La gorda y su novio fantasma

Con sabor a limón

(Reto siete)

Era tarde, el sol acariciaba como un amante al horizonte, seduciéndolo, acercándose a él lentamente para ocultarse a sus espaldas. El viento fresco se encargaba de mecer las copas de los árboles y las cortinas en la habitación de Miranda. Por la calle, casi desierta a esa hora, las hojas secas que iba dejando el otoño a su paso, corrían con un rumor de niños olvidados. Jerónimo las miraba rodar calle abajo, como si fuera lo más interesante del mundo. Las contemplaba con la mente en blanco, sin pensar nada especial acerca del sonido, la brisa o las formas arrugadas de esas hojas marchitas. Mientras tanto, Miranda se concentraba, como la mejor, en la pantalla de su computadora. Quería terminar ese mismo día la tarea para no tener que preocuparse por nada de la facultad durante el fin de semana. Por supuesto, no iba a conseguirlo.

Con un suspiro de cansancio, mezclado con el hartazgo de no poder terminar, Miranda levantó la mirada hacia la ventana, descubrió a Jerónimo plantado ahí y sonrió.

– Me pregunto, ¿cómo debe sentirse eso? –le habló en tono somnoliento.

– Nada –respondió Jerónimo sin apartar la mirada de la calle–. Ya no sientes nada cuando estás muerto.

Miranda guardó silenció un momento, preguntándose sí eso le molestaría o lo haría sentirse triste. A continuación, intentó imaginarse como sería no sentir nada y no lo consiguió, parecía ser algo demasiado horrible como para imaginarlo.

– ¿Lo extrañas? –preguntó–, el sentir algo.

Jerónimo meditó su respuesta antes de contestar.

– Sí, pero sólo algunas veces, no siempre es bueno tener sentimientos, ¿sabes?

Sí, Miranda lo sabía.

Había veces en las que ella de verdad habría preferido no tener sentimientos, sobre todo cuando sus compañeros en la escuela se burlaban de ella, o cuando alguno de ellos le hacía sentir la emoción de gustarle a alguien, para descubrir después que tan sólo había sido una apuesta entre sus amigos. Miranda odiaba sus sentimientos cuando su padre la ignoraba perdido en el fondo de una botella de alcohol, y los había odiado cuando su madre los dejó solos. Y después de eso Miranda había tenido que aprender a vivir con la soledad, y eso también dolía, mucho más de lo que cualquiera se imaginaba.

– Pero –Miranda insistió, con cautela–, ¿de verdad no sientes nada, el viento, la pared? ¿Nada?

Jerónimo se miró las manos apoyadas en el marco de la ventana, levantó una y con la otra acaricio el borde de la pared.

– No, nada. –respondió.

Miranda se puso de pie y se acercó a él por la espalda.

– Entonces –dijo, acercando su mano al hombro del fantasma–, si trato de tocarte, ¿no vas a sentirme?

Jerónimo se irguió un poco al escuchar la sugerencia de Miranda.

– No lo sé –respondió con un leve temblor en la voz–. Creo que hasta ahora nadie ha intentado tocarme, nadie ha tenido ganas de hacerlo.

Miranda dejó su mano extendida a tan sólo un par de centímetros antes de tocar a Jerónimo.

– ¿Qué crees que pase si lo intento?

– No tengo idea, pero hazlo.

Ninguno de los dos estaba preparado para lo que ocurrió a continuación. Miranda sintió frío, nada sólido, sólo una especie de vapor como el de la ducha, pero menos húmedo e increíblemente frío, ella pensaba que ningún vapor podía tener esa temperatura. No obstante, la tenía y eso no era todo. Las emociones que la asaltaron entonces, con los dedos extendidos sobre el hombro incorpóreo de su compañero fantasma, fueron tantas que no habría podido identificar ni la mitad. Sin embargo, sobre todas ellas sobresalía el dolor, no sólo un tipo de dolor, más bien un millar de ellos. De pronto, las ganas de llorar asaltaron a Miranda, aunque no tenía claro por qué, quería hacerlo, nada más tenía ganas de abrir la llave de su llanto y dejar que la habitación se inundara del sabor salado de su melancolía.

Jerónimo, por otra parte, sintió la curiosidad latiendo en el corazón de Miranda, en ella había una búsqueda incansable por la felicidad, la alegría y las ganas de vivir. Sintió también la añoranza por su madre, la tristeza que sentía a veces por la indiferencia y el descuido de su padre hacia ella. El rencor de las burlas, el odio hacia los hombres. Pero no todo en el tacto de Miranda era negativo. En la tibieza de sus dedos existía también un deseo, casi una necesidad de cariño y compañía, pero no de cualquier persona, sino de Jerónimo. En su tacto, el fantasma se percató de que ella anhelaba ese contacto desde hacía ya mucho tiempo, uno verdadero y no las estupideces de sus compañeros en las quermeses. Quería descubrir todo lo que Jerónimo podía ofrecerle y las preguntas de Miranda conducían todas a un mismo final.

Se apartaron. Apenas un segundo había pasado desde el momento en el que iniciaron el contacto, no les tomo demasiado darse cuenta de que su unión no sería nada físico, sino más bien emocional.

– ¿Qué significa esto? –preguntó Miranda, su pecho subía y bajaba por la intensidad del contacto anterior.

– No... no lo sé. –Jerónimo estaba tan sorprendido como ella.

– ¿De verdad nunca habías tocado a nadie ni siquiera por accidente?

– Te lo juro, de verdad jamás lo hice –guardó silenció un momento, intentando recordar si en alguna ocasión lo había hecho. Después de un momento, decidió que de verdad no había pasado antes–. De haber sabido que me sentiría así...

Hizo una pausa durante la cual levantó la mirada hacia ella. La intensidad que Miranda descubrió en los ojos de Jerónimo la asustó un poco, pero no apartó la mirada, sabía que de hacerlo, el hechizo, o lo que fuera que pasó antes, se diluiría en el aire y no volverían a sentirse así nunca.

– ¿Por...por qué me miras así? –preguntó ella, dando un par de pasos hacia atrás.

Jerónimo no respondió. Lentamente, sin parpadear, de todas formas no lo necesitaba, se acercó a ella. Sus manos se alzaron y por un momento, Miranda pensó que la estrangularía, estuvo a punto de gritar, salir corriendo y exorcizar la casa.

Las manos de Jerónimo la "sujetaron" de los brazos, un escalofrío le recorrió la espalda a Miranda, tembló un poco y entrecerró los ojos. En esa ocasión, en el contacto de Jerónimo, sintió su propio deseo, sus ganas de sentirlo, de poder abrazarlo y escuchar sus palabras susurradas a su oído sin que estas le erizarán los vellos de la nuca como preámbulo para el terror. Sus manos le provocaron la necesidad de sentirlo más, de ser acariciada por las manos suaves y casi transparentes de Jerónimo. Sintió, con ese toque, ganas de que él fuera su amante.

– ¿Cómo, por qué? –susurró, pensando que su padre no estaba en la casa, lo cual era una suerte, no quería que él la escuchara hablando sola en su habitación como sí estuviera...

La palabra que completaba esa frase se ahogó en su pensamiento, ¡era demasiado atrevida! ¿Cómo podía pensar en eso? Sin embargo, eso quería, no hacerlo sola, sino que él lo hiciera, que la recorriera entera con sus manos de fantasma, que sus cuerpos se unieran por completo en esa marea de sensaciones que, sabía, no experimentaría con nadie más. Porque nadie más era como él, nadie más era un fantasma.

– No, espera –pidió Miranda, entre jadeos, se apartó de él y con paso inseguro se acercó a la puerta. La cerró con seguro y quedó recargada contra ella, jadeaba y sentía un rubor desconocido en las mejillas–. ¿Qué es...como es que...? ¡Diablos! ¿Qué estamos haciendo?

Interrogó sintiendo el corazón golpeando contra las paredes internas de su pecho como el lunático más desquiciado de todo el mundo. "Si continúa así, en cualquier momento se saldrá de mi cuerpo y se irá lejos", pensó, mientras Jerónimo se acercaba a ella con lujuria, deseo y desenfreno en los ojos. Lo más preocupante, o no, del asunto, era que eso también lo sentía ella, aunque intentaba no dejarlo salir, quería guardarlo dentro, pensaba que si lo exteriorizaba, algo malo pasaría, esta era una experiencia nueva para ella en varios sentidos. Nunca antes había sentido atracción real por nadie, nunca antes nadie la había mirado así y nunca antes, pero nunca de los nunca, alguien había mostrado ese interés intenso hacia ella. No sabía qué hacer, la situación le gustaba, por lo menos un poco, sin embargo, también estaba aterrada, ¿cómo diablos iban a...hacerlo?

Jerónimo se pegó a ella y de nuevo acudió a Miranda todo ese dolor y tristeza que había sentido antes. No obstante, tenían menos fuerza, dominaban el deseo, el impulso, la ansiedad de tenerla apresada entre sus brazos, degustando de su sabor, de la tibieza femenina de su cuerpo y de todo lo que tenía por ofrecer.

– ¿Por qué? –alcanzó a jadear Miranda antes de que su voz la abandonara. De alguna forma desconocida para ella, Jerónimo intensificaba sus sensaciones y sé las devolvía, haciendo el encuentro muy candente.

Jerónimo no respondió su pregunta, por supuesto. Sus labios recorrían el relieve de su cuerpo por sobré la ropa. Miranda lamentó no ser bonita como esas mujeres de portada en las revistas para caballeros, o como las famosas actrices de telenovela, o las modelos exuberantes de pasarela y ser, por el contrario, una gorda a la que le encantaba tener aliento apestoso cuando sus compañeros del colegio se retaban para besarla sin vomitar. Por un momento pensó en apartarlo, no quería que él tuviera esto tan desagradable que ella tenía para ofrecer, él merecía algo mejor que ella.

No pienses en eso, escuchó una voz en su cabeza que no era suya, tú eres hermosa así como eres. Además, nuestra unión no es meramente física, eso es lo de menos.

Sonaba como Jerónimo.

¿Eres tú, en mi cabeza?, preguntó en un pensamiento tímido.

No recibió respuesta, pero supo que era él y se sintió mucho mejor, más segura de sí. Sólo entonces se permitió disfrutar de la cercanía de su novio fantasma.

Quiso apretarlo entre sus brazos y no pudo. Quiso arrojarse contra él y lo atravesó como a una nube de gas. Se giró para mirarlo y vio su espalda, no entendía como había pasado eso. Si antes lo había sentido, antes pudo tocarlo.

– Tal parece –dijo Jerónimo girándose para mirarla–, que tú no puedes tocarme. Entonces tendré que encargarme yo.

– ¿Qué hago entonces? –preguntó Miranda, expectante.

Jerónimo sonrió antes de responder. Colocó sus fantasmales manos en los hombros regordetes de Miranda.

– Relájate.

Miranda hizo caso, confiaba en él y estaría dispuesta a ofrecerle su vida sin preguntar nada si él se lo pedía. Se sentó al borde de la cama y esperó a que Jerónimo acudiera a ella. Se aferró de las cobijas, mirándolo acercándose, para su gusto lo hacía demasiado despacio, como los fantasmas en esos juegos de terror donde debes apuntar bien con la cámara y tomar una muy buena fotografía para absorber el alma del enemigo. Cuando llegó a ella, las manos de Jerónimo se alzaron hacia su rostro, acariciaron sus mejillas, provocándole a Miranda un leve estremecimiento, su piel se erizó y sintió frío. De todos formas, le gustó el contacto, tal vez ilusorio, de las manos de Jerónimo sobre su piel. Le fascinaba. Las manos de Jerónimo le transferían sus sentimientos y emociones. Miranda no lo comprendía, pero lo disfrutaba como no había disfrutado nada en la vida.

Miranda estiró el cuello cuando Jerónimo se agachó para besarla. El contacto con sus labios fue otra experiencia, mucho más intensa que el roce de sus incorpóreas manos en su rostro. En un segundo, Miranda vio miles de imágenes en su cabeza, imágenes que le provocaban cosas diferentes y las sentía suyas. No era empatía, ni mucho menos, Miranda sentía lo mismo que Jerónimo con esas situaciones, como si ella fuera Jerónimo. Cuando comprendió eso, se dio cuenta de lo que estaba pasando.

Tembló por la idea de estar siendo poseída por el fantasma delante de ella, pero, ¿no era eso lo que los amantes hacían? Crear un vínculo tan fuerte entre ellos que con una sola mirada eran capaces de sentir lo que el otro sin la necesidad de las palabras. Pues entre ellos, la posesión se había convertido en el enlace para sentir lo mismo que el otro sin necesidad de las palabras.

Miranda supo que era bueno.

Se recostó, ansiosa por la cercanía de Jerónimo, por la presencia de su esencia dentro de ella, compartiendo el lugar con su alma si eso era lo que estaba sucediendo, no le importaba en absoluto compartir su cuerpo si era con él.

Jerónimo se acercó, se colocó sobre ella sin decir nada e hizo lo que los amantes primerizos hacen sobre sus novias; tratar de hacerlo bien. Sin embargo, en su mente condenada a esta vida, miles de recuerdos se aglutinaron queriendo salir, queriendo que la boca los mencionara para compartir la carga con esa mujer que se había entregado sin más a los deseos carnales de Jerónimo. Mientras los pensamientos en su mente se empujaban para salir, las sensaciones de Miranda entraban en él y se intensificaban de forma sobrenatural. Jerónimo los sentía queriendo explotar dentro de sí, para evitarlo, los expulsaba sin pensarlo dos veces, los regresaba al lugar del que habían venido y volvían loca a Miranda.

Ninguno de los dos se dio cuenta de lo que ocurrió a continuación. Miranda no podía con las sensaciones que le recorrían el cuerpo de arriba a abajo y se limitó a cerrar los ojos y disfrutar del desfile de luces que paseaba delante de sus ojos. Jerónimo no veía otra cosa más que sus recuerdos y los sentimientos de Miranda. Pero si alguno de los hubiese mirado al otro, se habría percatado de que en realidad ya no había un "otro". En ese momento los dos eran uno, los recuerdos se arremolinaron dentro de sus mentes, que ya eran una sola, las imágenes, las vidas se confundieron en un remolino orgásmico que los llevó a la frontera final. El amor de ella y la necesidad de él, los condujeron a un instante de éxtasis que los dejó con un suave sabor a limón en los labios, agridulce, tierno y satisfactorio, ¡oh!, tremendamente satisfactorio.


2203hrs
11/07/2014

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