World of Dreams -Capítulo 1-

En un mundo muy, muy lejano, existía un reino llamado Hedare. Éste reino rebosaba de vida tanto animal como vegetal. Bellísimos paisajes cubrían todo el reino, bosques y selvas en cada rincón con lagos y ríos fluyendo libremente. Era sin duda un lugar hermoso.

Pero algo que caracterizaba a este lugar en particular eran unas criaturas que rondaban en sus tierras. Algunos de ellos eran bellos y con rasgos humanos. Otros lucían como si hubieran salido de las más terribles y espantosas pesadillas. Pero, a pesar de que algunos daban cierto terror, eran muy inofensivos. ¿Por qué? Porque esas extrañas criaturas fueron creadas por niños. Si, así como lo oyen.
Los niños, cuando estan a una temprana edad, suelen tener una imaginación bastante activa y que sobrepasa los límites. Hedare es un sitio lleno de magia, y toda esa magia proviene de lo más profundo del "Bosque Rojo", a las afueras del reino. Espíritus de antigüos ancestros que viven entre sus árboles proveen a los inocentes niños de magia para que sus amigos imaginarios cobren vida.

Todos los niños de este lugar son algo solitarios ya que sus padres siempre se encuentran trabajando tierras o vendiendo sus productos por doquier para mantenerse y ahí es donde la labor de las criaturas bizarras se hace presente: mientras los niños estan en casa, solos y sin saber qué hacer mientras sus padres no están, sus amigos -a quienes crearon con su poderosa imaginación- los acompañan a todas partes. Son sus protectores. Los seres cuidan de ellos como si fueran sus propias crías y los llegan a amar con tal intensidad que hasta darían sus propias vidas por ellos.

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La escena se crea dentro de una de las habitaciones más altas dentro de un castillo enorme. Se ven colores rosa, amarillo y azul pastel por todos lados. En una esquina hay una cama, dentro de la cama hay una niña de unos ocho años de edad, de cabello lacio y café, que parece estar dormida y a un lado de la niña hay alguien más. Pero ese alguien no es humano sino su protector. La criatura tiene rasgos de un varón adolescente: alto, bien parecido... Pero, aparte de eso, tiene pelo cubriéndole de la cadera hacia sus tobillos y también en sus brazos. Parte de su cabello cae en sus hombros haciéndole lucir una pequeña melena. Tal sujeto, aparte, tiene orejas largas y cola como un can, todo en un tono oscuro.
La criatura se encuentra acostada a un lado de la niña, por encima de las cobijas y en posición enroscada; tal como la de un perro.
Cuando el "muchacho" abre los ojos, deja ver sus orbes de color ambar brillantes, los cuales giran en dirección a una silla que está frente a una pequeña mesa con juegos de té. Encima de la silla hay varios ropajes colgados, la criatura se levanta de la cama y se dirige a recoger la ropa, no sin antes estirarse un poco y bostezar muy profundamente. Agarra algo que parece ser una camisa con su boca y va caminando graciosamente de vuelta a la cama; se acerca a gatas hacia la niña y comienza a rozar su cara contra la de ella mientras recrea una especie de ronroneo suave. La niña reacciona ante tal acto y despierta lentamente de su siesta.

- Schiro... - Dice la jovencita adormilada. - ¿Qué haces? ¿Qué hora es? - La bestia se aparta de ella y empieza a mover la cola sin dejar de mirarla. - ¿Ya son las tres? Qué rápido se pasó el tiempo... Okay, vamos a dar tu paseo. - La niña se levanta de la cama y empieza a vestir a la criatura, colocándole la camisa larga de un tono carmesí que él traía en la boca. Después le pone un collar rojo de cadena larga. - Espérame aquí, iré a cambiarme rápido. - La niña se mete a su baño y se cambia su vestido rosa de dormir por un vestido más decente de color azul cielo. Haciendo juego con unos zapatos negros, unas calcetas blancas y un listón blanco con el cual se amarra su cabello. Después de tener todos los preparativos listos, sale junto con su protector de su habitación y se dirigen hasta la puerta principal del castillo para dar su paseo vespertino.

- Discúlpe princesa, ¿a dónde cree que va? - Una voz de una mujer los detiene.

- Uh... Pues iremos a dar un paseo. Como todas las tardes. - Responde la chiquilla.

- ¿No recuerda lo que le dijo su padre ayer? Que hoy no puede salir por ninguna circunstancia.

- P-pero, Schiro quie-

- Yo lo llevo. - La mujer; quien era alta, llenita, de ojos pardos y cabello grisaceo; se le acerca y toma la cadena de las manos de la niña. - Está muy peligroso allá afuera, señorita Alondra. Tendré que pedirle que vaya al comedor, la comida ya casi está lista. Yo llevaré a Schi de paseo.

La pequeña se siente triste y no puede hacer de otra más que dejar a la sirvienta que lleve a su protector de paseo, porque es verdad: estos son los días en la época de lluvia de meteoritos. La lluvia de meteoritos sólo sucede una vez cada seis años, pero Alondra sabe muy bien que es muy peligroso salir con esas enormes rocas llameantes cruzando los cielos de Hedare. Sólo se han registrado tres muertes en los últimos treinta años debido a tal espectáculo natural, pero es mejor prevenir que lamentar.

Cuando la niña se da media vuelta para irse al comedor, escucha un ruido detrás. Al voltear nuevamente, ve a Schiro forcejeando para liberarse de la cadena como un animal salvaje. La criatura está enojada, pero no usa sus dientes ni sus garras, lo único que hace es jalar con todas sus fuerzas hasta que la parte en donde se une la cadena con el collar se rompe. El protector va corriendo hacia su amada niña, se coloca frente a ella y empieza a gruñir con una enorme rabia reflejada en sus ojos.

- Schiro... - Alondra se acerca más a su protector y lo abraza por la espalda.

- Mm... Bueno, parece que no importa a dónde vayas, él siempre querrá estar contigo. - Dice la mujer con una pequeña sonrisa en su rostro. - Pero está bien. Ahora los dos... - Se acerca a Schiro y a Alondra, los gira y los empuja un poco. - ya es hora de comer.

El trío se encamina al gran comedor en donde, en una silla grande de oro con tapiz rojo al final de la mesa, se encuentra el padre de Alondra: Kristalvo II, rey de Hedare.

Cuando la niña y su protector llegan, el rey hace un pequeño quejido pero que logra escucharse con claridad.

- ¿Qué no se supone que deberías haber estado aquí hace quince minutos? - Voltea a ver a su hija.

- No me acordaba que me habías prohibido salir a pasear... - La niña abre la silla que está al lado derecho de su padre y se sienta. - Perdón.

Kristalvo voltea a ver a la criatura. - ¿Qué hace esa cosa aquí? Ya te he dicho que no me gusta que lo traigas a comer aquí. Déjalo en tu cuarto o sácalo del comedor.

- Pero, papá-

- ¡Sácalo! Me repugna el sólo verlo.

La niña toma a su protector de la mano y ambos se dirigen de nuevo a la habitación.

- Lo siento mucho Schiro, parece que a papá todavía no le caes bien... - Dice la niña desanimada.

- Hola... - La misma sirvienta de hace unos minutos se asoma por la puerta. - Mira lo que traje. - Se acerca despacio con una bandeja de plata que lleva encima un plato grande con un gran trozo de carne y varias golosinas.- Ésto es para Schiro. Lo puedes dejar aquí comiendo mientras tú te vas al comedor.

- ¡Gracias, Esmeralda! - Exclama la niña y sonríe.

Alondra guarda en una caja de cartón todo el juego de té de una mesilla pintada de azul cielo que se encuentra en el centro de su habitación para hacerle lugar al alimento de su guardian. Schiro se sienta en el suelo, frente a su plato y empieza comer.

- No vayas a romper nada ni te vayas a salir, ¿está bien? Voy a comer lo más rápido que pueda para regresar y que no te sientas solo. - La pequeña abraza a Schi y después se encamina junto a Esmeralda al comedor rápidamente para evitar otro regaño de su padre.

Pasan aproximadamente treinta minutos y el protector se encuentra sentado frente a la puerta, mirándola fíjamente mientras se termina lo último de comida que lleva en la boca. Empieza a mover la cola, pero no es por gusto, sino que está preocupado y ansioso. Quiere que su niña llegue ya para jugar, pero no siente su olor aproximarse. Schiro se levanta y se acuesta sobre la cama sin despegar los ojos de la puerta. Tiene sus orejas ergidas, en busca de cualquier sonido.

Pasan otros quince minutos y todavía no hay señales de Alondra. La criatura empieza a preocuparse. Tiene en mente que no debe salirse de la habitación, pero su paciencia ha llegado a su límite y decide salir a buscarla.

Empieza por el pasillo en cuanto sale. Sus orejas y naríz están alertas ante cualquier indicio que diga que ella esté cercas. Al no poder percibir nada, va y sigue su búsqueda hacia pisos más abajo. Schiro empieza a desesperarse y comienza a hacer pequeños quejidos. Después de casi media hora por fin su olfato percibe el olor de Alondra y la criatura empieza a mover la cola, ésta vez de felicidad. Schi mueve la cabeza a todas partes para ver de dónde proviene el olor... Proviene del salón de ofrendas, y ahí es a donde se dirige.

Cuando el protector llega, ve al rey y a su hija sentados en sus tronos y frente a ellos hay unos cuántos pueblerinos con varias cosas en sus manos y alrededor de ellos: canastos con frutas y verduras, botellas de ron y costales con arroz, frijol y tubérculos. Schiro sabe que debe quedarse donde está; es una ceremonia muy importante y ya le han regañado varias veces por interferir, a pesar de que a varios pueblerinos les agrada la presencia de este juguetón guardian.

- Muchas gracias a todos ustedes. - Dice el rey Kristalvo poniéndose de pie. - Espero que sus próximas cosechas sean exitosas. Haremos oraciones a los Dioses para pedir salud y paz a nuestro pueblo por un año más.

- Muchas gracias, mi rey. - Replica la única anciana del grupo. - Me gustaría pedir un favor más, si no es mucha molestia.

- ¿Cuál es ese favor? - Pregunta Kristalvo.

Un guardia de la realeza se da cuenta de la presencia de Schiro, se acerca a él y lo corre del lugar como si se tratara de una alimaña. La criatura gruñe ligeramente, pero sabe que debe obedecer, así que parte de nuevo a la habitación; no sin antes dar un rápido vistazo a su niña al caminar para ver que todavía esté bien.

La criatura de pelaje oscuro entra de nuevo al cuarto de Alondra. Ahora está un poco más aliviado al saber que la niña está bien y a salvo, así que prosigue a enroscarse sobre la alfombra a esperar que se termine la ceremonia para poder encontrarse con ella. Cuando, de repente, la puerta se abre de golpe; Schiro se levanta y se pone a la defensiva, cuando ve que quien la ha abierto es Alondra. La niña cierra la puerta detrás de ella con seguro; luce muy inquieta y carga un rostro de preocupación. Tiene la mirada perdida, mira por toda la habitación como si estuviera buscando algo para, después, ver a Schiro de inmediato.

Alondra se acerca rápidamente a su guardian y lo jala.

- Schi, tenemos que irnos. - Dice al mismo tiempo que una lágrima cae de sus orbes. - Irémos a dar un paseo, ¿si?

La niña le coloca a Schiro un suéter y ella se viste con ropas más gruesas. Luego recoje una mochila y coloca varias prendas dentro.

- Schiro, escúchame bien, - Habla la chiquilla. - irémos a dar un muy largo paseo y puede que no vengamos a casa en un muy largo tiempo. Será como ese día de campo al cuál fuimos el año pasado, ¿recuerdas? - El guardian inmediatamente reacciona y mueve la cola. - Veo que sí te acuerdas todavía... ¿Pero, sabes? Es hora de que vayamos un poco más aventurados esta vez. ¿Qué tal si nos salimos por la ventana? Haremos como si unos hombres malos nos quisieran robar unos tesoros que encontramos en una cueva. ¿Qué te parece? - La niña sonríe y Schiro parece que quiere seguirle el tan divertido juego que su niña le ha propuesto.

Ambos empiezan a salir por la ventana. Alondra es la primera en salir y es ayudada por su guardian para que no caiga. De pronto, alguien toca a la puerta de la habitación. La niña le jala el suéter a Schi para indicarle que no haga ruidos y que se apresure a salir. Y así lo hace.

Ahora los dos caminan muy despacio por el techo, buscando la forma de cómo bajar a tierra firme. La criatura encuentra la forma por una columna del castillo. Schiro agarra a la niña y la carga en su espalda, Alondra se sujeta fuertemente mientras el guardian -con ayuda de sus grandes garras- baja lo más lenta y cuidadosamente posible para evitar caer.

Después de unos dos minutos logran bajar a tierra firme. A la criatura le duelen sus garras y sus manos, pero decide continuar en su camino. La niña baja de la espalda de su protector, lo toma de la mano derecha y ambos van en dirección al Bosque Rojo, mirando constantemente para todas direcciones en busca de "seres no invitados".

Pasa aproximadamente una hora, hasta que por fin llegan. El Bosque Rojo es un lugar sagrado y sólo gente o criaturas que busquen paz o que quieran orar a los Dioses para pedir favores pueden entrar.

Schiro y Alondra se abren paso entre varios arbustos y árboles hasta llegar a un claro. En ese lugar se logran ver diferentes tipos de estatuillas: grandes y pequeñas; con formas de animales o de criaturas celestiales que antes cuidaban por el bien de Hedare.

Alondra camina hacia una estatua que tiene una forma humanóide con alas, como un ángel, pero con cara de lobo. La niña se arrodilla ante la estatua y comienza a orar en silencio. Schiro la mira por un instante y se dirige hacia ella para sentarse a un lado suyo mientras mira la gran figura de piedra delante de él.

Los minutos pasan y pasan sin descanso hasta que se hacen horas. Alondra y Schiro se encuentran escondidos dentro de una cueva después de que una llovizna se desatara. Al ver el cielo se logran ver algunos meteoritos pasar por el manto gris que cubre el reino, iluminándolo por unos segundos de un bello color naranja rojizo. La pequeña niña se había quedado acostada sobre el pecho de su protector mientras éste le acariciaba la cabeza y la mantenía caliente con su pelaje, pero la niña pasó por mucho que se quedó dormida en poco tiempo. Ahora Schi la protege, está al tanto de cada ruido que oye, de los cuáles no está completamente acostumbrado. Incluso cuando el viento de la tormenta hace sonar las ramas de los árboles, Schiro piensa que se trata de algo que se acerca a ellos e inmediatamente de pone a la defensiva. Se hacen las dos de la mañana bastante pronto y el guardian no tarda mucho en sucumbir ante el sueño también.

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Mientras tanto, en el castillo, el escenario es todo un caos. Todo mundo está dando vueltas y vueltas por todo el reino en busca de Alondra. Las sirvientas y cocineras, quienes le habían agarrado un profundo cariño a la niña, están muertas de nervios y esperan recibir noticias pronto del bienestar de la chiquilla. Sin mencionar al rey...

Kristalvo está ahora en la sala de reuniones con docenas de soldados y comandantes junto a él, organizando planes para inspeccionar más allá de los terrenos de Hedare. El rey tiene el corazón en la garganta, no logra pensar bien, está demasiado preocupado que incluso se le complica dar órdenes para ir a buscar a su querida y amada hija.

- Mi rey, - Un comandante de le acerca. - creo que sería más conveniente que saliera a tomar algo de aire. Nosotros nos encargamos del resto.

- No, no. - Contesta Kristalvo. - Tengo que estar al tanto de cómo saldrán las cosas.

- Lo entiendo, mi señor. Pero sería mejor que se relajara un poco, estamos seguros que encontraremos a su hija. Usted vaya afuera y cálmese un momento. En unos minutos saldremos y le mostraremos los planos.

El rey se les queda mirando por un instante, luego se da media vuelta en silencio y sale de la habitación. Cuando sale, ve a Esmeralda recargada en la pared, quién reacciona y se coloca derecha al ver a Kristalvo.

- Esmeralda.

- ¿Si, mi señor? - Contesta inmediatamente la sirvienta.

- Prepárame un té sin azúcar, por favor.

- Enseguida, señor.

Esmeralda va lo más rápido posible a la cocina para preparar el té. Ella está igual de preocupada y en su mente no dejan de pasar imágenes e ideas de qué podría pasarle a Alondra si no logran encontrarla.

Después de unos minutos, Esmeralda sale con una bandeja de plata, la cuál tiene encima una cafetera y una taza con un par de servilletas. Se dirige al jardín, que es el lugar predilecto del rey para sentarse en una de las sillas de madera de roble, bajo un hermoso techo decorado con enredaderas de bellas flores, para descansar.

- Aquí tiene, mi señor. - Coloca la charola en una pequeña mesilla, también hecha de fina madera de roble, que posa a un lado de donde el rey está sentado y empieza a servirle el té.

- Gracias, puedes retirarte. - Kristalvo dice sin despegar su vista del cielo. La lluvia ha cesado y la lluvia de meteoritos continúa, pero parece no importarle el peligro.

- Mi rey, - Habla Esmeralda en voz baja. - ¿está seguro que Alondra fue raptada? - El rey inmediatamente la voltea a ver. - ¿No cree que se trate de alguna otra cosa?

- ¿De qué hablas? ¿Tratas de decirme algo? Sé clara.

La mujer se asusta ante la mirada penetrante del rey.

- Uh... - La ojos pardos empieza a tartamudear. - Es sólo que... Es-escuché lo que la anciana, la que llegó a darle las ofrendas... Escuché lo que le dijo. Eso es algo muy serio, ¿no cree?

Kristalvo la mira por unos segundos más, luego relaja la mirada y voltea a ver el suelo.

- ¿No cree que sea esa la razón por la cuál la niña huyó?

El rey la mira de nuevo e inmediatamente sus ojos regresan a la visión de antes: afilados, en señal de ira.

- ¿Estás diciendo que mi propia hija huyó de mí por enojo? - Se levanta y avanza despacio hacia Esmeralda. - ¿Me estás diciendo que mi hija me odia ahora por esa decisión que tomé?

- ¡No, no! - Se sobresalta y empieza a retroceder despacio. - ¡Yo en ningún momento dije que ella lo odiaba a usted, mi señor!

- ¡¿Entonces qué carajos quisite decir?! - El rey levanta más la voz en enojo. La mujer se asusta, su rostro ahora muestra profundo miedo ante el rey.

- Lo lamento mucho, - Se acerca rápidamente a la mesilla, recoge la charola y se coloca nuevamente frente al rey. - no era mi intención entrometerme. Con su permiso. - Esmeralda se aleja a paso apresurado, con su corazón latiendo a mil por hora.

Kristalvo la ve partir. A él normalmente no se le ve enojado, pero, cuando lo está, es como si un demonio se hubiera apoderado de su ser.

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Mientras tanto, en el Bosque Rojo, Schiro y Alondra siguen dormidos dentro de la cueva. El tiempo pasa rápidamente hasta que se hace de día. La niña despierta, pero no ve a su protector. Se levanta, se sacude la ropa y empieza a buscar a Schiro en las cercanías de la cueva y logra verlo trepado arriba de un árbol recogiendo lo que parecen ser frutos. La chiquilla se preocupa y le grita a la criatura para que ésta baje, el guardian baja con cuidado; algunos frutos logran caérsele de sus garras, pero Alondra las recoge enseguida.

- No tenías que hacer esto... - Habla la chiquilla. - Ahora mírate, estás todo rasguñado...

La criatura da un rápido vistazo a sus brazos cuando le da el resto de los frutos y nota algunas heridas sangrantes, las cuáles se lame para limpiárselas.

- ¿Y tú qué comerás? Tú sabes que no puedes comer ésto, te hará daño. - Agrega la niña mirando a Schiro mientras se sienta encima de una roca.

El guardian mira a la niña por un momento, para luego ir unos cuántos metros atrás de él y comenzar a escarbar. Alondra lo ve, inclinándose un poco para poder mirarlo mejor entre los árboles. Después de unos segundos sale el "chico" con lo que parecen ser tres cadaveres de feyfers -animales muy parecidos a ardillas, pero con alas y sus enormes incisivos son reemplazados por caninos prominentes.- Alondra mira con algo de miedo y asombro los cuerpos sin vida de aquellas criaturas, luego mira a su guardian y ve que éste luce muy orgulloso de su "logro", la niña sólo le devuelve aquél gesto de felicidad de Schiro.

- Está bien, puedes comerlos. Pero no cercas mío, no quiero ver cómo los haces pedacitos... - Dice Alondra haciendo caras en desagrado.

Las horas pasan, ahora es de tarde. Después de haber tenido su primer comida del día, pasaron un buen tiempo jugando dentro de la cueva en la que habían pasado la noche. Ambos han pasado un día fuera de su hogar sin nada más en ellos que ropa y mantas. Constantemente Schiro hace pequeños quejidos, mirando a su protegida, Alondra sabe lo que trata de decir, pero prefiere ocultarle la verdad con la piadosa mentira de "iremos a casa pronto, ahorita estamos de campamento".

Piensa que es mejor así...

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De vuelta en el castillo, todos siguen con el corazón en la garganta al no saber nada de la princesa Alondra. El padre de ésta está desesperado y aún no logra pensar propiamente ante la pérdida, ya de un día, de su única y amada hija. El reino está hecho todo un caos; todos buscan por todas partes a la pequeña, pero obtienen nada...

El rey ahora se encuentra en el comedor, a penas y ha tocado su comida. Desde el extravío de Alondra no ha tenido ánimos de nada más que de encontrarla.

- Esmeralda, - habla Kristalvo. - llévate esto. - Se levanta de su silla y se dirige hacia salida.

- ¿Está seguro, señor? Casi no ha comido nada, se enfermará.

El rey se detiene. - Si, estoy seguro. Cada bocado me sabe mal y me es muy difícil de tragar. - Se queda callado por unos segundos. - ¡Encontraré a mi hija, haga lo que haga!

Kristalvo sale del comedor con su cabeza en alto y paso firme. Esmeralda lo observa hasta que desaparece en el corredor; ella sabe que él daría su propia vida por su hija, pero en ocasiones se pone a pensar en todo lo que el rey ha hecho para complacer a su princesa. Esmeralda sabe que a veces no es necesario llenar a un niño de lujos, sino dejarlos ser. Pero, al ser ella sólo una sirvienta, no puede hacer nada más que permenecer callada. Ya tuvo un pequeño conflicto con Kristalvo y no pretende armar otro...

El rey se encuentra en el pasillo rumbo a la sala de reuniones en donde se topa con todos los soldados y guardias con los cuáles ha estado trabajando durante veinticuatro horas para poder hallar a Alondra.

- ¡Buenas tardes, mi señor! - Todos saludan en cuanto ven al rey entrar.

- Buenas tardes. ¿Cómo va todo?

- Creo que ya sabemos en qué locaciones sería muy probable que su hija esté en este momento, mire usted mismo.

Kristalvo mira los planos detenidamente, no pasa ninguno por alto. Los demás sólo observan y esperan cualquier cosa.

- Me parece bien. - El rey se coloca derecho y los voltea a ver. - ¿Y bien? ¿Qué estamos esperando? ¡No hay que perder tiempo!

- ¡A la orden!

Todos los oficiales salen a toda prisa del lugar -a excepción de un comandante- y comienzan a reunir a más soldados para así cubrir mayor terreno y tener más probabilidades de encontrar a la princesa.

- La hallaremos, mi señor. - Habla el comandante. - Los pueblerinos también están buscando por ella, no tardaremos mucho en dar con su paradero.

- Eso espero... - Dice Kristalvo. - Porque si no aparece mi hija, lo haré cargo de todo a usted y a su ejercito. - El rey, con ojos afilados, mira directamente a las orbes violetas del comendante. Éste inmediatamente siente un escalofrío pasar por su espalda y asiente con algo de miedo.

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De regreso a donde Schiro y Alondra. Éstos dos se encuentran jugando un poco fuera de la cueva después de haber tomado una siesta. Se divierten y sonríen como si tratara de un día cualquiera, sin pensar en nada malo.

Alondra se para delante a un árbol y se recarga en éste con su rostro muy pegado al tronco y empieza a contar al mismo tiempo que se cubre los ojos con sus manos, mientras que Schi trata de encontrar un buen lugar en dónde esconderse...

- Ocho, nueve, ¡diez! ¡Listo o no ahí voy! - La chiquilla se aparta del árbol y comienza a buscar a su protector detrás de otros árboles y arbustos.

Schiro intenta hacer ningun ruido para no ser descubierto mientras se escabulle de la enorme pila de rocas en la que estaba escondido y empieza a acechar a Alondra. Sus ojos están muy puestos en ella, el Sol hace que sus orbes reluzcan su hermoso color ambar.

- Te... ¡encontré! - La chiquilla salta a un lado de un arbusto para encontrar nada detrás de la planta. - Mm... ¿Dónde estarás...? - La pequeña princesa empieza de nuevo con su búsqueda.

De repente, Alondra escucha un ruido que proviene detrás suyo, voltea rápidamente para dar un vistazo y ve a su protector corriendo a toda velocidad hacia ella. La niña se espanta y lanza un grito para, después, ser alzada por los aires y ser atrapada por su dulce protector, quién termina tirándola al suelo para empezarle a hacer cosquillas. Ambos ríen y son felices por un momento... hasta que un ruido los hace llegar de nuevo a la realidad...

A lo lejos se escuchan ruidos fuertes, como si estuvieran cortando árboles y removiendo tierra; entre esos ruidos se escuchan voces de personas, las cuáles se oyen más y más cercanas. La niña queda pasmada y se levanta del suelo sin despegar la vista del lugar donde se escuchan todos esos sonidos. Sus ojos reflejan ahora miedo y sujeta fuertemente entre sus dedos el pelaje de su protector.

- Schiro, vámonos. - Dice la niña al jalarlo. - Ahí vienen los malos...

Schiro inmediatamente cambia su mirada de confusión y se vuelve más serio al escuchar esas palabras.

Alondra se mete rápidamente en la cueva y saca sus cosas. El guardian le ayuda y, al salir de la cueva, la carga en su espalda y corre lo más rápido que sus piernas le permiten.

Después de un par de minutos, unos soldados llegan a la cueva y notan que hubo movimiento. Se ven restos de frutos en el suelo y pisadas. Los soldados siguen esas pisadas con un poco más de prisa.

Saben que están cercas...


Nota de autor:

¡Por fin! ¡He estado trabajando mucho para poder sacar esta historia a la luz y lo he logrado! :'D

Según yo, sacaría esta historia dentro del mes pasado, pero tuve un bloqueo mental y no me surgían ideas ni palabras al escribir y tuve que atrasarla unos días ;n;

Bueno, espero y les guste este bebé ;v;

Que tengan lindo día. Nos leemos luego~ :3

(No olviden dar review :v)