Bell

Anton buscaba a alguien más pero había perdido la pista en aquella carretera. No podía dejar de pensar que aquel enemigo se le escapaba por la punta de los dedos. Respiró hondo y trató de reconocer nuevamente su rastro aunque no era fácil, estaba lejos, notaba una esencia muy débil.

Se enfureció por su propia incompetencia. Necesitaba notar un rastro más claro así que siguió avanzando por la carretera, a la manera humana, como lo denominaban ellos, lo que significaba ir caminando.

A unos kilómetros de allí una joven estaba empezando su turno en un café. Se ató a la cintura el delantal rojo burdeos con el nombre de la cafetería "Nancy´s", se colocó el pelo, su melena castaña corta definitivamente le estaba convenciendo, pese a sus quejas iniciales había sido una buena idea dejar que su amiga Jen le cortase el pelo. Le sonrió a su reflejo en la enorme cafetera italiana de acero y suspiró.

- Vamos, Bell, pon cara de felicidad. - se dijo y se enfundó la sonrisa profesional que la caracterizaba.

Su turno funcionaba casi por inercia, todo era servir cafés y postres, de todo tipo pero, sobre todo, tortitas que eran la especialidad del local. De vez en cuando algunos querían comer así que también servía todo tipo de sandwiches y bocadillos calientes. Y refrescos y cerveza. Nancy la propietaria no quería servirla porque había tenido un marido alcohólico y odiaba todas las bebidas espirituosas pero por el bien de su negocio tuvo que incluírla en la carta ya que la mitad de los lugareños eran gente trabajadora que solía disfrutar por igual del café caliente y de la cerveza helada, según la hora.

"Nancy´s" estaba situada en un buen lugar, lo suficientemente alejado del centro del pueblo y convenientemente cerca de las fábricas, las grandes granjas y la carretera principal que llevaba a todas partes por lo que el entrar y salir de clientes era bastante continuo.

Todos los días lidiaba con algún cliente faltón, eso era algo impepinable, casi de penitencia, que le tocaba aguantar aunque en general los lugareños eran buena gente y bastante amables aunque, al ser la mayoría hombres, no podía evitar sentir ciertas miradas de reojo y otras más descaradas dirigidas a ella y, sobre todo, a algunas partes de ella.

Pese a esto no le molestaba. La propietaria le pagaba lo normal, ni mucho ni poco, lo que le parecía justo y las propinas no estaban mal. Además, por la ubicación podía irse relativamente pronto a casa, ya que a partir de las once no había un alma por aquellos lares, cosa que agradecía después de haber pasado un año cerrando a la una en el bar del centro.

Su día a día no era gran cosa y, en el fondo, Bell soñaba con irse del pueblo en algún momento. Aún no tenía claro a dónde o qué quería hacer si conseguía salir de allí pero, desde luego, no seguir sirviendo mesas. Pensaba que, algún día, le tocaría hacer algo grande...aunque luego no sabía qué sería ese algo y se venía abajo.

Pese a que ella se repetía que tenía que dejar de pensar en tonterías su amiga Jen la animaba. El hobby favorito de la gente joven de aquel lugar era fantasear sobre sus vidas muy lejos de allí y Jen tenía una idea más clara que ella de lo que se podía hacer.

- Y en cuanto reúna los 15 machacantes me pondré las tetas y el culo de Jenniffer López y luego conseguiré un trabajo en una película. En Hollywood siempre hace buen tiempo y hay miles de oportunidades de trabajar en el cine o en la tele. Creo que deberías pensarlo, Bell. Además, eras bastante fotogénica, no creo que tengas problema, con perder unos kilos y ponerte algo más de pecho lo tienes cerrado. - Jen espetaba todo esto a voz en grito desde la barra de la cocina, ya que trabajaba también allí, aunque más que trabajar echaba las horas, se pasaba casi todo el tiempo revisando revistas de cotilleos mientras cocinaba las tortitas, que era lo que le dejaban hacer después de haber carbonizado unos diez bocadillos en los últimos tiempos.

- No sé...- musitó Bell mirando su figura en la superficie metálica de la cafetera, ella no se veía esos kilos de más y tenía un pecho normal, ni enorme ni pequeño. Y, si, quizá no fuese una modelo de bañadores pero no entendía exactamente cuál era la grasa que Jen quería que bajase. Cogió una bandeja de tortitas de la repisa, se echó un último vistazo y fue a servir una mesa.

Era un día como otro cualquiera. Clientes mirones, clientes pesados, clientes amables, tortitas, cafés, bocadillos, cervezas y parloteos de Jen. No parecía que fuese a ocurrir nada interesante.

Y, entonces, como siempre que no esperas gran cosa de tu día a día, entró ÉL por la puerta. Era un tío alto, moreno, bastante atractivo. Tenía un porte impresionante. Bell no pudo quitarle los ojos pese a estar sirviendo un café y entonces, por el rabillo del ojo, vio a Jen asomada a la ventana con cara de boba.

El tío se sentó en una mesa y cogió una carta con cara perpleja. Bell se acercó lentamente a la mesa y miró al chico, expectante. El chico le devolvió la mirada y esperó. De pronto, Bell se dió cuenta de dónde estaba.

- Perdone...¿qué desea? - balbuceó, parecía que estuviese intentando mantener una conversación en otro idioma de lo que le costaba articular las palabras.

- Un café, por favor, con leche y doble de azúcar. - le pidió.

- Bien.

Bell giró sobre si misma, hacía tiempo que no hacía algo así, y salió corriendo a la cafetera. Preparó un café y mientras lo hacía observó al tipo en el reflejo de la cafetera mientras no perdía de vista los gestos muy, pero que muy, obscenos de Jen desde la cocina.

- ¡No! - le espetó en un susurro a Jen mientras esta le proponía hacerle al chico algo bastante escandaloso.

Se acercó a la mesa. Le temblaba la bandeja. Sirvió el café, le preguntó si quería algo más y él le dijo que no, que gracias. Ella se retiró y se fue a la zona de empleados.

- Voy a salir. - le dijo a Jen.

- ¡¿Pero si tú no fumas?! - se extrañó esta mientras recogía el pedido que le daba Amy, la otra camarera.

- Necesito aire. - explicó Bell y salió por la puerta de atrás.

Se apoyó en la pared del edificio y notó cómo su corazón bombeaba sangre a todo ritmo. Estaba como si corriera una maratón y no entendía por qué.

Intentó calmarse haciendo lo que solía, enumerar los pros y los contras de la situación. Primero, el tío no era tan guapo, era un tío normal, un poco resultón. Segundo, era un cliente de paso, no volvería a verlo más. Tercero, ni se había dado cuenta de que ella estaba ahí y Cuarto, no se puede ser tan estúpida, el tío seguramente había pensado que era una tía bastante boba dado la forma en la que le había atendido.

Respiró hondo y se alisó el delantal. Abrió la puerta del local y volvió a su vida normal.