[Dedicado a Zanzamaru por su cumpleaños, aunque no sé si lo merezca o si lo entienda, dado que está basado en Juuroku no Shinwa, spin–off de la Saga HHP. Zanza–bachan, lee Juuroku si no lo has hecho. Mis versiones de ciertos personajes que adoras hacen tu fantasía realidad, aunque no es yaoi (se va al refugio anti–bombas)].


Tres: Ne.

Habían pasado demasiadas cosas.

El trabajo era lo único que lo alegraba… a veces. Su "obra maestra" seguía siendo famosa, aunque estaba concluida desde hacía unos años. Había logrado publicar algunas otras cosas, pero últimamente no tenía mucho ánimo.

Estaba en una de esas etapas.

Mirando atrás, no podía creer que alguna vez se sintió feliz, realizado, completo. La vida le sonreía tanto entonces que, cuando llegó ese golpe, uno que lo hizo tambalearse por primera vez en años, no sabía de dónde sostenerse.

Kishino no la pasó mejor. Ella era ninja, ella seguramente sabía más de lo que le había contado, ella protegió su mente para que no acabara igual que…

No, se negaba a pensarlo. Lo había aceptado, desgarrándose el corazón en el proceso, pero si podía evitarlo, evitaba formular las palabras, inclusive en su mente, para no decaer.

Lo que a veces lo animaba era acordarse de su hija. Su pequeño torbellino, tan parecida a su madre como Masaichiro se parecía a él…

Sacudió la cabeza y volvió a tomar el lápiz. Se suponía que su editor llegaría en media hora por los bocetos de ese mes y le faltaban la mitad.

Suspirando, puso manos a la obra.

Ya no quedaba nadie en el departamento. Había despachado a sus asistentes por ese día, asegurándoles que no era necesario que todos oyeran los gritos del editor cuando, tras criticar severamente los bosquejos, lo sermoneara a él por el estado de su hogar y de su persona, visiblemente preocupado, antes de preguntar, en un susurro, por su familia.

La pregunta rara vez obtenía respuesta, más en esos días, y tanto su editor como sus asistentes lo sabían. Algunos de las personas que trabajaban con él desde sus inicios eran los "privilegiados" que conocían la razón tras su triste apatía, y no sabían qué hacer al respecto. Y los pocos que no estaban al tanto se preocupaban sinceramente, porque ver a un jefe normalmente entusiasmado por su trabajo que de pronto apenas pensara en ideas nuevas, les resultaba espantoso.

Un sonido raro, como un pequeño estallido, lo sobresaltó. Aferró el lápiz con fuerza unos segundos antes de recordar las indicaciones de Kishino.

Ningún mago podrá entrar si nuestros hijos o yo no los invitamos. Es genial, ¿no crees?

Era una de las tantas medidas de seguridad de su casa, que creyó innecesaria hasta que ocurrió aquello que tanto lamentaba.

—¿Padre? Traje ramen, ¿sabes?

¿Hacía cuánto que no oía ese tono de voz? Un momento, ¿qué día era?

—Estoy por aquí —avisó, aunque sin muchas ganas,

—¿Todavía trabajando? Creí que entregabas eso hoy.

La jovencita que entró entonces a la sala principal le causó una sacudida en el pecho.

Por una parte, sonrió levemente al descubrir que su pequeña, su segunda hija, cada vez se parecía más a Kishino: cabello largo y castaño, esos ojos bonitos que brillaban como dos cuentas de cristal, el rostro ovalado de mejillas ligeramente redondeadas, haciéndola ver como una niña muy crecida…

Bueno, para él siempre sería su niña. La única que le quedaba.

Allí era cuando sus recuerdos le borraban la sonrisa tan lentamente, que su despistada hija no se daba cuenta mientras acomodaba la comida en una mesita cercana. ¿Cómo había pasado todo aquello? ¿Por qué a su hijo y a su nuera? ¿Por qué habría hecho algo así la hija mayor de su gemelo? ¿Por qué Kishino se alejaba cada vez más en ese trabajo que ya les había arrebatado tanto?

—Padre, después de comer, puedo ayudarte, ¿sabes? Ya me salen mejor los dibujos.

Sasume se desvivía por sonreírle y hacerlo sentir bien, así que no lo arruinaría. Asintió y se pusieron ambos a comer, aunque dejó que fuera ella la que más hablara, comentando sus últimas clases y renegando como nunca de no ser tan buena bruja.

Irónico. Nunca creyó del todo que tuviera por hijo a un mago prodigioso y ahora su hija era el completo opuesto, una bruja que por más que estudiaba y practicaba, no obtenía los resultados que todos esperaban, y eso le dolía.

No quería que su hija, en cierta forma, también fuera una rechazada.

—Padre… Tengo que decirte algo, ¿sabes?

Allí estaba, la voz tímida de Sasume y su "peculiaridad".

—Lo siento, hija, olvidé que era domingo, gracias por traer la comida.

—¿Eh? ¡No, eso no! —aseguró la chica, sonriendo un poco —Ya me imaginaba que lo olvidarías, ¿sabes? Por estar trabajando y eso…

Si tan solo supiera que apenas había tocado los lápices durante el mes…

—Padre, yo… Voy a tomar el examen, ¿sabes? El examen de admisión.

—El examen de…

Dejó de repetir lo que decía Sasume, incapaz de creer lo que ella insinuaba.

—¿Por qué? —quiso saber, hablando en voz baja, casi con desesperación.

—Porque es lo que siempre he querido, ¿sabes?

—¿Aún después de…?

Sasume asintió en silencio, con los ojos entrecerrados, fijos en su tazón de ramen ya vacío, con una expresión meditabunda que le era terriblemente familiar.

Era la misma que ponía Masaichiro cuando explicaba algo importante.

¿Por qué la reconocía en su hija, si ella y su hijo físicamente apenas si se parecían?

—Yo… Sé que quizá no apruebe, ¿sabes? No soy muy buena bruja, mis calificaciones apenas son las requeridas, pero… Quiero intentarlo, padre. Necesito intentarlo. Si no lo intento, ¿cómo voy a saber si hubiera podido lograrlo?

—Me preocupa —confesó él.

Era verdad. De pequeña, Sasume había visto su primera luz casi al mismo tiempo que su "obra maestra", tras meses de esbozar la historia y de mostrársela a su esposa, a su hijo, a su gemelo y la familia de este… Parecía un presagio de que su pequeña seguiría los pasos de su "mellizo" en papel. Más cuando tenía un nombre tan original, creado por su esposa, y porque el alborotado muchacho al que dibujaba con tantas ganas para millones de personas se iba pareciendo más y más a su niña.

Pero entonces pasó aquello. Se quedó sin Masaichiro, se quedó sin Kotori. En cierta forma, también se quedó sin una parte de Kishino. Y Sasume no lloraba. No que la viera, por lo menos. No lloraba y sospechaba, más que saberlo, que era la más afectada, la que necesitaba desesperadamente que la consolaran. Esa hija suya se esforzaba demasiado por ser una persona que animara a los demás, y no quería eso, no a costa de ese sufrimiento que seguramente sentía, aunque no se lo dijera. Quería que llorara y gritara delante de él por la injusticia que vivían cada día, pero no podía confesárselo. Algo se lo impedía. No sabía si era cobardía, su propia tristeza o algo parecido, pero no lograba hablar con su hija.

Ninguno de los dos mencionaba a Masaichiro o a Kotori si podían evitarlo. Dolía tanto…

—Voy a esforzarme, ¿sabes? —dijo entonces Sasume, sonriendo un poco más, pero no de la misma forma que antaño, no de manera tan amplia y hermosa… ¿Por qué no lloraba delante de él? ¿Creía que la iba a juzgar mal? —Aunque no apruebe, quiero intentarlo, padre. No voy a rendirme, ¿sabes? Espero que con eso baste…

—¿Qué dice tu madre? —preguntó entonces, resignado a que su hija, una vez que decía que no se rendiría al intentar algo, no iba a cambiar de opinión.

—Yo… Le escribí, ¿sabes? La semana pasada. Pero aún no contesta. Quizá no le importe.

Allí estaba, un destello de la agonía del corazón de su hija.

Kishino peleaba contra la tristeza a su manera, trabajando sin descanso. Pero apenas la veían. Y Sasume se sentía culpable por ello. ¿Creía acaso que su madre no quería tenerla enfrente porque la consideraba causante de su desdicha? Se lo habían dicho hasta el cansancio, ella no había hecho nada malo. Pero por lo visto, no les creía.

—Si es lo que quieres, no le importará. ¿Estás segura, Sasume?

La joven asintió, mostrando en su rostro una sonrisa más parecida a las de antes, cuando era pequeña y feliz, cuando tenía padre, madre y hermano.

Ahora ya no tenía a Masaichiro. Y tanto él mismo como Kishino eran meros espectros de lo que recordaba. Eso lo sabía de sobra e ignoraba cómo cambiarlo.


Era un día cualquiera.

Junio. Casi estaba el verano allí. Tokio, como siempre, era un hormiguero que nunca se estaba quieto. El gris del cielo, tanto familiar como deprimente, no ayudaba.

Estaba inspirado para dibujar alguna escena triste, pero la actual escena de su trabajo en curso no era de ese tipo, sino de acción, con un poco de risas.

¿Desde cuándo le costaba tanto trabajo dibujar algo así?

—Vamos a comer, Kishimoto–sensei, ¿no viene con nosotros?

Negó con la cabeza y los asistentes se fueron, avisando que volverían en una hora. Por él, como si no regresaran por ese día, pero tenían un capítulo pendiente de entrega y la fecha límite se aproximaba. Así las cosas, fue a la cocina por un ramen instantáneo (no tan bueno como el casero, pero ramen a fin de cuentas) y al terminar de agregar el agua caliente, oyó un ruido que conocía, solo que no era frecuente en esos días. Más desde que Sasume le advirtió, con la cara llena de pena, que no podría ir a casa en mucho tiempo.

—¿Hola? ¿Hay alguien?

Esa voz… ¿Sería acaso quien estaba pensando?

Salió de la diminuta cocina y, en el centro de la estancia contigua a donde trabajaba, vio una figura alta y ataviada con una túnica azul marino. El corto cabello oscuro y la mirada penetrante lo delataron enseguida, así como la imponente katana que le colgaba a un lado de la cintura y la tela amarilla que, cubriendo su frente, mostraba un símbolo en espiral.

—¿Kishuu–kun? —pronunció con cuidado.

El nombrado giró la cabeza a su izquierda, lo miró y asintió.

—¿Qué haces aquí? —preguntó enseguida.

¿Algo habría pasado en ese conflicto de magos del que apenas sabía algo?

—Por favor, hay que sentarnos —indicó el joven con seriedad.

Asintió y lo guió a su área de trabajo, donde lo invitó a tomar asiento.

—Vengo de Ise —comenzó a explicar el chico, sin previo aviso —Allí está la casa principal de mi clan. Necesitaba obtener información para nuestra próxima misión. Como acabé allí antes de lo previsto, decidí venir. Sasume está bien.

—¿Disculpa?

Que se sorprendiera no era para menos. Solo había visto a ese muchacho en persona un par de veces, y entre eso y lo que Sasume le había contado, supo que era verdad lo de su personalidad, la más callada de entre los colegas de su hija, ¡hasta lo llamaban "témpano de hielo" o algo así! Y era de un clan de magos muy conocido. ¿Cómo era posible que ahora se hubiera tomado la molestia de ir hasta allí, con una persona no–mágica, solo para decirle que su hija estaba a salvo?

Y un minuto, ¿ese chico había llamado a su niña por su nombre?

—Ella no sabe que estoy aquí. No creí tener tiempo, así que no se lo mencioné. Pero quiero que sepa que está bien. Y también…

Visiblemente incómodo, inhaló profundamente, para luego dejar escapar el aire de sus pulmones con lentitud. Se preguntó qué podría tener tan nervioso al "increíble Sorata–kun", como lo describía Sasume en sus cartas.

No debió pensar en esa duda. Lo que dijo el chico a continuación le recordaba, y mucho, a cuando Masaichiro soltó algo parecido.

—Vengo a pedir la mano de su hija en matrimonio.

—¿Estás bromeando? —dejó escapar.

No era que de verdad creyera que bromeaba. El semblante de Kishuu no dejaba lugar a dudas sobre ese punto. Pero la situación era, ciertamente, irregular.

—No voy a decirle que en esta profesión morimos jóvenes, eso ya lo sabe —comenzó el muchacho, lo cual le causó una mueca de dolor —Pero actualmente no vivimos una época de paz, y ese peligro ha crecido. Su Majestad nos ha confiado misiones demasiado arriesgadas. Y el nuevo gobierno nos considera nukenin.

—¿Eso debería decirme el por qué quieres casarte con mi hija?

El otro negó con la cabeza. Vaya, Sasume tenía razón. Era un chico listo.

—Una parte, solamente —aclaró —La otra parte, la más importante, es que la amo.

Parpadeó repetidas veces. Por alguna razón, en ese instante, no solo había visto y oído a ese joven, Sorata Kishuu, decir que amaba a su hija. También había visto y oído a Kotori, diciendo exactamente lo mismo respecto a Masaichiro, con su voz tan seria pero al mismo tiempo, cargada de amor y de sinceridad.

—De verdad son parientes —musitó, sin poder esconder una sonrisa.

—¿Disculpe? —dejó escapar el muchacho, notoriamente confundido.

—¿Ella ya aceptó casarse contigo? —inquirió, para no aclarar sus anteriores palabras,

—No se lo he propuesto aún. Necesito su consentimiento. Reglas de mi clan.

Asintió, menospreciando nuevamente los arcaicos procedimientos de los clanes mágicos.

—En ese caso, consiento en que le propongas matrimonio. Y si ella acepta, yo también.

Vio al compañero de su hija mirarlo fijamente, con el ceño ligeramente fruncido, con toda seguridad analizando sus palabras. Quizá por una de esas reglas de su clan.

No se esperaba que, tras asentir con la cabeza una sola vez, el muchacho se retirara de la mesa y, aún sentado, hiciera una profunda reverencia.

—Muchas gracias —oyó que decía.

—Oye, eso no hace falta —aseguró.

—Hace falta. Es una regla de mi clan —indicó, enderezándose —Y se lo merece.

—¿Cómo que lo…?

—Le agradezco por lo que me está confiando —aseguró Kishuu, haciendo una mueca —Sé que mi clan se opondrá, pero no importará si demuestro que usted dio su consentimiento.

—Pero acepté que…

—Que le pida matrimonio a Sasume. Está dejando la elección en manos de ella. Y sé que me ama, aceptará. Así que no me preocupa lo que mi clan llegue a pensar respecto a que me fue impuesta por…

Carraspeó, con las mejillas ligeramente rojas, por lo que se preguntó qué demonios había hecho ese chico con su hija, para luego pensar que era mejor no saberlo.

—¿Es feliz? —preguntó de pronto, sobresaltando al otro —Sé que están en una especie de guerra, que su gobierno ahora mismo no los quiere, pero… ¿Sasume de verdad es feliz siendo ninja? ¿Es feliz con ustedes? —tomó una bocanada de aire —¿Es feliz contigo?

—No seguiría donde está, con nosotros, conmigo, de no ser feliz, ¿verdad?

Al oír eso, soltó una carcajada.

No sabía que la "peculiaridad" de sus tres magos fuera contagiosa.

Fue cuando creyó, sinceramente, que ese muchacho haría feliz a su hija.

Ahora a ver cómo le decía a Kishino que otro Kishuu sería parte de su familia.


Y terminamos el omake con este tercer capítulo, el de Sasume.

En realidad, ni parece que fuera el capítulo dedicada a la hija menor de los Kishimoto, ¿o sí? Ella apareció, obviamente, pero no mucho. Su escena, en sí, no era alegre, puesto que se deja ver, notoriamente, que Masaichiro ya no está, lo mismo que Kotori, y que a los tres Kishimoto sobrevivientes les afecta ese hecho. Cada uno sufre de distinta manera: Sasume no llora delante de nadie, Kishino trabaja como loca sin ver a su familia y nuestro narrador, Masashi, ya no dibuja con tantas ganas como antes. Si quieren saber, la muerte de Masaichiro y Kotori está ubicada, si no me falla la memoria (dado que la escena exacta donde se explica eso aún no está escrita, solo planeada), en el año 2014; en teoría, Masashi para esas fechas había terminado su "obra maestra" (si no saben cuál es, ¿en qué planeta viven?), aludiendo a una entrevista que el verdadero Masashi Kishimoto dio en este 2013.

La otra escena, con Masashi queriendo acabar uno de sus trabajos pero sin evitar acordarse de la aparente separación de su familia, es interrumpida no por Sasume, sino por Sorata Kishuu, uno de los personajes centrales de Juuroku, que además de informarle que Sasume está bien, pide formalmente la mano de ella en matrimonio. Cronológicamente, esta escena es poco antes de una que aparece en LAV34, capítulo que salió publicado hace unos meses en la cuarta entrega de la Saga HHP, Los Arcanos Visionarios. Digo, por si les interesa saber.

El título del capítulo también es el "equivalente" en japonés del "¿sabes?" de Sasume; sin embargo, en las líneas finales, Sorata dijo "¿verdad?", ya que en japonés, en realidad pronunció "ne", como Sasume (ojalá supiera escribir japonés para que leyeran la frase completa, me la imagino y como Masashi, quiero carcajearme). Si en el texto hago distinciones es porque el tono de voz en el que cual lo dice cada uno (Sasume y Sorata) es distinto y mientras que en ella es una especie de tic verbal, en él es un lapsus del momento, casi un chiste, cosa que Masashi logra captar. Espero eso se entendiera.

Cuídense mucho y les agradezco su atención.