[Dedicado a Zanzamaru por su cumpleaños, aunque no sé si lo merezca o si lo entienda, dado que está basado en Juuroku no Shinwa, spin–off de la Saga HHP. Zanza–bachan, no me siento capaz de escribir yaoi (todavía), pero la palabra sale una vez en este capítulo, espero que eso lo compense].


Uno: Desho ne.

Suspiró. No sabía en qué estúpido enredo se había metido. ¿Pero cómo decir que no?

Era guapa. Tenía personalidad. Podía derribar a cualquiera de un golpe sin despeinarse siquiera. Sobre todo lo último.

Solo estaba ese "pequeño" detalle. No pensó que le resultaría irritante, pero al cabo de una hora, lo fue. La miró de reojo y contuvo un suspiro.

Tuvieron un desastroso primer encuentro. No todos los días una persona como él, un joven mangaka que apenas iba a comenzar su carrera, era literalmente atropellado por una mujer que, según decía, perseguía a un "asqueroso rufián"… en una convención de manga. ¿No estaría mintiendo? Porque la chica (no debía llevarle ni dos años) usaba una especie de túnica color azul marino que recordaba vagamente a una yukata, solo que más corta, por encima de la rodilla, combinada con unas botas negras de tacón bajo, y cerradas con cintas. Tampoco había que olvidar la máscara roja y blanca que le cubría el rostro antes de chocar con él, que sentado a una mesa de latón en un diminuto sitio que le asignaron, no molestaba a nadie mientras comía su (adorado, aromático, calientito) ramen.

—¡Asqueroso rufián! No tendrás escapatoria, ¿tú crees?

La expresión le resultó curiosa, lo mismo que aturdidora. Lo que, considerando que la mujer gritó aquello prácticamente en su oído, no era de extrañar.

—Eh… Podría quitarse de encima de mí, si le parece —indicó.

—¡Oh, lo siento! No fue mi intención, ¿tú crees? Si ese estúpido se dejara capturar…

La miró con atención. La máscara roja y blanca, en el suelo, parecía de lo más ordinaria, de esas que podían adquirirse en los festivales. Pero no fue eso lo que lo distrajo de haber quedado adolorido y sin ramen.

Esa mujer tenía los ojos más bonitos que había visto en su vida.

—No entiendo de qué habla —soltó, controlando sus reacciones y poniéndose de pie.

—Lo sé, lo sé… Mahonashi–baka…

Lo último no lo entendió. Bueno, el insulto sí, pero no la curiosa palabra unida a éste.

—¿Cómo me llamó? —quiso saber.

Ella se puso nerviosa, mirando de un lado para otro antes de inclinarse y recoger su máscara, que intentó recolocarse antes que bufara de frustración y se la guardara.

—Nada, nada… ¿Qué hay hacia allá? —preguntó, señalando a su izquierda.

—El área de gore.

—¿De qué?

Gore. Historias sangrientas. Desmembramientos. Homicidios. ¿Le suena?

La mujer ladeó ligeramente la cabeza, con clara expresión de confusión, antes de negar, lo que hizo que su cabello, largo y castaño, ondeara a su espalda aunque era parcialmente cubierto por una larga tela a modo de pañoleta, la cual tenía un símbolo raro, como una espiral, pero formaba otra cosa…

—No entiendo mucho este lugar, es confuso, ¿no crees?

—Pues yo no entiendo que hace una chica vestida así en una convención de manga si no sabe de qué trata todo esto.

La otra se encogió de hombros, miró de nuevo hacia donde había señalado y luego regresó sus ojos a él. Lo que fue su perdición, por cierto.

—¿Podrías acompañarme? Si voy sola a buscar al tipo, seguro me pierdo, ¿tú crees?

—Olvídelo. Gracias a usted, debo conseguirme el almuerzo. Otra vez.

Señaló la mesa volcada y el ramen derramado. A la mujer, de pronto, le brillaron los ojos.

—¡Sé dónde hacen un ramen estupendo! Anda, ayúdame a buscar a ese asqueroso rufián y te invito el tazón más grande que tengan.

—¿En serio?

—Sí, claro. El sitio no está lejos de aquí, ¿tú crees?

Aceptó, sin quedarle más remedio.

Y allí estaban ahora.

La joven, con el ceño fruncido, escudriñaba cada rincón por el que pasaban, en apariencia sin espantarse por la enorme cantidad de escenas sangrientas expuestas en esa área de la convención. Por lo general, las chicas que conocía salían corriendo de allí, directamente al área de shojo… o de yaoi, lo cual era un poco perturbador para él. Así, tras casi una hora de deambular por los locales atestados de mangakas presentando sus obras, de editoriales promocionando sus publicaciones y de tiendas especializadas ofreciendo artículos de coleccionista, ella lo tomó de la mano, tirando con fuerza, antes de echar a correr.

—¡Alto allí! Estás atrapado, ¿tú crees?

Vaya, incluso en semejante situación, a ella se le salía "eso".

—¡Déjame en paz, bruja!

Decirle "bruja" a una chica no era lo más correcto. Sobre todo si tenían un carácter tan vivo como el de aquella a la que, forzadamente, seguía.

—No estás en posición de negociar, ¿no crees? ¡Alto allí, en nombre de su Majestad!

De acuerdo, eso se estaba poniendo demasiado raro. ¿Dónde estaba su gemelo cuando requería una treta de escape?

Ah, sí, encerrado en casa, terminando un trabajo. Maldición.

—¡Umisaki–san!

¿A quién llamaban de esa forma? Por lo visto, a la chica que lo arrastraba, porque giró la cabeza a la izquierda, por donde venía un tipo vestido de forma parecida a ella, pero en verde oscuro, y con la cara cubierta por la misma máscara roja y blanca.

—¡Genbu–san! Allá, parece que seguirá de frente unos cinco metros y luego podrá girar a la izquierda. Avise a los demás, lo voy a acorralar.

Umisaki–san, la máscara…

—¡Ahora no! Podríamos perderlo, ¿no cree?

El otro asintió y se perdió de vista tan rápido que no pudo seguir sus movimientos.

Como si se hubiera evaporado.

—Tranquilo, he hecho esto un montón de veces —indicó ella, que no había disminuido la velocidad, antes de darle otro tirón.

De pronto, el entorno se desdibujó, similar a cuando veía a través del agua cuando se duchaba, lo que solo duró unos segundos. En cuanto pudo fijarse bien, estaban él y la mujer frente a un tipo con andrajosa ropa sucia, apelmazado cabello negro y mirada torva.

—¡Oye! ¡No deberías hacer eso! —espetó el tipo, iracundo.

—¡Basta de juegos! ¡Entrégate o no tendremos piedad contigo!

—¿Incluso con el mahonashi aquí?

Allí estaba de nuevo la palabra extraña. Y se refería a él, sin duda alguna.

—Incluso así. Es una emergencia, ¿no crees? Ahora entrégate, malnacido, antes de que pierda la paciencia.

El hombre debió pensar que podría escapar, porque comenzó a moverse. Así que Umisaki (vaya nombre raro el suyo… o quizá era su apellido) lo soltó y a una velocidad que daba vértigo, ejecutó una perfecta patada en círculo, directa a la cabeza del tipo, antes de sacar algo del bolsillo, echarse sobre él y sujetarle la nuca.

Antes de saber exactamente qué había ocurrido, llegaron otros tres sujetos con ropa como la de la tal Umisaki, los rodearon y levantaron al caído, para luego sacarlo de allí a rastras. Ella, entonces, se giró hacia él, sonriendo ampliamente, antes de guiarlo a probar "el ramen más maravilloso del mundo".

Allí estuvo perdido otra vez.

Tenía debilidad por las sonrisas alegres.

Y esa, además de alegre, ciertamente era preciosa.


Había pasado mucho desde entonces.

Su carrera despegó. Su manga más largo y famoso quería ser vendido en un montón de países y estaba en pláticas el sacar una serie de anime. Vamos, ¡pronto podría comprar muñecos de su protagonista en cada convención a la que fuera!

La gente estaba lejos de imaginar que pudo crear tal manga de éxito gracias a su esposa.

Su esposa… Lo pensaba y quería reír. Pero con ganas, a carcajadas, incluso con las manos en el estómago y quedándose sin aliento.

Pocos sabían que se había casado. En primer lugar, porque adoraba su privacidad, la cual apenas logró conservar cuando su trabajo comenzó a destacar. En segundo lugar, porque no quería que la prensa acosara a su mujer (que lo intentaran, saldrían muy mal parados). Y en tercer lugar, porque se había casado con una bruja.

En esa primera comida que compartieron (y de verdad, el ramen ese día fue el mejor de toda su vida), ella inesperadamente confesó qué había ocurrido. Comenzó disculpándose por haberlo involucrado en un asunto que nada tenía que ver con él, para luego pedir discreción sobre lo que iba a decir y, finalmente, le explicó lo que era y por qué perseguía a un hombre que a simple vista, parecía un vagabundo. No le creyó ni una palabra (magos, varitas, ninjas y hechizos eran pronunciados sin cesar) hasta que ella sacó un delgado palito de madera, lo apuntó al salero cercano y lo transformó en un florero.

Cuando sonrió y lo miró con aire suplicante, supo que creería cualquier cosa que le dijera. Más ese asunto de la magia, que recién le demostraba. Así, se despidieron, él bajo amenaza de ser "desmemorizado" (por lo que entendió, eso era "borrar la memoria") si revelaba a alguien lo que ella le confió y cada uno se fue por su lado. Jamás pensó que la vería otra vez hasta que, semanas después, en otra convención, apareció frente a su mesa, con uno de sus mangas, pidiendo un autógrafo y que fueran a comer.

Así comenzó.

Kishino (su hermosa, alegre y poderosa esposa) resultó bastante decidida. Admitió que le había caído bien, aunque fuera mahonashi (una persona sin magia, por fin sabía lo que quería decir la dichosa palabra) y no le importó contestar preguntas sobre su mundo. Como mangaka, le parecían fascinantes las descripciones que hacía de sitios y leyendas que él creía conocer bastante bien (el folclore era uno de sus temas preferidos, quizá lo usara en uno de sus trabajos) y que para los magos resultaban simple historia antigua. ¡Vamos, hasta la mismísima Familia Imperial era de magos! ¿Quién lo hubiera dicho?

—Pero no debes divulgarlo por allí —indicó Kishino en ese segundo encuentro —Sería un desastre que me llevaran a prisión por decirle todo esto a un mahonashi, ¿no crees?

Y allí estaba, lo que había detectado la primera vez.

—¿Sabías que hablas un poco raro? —observó.

Kishino había reído de forma entrecortada y cambió de tema.

Meses después, cuando inesperadamente fue ella la que le propuso matrimonio (en mi trabajo morimos jóvenes, ¿tú crees? Quiero una familia propia antes de eso, y la quiero contigo) se enteró de que aquella forma de expresarse le era común de pequeña y al crecer, solo le salía cuando se enfurecía o se ponía nerviosa.

Por ella empezó a imaginar lo que los fans darían por llamar su "obra maestra".

No se basaba en Kishino y su mundo, por supuesto; con eso, en cierta manera, habría roto su palabra de no decir a nadie lo que ella era. Pero había detalles, hechos, anécdotas, que lo inspiraban demasiado. A veces hacía bosquejos de personajes, de lugares, de escenas impresionantes, pero no se decidía a presentar la idea a una editorial, no después de haber mostrado otras obras y que lo rechazaran. Finalmente, le presentó el capítulo piloto que tanto le gustaba de esa historia a su esposa, esperando gritos o un buen golpe (Kishino era demasiado enérgica cuando se molestaba), pero no hubo nada de eso.

—¡Es una maravilla! Masashi–san, la gente debe conocer a este niño, ¿no crees?

En esa ocasión, la peculiar expresión de ella no le molestó. Hasta se la otorgó, de cierta forma, a algunos de sus personajes.

Se preguntó, en ese momento, si sus hijos llegarían a tener semejante "peculiaridad".


Primer capítulo del omake. En Juuroku, esta parte será explicada de forma superficial, debido a que Masashi, el evidente observador, no es un personaje principal, sale muy poco. Lo único que se da a entender en Juuroku es que Masashi y Kishino se conocieron de manera curiosa y que ella dejó a su clan por estar con él. Usar a Masashi Kishimoto de personaje es complicado, los hechos ficticios que quiero achacarle deben encajar con su cronología real… o al menos eso intento, lo que no sé si me define como loca, obsesiva o algo parecido.

El título del capítulo es, más o menos, el "equivalente" en japonés del "¿tú crees?" de Kishino. Busqué las palabras niponas que más se ajustaran al caso, espero no equivocarme.

Cuídense mucho y nos vemos en el segundo capítulo.