Como era habitual en él, se levantó temprano por la mañana. Hacía demasiado tiempo que tenía aquella idea rondándole en la cabeza y por fin se había decidido a plasmarla.

De toda la vida había sido un poco clásico, escribir en cuadernos con bolígrafo Bic Cristal, el que escribía normal, de color negro porque le gustaba siempre cómo quedaba al releerlo, una absurda idea de que el aspecto era "más profesional" como si realmente se lo fueses a presentar así a una editorial o, cuando le parecía que el tiempo le acompañaba, utilizaba una vieja Olivetti verde que en su día había sido de su madre.

Manías de escritor aunque manías al fin y al cabo.

Se desperezó, enchufó la cafetera y comenzó a prepararse un café y mientras la máquina llevaba el agua a ebullición y mezclaba los productos él fue preparando su puesto, abrió la persiana para dejar que la tenue luz del día le salpicase y colocó la Olivetti sobre la mesa, dejando algo de espacio. A su lado puso un cuaderno, un bolígrafo y dispuso a mano un taco de Post-It amarillo mate.

Sirvió el café, se estiró y dio un reconfortante sorbo. Luego se frotó la barbilla, quizá fuese hora de afeitarse pero le gustaba la sensación de la barba incipiente cuando se la frotaba para pensar.

Suspiró y se sentó en la silla frente a la máquina de escribir. Luego puso su nombre en la parte superior del papel, centrado y a continuación escribió:

Capítulo 1

Hizo una breve pausa para el café y sorbió aquel líquido caliente mientras reflexionaba, porque escribir una historia siempre le resultaba extraño e inquietante, sabía lo que quería contar y a dónde quería llegar con ello pero empezar la historia, una buena frase de arranque, aquello era harina de otro costal, había que darle unas cuantas vueltas y conseguir un inicio de esos que atrapasen al lector.

Se frotó el mentón y frunció el ceño. No podía ser tan complicado iniciar una historia. Sabía quién la iba a protagonizar, sabía a dónde quería llegar con el personaje y qué derroteros le iban a llevar hasta allí. ¡Si hasta sabía el final! Pero aquel maldito primer capítulo no entendía de planificaciones ni de tiempo.

Suspiró, miró el reloj. Había pasado media hora, el café estaba ya templado y ni siquiera humeaba. Una paloma voló y se posó sobre la ventana, tratando de picotear algún bicho que por cosa del destino hubiese llegado allí y contempló a la rata aérea un buen rato, añorando esa libertad que todos pensamos que tienen los pájaros.

Se estiró, hizo crujir los nudillos, que era otra de sus manías, muy molesta según todos sus allegados. ¿Cómo podría empezar la historia? No lo tenía claro, veía todo el proceso menos el inicio. ¿Qué podía gustarle a un lector, cómo podía mantenerle atento y conseguir que con sólo leer las primeras líneas quisiese saber qué le pasaba?

Le pareció una tarea propia de Sherlock Holmes, desentrañar los misterios de la mente humana y volvió a frotarse el mentón, como si de allí fuese a surgir alguna musa enrabietada que le dijese que usase una cuchilla y un buen aftershave la próxima vez. Esto le provocó una carcajada y decidió anotar la idea en un post it por si acaso.

El café se había terminado y el reloj marcaba una hora entera de trabajo. Trabajo. Observó la hoja que seguía marcando Capítulo 1 sin nada más y pensó en que su novia le estaría gritando ahora mismo si no fuese porque hacía dos meses que le había gritado por última vez.

- ¡Eres un vago y un cretino! ¡Busca un maldito trabajo de verdad, nuestra relación así no va a ninguna parte! - le había espetado mientras unas enormes lágrimas de desesperación le empapaban las mejillas coloradas por la rabia.

No tenía la culpa, ella era la que pagaba casi todas las facturas y él sólo aportaba algo de dinero que le enviaba su madre, que era otra bendita que pensaba que algún día iba a llegar lejos. Notaba bastante su ausencia, gran parte porque ella le comprendía y otra parte porque a penas se las arreglaba con el dinero de su madre, de hecho tenía que buscar un piso más barato.

Sus amigos sabían que no iba a llegar lejos con lo de escribir y siempre insistían en que fuese a hacer algo de provecho, como buscar un trabajo de la vida real y lo había intentado, bien sabía que lo había intentado, pero ninguno le duraba demasiado y todo era porque siempre le cazaban escribiendo y tomando notas en cualquier rincón en lugar de dedicarse a hacer algo por lo que le pagaban. Pero es que él tenía muchas ideas en su cabeza, ideas únicas que le harían ser un escritor diferente, historias completas en su cabeza pero no alcanzaba a hacerlas arrancar.

Como ese maldito capitulo.

Seguía igual, habían pasado dos horas y no sabía cómo empezar la historia. Así que se levantó a tomar otro café y mientras este se hacía se quedó pensando en la cocina.

Tenía que tener un inicio, el que fuese, pero debía arrancarlo ya. El desarrollo lo tenía muy claro y a dónde quería llegar también pero ¿cómo enfocarlo?¿cómo atrapar a un lector?

Y, de pronto, la esperada musa de las barbas surgió dándole un capón en la cabeza: si los lectores lo que quieren es sentirse identificados, ver en los protagonistas a una persona normal que hace cosas excepcionales.

Corrió a la máquina y comenzó a teclear enérgicamente el inicio de la historia:

Como era habitual en él, se levantó temprano por la mañana. Hacía demasiado tiempo que tenía aquella idea rondándole en la cabeza y por fin se había decidido a plasmarla.

Y sonrió mientras escribía la historia de su vida, la de un joven escritor con muchos sueños que algún día lograría ganar un gran premio y en ese momento supo que conseguiría terminarla.

FIN