrechó primero a Ivonne, demostrándole lo mucho que la quería.- Cuídate pequeña. No te alejes nunca mucho de Vadenl.- Luego, repitió el mismo gesto hacia el joven, al tiempo que le decía.- Eres un hombre increíblemente noble, Vadenl. Mi padre tiene mucha suerte de tenerte como amigo. Y yo también, si es que cuento con dicho honor.

-Por supuesto que sí, Esel.- Le contestó el joven.

Una vez se hubieron alejado, el elfo les hizo percatarse de la presencia de Ervin, quien tenía entre sus manos las riendas de los caballos que ambos jóvenes montaría.

-Creo que este es el momento de las despedidas.- sentenció cantarina Ivonne, para hacer más alegre la partida.- Cuidaremos de Eragars. Te prometo que estará bien con nosotros a su lado.

Esel se apartó del grupo para despedirse de su amada, a quien abrazó por alrededor de dos largos minutos, antes de soltarle, besarle la frente y disponerse a partir.

Entre tanto, ambos hermanos montaron sus corceles. Con las riendas en las manos, esperaron a que Ervin, montara para seguirlo.

El reinado elfo de Eragars comprendía toda la zona del Bosque Elfo Sur. Lindaba al oeste con los terrenos de su padre, Selfio Enecin Elf, conocidos como Las Costas Elfas; al norte con los elfos de montaña y finalmente, al este, con Selfond Grans, reino en el que ambos protagonistas habían crecido y el cual ahora acababan de abandonar, según ellos, para siempre.

Desde donde se encontraban hasta los terrenos de Eragars eran alrededor de cinco días. No obstante, gracias a la velocidad de los corceles elfos, los elfos estimaron que el viaje sería de no más de tres días.

El grupo se había puesto en marcha a eso de las 4.45 de la madrugada. Los corceles que los jóvenes montaban habían seguido instintivamente al de Ervin, el cual había actuado como guía natural. Aquello les había ahorrado el problema de tener que guiar a los animales.

Las primeras tres horas el trayecto se les hicieron cómodas. Luego, la monotonía de viaje, sumado al movimiento acelerado de los corceles que les impedía mantener siquiera una esporádica charla, los había cansado más de la cuenta. Ya para medio día, cuando hicieron la primera parada, los hermanos Geurock estaban tan agotados como después de haber salido de caza por más de 15 horas.

El calor de mediodía se hizo sentir desde el primer segundo en que el grupo comenzó a apearse. Mientras cabalgaban no lo habían notado debido a la corriente que se producía por galopar velozmente. Aquello además les había, al menos a los jóvenes, mantenido despiertos y a la vez, provocado una sed excesiva.

Ervin y aquel otro elfo que los acompañaba, que aun no se había presentado, habían sido los primeros en apearse. Cuando ambos habían detenidos sus corceles, el resto de la recua había actuado por inercia. Kareki los siguió, casi dando un pequeño salto a tierra, que a Vadenl en algún momento le pareció hasta artístico. Luego, bajó Vadenl y finalmente Ivonne, quien casi resbala, de no ser por Ervin que la rescató justo en el momento indicado. Lo anterior encendió el rostro de la jovencita, quien, en su vergüenza, empujó al elfo hacia atrás, no muy bruscamente, con el rostro fijo en la alfombra de moho que era el suelo, al tiempo que le daba las gracias.

Vadenl sintió que aun iba montado a caballo por los siguientes 15 minutos. Claro que en ningún momento lo hizo público, después de todo, no era digno de un caballero.

-Por cierto- comentó el otro elfo.- Mi nombre es Seal. He trabajado para Esel durante 50 años, y aunque nunca antes los había visto, Esel me ha contado maravillas de ustedes.- Se acercó a los jóvenes mientras les tendía la mano. A Vadenl se la estrechó, mientras que a Ivonne se la besó.

-Oh si.- Exclamó Vadenl.- Supongo que les habrá contado sobre el dragón aliento de veneno.

-No.- le contestó Erwin al instante, aunque con un tono dubitativo.

-Fue un episodio bastante cómico. Esel y su hermano Garathers se apresuraron a eliminarlo, pero quedaron desarmados, e Ivy le atacó con un tenedor.- Dijo, evitando reírse estruendosamente.

-No me fastidies.- le dijo Ivy, en tono de burla.- Fui yo quien lo venció.

-¿Con un tenedor?- preguntaron al mismo tiempo, Ervin, Seal y Kareki, claramente sorprendidos.

-Bueno, si.- comentó con humildad, algo poco común ella.- Algo había que hacerse. Y era lo único que tenía a mano.

-Vaya.- comentó Ervin sorprendido, al tiempo que tendía sobre el piso de moho un montón de colchas.- Por favor, tomen asiento.- les indicó.- Me gustaría saber cómo aniquilaste a un dragón con un tenedor.

-En base a un hechizo simple de encantamiento de objetos. Lo transmuté y creé un gran tridente envuelto en llamas.- le contestó ella.

-¿Transmutación? Es un arte realmente difícil.- comentó Seal, tomando asiento también.

-Yo lo reprobé la primera vez que lo rendí.- Les dijo Kareki, asombrada.

-Ivonne es bastante buena. Es el arte que mejor maneja. Además, creo que es la única en todo el mundo conocido que se puede jactar de haber vencido a un dragón con un tenedor.- insistió su hermano.- Fue épico. Digno de poesías.

El grupo estalló en carcajadas durante un buen tiempo. Al final, Ivy decidió contarles con lujo de detalle su famosa escena del tenedor, aquella que tanto había hecho reír a Eragars, rey elfo.

Entre tanto, Seal y Kareki sacaron de sus bolsos de viaje pequeñas porciones de pancetas envueltas en géneros de lino, las cuales compartieron mientras bebían agua de las cantimploras elfas. Después de haber pasado 40 minutos dándole vuelta a temas banales, iniciaron nuevamente la marcha y no se detuvieron hasta pasadas las 7 de la tarde, cuando el inmenso calor del verano comenzaba a desvanecerse para darle paso a una leve ventisca que en el fondo, no apaciguaba el escozor del bosque, pero lo hacía mucho más soportable.

Cuando al fin volvieron a detenerse, el cansancio era tal, que tras compartir pequeñas raciones de pancetas, Ervin armó los sacos y se dispusieron todos a dormir. No hubo charla alguna que precediera el momento en que casi todos se durmieron, sólo el comentario seco de Kareki indicando el momento en que despertaría, y que ella y Seal se turnarían para hacer la guardia.

Ivonne armó un lío con su capa de tal forma que se asemejase lo más posible a una almohada, y la depositó sobre unas raíces enormes. Sin hacerse problemas, se zambulló en su saco y cubriéndose casi hasta la nariz, se dispuso a dormir.

A Vadenl le pareció que había hecho una especie de nido, lo cual era un tanto gracioso. Pasados un par de minutos ensimismado, el joven se despidió de Kareki con un pequeño ademán y se reclinó para acostarse. Lamentablemente tuvo que darse varias vueltas antes de quedarse dormido porque bajo su omoplato izquierdo se había formado un tumulto de tierra que no le permitía yacer cómodamente. Al final, optó por dormir de lado, esperando que no se le durmiesen los brazos antes de que se durmiese él. Afortunadamente, el agotamiento pudo más y durmió plácidamente hasta la mañana siguiente.

Un rayo de luz fue a posarse sobre los párpados cerrados de Ivonne. A pesar de tener el sueño pesado, Ivonne despertaba apenas sentía los primeros rayos de sol. Abrió los ojos y se incorporó de golpe, pensando que se había quedado dormida, y se encontró frente a frente con Ervin, quien preparaba el desayuno.

-¿Cómo has dormido?- le preguntó éste amablemente, mientras molía unas semillas en un tiestito pequeño de piedra. A su lado, hervía un tachito con agua.

-De maravilla.- le contestó la joven, y luego dirigió su vista a Vadenl, quien continuaba durmiendo plácidamente. Volvió a dirigir su vista a Ervin, esta vez para preguntarle.- ¿Qué hora es?

-Pasadas las 9 de la mañana.- le contestó éste, sumido en su actividad.

Ivonne entonces se incorporó y gateó hasta la colcha de Vadenl, tratando de zamarrearlo con cuidado.- Eh Vadenl, despierta.

Vadenl se estiró y trató por un instante de seguir durmiendo. Su inconsciente le decía que necesitaba descansar; reponerse del esfuerzo físico del día anterior. No obstante, de golpe recordó el motivo de su viaje y se alzó sin chistar. Se frotó los ojos en silencio y miró somnoliento a su hermanita.- ¿Qué hora es?- preguntó por inercia.

-Pasadas las 9 de la mañana.- le repitió ella.

A la vista de todos, Kareki y Seal seguían dormidos.

-Iré a despertarlos.- insistió Vadenl- Debemos partir cuanto antes si queremos llegar pronto al castillo elfo.

-Deben de estar cansadísimos.- comentó Ervin.- Estuvieron haciendo guardia durante la noche. Espera a que termine de preparar el desayuno. Una vez servido, los despertaré yo mismo.- sentenció.

Vadenl lo meditó un par de segundos. Si él estaba agotado, ellos debían estar destruidos.

-¿Prepararás esos budines insípidos característicos de los ejércitos?- le preguntó Ivonne en tono de chiste para cambiar el tema.

Ervin la miró y le sonrió al tiempo que le contestaba.- al menos te darán energías. Además, una vez que te acostumbras, ya no son tan malos.

Pasados veinte minutos, Ervin había terminado de preparar el desayuno, que tal como había acertado Ivonne, consistía en un par de gruesos budines hechos con hierbas y verduras de quien sabe dónde. Para el paladar de los hermanos, sabía insípido, pero era mejor que nada. Organizaron el día mientras tomaban desayuno. De acuerdo a los planes de Kareki, al medio día llegaría a un estanque. Ahí repondrían fuerzas mientras los caballos podrían acceder a una ración gratuita de agua. A la media hora debían partir, para terminar la segunda jornada a no más de 8 horas de las fronteras del catillo elfo.

El día ocurrió de la misma forma que fue planeado. A medio día habían llegado al estanque, en el cual los caballos se regocijaron de agua e Ivonne aprovechó de llenar su cantimplora y limpiar sus botas. El barro las cubría casi completamente desde la tarde antes de encontrarse con Esel en el bosque, y no había tenido el tiempo suficiente como para asearlas. Luego, las secó con fuego mágico y volvió a ponérselas.

La parada había servido además para que Ervin tomara una siesta obligatoria de parte de Seal, que le recordó que él haría la guardia aquella noche. Ivonne lamentó que el elfo no estuviese despierto. Sentía la necesidad de querer charlar con él, y por lo mismo se dispuso a hacer la guardia aquella noche ella también.

Kareki fue a instalarse cerca de Vadenl para descansar las piernas.

Vadenl la estudió con la mirada. No pudo dejar de pensar que Esel parecía un mozuelo al lado de ella. Dejo escapar un suspiro al tiempo que pensaba en un supuesto futuro entre él y Elaers. En treinta años más, él sería tan viejo como su padre, y Elaers seguiría siendo igual de joven. Quizá Ivonne tuviese razón, y la elfa no fuese para él… quizá no. Si Esel y Kareki habían logrado superar esa barrera, por qué no iba a poder hacerlo ellos…

Finalmente, se obligó a cambiar de tema, y reclinándose sobre unas raíces bastantes gruesas, prefirió disfrutar de aquel descanso, marcado por el calor extenuante del bosque. En un instante en el que pensaba en nada muy importante, notó que Kareki llevaba atado al cuello un colgante bastante especial. Se trataba de un colmillo de dragón perforado en la parte de arriba, sostenido por una fina cadena de algún metal precioso. Le pareció que la cadena combinaba bastante poco con el colgante, que al fin y al cabo, parecía sacado de una de las ilustraciones de algún libro de historia sobre los indígenas que habitaban en los bosques cercanos a las escuelas de magia.

La media hora transcurrió más rápido de lo que Vadenl hubiese deseado. Sentía su cuerpo más cansado de lo normal. Al menos no tendría que hacer la guardia. Admiraba a los elfos. Tenían una resistencia inigualable a la fatiga.

La carrera contra el tiempo para completar la segunda parte de la jornada comenzó como lo habían hecho las anteriores. Con Ervin y Kareki a la cabeza, los hermanos Geurock tras ellos, y cerrando la fila, Seal.

Avanzaron sin detenerse hasta entrada la tarde. Ninguno de los dos había llevado consigo algún reloj de mano, por lo que desconocían la hora con exactitud, mas aproximaron bien al suponer que eran pasadas las 9 de la tarde cuando Ervin interrumpió la cabalgata.

Se apearon todos en extremo cansados, ataron sus corceles a los árboles cercanos y bastaron minutos para que Kareki y Seal, quienes no habían dormido nada en más de 24 horas, armaran raudamente sus sacos y se dispusieran a dormir plácidamente.

Vadenl se dejó caer pesadamente sobre el piso de moho, y apoyó, al igual que Ervin, su espalda en un gran tronco. Estaba exhausto. El elfo, no obstante, lejos de descansar, se dispuso a armar un nuevo fuego de campamento, pequeño, para hervir el mismo tachito con agua que había hervido durante la mañana.

-¿Budín?- preguntó el guerrero con bastante ánimo.

Ivonne lo miró a los ojos y le asintió en silencio.

-¿Estás segura?- le preguntó riendo Ervin.- no soy muy buen cocinero.

La joven se echó a reír.- al menos me dará energía.- le contestó.

-Tienes razón. Las plantas que muelo para prepararlo son tratadas mágicamente para tener ese efecto en las personas. Claro que en nosotros tiene un efecto mucho mayor que en ustedes. Sus capacidades son mucho más limitadas como raza, sin ofender.- Concluyó, siempre sonriéndole a la joven.

-Lo sé, no hace falta que te disculpes.- le contestó ella.

Conversaron durante bastante rato, más de lo que Vadenl se demoró en engullirse aquel insípido trozo de comida. No quiso interrumpirlos, además, no tenía ganas de hablar sobre las plantas y sus componentes. Claramente, no era un tema que llenara a su hermana, por lo que debía tener otros propósitos para insistir en quedarse despierta a pesar de la dura jornada y el interesantísimo tema de conversación. Decidió preparar su saco y echarse a dormir, más que mal, si Ivonne pretendía socializar con Ervin más allá de lo que ella misma pensaba correcto, ya no tendría moral para molestarle por Elaers. Con esa plácida idea en su cabeza, terminó por vencerle el sueño.

Despertó a la mañana siguiente por un suave zarandeo de Kareki. Al abrir sus ojos, notó de cerca el rostro de la mujer, y aquel extraño colgante que llevaba siempre consigo. Bostezó y se levantó apenas unos minutos después. Ivonne y Ervin seguía durmiendo.

-¿Hasta qué hora se quedó despierta Ivonne?- preguntó el muchacho a Kareki.

Ella alzó sus hombros en señal de respuesta.- Cuando yo desperté ella ya estaba dormida y Ervin seguía haciendo la guardia. Nos preparó budines. ¿Deseas comer un poco?

Vadenl le hubiese dicho que no, pero había aprendido rápido que los ofrecimientos de Kareki eran casi obligaciones. Por lo mismo había accedido encantado a la oferta. Comió sin chistar, mientras la mujer preparaba una especie de té amargo e Ivonne se levantaba.

-Llegaremos poco después de mediodía.- Anunció la mujer al rato.- En unas siete u ocho horas más.

Aquello resultaba bastante placentero, al menos para Ivonne, que deseaba con toda su alma darse una ducha caliente y comer algo un poco más sabroso que plantas y más plantas, aunque por otro lado, le hubiese gustado haber pasado más tiempo junto a Ervin.

Los ases del sol aun no terminaban de penetrar el bosque cuando la comitiva se puso en marcha nuevamente. Se iniciaba así la última jornada del viaje hacia la casa elfa. Una jornada marcada por el silencio y la aceptación de que la primera etapa del viaje llegaba a su fin. A medida que avanzaban las horas, acentuadas por el escaso paso del sol a través del bosque, se acentuaban también las ganas de Vadenl de llegar hasta Eragars.

Los elfos se notaban tensos. Ninguno de los dos supo a qué se debía, y tampoco tuvieron oportunidad para indagar en ello. Kareki cabalgaba con los hombros tirantes, y a menudo se estiraba y echaba los omoplatos hacia atrás. Vadenl supuso que aquello debía ser culpa del cansancio.

Transcurridas casi más de seis horas desde que habían partido, Vadenl notó que se encontraban cerca de las fronteras elfas. El musgo allí había sido reemplazado poco a poco por una suave hierba. Los caballos parecían tener menos dificultad a la hora de andar sobre ella y aquello mismo hacía el trayecto más placentero.

Ivonne estaba consciente de donde se encontraba. Tenía memoria fotográfica, por lo que sabía qué derecho por donde cabalgaban pronto llegarían a un árbol enorme, cuya sombra albergaba un pequeño tótem, el cual indicaba que se encontraban a alrededor de una cuarenta y cinco minutos del castillo de Eragars, el rey de los elfos.

Se concentró en visualizar lo que haría apenas llegase. Pensó primero en una ducha y luego en una buena cena. Al rato, invirtió el orden de la situación, y finalmente llegó a la conclusión de que lo más lógico sería que Eragars quisiera hablar con ellos antes de cenar, o con suerte cenarían mientras charlaban.

En fin, en eso estaba cuando pasaron rápidamente por donde yacía el tótem.

Vadenl dejó escapar un pequeño bostezo. Le dolían las articulaciones por tener las piernas rígidas en las espuelas del caballo. Por un instante se sintió viejo, pero luego se alentó diciéndose a sí mismo que llevaba un buen tiempo sin hacer este mismo recorrido, y que nunca antes en su vida lo había hecho en menos de tres días. Aquello era un soberano record a ojos de cualquier mortal.

Un sonoro estornudo lo sacó de sus pensamientos.

Se trataba de Ivonne. La joven pensó que quizá alguna hierba en el camino le había causado comezón en la nariz. Varias veces ya había soltado las riendas con la derecha para rascarse, y más de tres había estornudado sonoramente. Después de relativamente poco tiempo con la maldita comezón, había sentido ganas irresistibles de tomar un sorbo de agua, pero al ritmo que iban, si se le ocurría parar, Kareki iba a dar un grito de angustia. Cuando comenzaban las cabalgatas no se paraba hasta que ella decía. La maldijo un par de veces, con la esperanza de tener la mente ocupada el tiempo suficiente como para que se le olvidara el asunto, cuando de pronto Ervin se detuvo de improviso.

Ivonne detuvo su caballo en cuestión de segundos y tomando desesperadamente su cantimplora, bebió con urgencia. Sintió el líquido pasar por su garganta seguido de un profundo alivio. ¿Cómo diablos se había agarrado esa maldita alergia?

-Estamos cerca de las fronteras.- Explicó entonces Ervin.- Kareki no puede ser vista por los elfos de la guardia de Eragars.

-Pero aún podemos dejarlos un poco más cerca.- insistió la mujer.

-Kareki tiene razón.- Replicó Seal.- Aun es posible cabalgar unos treinta minutos más. No me parece seguro dejarlos tan lejos de la frontera.

-Bueno, a mí tampoco me parece, pero Esel no quiere arriesgarse a ser descubierto.- Porfió Ervin.

Aquellas últimas palabras calaron profundo en el joven hechicero, quien se preguntó si Eragars se molestaría mucho de enterarse de aquella relación.

Ivonne carraspeó sin querer, y con los ojos llorosos por la repentina alergia, agregó.- Yo te entiendo Ervin. Vayan. Nosotros sabemos llegar a la frontera. No nos pasará nada.

Todas las miradas se posaron en Ivonne, quien llorosa les había dedicado una mueca que significaba "no se preocupen".

Ervin se revolvió el cabello de forma exasperada.- Quiero que sepas que no lo hago por gusto, Ivonne. Si pudiera dejarte en la puerta del castillo elfo, lo haría.

-Vamos Ervin. Continúen su misión, la cual es ciertamente mucho más importante. Entrégame un pedazo de tela de tu camisa y te aseguro que apenas arribemos, te enviaré un pergamino en un dragón rastreador, así sabrás que estamos bien.

Kareki los miró a todos con una cara que significaba que no estaba de acuerdo pero que lamentablemente no había nada que pudiera hacer al respecto.- No saben lo fatal que me siento.

-No hay problema.- Insistió rápidamente Vadenl. Apenas hizo el gesto de apearse, Ervin le interrumpió.

No, por favor. Quédense con los corceles. Ya es peligroso que los dejemos aquí. Al menos con ellos llegaran más rápido.

-Aun así, nadie puede despedirse apropiadamente montado en un corcel.- se mofó Ivonne, refregándose la nariz.

El resto de los presentes esbozaron una sonrisa al tiempo que se apeaban. Ivonne, mientras lo hacía, agregó.- A pesar de que la situación no es la óptima, hay que verle el lado positivo.- Apenas sus pies tocaron el pasto, continuó.- Ha sido un placer haberlos conocido.

Mientras ella permanecía con la vista fija en las amarras de su corcel, Ervin se le acercó, posteriormente tomó con sus manos el rostro de la joven, obligándola a voltearse y con el pulgar le secó una de sus lágrimas.- No tienes que ser tan sentimental.- le dijo, y luego le entregó un pañuelo que llevaba escondido en uno de sus múltiples bolsillos.- Estaré esperando a que me escribas.

Entre abrazos y apretones de mano, culminó la despedida. Cada uno volvió a su corcel y montó nuevamente. Kareki, dirigiéndose a sus compañeros, anunció.- Volvamos rápido con Esel.- Y espoleando las riendas de su animal, fue la primera en emprender camino.

Seal hizo lo mismo que su compañera, y finalmente, Ervin, quien con un precioso ademán dirigido solamente a Ivonne le dio a entender que se verían pronto.

Vadenl, mientras tanto, reía para sus adentros. Así es que su hermanita se había enamorado del elfo andrajoso de la escolta de Esel y tenía el descaro de insinuársele incluso frente a él. Apenas estuviesen solos se lo sacaría en cara, cosa que ocurrió transcurridos unos 6 minutos.

-Ivonne- comenzó el joven, falseando ridículamente un tono melodramático.- Ese hombre no es para ti. Tiene al menos doscientos años más que tú.- agregó, con las mismas palabras que otrora le había dicho ella.

Ella lo miró a los ojos con la cara aun llorosa y riéndose le dijo.- Eso no cuenta conmigo. Él no es rey de ningún reino. Nadie me mirará en menos.

Vadenl echó a reír sonoramente.- recuérdame molestarte más seguido. Y deja de llorar. Jamás habías ocupado el llanto como técnica para conseguir enviarle un pergamino a algún hombre. ¿Será que te está desesperando la soltería?

-¡Qué!- Chilló Ivonne.- No lo hice a propósito. Es esta bendita puta alergia que me atacó sorpresivamente.- sostuvo falsamente ofendida, mientras arreaba a su caballo.

Vadenl la siguió tranquilamente, totalmente resignado y hasta sonriendo de vez en cuando, como si la amenaza que hubiese recibido Eragars hubiese pasado a segundo plano. Por lo menos les quedaban cuarenta y cinco minutos más antes de llegar a la frontera.

Ahora que viajaban solos, aminoraron el ritmo de la cabalgata. A pesar de estar advertidos sobre los posibles peligros del bosque, estaban tan agotados que poco les importó.

Alrededor de treinta minutos después, el sorpresivo crujir de unas hojas los sobresaltó. De inmediato, los hermanos supieron que se trataba de la guardia elfa, pues estaban extremadamente cerca de la casa de Eragars. No podía tratarse de ninguna otra criatura salvaje. Y no se equivocaron. Siete esbeltos elfos vestidos completamente de plomo se plantaron frente a ellos en cuestión de segundos, apuntándoles sus saetas prestas a ser disparadas por esos tremendos arcos de madera de más de un metro y medio.

Los elfos aguardaron en silencio a que los intrusos se identificaran, mas los jóvenes no sabían qué hacer. Siempre habían cruzado las fronteras en compañía de algún miembro de la familia real, por lo que nunca habían necesitado presentarse.

Los hermanos pudieron escuchar los susurros de los elfos preguntándose qué debían hacer con ellos. El más exaltado, habló de matarlos por ser humanos.

Irónicamente, a Vadenl le pareció un comportamiento muy humano, y para tratar de enfriar los ánimos, habló en un elfico totalmente formal.- Venimos de tierras lejanas para reunirnos con Eragars, rey de los elfos. Mi nombre- dijo, poniéndose la mano en el pecho- es Vadenl Geurock, y ella.- continuó, apuntando a su hermana- es Ivonne Geurock. Dennos la oportunidad de probarlo. Le enviaremos una nota a vuestro rey, escrita de mi puño y letra, además de esta sortija.- dijo, sacándosela- Él sabrá reconocernos.

Ivonne asintió en silencio.

Los elfos los miraron con recelo, y luego hablaron aun más bajo de lo normal, para discutir qué hacer con ellos. Finalmente, llegaron a la conclusión de qué, si hablaban élfico era porque habían tenido contacto con elfos, por lo tanto, se merecían el derecho a duda. Uno de los siente, fue entonces en busca de papel y tinta.

Mientras tanto, Vadenl decidió apearse e ir a sentarse al suelo. Ivonne le dirigió una mirada extraña, a lo que él contestó lo siguiente.- No hay nada más que podamos hacer mientras.

A los pocos segundos, al tiempo que ella se apeaba, el elfo que se había marchado reapareció, con un trozo de papel y una pluma mágica en sus manos, la cual extendió, no sin cierto recelo, al joven.

Vadenl cogió la pluma y el papel, y redactó sin titubear un pequeño pergamino.

Querido Eragars:

Tus hombres nos tienen presos en las fronteras de tu reino. Nos topamos con Esel en Selfond Grans y decidimos venir a obstante, aquí estamos, cautivos y exhaustos.

Atentamente,

Vadenl e Ivonne de la casa Geurock.

En cuanto hubo culminado, le entregó el papel al elfo sin doblar para que éste fuera capaz de leer lo que él había escrito. El guardia lo tomó de mala gana, lo enrolló y lo amarró con una cinta color café claro.

Uno de sus compañeros usó un sivato para llamar a un pequeño dragón mensajero. El diminuto reptil surgió de la nada y fue a posarse en el hombro del elfo que lo había invocado. Entre tanto, el otro se acercó y le ató el pergamino al animal en una de sus patas traseras. Finalmente, tras haberle susurrado un par de palabras en élfico, el dragón se echó a volar.

Veinticinco minutos transcurrieron desde que el reptil desapareció hasta que por fin volvió. Fueron, para ambos hermanos, los veinticinco minutos más incómodos de sus vidas. Tres minutos más tarde, llegó una diligencia pequeña, tirada por dos corceles blancos.

En aquel instante, la situación se volvió incómoda para los elfos, quienes al darse cuenta del error que habían cometido, comenzaron a deshacerse en disculpas y no terminaron hasta que ambos se marcharon del lugar. Vadenl fue el único que les sonría y les insistía en que estaba bien, después de todo hacían su trabajo.

Ivonne los asesinaba con la mirada, pero se le pasó cuando entró en la diligencia y un criado de la casa elfa les sirvió pastelitos y jugo de zapallo.

La diligencia- un vehículo cuadrado con espacio para tres personas, incluido el criado que les acompañaba- se fue tan rápido como los cascos de los corceles pura sangre que tiraban de ella lo permitieron.

Ivonne no acababa de engullirse su pastelillo cuando de golpe se detuvieron y el criado se apresuró a descender para abrirles la puertecita, por la izquierda, a los huéspedes de su rey.

Los hermanos bajaron al instante, y allí frente a ellos, de pie y sin escolta se encontraba Eragars, con una enigmática sonrisa de oreja a oreja, pues se lo imaginaban preocupado y demacrado.

-¡Se puede saber qué épico y fantástico suceso ha ocurrido para que ustedes dos se hayan dignado a aparecer sin invitación alguna!- Se mofó el viejo con los brazos abiertos de emoción por sus ilustres visitas.

Ivonne y Vadenl quedaron perplejos. En un segundo sus rostros se encontraron, cada uno sin entender nada. Definitivamente algo andaba muy mal.