Año nuevo

31 de diciembre…

31 de diciembre del año 2000…

Esta vez no era un fin de año cualquiera, no claro que no. Porque no sólo se acababa el año, sino que un siglo y un milenio y eso no pasa cualquier día. Además corría una leyenda que se estaba traspasando de boca en boca desde hacía varios días…

Incluso había llegado a oídos de ellos, por allá en Londres.

—¿Qué harás esta noche? ¿Vendrás a mi casa?

—Tu hermano convenció a mis padres para que me dieran permiso… aunque…

—¿Qué? Siempre nos encontrábamos después de la cena, sería la primera vez que lo pasamos juntos, y además es el fin del milenio…

—¿No deberías estar con tu novia? Es decir, van a tener un hijo y está la leyenda ésa…

—Pero a ella no le dieron permiso sus padres para que la pasara en casa con nosotros, la quieren para ellos y yo quiero estar con mis hermanos y mi madre. Aún no sé dividirme en dos —suspiró y miró el suelo, la chica, a su lado, lo abrazó.

—Después tendrán que ponerse de acuerdo. —Él la miró con las cejas fruncidas—. Es decir, no podrán pasar todas las fiestas separados y menos con el bebé ya nacido…

—Después se hará lo que yo diga… —Ella lo miró con el ceño fruncido—. Es diferente a ti, ella me obedece, no como tú que eres feliz llevándome la contraria.

—Yo sólo soy tu amiga, no tu novia, no tengo por qué obedecerte en todo. —Se sentó a su lado, en la cuneta de la calle, y lo abrazó aún más.

—Pero eres mi niña, mi mejor amiga, tienes que hacerlo…

—Ajá… —interrumpió y lo besó en la mejilla—. Quizás no vaya a tu casa esta noche…

—¿Y se puede saber por qué no? —preguntó con molestia al mirarla fijo.

—No, no se puede saber —rió y él frunció aún más el ceño—. Podría ir en busca de mi beso del milenio, no todos los días hay cambio de milenio, no todos los días hay leyenda del amor eterno…

—No puedes dárselo al primero que se te cruce por delante…

—Claro que no, menso… Cómo crees. No será el primero, tiene que ser lindo, con ojos marrones o verdes, el pelo trigueño y… —Se mordió el labio pensando, él la miró con los labios fruncidos— y… con algo de músculos…

—Pasaré por ti a las siete, si no estás recorreré Londres entero hasta encontrarte. Si no sales entraré y te sacaré aunque tenga que echar todo abajo.

—¿Por qué eres tan bruto conmigo? Sólo soy una niña…

—Por eso mismo, porque eres mi niña y no dejaré que nadie te toque.

—¡Sólo tengo quince años recién cumplidos! No ando pensando en cosas de mayores… como tú… que con tus quince ya serás padre. —Se cruzó de brazos y miró al frente.

—No quiero que cometas los mismos errores que yo. —Le pasó un brazo por los hombros y la abrazó—. Prometí cuidarte por siempre y lo haré, aunque me cueste.

Se quedaron tranquilos y luego se besaron en las mejillas, ella entró a su casa a prepararse y él partió a la propia. A las siete en punto estaba de vuelta para llevársela al departamento familiar donde, por primera vez desde que se conocían, pasarían un año nuevo juntos.

Rieron, jugaron, se divirtieron y pelearon hasta que llegó la hora. El reloj marcó la medianoche y con la primera campanada del reloj, el lugar se llenó de abrazos.

—Sé que no soy tu novia, y mucho menos el amor de tu vida, pero el cambio de milenio no se puede desaprovechar y quiero que nuestra amistad duré eternamente. Mi primer abrazo de año nuevo y mi primer beso de milenio nuevo…

Y lo besó, no en los labios, claro que no, pero sí en la comisura de estos y él la abrazó con fuerza, muchísima, apretándola a él y no queriendo soltarla. Esperando, que al cambiar la leyenda original —porque ésta decía que el beso debía ser en los labios, un beso de amor eterno en el cambio de milenio para que estuvieran juntos por siempre—, no afectara que su amistad durara por siempre. Al fin y al cabo no podría verlo con otros ojos más que como amigos…