Sacrificio

Las lágrimas sequé con estupenda calma, algo que en mi alma ya prácticamente no abundaba. De todos modos así nunca había sido. Más veces de las que puedo contar, odiaba derramarlas. Y ahora te odio a ti también.

Por dejarme aquí. Por hacerme desistir. Por pedirme algo así.

Y me odio también a mí. Por permanecer aquí, por no haber ido tras de ti. Por haberte escuchado. Pero es que no quiero romper mi promesa. Te lo prometí a ti. Yo seguiría aquí, de pie. Como tu no habías podido. Según me habías dicho.

Incontables veces tuve que soportar ese fastidioso silencio. Ese que se presentaba cuando las palabras no nos servían para describir lo que sentíamos o queríamos decir, porque se palpaba en nuestro interior la duda de querer seguir. De querer decir lo que probablemente nos condenara a morir… interiormente.

Pero ahora los necesito, aquí conmigo. Necesito esos silencios como te he necesitado a ti. Te extraño, aunque me cueste admitirlo, aún lo hago. Después de cuatro largos años. Aún no puedo consentir mi existencia en ésta vida sin que tu presencia inunde la mía. Aún no puedo terminar de creer cómo le hago yo para seguir, para sobrevivir. Cuando eras tú mi único sostén.

Pero es que no puedo tampoco dejar de respirar. El miedo carcome mis extrañas cuando pienso tan sólo en esa posibilidad. Si, esa misma. Esa que te llevó a sucumbir. Quitarte la vida.

El pánico inunda mi alma al barajar el vacío pensamiento de quererme matar, la vida dejar. Tengo miedo. Mucho miedo. Y sin embargo no puedo descifrar a qué. ¿Acaso espero que tu esencia me persiga por infinitas dimensiones si decido dar ese paso en falso? ¿Acaso espero oír tu voz en mi cabeza explotar mis tímpanos en el mismo instante en que decida lanzarme al abismo? Quisiera yo misma saber qué espero realmente que suceda. Porque aún no encuentro la respuesta, aún después de tantas reflexiones.

Supongo que sigo esperando que de un momento a otro aparezcas por la puerta y me preguntes si quiero tomar un té con leche y algunas tostadas, así, igual que siempre, a como era antes de que te fueras de mi lado.


Puedo recordar con claridad tus ojos oscuros, sobre los míos atormentados, pidiéndome ayuda, suplicándome piedad. ¿Cuál de los dos pedidos contestar? ¿Muerte o vida? ¿Qué demonios querías? ¿Qué diablos quería yo?

Eso si ya no lo recuerdo. No recuerdo porqué lo hice, qué enfermizos pensamiento cruzaban mi mente en esos momentos. Sólo sé que no recuerdo lo que hice, hasta que vi tu cuerpo inerte, en mis manos sostenerte. Ya tu piel sin color ardía, en un frío incandescente, que me cegaba la vista… hasta que recordé la advertencia. Debía salir de allí, correr lo más lejos que podía.

Nadie debía encontrarme. Yo no debía estar allí, nadie debía saber de mí. Debía parecer un accidente. Y sin embargo tardé varios minutos en pensármelo dos veces, las ansias de dejarme caer y a la vez de quedarme a ver, eran tan fuertes. Quería ver cómo te llevaban, necesitaba hacerlo, tanto como alejarme de ahí, huir, y olvidarte una vez más. Como tantas veces me hubiera gustado hacerlo antes de llegar a hacer lo que sabía de antemano debería hacer.


Pero aún hago el sacrificio… y lo hago sólo por ti.