¡Hola! como verán, borré las demás historias por falta de tiempo y porque decidí cambiar de estilo usando el guión largo como en esta historia. Bien pues, resulta que pensaba subir "Akuma Hunter" hace dos semanas aproximadamente como su aniversario de tres meses de haber sido escrita, pero la pospuse para esta fecha cercana a Halloween y como aniversario de otro asunto respecto a mí.

Espero que les guste, o al menos no los confunda e.e y si tienen comentarios o críticas, son bienvenidas siempre y cuando no degradan u ofendan (sin son malas, traten de ser amables xD). En caso de tener una duda, espero poder respondérselas en el transcurso de la historia.

Además, lo puse como "T" debido a que vienen groserías (en casi todos los capítulos si no es que en todos) y algunas muertes que pueden ser algo... sangrientas o bien descritas (creo xD). En fin, sin más preámbulos...


AKUMA HUNTER.

SAGA UNO: Vida Hunter

I.- Cuando Se Conocieron La Demon Hunter y El Master Hunter...

– ¡Corre idiota! ¡Hacia tu derecha! –Una mano, o más bien, una especie de garra gigante, desgarró un árbol entero en un parpadear de ojos, siendo apenas esquivada por sus contrincantes antes de golpearlos. Un grito de chica se vio ahogado por el susto. Un par de sombras que parecían llevar puestas unas capas, o quizá unas gabardinas oscuras, corrían en la penumbra de una noche más oscura que otras. Al parecer había una pelea entre esos monstruos y los Exterminadores.

– ¡Ya lo sé, ya lo sé, idiota! ¡No me grites! –Correspondió una voz de chico sin dejar de correr en zigzag por los arboles en aquel parque abandonado.

– ¡Pues no lo parece! ¡Estás dejando que nos alcance ese Akuma! –La chica siguió renegando, distrayendo a su compañero. – ¡Si esa cosa nos toca, ¿sabes lo que nos puede pasar, no?! ¡¿Cuántas malditas veces tengo que repasarte el plan para que te lo grabes, descerebrado?!

– ¡¿Crees que ayudas mucho gritándome?! –El chico esquivó otro ataque de la garra, esta vez llegando a rozar su espalda lo suficiente para desgarrarle la gabardina que llevaba puesta. – ¡Ah, maldición! ¡¿Ves lo que ocasionas, estúpida?!

– ¡Estúpido tú que te dejaste golpear! –La chica saltó a la rama de un árbol, dándose la vuelta para ver frente a frente a su presa. Sonrió con un toque de confianza mientras bajaba del árbol y seguía corriendo detrás del chico. –Keh, no tenemos de qué preocuparnos. Es uno fácil.

– En ese caso, ¿qué sigues esperando?

– ¡¿A-ah?! –El tono de ella sonaba asustado. ¿La iba a poner a pelear ella sola contra esa cosa? – ¡¿Quieres que me coma, pedazo de animal?!

– ¡Dijiste que era uno fácil! –El chico se detuvo, apuntando hacia el monstruo que lentamente se acercaba a ellos. Su compañera comenzó a renegar incoherentemente. Nada de lo que decía era comprendido por él. – ¡Habla bien que no te entiendo!

La misma garra golpeó el suelo a un par de pasos de donde se encontraban los chicos, acallando su extraña plática, levantando el suelo y con él a éstos. El ser que sobresalía de entre la oscuridad consistía en una enorme masa de grasa de un color oscuro, difícil de diferenciar en esa noche, de unos 10 metros de altura, brazos musculosos y piernas regordetas. Vientre ancho, cabeza calva, un sólo ojo que brillaba de un color amarillento. De su gran hocico salía un grito, un gruñido estruendoso acompañado de un aliento que causaba nauseas, mientras golpeaba y pateaba todo en su camino viendo cómo atacar a sus enemigos para tragárselos.

No parecía tan complicado de lograr puesto que los dos chicos se la pasaban discutiendo todo el tiempo, incluso cuando se encontraban en una pelea en la cual su vida podía correr peligro. Más no se podía negar que peleando o no, los dos sabían esquivar y sus pies corrían a gran velocidad, librándose de la mayoría de los ataques que se dirigían hacia ellos.

Acercando a la chica a él, el chico de la gabardina oscura dio un salto sin soltar a su compañera, saliendo de un pequeño hoyo causado por el golpe de la garra de ese monstruo. Bajando a la chica, se quitó la gabardina, dispuesto a pelear contra el monstruo, frunciendo aún más su ceño y haciendo ver sus ojos más intimidantes de lo normal. Ella, viéndolo sin quitar su cara de asombro, sacudió su cabeza mientras fruncía también su ceño, mostrando una mirada que, a diferencia del de la gabardina, era menos intimidante, poniendo absoluta concentración en su compañero y su enemigo.

El viento ondeó la capa de la chica, quien, comparada con el otro a su derecha, era pequeña y parecía frágil. Como una niña. El gruñido del monstruo indicó el momento de pelear. Ambos chicos asintieron mientras un campo se extendía a unos metros a la redonda del lugar. Un campo gris y pequeño, que apenas daba el espacio suficiente para mantener una distancia apropiada entre ellos y esa cosa. – ¡Ahora! –Gritó el chico mientras retrocedía, dejando a su compañera pasar corriendo a su lado. –No lo estropeemos esta vez.

Ella asintió en silencio, dando un salto no muy alto para no chocar contra el campo grisáceo. –Invocación; Attack Wild, Inu no Ken, ¡Kasai Inu!

Tras este nombramiento, las llamas surgieron desde el mismo campo en donde los tres contrincantes se encontraban limitados de espacio, llegando a las manos de la chica. Gruñendo en lo que dirigía su garra izquierda a ella, el monstruo comenzó a gritar adoloridamente, retrocediendo unos pasos con su garra tirada en el suelo y la sangre saliendo a borbotones de su cortada. Sin misericordia, la chica ondeó su espada y corrió hacia el herido, soltando un espadazo que acabó con la agonía de ese ser.

En cuestión de segundos, la sangre derramada en el suelo, el monstruo apenas decapitado y el campo grisáceo desaparecieron en un brillo que se disolvió con el viento, dejando a los dos chicos en la oscuridad; ella con su espada desapareciendo de entre sus manos, él con su mirada en el viento que se había llevado el rastro de su pelea con ese Akuma. O bien, en otras palabras, un monstruo carnívoro cuya presencia se debe a su apetito, el cual, cuando despierta, busca desesperadamente el alimento que los humanos le proveen. Carne. Sangre.

– Te dije que era uno fácil. –Habló la chica, encaminándose al chico.

– Entonces pudiste haberlo matado desde un principio. –Respondió él con un tono enojado. –Gracias a tu cobardía esa cosa nos estuvo persiguiendo por todo el bosque. Eso sin mencionar que casi nos rebana con ese último ataque.

Ella se detuvo, mirando al chico con una mirada asesina. – ¡Hmph! Al menos lo asesiné antes de que a ti te matara, idiota. Deberías estar agradecido. Si hubiera querido, hubiera dejado que esa cosa te tragara antes de matarla.

– ¡¿Qué dijiste, maldita?! ¡¿Cómo carajos te voy a agradecer que dejaras que me golpeara?! –Gritó el chico con sus ojos posados en su compañera. Ella le sacó la lengua, a lo que él se le acercó y la sujetó por la capa, acercándola hasta su frente, golpeándola con ésta y haciendo caso omiso a los gruñidos de ella. –Eres una jodida molestia.

– ¿Entonces por qué sigues a mi lado, uh? –La chica empujó al chico, acomodándose su capa. –Da igual. Vámonos a casa.

– Yo soy el que dice eso. –Habló él emprendiendo el camino de regreso a su casa. Su compañera se encogió de hombros, como si no le importara la opinión del chico. – ¡Carajo, siempre te estás comportando así! ¡Me enfermas, perra!

– ¡Y tú siempre estás alzando de más la voz, idiota! –Contestó ella a la ofensa de él. – ¡No creas que no me canso de ti! ¡Apenas te veo y me dan ganas de escupirte en la cara!

– ¡Vamos, hazlo si es que te atreves!

– ¡¿Acaso me estás retando?!

– ¡¿Tú qué crees, eh?!

Y así los gritos de esa discusión siguieron resonando en el bosque unos minutos más. Ya daba igual lo que ellos se dijeran. Así era todos los días desde que se conocieron hace ya unas cuantas semanas atrás. Peleas, gritos y golpes. Peleas, gritos y más golpes. Discusiones, treguas. Luego su costumbre esa de pelearse, gritarse y golpearse (aunque una fuera chica). Lo curioso en su extraña relación era que nunca duraban más de un día sin hablarse, ni una sola vez, desde que se habían hecho compañeros de equipo por sus motivos personales, ya no se separaban por más de 12 horas. Casi todo el tiempo estaban juntos así fuera para pelear y gritarse hasta hartarse. Aunque se ofendían ninguno de los dos dejaban de hablarse de forma definitiva. No se pedían disculpas. Tampoco admitían sus errores. Cuando se enojaban realmente, su forma de reconciliarse era con una sonrisa que parecía forzada y luego un insulto o un apodo que no les gustaba para empezar una de sus típicas peleas y reanudar su plática, su linda (a su rara manera) y peculiar relación de amigos-enemigos-compañeros-que-en-si-son-dos-tipos -que-se-quieren-matar-el-uno-al-otro-pero-no-se-an iman-porque-así-se-quieren-a-su-modo.

La puerta de la casa se abrió. Ella, Rin Inuko, una chica de estatura baja, de a lo mucho 1.50, corrió directo a la cocina, aventando su capa a la mesa. Su cabello anaranjado se mecía de un lado a otro con gracia. Le llegaba al codo aproximadamente. Su cuerpo era esbelto y no muy bien desarrollado, ya que para su compañero, ella era una niña de unos 13 años por "tener pechos pequeños y estar enana". Su color de piel era claro, sus ojos que con él siempre mostraban odio y rivalidad eran de un color entre fucsia y morado, muy llamativos, aunque carecían de muchas emociones. Siempre parecía estar irritada. Algo en lo que se parecía mucho a su compañero, aquel a quien quería ahorcar todas las noches, pero por alguna razón no lo hacía, no tanto porque lo necesitara (aunque en verdad lo necesitaba), sino porque él siempre sabía de sus intenciones y se mantenía precavido.

Él, Ansekishoku Yasei se la pasaba gritándole a su compañera que tuviera cuidado en dónde dejaba sus pertenencias, la regañaba todo el bendito tiempo, le hablaba a gritos, le decía en su cara lo molesta que era y cuánto la odiaba. Sin duda que del equipo, él era quien mostraba una forma aún más grosera, agresiva y revoltosa que la de su compañera. Alto, muy alto para su compañera, de unos 1.90 metros o más, cuerpo atlético más no en exageración, muy poco paciente, rebelde, testarudo en exceso, demasiado intimidante, alguien que casi nunca sonreía porque cuando lo hacía parecía que estaba forzando su sonrisa de una forma aterradora, y cuando lo hacía con una intención de malicia asustaba mucho a sus seres queridos. También era un chico muy conocido en su colonia, y en general en toda la ciudad por causar peleas sin sentido con cualquiera con el que se topara con él y lo tocase, aunque a veces lo hacía por otras razones que él llamaba como "mostrar su rudeza, hacerse notar como el mejor de todos", etc. De cabello tinto, ojos rojos, piel morena clara, ceño siempre fruncido por lo que nunca se sabía cuando estaba feliz, triste o enojado, de pocas expresiones a parte de la de enojón y nervioso (a causa de su familia). A veces muy inocente y estúpido en temas de chicas, (sí, muy estúpido) puesto que no le gustaba estar mucho rato con las mujeres y no sabía casi nada sobre ellas. En lo particular no es que las odiara, pero tampoco le agradaba la presencia de una. Creía que si pasaba demasiado tiempo con una, su ego de hombre desaparecería y los gustos femeninos comenzarían a contagiársele (razón por la que era demasiado ingenuo cuando de chicas se trataban), además de que no le quedaban ganas de lidiar con otra chica si ya tenía suficiente con su compañera a quien muchas veces le confesaba que desearía verla muerta, y sin importar sus palabras, nunca la dejaba irse. Pues ella era su compañera y el trato que habían hecho les impedía separarse sin antes lograr su cometido.

– ¡Oye Chibinu, te dije que…!

Rin dirigió su mirada a Kishoku, como le decía para abreviar su largo nombre, frunciendo el ceño mientras el chico guardaba silencio. –Te he dicho cientos de veces que no me digas Chibinu. Es humillante que me digas de ese modo. Si quieres que te diga Anse, dime por mi nombre.

– Te dije que te llamaría como se me diera la gana Chibinu. –Cortó la plática Kishoku. Rin empuñó su mano, mirándolo con gran desprecio. Éste le sacó la lengua, aventándole la capa a la chica. –Además, te he dicho que no dejes tus cosas a la vista. Mis hermanos pueden verlas.

La chica desvió la mirada, quitando la capa de su rostro. –Idiota.

– Sí, sí, lo que digas. –Un zapato golpeó al chico. Éste parpadeó unas veces, viendo a Rin, a quién le decía Chibinu por las palabras Chibi e Inu juntas, correr escaleras arriba, a su habitación. Y no exactamente a la de ella. Sino a la de él. Frunció el ceño mientras aventaba el zapato a las escaleras con fuerza, dejándolo en un escalón. – ¡Idiota, vuelves a hacer algo semejante, y lo pagas caro!

– ¡No te escucho~! –Gritó cínicamente ella desde la habitación del peli tinto.

– Serás cab… –Sabiendo que pronto llegarían sus hermanos de donde sea que se habían largado, Kishoku dejó escapar un gran suspiro, dejándose caer en el suelo.

El peli tinto aventó sus zapatos con ira, y es que, ¿desde cuándo sus noches se habían vuelto tan llenas de acción? No había ni un sólo día en el que no estuviera ocupado desde mediados de noviembre. Ya fuera día o noche, siempre estaba detrás de esa chica. Fines de semana no podía ir a ningún lado con sus amigos sin que Rin se apareciera ladrándole y mordiéndole las piernas como un perro aparentemente normal, aunque igual no eran de los que salían acompañados de sus amigos. Todos los días, todas las noches, siempre, siempre ocupado. Llegaba de la escuela y la Chibinu lo arrastraba a situaciones peligrosas, regresaba, sus hermanos estaban en casa haciendo escándalo, trataba de dormir y no podía, el sueño se le iba porque cierta chica gruñía cuando dormía en SU habitación. Cuando por fin conciliaba el sueño, resultaba que ya era de día y no había hecho la tarea, o la había dejado inconclusa…

La puerta se abrió dejando entrar a una chica de unos 13 y un niño de 8 años más o menos. Éstos, apenas vieron a su hermano mayor, se lanzaron a él en un abrazo casi sofocante, ignorando los quejidos de Kishoku, gritoneando y platicándole de su divertido día. En la puerta, sonriendo burlescamente, estaba su hermano mayor de unos 20 años, lleno de bolsas de comida y latas de refresco. Después de haber llevado de paseo a diferentes lugares a sus hermanitos, se había detenido a comprar la cena. Así nunca tenían que cocinar y arriesgarse a que alguien incendiara la cocina.

Los Yasei eran cuatro hijos que habían quedado huérfanos unos cuantos años atrás, mudándose de casa después de vender la anterior y ganando el dinero suficiente para mantenerse ellos solos, trabajando toda la semana, esforzándose por salir adelante. El orden de los hermanos, de mayor a menor, era; Kamin, peli tinto, ojos azules, un poco más alto que Kishoku de 20 años, luego el único de nombre raro, Ansekishoku, peli tinto, ojos rojos, con un gran parecido a su hermano mayor y un ligero parecido a sus hermanitos menores, con 16 años y 10 meses. Después seguía Koniro, pelo azul, ojos rojos, más alta que su hermano menor con 13 años y cacho. Y al último Aoiro, casi idéntico a Koniro, pero más joven y chico, más extrovertido y muy enérgico también de 8 años recién cumplidos unos meses atrás. Los dos más chicos eran más parecidos a su madre. Los dos más grandes se parecían más a su padre. Todos fáciles de reconocer por el significado de sus nombres y su parecido entre ellos mismos pero que al mismo tiempo, eran totalmente distintos.

– ¡Aoi, Aoi, espera, estás ahorcando a nuestro hermano! –Koniro apartó a su hermanito del cuello del peli tinto, dándole una palmadita en la cabeza en gesto de regaño.

– ¡Perdón! –El niñito sonrió con una sonrisa que a todos les traía el recuerdo de su madre. Una sensación de tranquilidad invadió a los hermanos Yasei, especialmente a Kamin. –Es que estaba muy emocionado de contarle a mi hermano nuestro día…

– ¡No puede escucharnos si muere!

Koniro hizo cara de muerto, el pequeño peli azul ahogó un grito de espanto, abrazándose a su hermano con unas lagrimitas en sus ojos. – ¡Noooo~! ¡No quiero que muera!

– Aoi… ro… me estás ahorca… ando… –Trataba de hablar Kishoku con la respiración entrecortada. El niño se apartó de él rápidamente, pidiendo disculpas. –Tienes una gran fuerza Aoi… –Habló el peli tinto con más facilidad, llenando de aire a sus pulmones.

– Bueno. –Interrumpió Kamin. –Es hora de cenar. Luego le platican a Kishoku sobre nuestro día, ¿va?


"Mi nombre es Ansekishoku Yasei. Pero para abreviar me llaman Kishoku. Cuando tenía 13 años mi madre murió, casi un año después, mi padre murió también, pero en un accidente automovilístico. Es decir, murió atropellado, o al menos, eso nos dijeron. Llevo casi 4 años viviendo y criando, junto con mi hermano mayor Kamin, a mis dos hermanos menores. Ellos se parecen más a mamá. Kamin y yo nos parecemos más a papá. Desde antes de salir de la secundaria me volví un chico frío y rudo a causa de la muerte de mi mamá. Siempre me he metido en problemas con quien se me ponga en mi camino desde ese entonces y mi papá únicamente me intentaba hacer entender que lo que hacía estaba mal hasta que él se murió y nos dejó solos a mis hermanos y a mí. Recuerdo que en tercer grado de secundaria me peleé con un alumno, golpeé al director, y estuve a punto de ser expulsado. Al entrar a la preparatoria, ya sin la compañía de mi padre, dejé muy en claro mi posición en ese lugar, volviéndome el matón de todos los primeros. En segundo grado tuve más peleas en las que tuvieron que llevarme al hospital por ciertas circunstancias que no vi venir. En tercero volví a elevarme a la cima como el mejor de no sólo los terceros, sino de toda la preparatoria entera. En cuarto mi fama se ha elevado por los cielos como un verdadero buscapleitos que nunca ha podido ser expulsado sin importar qué. No obstante, pese a mi mala fama, sigo siendo un estudiante de buenas calificaciones, más no digo que excelentes. No soy un sabelotodo.

En fin, este año fue el más difícil de todos. Hice un pequeño conteo de las peleas callejeras en las que me veo envuelto, y conté un aproximado de 67 peleas en todo el año. Casi todas las he ganado, sólo exceptuando 5, de las cuales perdí una, mientras las otras fueron interrumpidas por la policía o una desquiciada acosadora de las que me suelen perseguir. Mis propios hermanos dicen que soy el vivo retrato de un criminal bueno, que soy alguien que, teniendo justas razones (las excusas que siempre pongo), lucha por el bien de mis camaradas, de la gente que estimo. Yo en lo personal me veo como un cobarde que sólo golpeando gente es feliz, alguien que crea excusas sólo para liberar sus miedos con sus puños.

Aún tengo en mi mente el día en que mi reputación se fue al carajo. Seis semanas. Necesité sólo SEIS SEMANAS, para que mi look de chico malo-bravucón-buscapleitos desapareciera. O bueno, al menos así es como yo lo veo. Mis peleas han disminuido drásticamente. En menos de un bimestre el conteo de peleas callejeras bajó de 20 a 2. ¡Eso es mucho! aún me ven con miedo los chicos con los que peleo, inclusive los vejetes a los que he retado y ganado en las peleas. Y todo por… ella. Lo recuerdo claramente. Sucedió un 31 de octubre. Mis hermanos aún tienen esa ingenuidad de que el Día de las Brujas es para correr de casa en casa y pedir dulces. Y yo, como el hermano mayor y su protector, debía ir con ellos para que nadie los intimidara. Kamin sí que es un fiasco en cosas de ese estilo. Yo soy el mejor, un experto cuando de defender a los dos niñitos se trata. A mí me temen y odian con toda el alma, al menos la mayoría de las personas, a Kamin lo respetan y hasta lo estiman, pero nunca suelen hacerle caso cuando él intenta amenazar.

En resumidas cuentas, era la noche del 31 de octubre del 2012, ellos y yo caminábamos de casa en casa a pedir dulces. Koni vestía un traje típico de Brujita, Aoi (así les digo a ellos de cariño al igual que ellos me dicen a mí Kishoku) iba de Vampiro. La noche se me estaba haciendo demasiado larga. Eran cerca de las 9:00 y aún había mucho que recorrer todavía con esos dos desquiciados mocosos hiperactivos. Fue así como, esa misma noche, a punto de regresar con mis hermanos a mi casa para la cena, mi vida dio un giro drástico, y todo por ser tan idiota. Y ahora resulta que estoy lidiando con una estúpida chica que se hace llamar "Demon Hunter Nivel 4". Yo aún no entiendo del todo qué significa eso… pero la tipa me lo repite día con día con ese tonito de voz que me estresa, presumiéndome su fuerza, sus idioteces de Hunter-mata-monstruos-feos-que-te-quieren-tragar-o -algo-parecido, y golpeándome en donde sea que caiga su puño (o pie) cuando decido ignorarla o hacer una pregunta ingenua respecto a ese tema, añadiendo su típico "¡idiota/animal/estúpido!" y otras ofensas no aptas para público joven".

– Ki~sho~ku~… –Rin salió debajo de la cama del peli tinto, fingiendo su voz a una más que irritante para el peli tinto. Algo iba a pedir…

– ¡Cállate! –Golpeando a la chica con su tenis, recién adentrado a su habitación, el peli tinto vio como la chica salía de la cama, sobando su cabeza como animalito castigado. – ¡No te quiero escuchar, ¿me ent…?!

– ¡No puedes callarme sin antes saber qué te voy a decir, idiota! –Gritó ella más que enojada con una marca en su frente, justo en donde había sido golpeada con aquel calzado.

– ¡No quiero escucharte! ¡Ya es suficiente con verte día a día!

– ¡Eso es porque tú así lo quisiste, ¿lo recuerdas?! –El peli tinto se limitó a ignorar a la chica, dando un bostezo mientras se dirigía a su escritorio a hacer la tarea.

El reloj apuntaba las 10:07 p.m. mañana había clases, de las últimas del semestre. Así que debía ponerse activo para sacar una buena calificación, o al menos una con la que no tuviera que repetir ni una sola materia. Ni se quería imaginar repitiendo el cuarto semestre. Sería la burla de todos. Aunque por otro lado, le daría un toque más matón a su reputación. Sacudió la cabeza. Debía concentrarse. Tenía una hora antes de meterse a bañar (costumbre suya antes de acostarse a dormir), y la tarea no era fácil para él. A veces deseaba abandonar la escuela. Más si hacia eso le iría mal con su hermano. No le quedaba de otra. Estudiar y sacar su preparatoria. Buscar un trabajo y luego largarse a vivir solo hasta que sus hormonas se le alborotaran y quisiera la presencia de una chica en su vida con quien formar una familia. Un plan de vida sencillo y planeado con anticipación.

15 minutos después.

Rin no dejaba de patalear y gritonear, jalando incluso el cabello del chico, llamando la atención de los tres hermanos restantes que, creyendo que era la música de su hermano o la televisión, pasó por alto a la escandalosa Demon Hunter. – ¡No me ignores de ese modo, idiota! ¡Al menos escucha lo que te debo decir!

Kishoku empuñó su mano, teniendo un tic facial de tanta ira que se estaba reservando para sí mismo. Sin embargo, había llegado a su límite con su compañera… – ¡YA CÁLLATE IDIOTA, ME TIENES HARTO!

Los gritos continuaron por varios minutos más. Seguidos de ofensas, amenazas de muertes, y luego unos golpes por parte de Rin que sólo se merecieron la burla de Kishoku. Hubo más gritos, regaños, otras ofensas más severas, amenazas nuevamente, golpes por ambos bandos, y luego un silencio abrumador. Los dos se habían dejado de hablar, dándose la espalda. Ignorándose. Fingiendo que ninguno de los dos existía para el otro.

Un día normal para ellos dos.

Un día de locos para los ojos ajenos.


Era una noche de octubre. La última del mes.

La tradición del Día de las Brujas seguía siendo muy popular para la mayoría de los niños que, felices y alborotados, corrían como locos de casa en casa en busca de su preciada azúcar, dulces, chocolates, chicles. Azúcar fácil que se conseguían tocando una puerta y gritando "¡dulce o truco!" vestidos con disfraces absurdos o hasta tiernos, dependiendo de la vista de la gente que los veía y que sus madres les compraban, confeccionaban o mandaban a hacer con alguna persona que supiera de eso. Y allí, entre niños hiperactivos, iba Kishoku con sus dos hermanitos. La cara del chico demostraba a simple vista lo enfadado que estaba de caminar unas calles hacia apenas unos 15 minutos en busca de dulces para sus insaciables hermanos menores.

Sentándose a tomar un descanso, el peli tinto dejó que sus hermanos se adelantasen a las demás casas a pedir dulces, mientras él divagaba en sus propios pensamientos. ¿Por qué el siempre iba con Aoiro y Koniro en esa fecha? ¿Qué había de Kamin? Suspiró. No tenía escapatoria. Aún le quedaban un par de años de disfraces, dulces, niños locos por toda la colonia. No obstante, se sentía satisfecho de que sus hermanos al menos pudieran ser felices, despreocupados, sin miedo a lo que podía pasarles mañana. Él, temeroso del mañana, de la gente a su alrededor, desconfiado de sí mismo, de todo y de todos, no podía disfrutar el vivir el hoy con alegría como sus hermanos. Siempre preocupándose por su fama, la que usaría para que su familia, lo que quedaba de ella, nunca fuera herida, odiando y temiendo de la gente que aparecía frente a él con una sonrisa sincera intentando serle amable. Odiando con el corazón a aquellos que no apreciaban lo que tenían en sus manos. También era alguien que huía de chicas que, gracias a su finta de matón-buscapleitos-jamás-derrotado-por-nadie, iban tras él como animales hambrientos buscando comida. Y no es que las odiase. Pero su forma de pensar hacia ellas era algo estúpida e ingenua. Incluso machista. Sí. Sentía que si pasaba con ellas más tiempo del que él pasaba solo, su ego de hombre disminuyera, su reputación de chico se viera afeminada. Sus gustos se volvieran de homosexual… y vaya imaginación la suya. Pero no era para exagerar, especialmente con ella acosándolo cada que lo veía…

– Oh bueno… –Lentamente se levantó, sacudiendo el polvo de la parte trasera de su pantalón. Alzó la vista al cielo, rápidamente la dirigió a su reloj. –Son las 9:20… ese par de seguro que ya quiere volver a casa a comer sus estúpidos dulces… –Dicho esto, Kishoku se levantó y emprendió el camino a una de las casas donde posiblemente estarían sus hermanos.

Tras unos minutos de buscar a sus hermanos, el peli tinto los encontró siendo amenazados por un chico de unos 15 años, apenas ingresado en la preparatoria. Esto fue la dinamita que hizo explotar la paciencia que había procurado tener por el resto de la noche, de tal modo que, corriendo hacia donde estaba por iniciar una pelea, Kishoku soltó una patada directo en la cara del otro chico, tirándolo al suelo con un hilito de sangre resbalando por la nariz de éste. Koniro y Aoiro sonrieron al ver a su hermano mayor frente a ellos, con la mirada baja, dirigida hacia el bravucón que había intentado meterse con sus hermanitos.

Su cabello cubría sus ojos, sus manos estaban empuñadas con fuerza. Sin duda, estaba dispuesto a moler a golpes a ese chico si nadie lo detenía, y si es que alguien lograba detenerlo. Era ya muy reconocida la posición que tomaba antes de comenzar una pelea. Nunca se veía modificada ni en lo más mínimo. Siempre tenía una mirada perversa antes de una de esas peleas, más la ocultaba viendo los pies de su contrincante para hacer más interesante el enfrentamiento y no ahuyentarlo antes de soltar un par de golpes que, por lo general, eran los suficientes para acabar con el espectáculo.

Levantándose con la mirada horrorizada, el chico limpió la sangre de su nariz, viendo la altura de Kishoku, la apariencia. Recordando los rumores que día a día difamaban más al peli tinto, lo hacían ver más rudo, salvaje, peligroso de lo que de por sí ya era. –El hermano de los Yasei; Ansekishoku…

– Parece que no hay ni una sola persona que no me conozca en esta ciudad. –Habló Kishoku levantando la mirada, viendo contra quién se iba a enfrentar ahora. El chico delante suyo se estremeció de miedo, dando unos pasos hacia atrás. – ¿Huyes después de provocarme? ¿No es eso muy cobarde?

–N-no… ¡no soy un cobarde! –El tono del chico sonaba intimidado. Para nada creíble.

– Entonces pelea conmigo. –Interrumpió el otro sin cambiar su intimidante tono de voz. El chico negó con la cabeza, haciéndolo enfurecer. –Bien. No pienso pelear contra un cobarde, estúpido intento de bravucón. Lárgate y no vuelvas a molestar a mis hermanos, o no respondo a mis actos la próxima vez que te vea.

Dicho esto, el otro chico huyó temblando de miedo, dejando una amarga victoria hacia el segundo hermano Yasei.

Aoiro, sonriente como siempre, abrazó fuertemente el torso de su hermano, dando saltitos mientras su bolsa de dulces se sacudía de arriba abajo. – ¡Yay hermano! ¡Otra victoria para ti!

– Con esta ya van 61 peleas ganadas en este año, hermanito. –Comentó alegremente Koniro, el peli tinto asintió en silencio, sin quitar esa cara de matón que solía poner cuando estaba en una pelea, aunque igual, la diferencia de su mirada habitual y la de ese momento no era mucha. –Bueno, ¿nos vamos a casa?

– ¡Sí! –Aoiro jaló a Kishoku con su típica sonrisita, haciendo que el peli tinto asintiera tras un suspiro. –Hoy comeremos muchos dulces. Ojala no nos haga daño. –Rió tiernamente.

El camino de regreso a su casa no fue tan largo como cuando salieron. El par de niños reían y contaban los dulces que tenían a la vista, mientras Kishoku veía a todas partes buscando con quién desquitar la ira que le había dado que un chico, a pesar de amenazar a sus hermanos, huyera después de un simple golpe. Dio un suspiro. Ya todos se estaban yendo a sus casas a comer dulces o a cenar. Quizá ambas cosas. En la calle sólo quedaban unos pocos niños. Ningún chico de su edad o incluso más grandes, y golpear a los padres de esos niños no era una opción que quisiese aceptar. El peli tinto no tuvo de otra más que resignarse a que ese día no iba a pelear con nadie y tenía que buscar otra forma de desahogar su coraje.

A un par de cuadras de su casa, un extraño ruido atrajo la atención de Kishoku. El chico de casi 17 años se detuvo bruscamente, dirigiendo su mirada hacia más allá de lo que podía ver, donde algunos edificios altos cubrían la vista a un parque abandonado al que nadie nunca iba, a menos que se tratasen de callejeros y vagos que iban allí a pelearse o hacer otras idioteces. El peli tinto sabía eso porque algunas veces había ido a buscar riña en ese lugar, corriendo a sus contrincantes después de una victoria casi impecable. Ese era uno de sus lugares favoritos, pues aparte de estar solo, era pacifico y silencioso. Muy lindo, tranquilo, perfecto para pensar y relajarse.

Caminando en dirección a tal parque, Kishoku les sugirió a sus hermanos que se adelantaban sin él, a lo que éstos aceptaron sin darle mucha importancia. Lo que ellos querían era comerse sus dulces. Así de fácil. Su hermano se las sabía arreglar él solo. Y estaban cerca de casa. No tenían de qué preocuparse ninguno de los tres de que algo les pasara a éstos.

– ¡Nos vemos en casa, hermano! –Gritó el niño corriendo a su casa, alzando la mano, despidiéndose de su hermano mayor. – ¡No te tardes mucho, ¿sí?!

– ¡Sí, pueden estar tranquilos! –Los niños asintieron con una sonrisa. El chico se dio la vuelta, comenzando a caminar.

– Si Kamin pregunta a dónde fuiste… –Koniro se dio la vuelta, sonriendo con una sonrisita pícara. –Le diré que te fuiste con tu novia a un lugarcito más… privado. –Bromeó la chica antes de que su hermano se le ocurriera ir a perseguirla y regañarla.

– ¡E-Espera Koni…! –El peli tinto frunció el ceño con su boca curveada hacia abajo en un pequeño puchero viendo a sus hermanos marcharse a toda velocidad. Luego tomó una bocanada de aire y gritó a todo pulmón con sus manos sirviéndole para resonar más su voz. – ¡Lo haces y juro que lo lamentaras!

Pasaron unos minutos en los que Kishoku caminaba completamente solo y en silencio por calles ahora desiertas mientras se encaminaba a aquel parque. Aquel sentimiento extraño que había tenido ya no lo sentía ni en lo más mínimo. Cosa que de cierto modo lo preocupó. ¿Acaso estaba delirando por el hambre, o su subconsciente le estaba jugando una broma para que se apartara de sus hermanos? Ciertamente era inútil pelear con él mismo. De modo que se limitó a seguir caminando hasta llegar a la entrada de ese parque al que todos los días solía visitar después de la escuela, hasta en la madrugada, cuando no lograba dormir en lo absoluto.

Pasando por una cerca con un hoyo más grande del que recordaba, el peli tinto continuó caminando por un pasto amarillento, medio muerto. El viento soplaba levemente levantando un poco de polvo, meciendo las hojas de los arboles, provocando un ruido relajante en una noche por fin silenciosa. Totalmente relajado, Kishoku decidió recostarse en un lugar donde el pasto aún estaba verde, dejando caer todo su cuerpo en el suelo, disfrutando del momento a solas.

Una noche tranquila. Eso es lo que hubiera deseado.


Como notaran (si algún día lo leen y lo notan xD), los capítulos son más largos que en las anteriores historias. Son de 9 hojas en Word con márgenes personalizados y letra Calibri del número 11 (me siento importante diciendo esto...), por lo que creo que se harán a la idea de que la historia sí es y será bastante larga para leer. Pero trataré de que no se vuelva aburrida y que en dado caso de salir una duda o misterio, se pueda resolver en cuestión de capítulos para que nada quede al olvido y los confunda