PRELUDIOS

Pamplona, Reyno de Navarra. 29 de julio del Año del Señor de 1447.

-No parecéis muy contento, Don Pierres de Faissant-. Dijo Don Bernal de Eguía. Faissant, a la sazón escribiente del Tesorero del Reyno, estaba, en efecto, de muy mal humor. Y encontrarse con el Oidor de los Comptos Reales, aunque buen amigo, no contribuyó a alegrarle. No en vano, lo que le amargaba el día era un asunto oficial relacionado con los dineros de la Hacienda Real.

-Como funcionario entrado en años, creía que había visto de todo. Craso error el mío, seguramente causado por exceso de vanidad. Todavía, en el tiempo que el Creador me permita vivir y ejercer mis funciones, aún puedo encontrarme con sorpresas. Pero ¡Ea!, que no quiero aburriros con cuestiones oficiales de las que, además, no tardaréis en enteraros.

-Pero Vuesa Merced.-Dijo Eguía asiéndole por el brazo y echando a andar.- Es un hermoso día éste del mes de julio. ¿Por qué no me acompañáis y me contáis qué es lo que os pone de tan mal humor? Que bien cierto es que con un buen vino y entre amigos, es más fácil tratar los asuntos complicados. Y conozco una taberna en la plaza de Zugarrondo, junto a la iglesia de Santa Cecilia, cuyos caldos merecen la pena.- Y con paso resuelto echó a andar tomándolo por el brazo. Faissant suspiró, sopesó la situación y, puesto que el asunto acabaría por llegar al Oidor, decidió que era mejor aprovechar la ocasión para ir poniéndole en antecedentes y, de paso, desahogarse.

-Esta misma mañana, sin ir más lejos, ha arribado a Pamplona un emisario de los próceres de Tudela.- Empezó a narrar mientras la tabernera les colocaba delante sendas jarras de buen vino.- A juzgar por su cara congestionada, sus botas cubiertas de polvo y sus vestiduras arrugadas, ni siquiera se ha molestado en pasar por la posada para adecentarse. – Continuó contando el escribano del Tesorero.– Cuando le pregunté qué se le ofrecía me contestó que le enviaba el Municipio de la villa ribera para reclamar de la Hacienda de nuestro señor el Rey el reintegro de ciertos gastos en los que el mismo había incurrido. Y sin más preámbulos procedió a dejar sobre mi mesa un pulcro legajo bien atadito con una cinta roja de balduque. Cuando le pregunté los motivos por los que se reclama a la Corona ese dinero se limitó a indicarme con la mirada el legajo y añadir que estaba todo explicado ahí. Así que, mientras el hombre, un tipo bajito, de mediana edad, de rostro redondo y un tanto rubicundo, no hacía otra cosa que estrujar el gorro entre sus anchas manazas sin quitar la vista del legajo, procedí a abrirlo y tomé el primer folio, una carta firmada por los ediles que rezaba más o menos como sigue:

"Al muy excelentísimo señor Tesorero de aqueste Reyno de Navarra, Salud,

Cúmplenos notificarle que el pasado día 24 de julio hicieron entrada en nuestro Reyno cuatro hermosísimos ejemplares de búfalos africanos, regalo del marqués de Alfajemes a nuestro muy amado Príncipe de Viana, que Nuestro Señor guarde muchos años, con el objeto de que los mismos pasen a engrosar su colección de animales vivos, pues es bien conocido el interés que profesa Don Carlos por el estudio de las diversas criaturas que componen la magna obra de Nuestro Señor. Las bestias entraron en aqueste Reyno por nuestra muy amada villa de Tudela, donde fueron debidamente encorralados en una cerca propiedad del municipio que hay junto al río Queiles. Pero, por causas no del todo claras, aunque todo apunta a unos sonidos como de zambombazos provocados por los mozos que andan soliviantados celebrando la festividad de la Muy Venerable Señora Santa Ana, madre amantísima de Nuestra Señora la Virgen María, las bestias se encabritaron, y la emprendieron con tal furia contra el vallado que éste no resistió. Lograron escapar a la carrera, correteando por la villa mientras causaban múltiples daños y desperfectos en edificios públicos y privados…"

-Me parece que ya veo por dónde va la cosa...-. Dijo Eguía-. Los ediles consideran que, puesto que los desperfectos los ha causado una propiedad de nuestro bien amado Príncipe, la Hacienda Real debería satisfacer los gastos por las reparaciones...

-Así es-. Dijo Faissant. Y procedió a dar un buen trago al vino. Que por cierto, era excelente.

-¿A cuánto asciende la reclamación?-. Preguntó el Oidor de los Comptos Reales. Faissant acercó la cabeza al oído de Eguía y murmuró unas palabras con voz queda.

-¡Pardiez!-. El Oidor de los Comptos abrió mucho los ojos al escuchar tamaña cifra de maravedíes.

-Entre nos, y en confianza. Decidme... ¿Qué creéis que puede decirle el Tesorero al Oidor de Comptos sobre semejante pago? – Preguntó Faissant alzando de nuevo la voz.

-¿Está debidamente justificado?

El escribiente asintió.- Se acompaña una relación de desperfectos, indicando quienes son los titulares de los bienes junto con las correspondientes relaciones de los diversos artesanos y operarios, los trabajos de reparación efectuados y sus importes. Y declaraciones de los numerosísimos testigos...

-Si todo está en orden, supongo que no habrá más lugar que a indemnizar... - Don Bernal de Eguía, Oidor de Comptos, se mesó la perilla meditabundo.- Además, habrá que decidir qué va a hacerse de esos animales para que no vuelva a ocurrir… tal vez aquí…

-¡Quía! ¡Solamente faltaba que los trajeran a Pamplona! -. Exclamó el bachiller nada más comprender por dónde iba la insinuación.

-Bueno, puesto que los animales ya están en la Ribera, tal vez podrían remitirse al Palacio de Olite-. Reflexionó Eguía en voz alta.- Al fin y al cabo, allí ya hay unos cuantos papagayos, alguna que otra mona y un ave grotesca y enorme que llaman avestruz y que supongo califican de tal por el hecho de tener plumas, puesto que es incapaz de volar….- Y de esta manera resolvió que, llegado el momento, así se lo haría saber, con discreción eso sí, al Maestro de Cámara del Príncipe.

Los dos hombres permanecieron un momento en silencio, ensimismados en sus pensamientos mientras apuraban el contenido de sus jarras de vino. Eguía pidió otra ronda y después otra. Y así, achispados por aquel delicioso rosado, acabaron apeando los tratamientos formales.

Y el bachiller Faissard pasó a narrar, ya sin tanto envaramiento, lo que finalmente le había confesado el emisario. Al parecer, la mayoría de los habitantes del burgo, haciendo gala de sentido común, habían corrido a guarecerse en sus casas, cerrando bien puertas, ventanas y contraventanas. Pero algunos mozos, que por festejar festejaban todo, y seguían celebrando con gran entusiasmo a la madre de Nuestra Señora, se empecinaron en divertirse a costa del suceso. Un tal Martín de Arnaut, un mocetón roncalés que llevaba un par de años afincado en la villa ribera y que había hecho cierta fortuna con el negocio de las alpargatas, tuvo la idea de citar a las bestias desde lejos, corriendo en vanguardia de las mismas durante un buen trecho junto al río Queiles. La ocurrencia halló fortuna y otros mozos procedieron de igual manera. Los funcionarios municipales habían pasado las de Caín para lidiar con ambas especies, de mozos y de astados, aunque finalmente pudieron arrinconarlos a todos, juntos pero no revueltos, en un pradico que hay a mano diestra, según se sale por el camino de Alfaro. Eso sí, a costa de algún que otro hueso quebrado, varias brechas en las seseras y muchos sustos en los cuerpos, sobre todo de las madres de aquellos chiflados.

Los dos hombres salieron a la calle y comenzaron a caminar sin rumbo fijo. La mañana de julio era soleada en Pamplona, e invitaba a perderse por sus calles, las antiguas de los tres Burgos y las nuevas resultado del privilegio de la Unión.

-Tengo entendido que la algaraza ha causado tanto regocijo entre los mozos que algunos hablan incluso de aprovechar las fiestas en las que se celebran corridas de toros para hacer carrericas delante de las bestias por las rúas. Imaginad pues, a los mozos corriendo por esta rúa de la zaga del castillo, delante del ganado bravo... – Dijo Faissard al pasar bajo el portal de la Tejería.

-¡Qué barbaridad! – Eguía se detuvo en seco contemplando la travesía, una que un futuro lejano mudaría el nombre por el de Estafeta, aunque por aquel entonces no se sabía qué era eso.

-Sin duda. Una auténtica barbaridad.

Y entre exclamaciones de asombro, caminando, caminando, llegaron hasta San Lorenzo.

-Entremos.- dijo Faissant.- La tranquilidad de la casa del Creador contribuirá a sosegar nuestros ánimos, sin duda exaltados por estos hechos tan preocupantes.

"Y por el vino, que achispa lo suyo" pensó Eguía, aunque no dijo nada. Asintió con la testuz y le siguió al interior.

Y como hombres devotos que eran se recogieron para rezar. Y frente a la talla de un santo varón natural de la villa, hijo de un romano llamado Firmo y que fue obispo de los francos, pidieron encarecidamente que aquello de corretear por las calles delante de enormes bestias astadas jamás de los jamases se repitiese en la hermosa tierra de Navarra.

Habida cuenta de lo que aconteció y acontece hasta nuestros días, parece ser que el Santo Fermín ese día tenía su atención puesta en otras cosas... o tal vez es que se había contagiado del entusiasmo de los mozos tudelanos y ya andaba afanoso buscándose un capotillo por los cielos...

FIN


Notas

- El Príncipe de Viana era aficionado a los animales. Poseía en el castillo de Olite un zoológico con los que se mencionan en el relato. Cuentan las crónicas que en una ocasión recibió cuatro búfalos como regalo del conde de Alfajemes, que entraron en el Reino por Tudela, que una noche se escaparon y provocaron importantes desaguisados, y que finalmente fueron remitidos al mencionado zoo.

- Los hechos relatados en el legajo se han situado el 24 de julio, puesto que son las fiestas de Santa Ana, patrona de Tudela, aunque el patrocinio de la villa es posterior en muchos años. En las mismas se celebran encierros desde tiempo inmemorial. Tres días después tiene lugar el encuentro de los protagonistas, para dar tiempo a redactar el legajo y a llegar hasta Pamplona en un par de jornadas a lomos de caballerías.

- En la época en que acontece la administración del Reino de Navarra disponía de los funcionarios e instituciones que se mencionan.

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