Waazzaaaaaaaaa!

Pues comenzamos con esto de los retos y les explico un poco. Estos vicios serán de tres historias diferentes, las que empecé en algún momento y dejé allí por falta de tiempo, hoy no hice tarea y me dediqué nada más a transcribir, editar y publicar este relato, me gusta cómo va quedando mi metodología de edición y todo eso, sólo espero no aburrirme pronto de tantas vueltas.
Las historias que voy a incluir en estos 30 vicios serán "La gorda y su novio fantasma", una que le hurté a un buen cuate y una que se me ocurrió y de la cuál he olvidado el punto al que quería llegar, y he empezado con esa. Espero esto no les cree conflicto a aquellos que ya habían leído el primer capítulo de "La gorda y su novio fantasma" me vi obligado a hacer esto porque de verdad quiero terminar esa historia, ya que cuando se me ocurrió tenía muchas ganas de expresarlo todo.
Qué más? Nada, me parece.

Enjoy!


El joven

Tal vez

(Reto uno)

En cuanto puso un pie dentro de la cocina, ambientada con música de banda, sintió el aroma del aceite caliente cubriéndolo en un abrazo de prostituta mal pagada. Creyó su piel infectada por los vapores tóxicos dentro y quiso salir corriendo de inmediato. El lugar era muchísimo más pequeño de lo que aparentaba por fuera, los enormes y sofisticados equipos hallaron la forma de apretujarse dentro sin estorbar demasiado. A Mauricio le pareció imposible que pudieran trabajar en esas condiciones.

— ¡Qué onda! —saludó un tipo pequeño con lentes de armazón muy delgado, y un poco gangoso, sus labios se torcían en una sonrisa indescifrable que dejaba expuestos sus colmillos. Mauricio no supo si se burlaba de él, si la mueca era de bienvenida o si el tipo pequeño había puesto en él sus más perversas fantasías de asesinato y tortura.

Mauricio sólo sonrió de medio lado y alzó la cabeza como respuesta.

— Ojalá no te asuste mucho este lugar —continuó el pequeño con las yemas de los dedos juntas a la altura del pecho en la expresión más avara que Mauricio haya visto.

— ¿Por qué? —inquirió Mauricio con la voz tímida del recién llegado.

— No lo sé, podrías encontrarte un tigre en el baño, o despertar casado con tu mejor amigo.

— ¡Qué?

— ¿Ya estás de nuevo con tus historias, Quique? —terció una mujer de cabello bicolor. Lo traía atado en una cola sencilla, demostrando poco interés en el cuidado de éste. Su blusa era diferente a la de los demás, parecía fresca y tenía más botones—. No estés asustando a los chavos, luego por eso no duran.

— No, yo sólo lo prevenía, no estaba intentando asustarlo —se defendió Quique—. ¿Qué tal si un día ve al niño? No va a ser mi culpa, ¿o sí?

— Aquí no hay ningún niño, Quique. Son ideas tuyas.

— No, ya sé, pero el otro día Flor la tocaron en el almacén y no había nadie.

— Eso se lo inventó ella para llamar la atención, no deberías creer nada de lo que dice.

— Bueno —aceptó Quique, Mauricio notó que no estaba del todo convenido. Luego de un momento, el pequeño agregó—: Yo pensé que tú y ella eran muy amigas.

— ¿Ella te lo dijo?

Quique dudó.

— Sí. —respondió un poco inseguro.

— ¿Ves? No deberías creerle. —dijo guiñándole un ojo, se dio la media vuelta y se fue.

Mauricio y Quique se quedaron mirándola de camino al mostrador. "Al parecer", pensó Mauricio, "no todos se llevan muy bien en este lugar."

— ¿Mauricio? —lo llamó el gerente, saliendo de la micro-oficina. Era un hombre no mucho más grande que él, de cabello negro y corto, su rostro decía que era joven, sin embargo el cuerpo grueso, de panza abultada por sobre el cinturón decía que era un hombre mayor, cerca de los cuarenta.

— ¡Sí! —respondió el muchacho y dio dos pasos para acercarse a él, uno más y habrían chocado.

— Mira, puedes dejar tus cosas allí —señaló el hombre un estante lleno de cajas, bolsas, zapatos, mochilas, sobres de algo que Mauricio no sabía que era, jabón y quién sabe qué otras cosas—, cuando estés listo vienes conmigo para que te presente la tienda. ¿Te dieron gorra y red?

— Gorra sí, red no.

Sin decir nada, el gerente entró a la oficina y salió de ella un momento después con una extraña cosa negra en la mano.

— Ten, póntela y ahorita vemos dónde te quedas.

— Sí. —respondió Mauricio, pensando en lo rápido que cambiaban los planes del gerente.

— Esa va en la cabeza, debajo de la gorra —acotó Quique, detrás de él, al verlo con la red en la mano, todavía—. ¿Nunca usaste una?

— No —respondió mientras se quitaba la gorra para apresar sus cabellos debajo de los hilos—. Este es mi primer trabajo.

— ¿De verdad? —preguntó otro muchacho, él usaba su playera desfajada debajo de un mandil que pedía a gritos ser ahogado en agua caliente—. Pobre de ti, no me parece que éste sea el lugar idóneo para comenzar tu vida laboral dentro del sistema.

— ¿Qué tiene de malo? —inquirió Quique, ofendido.

Mauricio terminó de colocarse la gorra y descubrió la incómoda comezón de la red.

— ¿No te has dado cuenta Quique? Este lugar es peor que el lago Cocito, está más feo que una patada en los huevos.

— ¡Shh! Cállate, cabrón. —dijo el gerente en tono bajo—. ¿Qué estás haciendo acá atrás?

— Vine por un trapo, pero no hay.

— Pues baja uno y apúrate, güey, mira tu desmadre.

Mauricio intentó ver la cocina, pero un aparato, muy grande y caliente, le impedía hacerlo. Por otro lado, le impresionó mucho cómo el gerente les hablaba a los empleados.

— Chale, todavía es temprano —se defendió el muchacho con tono ñero un poco exagerado—, además ahorita llega Carlos y terminamos en chinga.

— Cuando llegue lo voy a mandar a hacer otras cosas.

— ¡Ah! ¿Por qué? Primero que me ayude, ¡todo quieres que lo haga yo!

— Si quieres te ayudo yo. —comentó Quique, los otros tres lo miraron en silencio.

— Ahí está, Quiquin va a ayudarte. —dijo el jefe.

— No, Quique, gracias, ahorita me apuro. —agradeció el chico del mandil.

— ¿Entonces para qué estás chingando, güey? —terció el gerente.

— Pues nomás, que, ¿no puedo?

— No.

— Bueno. —dijo y se fue a hacer, o no, lo que debía hacer.

— Este cabrón… —musitó el gerente para sí, mientras se acomodaba los pantalones un poco más arriba, pero en el mismo lugar, debajo de la lonja—. ¿Ya estás listo? —le preguntó a Mauricio, éste asintió con las manos detrás de la espalda.

— Bien, yo soy Cristian Montes, y soy el gerente de este restaurante —hizo una pausa y miró alrededor—, bueno, de este micro-restaurante. Cualquier problema, duda o permiso que necesites dime a mí o a Violeta, la subgerente. Los permisos no pueden ser de un día para otro, avísame con una semana de anticipación para poder acomodar sus horarios, ¿de acuerdo?

— Sí. —respondió Mauricio.

— Muy bien, él es Quique —señaló al bajito detrás de Mauricio, éste le estrechó la mano—. Por lo general él se encarga del guash y de cocinar la carne, después te enseñaremos eso.

— Bienvenido a la jungla —acotó Quique.

— ¿Ya vas a empezar con tus tigres, Quique? —gritó el muchacho de antes.

— ¡Cállate y apúrate! —ordenó, Cristian—. Ven, voy a mostrarte todo el lugar.

Mauricio fue.

Al frente, en el mostrador, estaban dos chicas, la de hace un momento y otra.

— Ella es Leticia —dijo Cristian, refiriéndose a la otra chica. La de blusa diferente—, se llama Diana, es la líder del…

— ¿Pero por qué lo dices en ese tono? —interrumpió Diana con un volumen de voz mucho más alto de lo necesario.

— ¿Cuál tono? —replicó Cristian.

— ¡Ese!, como si no lo fuera.

— Lo eres, ¿no?

— Sí.

— ¿Entonces cuál es el problema?

— ¡Ash!, ya van a empezar de nuevo —gruñó Leticia y se fue—. Ven, ¿Cómo te llamas?

— Mauricio.

— Vente, yo te mostraré lo demás. —le dijo y él fue, sin apartar la mirada de la discusión.

— Este de aquí es Lalo, no te juntes mucho con él o va a echarte a perder. —le advirtió la chica.

— ¡Oye!, te estoy escuchando, mujer —replicó Lalo, apuntándole a la cara con una espátula de plástico llena de mayonesa.

— Ya lo sé, y espero que le enseñes bien lo que hay que hacer aquí.

— ¿Y yo por qué? Para eso está la lideresa, ¿no?

— ¡Ay, Lalo! Estás oyendo. —dijo ella ladeando la cabeza hacia el mostrador, desde donde llegaban los alegatos entre Cristian y Diana.

— Ni modo, no quiero echarlo a perder. —replicó Lalo, indignado.

— Aprenderá más contigo que con ella. Ándale, ¿sí? —pidió Leticia en un tono más suave. Más allá, un poco oculto al fondo de la tienda, Mauricio pudo ver a Quique con esa sonrisa colmilluda que lo ponía nervioso.

— Está bien, pero sólo porque tú me lo pides, pero te va a costar un helado.

— ¿Por qué? —preguntó sorprendida.

— Porque te estoy haciendo un favor.

— En ese caso no lo hagas. Vente conmigo, Mauricio, yo te enseño.

— ¡Bueno ya! Le enseño, ¡qué despreciable eres!

— Pero sólo contigo, corazón. —aseguró Leticia, sonriendo y se fue al mostrador, dejando a Lalo a cargo de las enseñanzas de Mauricio.

— Pues bueno, lo primero que voy a enseñarte, y lo más importante en este lugar, es lavarte las manos. Siempre que llegues, antes de estar en alguna estación, lo primero que vas a hacer será lavarte las manos, ¿okey?

Mauricio asintió y puso toda su atención en las manos de Lalo. La espuma las cubrió, el jabón antibacterial rozó los codos y el agua, lo más caliente que aguantes, se llevó la blancura mata-bichos consigo. Mauricio siguió los doce o quince pasos para un correcto lavado de manos, en ese momento las sintió más limpias que nunca.

Lo siguiente que Lalo le mostró fue un poco de preparación. Le enseñó cómo debía manipular los ingredientes y prometió compartir algunos de sus secretos con él para ser el más rápido.

— Porque debes saberlo desde ahorita, el más rápido aquí soy yo. Nadie puede superarme.

— Yo conozco a alguien que podría. —musitó Quique desde el fondo del restaurante. Lalo y Mauricio lo miraron, el alboroto de Cristian y Diana se apagó de repente. Sólo se escuchaba el suave rumor de los equipos.

— ¿Quién, Quique? —interrogó un escéptico Lalo.

— Carlos —musitó Quique en un tono excesivamente teatral en opinión de Mauricio. Lalo lanzó una carcajada al aire.

— No inventes, Quique, ese güey es muy lento —apuntó Lalo—. Además, siempre lo tuercen a la hora del rosh.

— Bueno, pero si es una competencia mano a mano, estoy seguro de que te ganaría. —dijo Quique. Los ojos le brillaban detrás de los lentes sucios de grasa. Mauricio pudo imaginárselo como uno de esos personajes manga que saben más de lo que dicen, tramando conspiraciones en soledad.

— No le tengas tanta confianza, Quique, podrías terminar decepcionado. —comentó Lalo, ya sin mucho interés en el tema, al parecer estaba convencido de su superioridad contra Carlos.

— No lo creo. —dijo Quique y desapareció en el rincón. Mauricio se preguntó si iría a tramar algunos malévolos planes para destruir la tienda.

— ¿Ya tienes de todo? —preguntó Diana, entrando a la cocina, o más bien pasando del mostrador, era difícil marcar una línea divisoria entre los dos espacios—. Ahí viene la gente.

— Sí, ya tenemos de todo, nada más falta que vengan a comer, ¿verdad? —cuestionó a Mauricio.

— Sí, creo. —respondió éste, le gustó ver en Lalo la seguridad y el ánimo de recibir a los clientes.

— ¿Le enseñaste a bajar producto?

— Aún no, pero ya lo irá aprendiendo —miró a Mauricio—, así es como se aprenden las cosas en esta tienda, con la práctica.

Ese día, Mauricio tuvo mucha práctica. Comprendió que "bajar producto" debía hacerse rápido y con cuidado. Las ámpulas en las manos por el aceite caliente le dolerían hasta la noche siguiente. Antes de partir, Lalo se despidió de él, no obstante, Mauricio notó en sus ojos algo que no le gustó. A la hora del mentado "rosh", las órdenes tardaron y los gritos desde el mostrador no se hicieron esperar. Mauricio también estaba un poco decepcionado de sí mismo, a pesar de sus palabras de aliento

(es tu primer día, no te presiones tanto)

no pudo evitar pensar que tal vez ese no era el lugar indicado para él.

— Nos vemos mañana. —dijo al marcharse, pero en realidad no estaba seguro de volver al día siguiente.


2116hrs
17/09/13

Y antes de que comiencen a imaginar cosas que no son. ESTA HISTORIA NO NARRA MIS AVENTURAS EN EL TRABAJO, pero por supuesto, está llena de realidad, tal vez los nombres sean iguales a los de gente que conocí allí, pero no serán ellos. Claro que en esta historia quiero crear humanos de verdad y no sólo muñecos de palo, creo que ese va a ser mi reto más grande en estos vicios y espero conseguirlo, les daré personajes muy reales, lo juro (al menos intentarlo)

Recuerden que sus críticas son mi sendero a la Mejoráncia.

«-( H.S )-»™