Waazzaaaaaa!

Si continúo a este ritmo terminaré estos vicios mucho antes de lo esperado aunque claro... los vicios que vienen a continuación de verdad comenzarán desde cero, estos dos últimos ya los tenía escritos y sí, me parece que tendremos la incursión de Aikanáro en alguno de los vicios, me parece que será en el número 24 Hipnotismo, y creo que no se cruzará (por suerte para ellos) con ninguno de los tres personajes principales de estas tres historias.
Creo.

Enjoy!


La gorda y su novio fantasma

Es mejor así

(Reto cuatro)

Miranda jamás se consideró una chica con suerte en el amor. Si se lo preguntaran, ella diría que más bien era una de las poco afortunadas, quizá la más desafortunada de todas esas, exagerando un poquito, tampoco le fue tan mal, estaba segura de que había chicas con peor suerte que la suya. Se lo rogaba a Dios por las noches, con la cabeza tapada bajo las cobijas, sollozando en silencio.

Miranda había tenido algunos novios, más de los que podía contar con los dedos de una mano. Desde quinto de primaria cuando su cuerpo de niña comenzó a cambiar, su suerte, si es que tal cosa existe, cambió con ella. Los niños comenzaron a fijarse en ella, cuchicheaban entre ellos y sus risitas alegraban los oídos de Miranda.

Su primer novio lo tuvo en sexto.

Él era un chico que ella no conocía, si lo había visto ni se acordaba de él, pero el registro civil era la novedad en la quermes y todas sus compañeras, también ella, estaban deseosas de casarse, aunque fuera de mentiritas, con sus novios, con los niños que les gustaban y con sus mejores amigas. Porque no había unión más poderosa entre dos personas que el matrimonio, decían los maestros, y ellas estaban seguras de que su amistad duraría por los siglos de los siglos.

El niño en cuestión se llamaba Julio, era apenas un par de centímetros más chico que ella y se había acercado motivado por las palabras de aliento

(órale, güey, no seas joto)

de sus amigos detrás de él en un coro apocalípticamente angelical.

Miranda recuerda su risa y la de sus dos amigas. Al principio pensó que el niño desconocido se acercaría a Rebeca, su mejor amiga, la niña más bonita, simpática y alegre que jamás había conocido hasta el momento, si el Julio no le hubiese propuesto matrimonio, Miranda se abría casado con ella. Pero llegó Julio con sus tres amigos detrás y le habló con voz temblorosa, mirada caída y rostro colorado. Se veía tan lindo.

— Hola… este —pausa—, amiga de Rebeca —pausa suficientemente larga para que a Miranda se le borrara la sonrisa y el color se le subiera al rostro. No le sorprendió que el niño no supiera su nombre y se refiriera a ella como "amiga de Rebeca". Todos sabían quién era Rebeca, y si no la conocían por lo menos habían escuchado de ella, su nombre estaba en el cuadro de honor—. Quieres… —continuó el niño, su declaración tuvo de banda sonora el coro de risas de sus tres amigos, Miranda no los escuchó, ni a ellos ni las palabras de Julio, estaba demasiado absorta en sus pensamientos, en la duda terrible y demoniaca que le carcomía desde dentro.

— Miranda —dijo Rebeca—, se llama Miranda. —Miranda notó en su voz un dejo de indignación, mismo que mal interpretó como enojo por no haber sido ella quien recibiera la invitación de Julio.

— ¿Qué me dices, Miranda? —preguntó Julio, un poquito más nervioso, pero con menos color en las mejillas.

— ¿De qué? —cuestionó Miranda.

— Quiere casarse contigo. —dijo Rebeca, aún molesta.

— ¿De verdad? —Miranda estaba perpleja, Julio asintió. Ella lo miró detenidamente, después a Rebeca, a Valeria, su otra amiga, risueña y despiadada, y luego a Julio—. Claro, ¿por qué no?

— Bueno. —dijo Julio y volvió a la seguridad de su grupo, lo recibieron con risas y vítores, como a un héroe que ha conquistado la más fiera de las misiones.

Miranda fue detrás de ellos y Rebeca la detuvo.

— ¿Qué haces? —cuestionó.

— Voy ir a casarme con él.

— Ni siquiera sabes cómo se llama, ni lo conoces.

Rebeca era hija de una familia disfuncional, desde los ocho años se había quedado con su madre, y se tomaba muy enserio todo lo relacionado con el tema. Sin embargo, Miranda, allá lejos en su nube, pensó que estaba celosa.

— No es mi culpa que me prefiera a mí. —espetó con un orgullo bárbaro y absurdo, y fue detrás de su prometido.

En el improvisado estante del registro civil había tres parejas formadas antes que ellos. Cerca había una pequeña multitud de curiosos, alimentando sus chismes y aplaudiendo cuando las partes firmaban el contrato de juguete. Gritaban "beso, beso, beso" muy animados.

Miranda se puso nerviosa, había sólo dos parejas delante de ellos, dos parejas tomadas de la mano, mirándose los rostros con ojos enamorados, besándose con cariño y regalándose palabras dulces y en extremo cursis de efímero amor eterno. Como todos los niños que juegan a ser novios, todos menos Miranda, sola, y Julio, rodeado de sus amigos y una plática que Miranda no escuchaba ni deseaba escuchar. Se preguntó por qué sus amigas no estaban con ella y las buscó con la mirada.

Descubrió a Rebeca al pendiente de ella desde lejos, Valeria, con celular en mano lista para la foto del beso, se había unido al público asistente a la unión de estas dos personas que se quieren mucho. ¿Julio acepta a Miranda como esposa? Sí. ¿Y Miranda a Julio? Sí, también, pues fírmenle ahí, ya está firmado, ahora tú, ahí está. ¡Por el poder que me concede la escuela el día de hoy, yo los declaro la bella y la bestia!

El público rió y aplaudieron la ocurrencia. Qué felicidad ya están casados.

— ¡Beso! —gritó Valeria, confundida entre la multitud, pensaba ella, pero Miranda jamás olvidaba una voz y había escuchado la de ella el tiempo suficiente para memorizarla.

"¡Beso, beso, beso!" Gritó la multitud y los celulares aparecieron del aire, todos apuntaban a la feliz pareja, en espera de ese beso que los uniría para siempre en esas decenas de fotos que irían a parar directamente a la red social donde todos comentarían y gozarían la osadía del Julio.

Miranda no esperó y alzó la trompa con los ojos cerrados. Julio todavía esperó un momento, tragó saliva y se arrepintió, mas las palabras de apoyo de sus amigos

(¡órale, güey, bésala, no seas joto!)

lo convencieron de hacerlo. Cerró los ojos con fuerza y le dio a Miranda su primer beso, ella lo atesoraría en sus recuerdos y poco a poco, luego de descubrir la verdad, se iría pudriendo en ese baúl oscuro y frío. Los gusanos encontrarían un agujero en la madera y saldrían a pulular y llenar por todas partes la inmundicia del recuerdo. Pero eso sería después. En ese momento Miranda se sentía flotar muy cerca de la ionósfera y sus piernas, gruesas como viejos agüegüetes le temblaron un poco.

Cuando abrió los ojos, sólo alcanzó a ver una extraña mueca en el rostro de Julio antes de que volviera con sus amigos. De pie allí donde estaba, Miranda se preguntó qué iba a pasar con la luna de miel.

A mitad del camino de vuelta con Rebeca, Valeria se acercó a Miranda y le mostró todas las fotos que había hecho con su celular. En todas ellas Julio tenía esa expresión, misma que Miranda hacía cuando mamá le servía verduras, qué asco.

— ¿Contenta? —preguntó Rebeca, con el mismo tono indignado de antes. Hasta entonces Miranda se dio cuenta de que su molestia no derivaba de sus celos. Buscó a Julio con la mirada, seguía con sus amigos y estos estaban dándole algo.

— Lo que se ganó en la apuesta —confirmó Rebeca—. ¿Apoco no te diste cuenta?

— No —aceptó Miranda—, ¿de qué?

— Fue un estúpido reto, esos tarados no saben hacer otra cosa más que molestar.

— Vamos por algo de comer, ¿sí? Muero de hambre —opinó Valeria y no volvieron a tocar el tema.

Si se lo preguntaran, ella diría que más bien es una de las poco afortunadas. Novios tuvo, claro, varios, muchos más de los que podría contar con los dedos de una mano de Ente de Espejo. No dice que las dos porque contar tantas malas experiencias resulta aburrido para cualquiera que las cuente o las escuche. Y muy doloroso para ella. Cuando alguien le pregunta, generalmente en tono burlón, ella dice que sí, tuvo novio, algunos y cambia de tema rápidamente. No le gusta hablar de eso y menos que se burlen de ella, la verdad, preferiría no haberlos tenido.

"No, nunca tuve novio," sería todavía menos difícil de aceptar y menos doloroso, sobre todo porque es eso lo que la gente espera escuchar. En una sociedad tan superficial como esta, pocos esperan/desean que la gordita haya tenido más relaciones sentimentales que el famoso escritor que se casó con su primera novia.

Los niños como Julio siguieron acercándose a ella en las quermeses todos los años luego de la primera vez, en todas las escuelas a las que asistió. Al principio no se explicaba cómo era que todos la consideraban un reto, si la verdad no era tan difícil acercarse a ella, ser amable ayudaba mucho. Está bien, mal chiste.

— Pero, ¿por qué sigues diciéndoles que sí? —preguntó Rebeca, quien a pesar de todo seguía junto con ella, eso era una de las buenas cosas que traía consigo el que sus padres fueran tan buenos amigos y vecinos. Ellas no necesitaban casarse para estar juntas toda la vida—. Si ya sabes que lo único que quieren es burlarse de ti.

Estaban ya en el tercer año de secundaria, tres meses más y estarían dentro de la educación media superior. En sus solicitudes del concurso de ingreso habían puesto las mismas tres opciones en el mismo orden. Ellas le darían un nuevo sentido a la frase "Amigas para siempre." Nadie ni nada, ni la preparatoria las separaría nunca jamás, aunque ir a la misma escuela no fuera necesario, eran vecinas, pero así son los niños y sus deseos de trascendencia.

— No me importa lo que ellos quieran —respondió Miranda, entrándolo bien y sabroso a los tacos de pastor con harta cebolla—, mientras pueda, me aprovecharé de ellos —exhaló una bocanada de su aliento en el rostro de Rebeca—. ¿Está listo?

Rebeca agitó la mano delante y movió el rostro a un lado.

— No, ya se echó a perder —dijo con la voz entrecortada por las arcadas—. ¿Es necesario?

— Es mejor así —dijo Miranda y se preparó uno más—. No pensaste que se las pondría fácil, ¿o sí? Si quieren jugar conmigo, me uniré a sus amigos y los haré pasar un muy mal rato —después de una pausa y un bocado de taco agregó—: como ellos a mí.

Después, con los años, aderezó su aliento con ajos, pescado y una noche sin lavarse la boca, eso era lo que más le desagradaba, los odiaba a todos por obligarla a dormir sin lavarse los dientes, el sabor de su boca por la mañana era horrible, pero nunca fallaba, a la hora del beso ella los ultrajaba, con su fuerte lengua les abría la boca y los penetraba con la violencia de su aliento. Los abrazaba fuertemente e intentaba disfrutar, aunque fuera un poco, con la desesperación de ellos y sus cuerpecitos removiéndose en su agarre colosal de brazos gelatinosos. En alguna ocasión se atrevió a eructar y tuvo que apartarse al sentir la primera arcada de su nuevo esposo. La capilla fue trasladada a otro sitio, no podía celebrarse nada con una vasca en medio.

Cómo se divirtió esa vez, a pesar de la mirada reprobatoria de Rebeca, ella había accedido a jugar con los chicos. Vamos, vengan y demuestren lo machos que son, quien bese a Miranda sin vomitar, se llevará el premio. ¿Quién se atreve?

Muchos.

Y para buena suerte de Miranda, se apartó a tiempo de ellos en todas las ocasiones. Sus zapatos terminaron hechos un asco, sí, pero con lo que ganó ese día bien pudo comprarse otro par. En lugar de eso, invitó a Rebeca lo que quisiera y le prometió jamás participar en algo así, pero no dejaría de aceptar las propuestas de matrimonio. ¿Por qué habría de dejar algo que le gustaba tanto? Además, nadie lo hacía nada más porque quisiera hacerlo, debía ser siempre un reto, un castigo, un motivo para sufrir y no la razón de la sonrisa.

Si Miranda estaba tan sola y eso era lo único que le procuraba una sonrisa, ¿por qué dejarlo?

A nadie hacía mal con ello, sólo a sí misma, pero cada primavera era menos dolorosa, pronto dejaría de doler por completo y no se preocuparía más, gracias ¿quién sigue? ¿Listo para echar tu desayuno, dulzura?

Siempre tuvo remordimientos, aunque los cubrió debajo de un túmulo de helado de chocolate, galletas y gaseosa de naranja fortificada con vitamina C, es importante ingerir vitaminas para tener buena salud decían los doctores. Lo hacía para que el fantasma de aquel primer beso no saliera de su sarcófago como intentaba cada año. Miranda no quería ver las cuencas vacías y agusanadas de ese cadáver antiguo. Olvidar era su deseo, olvidar, perdonar y seguir adelante, mas las llagas en la memoria de un niño jamás sanan, esas se quedan abiertas por siempre y son ésas las que definen a los adultos.

La compañía de Rebeca era lo único que la mantenía a flote, platicar con papá era complicado. Él, obrero de tiempo completo, estaba siempre muy cansado o muy ocupado viendo el fútbol y Miranda lo comprendía, de verdad que sí. A ambos les afectó muchísimo la repentina muerte de mamá y pensar en ello no le hacía bien a nadie, sobre todo luego de un festival de primavera, o en una fiesta en Semana Santa, los casorios, el vómito y los retos comenzaron a dejar el ánimo de Miranda por los suelos, eso y un poquito de alcohol clandestino en su bebida la convencieron de saltar.

En la capital no hay barrancos o puentes muy altos que sirvan para el suicidio, uno no quiere saltar y terminar con una o dos piernas rotas, todas las extremidades o peor aún, la cabeza. Si vas a saltar, por lo menos deberían ser necesarias un par de paladas para levantarte. Por lo menos.

Aunque claro, hay plazas comerciales con más de tres pisos que podrían funcionar, sin embargo, están los guardias, mucha gente y, sobre todo, niños. Lastimar a los niños con algo así no puede ser muy agradable. Podrían terminar siendo escritores de terror, no, pobres. Además, están las cámaras y uno no quiere que los morbosos se la pasen viéndolo a uno morir en internet una y otra vez.

La única posibilidad restante, y la favorita, es el metro, económico, limpio, atascado de gente por lo que un suicidio puede verse como un accidente, nadie va a juzgarte, nadie le echará la culpa a tu padre, ni a la sociedad por ofrecerte todo eso que no necesitas, será un accidente más, de esos que podrían estar pasando a diario, y gracias al Ángel Guardián del Tercer Mundo no suceden, eso es lo que el pueblo debería de agradecer y no quejarse cuando un tren se descarrila y mueren cincuenta y cuatro personas, hay que verle el lado amable, pudieron haber sido más, no fuiste tú y entre menos burros más olotes.

Máxima de la Lupe.

Allá fue entonces Miranda, la distante y olvidada Miranda, a la que todos buscan en primavera o en las fiestas pedorras de la prepa. A la que todos ignoran el resto del año y no recibe regalos en Navidad, ni su cumpleaños. Miranda la cachetona, Miranda la gorda.

Barranca del muerto se le hizo una estación con exceso de poesía destinada a la que le hizo fuchi y descartó de inmediato (además de que era terminal y las terminales le aburrían) se bajó en Chapultepec, el nombre le traía tiempos mejores, domingos calurosos en los que pasear por el bosque estaba de moda con mamá y papá.

Con las puntas de los pies sobre la amarilla línea de advertencia, Miranda derramó una lágrima y prometió a su madre que pronto estaría con ella, el convoy siguiente la llevaría.

Sin embargo, pasaron tres y Miranda siguió allí, de pie sobre la línea amarilla, llorando y pensando que no le había dejado ninguna nota a papá. Quizá debía volver a casa, preparar la cena, decirle que lo amaba, dormir con él y al otro día escribir la nota y saltar.

Pero al día siguiente era domingo y esa estación estaría llena de niños, y ya hemos hablado de traumar a los niños. Tampoco quería cambiar de estación, esa le evocaba recuerdos muy bellos, aunque jamás hayan ido al bosque en metro. Si iba a saltar, debía ser allí.

— ¿Estás esperando el último? —preguntó una voz. Miranda no supo si le hablaban a ella o no—. Oye tú, la gordita que va a saltar. Duele mucho y es mejor si no lo piensas tanto. Yo te recomendaría ir a tu casa y ver la tele. Conseguirás el mismo efecto, pero sin tanto dolor.

Miranda lo buscó a lo largo de todo el andén, era un muchacho, su voz no había dejado el tono pueril de la niñez tardía, pero era bastante grave. El andén, claro, estaba vacío.

— Acá abajo, tontita.

Miranda miró las vías, escuchó el aullido del convoy y la mancha naranja se llevó consigo el rostro pálido que la miraba desde el foso. Gritó aterrada. El tren se detuvo, abrió sus puertas, algunas personas bajaron, la miraron con desprecio y siguieron su camino. El convoy pitó, cerró las puertas y se fue como si nada. El andén siguió tan normal y ambientado con música suave como siempre.

Miranda se asomó a las vías, esperando ver el manchón sangriento de lo que antes debió ser una persona.

No había nada.

— ¿Qué carajo?

— ¿Vas a saltar o no? —cuestionó la misma voz. Miranda levantó el rostro y descubrió a un muchacho de ropas viejas sentado en el borde del foso al otro lado.

— ¿Cómo…? Yo vi que el tren te atropelló.

— Sí, lo hizo —aceptó el chico y bajó de un salto a las vías. Miranda escuchó el tren que se aproximaba del otro lado y le gritó al chico para que se apartara.

Pero el tren fue más rápido y lo hizo desaparecer.

— Pero fue hace mucho tiempo —continuó el muchacho como si nada. Miranda sólo escuchó la voz porque el tren estaba sobre el chico, ocupando el mismo lugar, al mismo tiempo. Y la física diciendo que eso es imposible, ¡bah!

El muchacho apareció caminando a través del tren como si éste fuera la imagen ilusoria en un espejo cóncavo.

— ¿Qué te pasa? —le preguntó—. De pronto te pusiste muy pálida.

Miranda retrocedió hasta la pared articulando sin que de su boca saliera palabra alguna.

— No puedo leer el pensamiento, aún no aprendo a hacerlo, es complicado, ¿sabes? Voy a necesitar que hables para saber qué te pasa.

— Estoy soñando, eso debe ser, no es posible, no es posible —recitó Miranda con las palabras encimadas. El chico delante de ella hizo una mueca.

— Habla un poco más despacio, no te entiendo.

— Tú… yo estoy… ¿Cómo lo hiciste? —articuló intentando recuperar la calma.

— Es fácil luego de la primera vez —dijo, encogiéndose de hombros—. Te darás cuenta luego de que saltes.

— ¿Tú saltaste?

— Claro que no. —dijo, indignado, pero no sólo eso, hubo en sus ojos una furia desesperada que hizo estremecer a Miranda, era algo oscuro y desconocido para ella.

— Eres… ¿eres un fantasma? —cuestionó, pensando que era una locura.

— Sí, ahora lo soy —respondió él, como si fuera lo más normal del mundo ser un fantasma—. Me llamo Jerónimo.


2205hrs
21/09/13

Antes que nada quiero extenderles una disculpa por haber hecho esto. El primer capítulo de La gorda y su novio fantasma ya estaba publicado, me parece que hasta el capítulo dos en esta misma página, pero no había continuado con ella por... todo lo que ustedes ya conocen. Si la agregué a estos vicios fue precisamente para poder terminarla, no me gusta dejar historias sin finalizar, mucho menos cuando fueron chispazos que me mantuvieron despierto por tanto tiempo en noches de insomnio. No recuerdo si ésta lo hizo, pero la imagen me gustó :P

Y recuerden, sus críticas son mi sendero a la "mejoráncia"

«-( H.S )-»