No cierres los ojos

Zack y yo salíamos jugar todas las tardes en el parque, después de salir del colegio. Nos encantaba ir al cine a mirar películas de terror y hacer travesuras a los demás niños del lugar. Mamá decía que un día algo malo nos pasaría si seguíamos llegando a casa a tan altas horas de la tarde. Pero nosotros nunca hacíamos caso.

Ambos buscábamos divertirnos con cualquier cosa. Incluso si debíamos romper unas cuantas reglas. Papá solía decir que tener gemelos era terrible, pero yo sé que en verdad le encantaba vernos reír. Su preferido era Zack y nosotros lo sabíamos, mientras que para mamá yo era el ángel de la familia.

Zack... pasé los mejores momentos con él, trajo felicidad a mi corta vida.

Los Miércoles de Ceniza eran nuestros días favoritos. Llamábamos así al día de la semana en que íbamos a aquella enorme mansión deshabitada que lucía oscura y tenebrosa, perfecta para jugar a las escondidas. Desde que Zack había conseguido encontrar un lugar por donde entrar sin ser vistos por los vecinos entrometidos, ese era nuestro refugio secreto. Pero nuestros encuentros con aquel lúgubre sitio terminarían más pronto de lo que pensábamos.

Un paso al frente y la diminuta rama que crujió a mis pies fueron suficientes para haber alertado mi posición, pero al parecer mi hermano estaba ocupado prestando atención a alguna cosa ceñida al suelo de cemento, por lo que no notó mi presencia en el gran vestíbulo.

¡Qué susto me diste!- maldijo después de que clavé mis dedos repentinamente en sus costillas. Se giró para verme aparentando enojo, mientras yo no paraba de reír.- No es gracioso.- dijo él.

Si para mí… ¿qué tienes ahí?- pregunté curioso.

Parece ser una especie de lápida.- sentenció con ojo crítico. Miré desconcertado al pesado objeto que yacía a sus pies. Al parecer, mi hermano tenía razón, pero no era una lápida cualquiera, se trataba de una lápida sin nombre ni fecha, sino exóticas letras prolijamente talladas escritas en algún idioma antiguo, desconocido para nosotros.

No sé que sea, pero no parece segura.- agregué incómodo.

Ya cállate, te pareces a mamá.- protestó Zack.

Se arrodilló en el suelo, y con lentitud acercó una mano a la fría piedra, para comprobar que no era sólo una simple imitación. Se giró a verme, y cruzamos una mirada cómplice que decía todo. Conocía demasiado a Zack, estaba seguro que como nada malo había pasado al acercarse, estaba dispuesto a seguir jugando con ella. Negué con la cabeza, pero él no hizo caso.

No la toques.- rogué, temeroso. Pero no me contestó y cuando la piedra crujió, soltó un débil gemido, y supe que estaba arrepentido.

Los cimientos de la casa parecieron estremecerse al igual que nosotros, cuando un sonido agudo y escalofriante llegó a nuestros oídos. Nunca me habían gustado los perros, mucho menos los lobos.

Con lentitud, ambos examinamos nuestro alrededor, y la sangre en nuestras venas se heló al ver al animal a unos cuantos metros por detrás, justo en la entrada a la casa, alumbrada su figura con una luz blanquecina y lejana proveniente de la luna llena que se alzaba en la oscura noche. Hasta ese momento, ninguno de los dos había reparado en lo tarde que se había hecho.

No sabría decir cuánto tiempo nos quedamos contemplándolo pero a mí me parecieron horas, hipnotizados por aquellos diabólicos ojos rojos, como tampoco sabría decir cuándo decidimos salir corriendo de allí.

A partir de entonces los escenarios pasaban frente a mis ojos sin que yo lograra distinguirlos siquiera. Mi mente me devuelve imágenes borrosas que no parecen reales.

Sólo sé que de repente, él y yo estábamos en direcciones opuestas, separados por las grandes escaleras, cada uno había tomado un camino diferente, y ahora tres caninos me cerraban el paso. Ni siquiera noté cuando Zack corrió hacia mí buscando socorrerme, ni cuando a fuerza de golpes logró hacer retroceder a los animales.

¡Corre!, fue lo último que le oí decir en esa noche y en las siguientes. Por alguna extraña razón, sentí la obligación de hacer lo que me decía, como si una fuerza invisible me empujara a huir, mientras él rodaba escaleras abajo.

Seguí avanzando aturdido a través de puertas y habitaciones tirando candelabros y cuadros a mi paso, con el sonido de filosas garras rasgando el suelo y ladridos salvajes viniendo hacia mí. El corazón me latía con fuerza, mientras corría lo más rápido que las piernas me lo permitían. Así, algunas escaleras más y llegué nuevamente al primer piso, donde tuve la desgracia de que el desafortunado evento ocurriera allí…

Una luz me cegó por instantes, oigo un lobo aullar en alguna parte, otro temblor repentino sacudió la casa, y una enorme lámpara de vidrios que pendía del techo se desprendió de repente.

Aún me veo a mí mismo lanzar un grito al cielo, agudo y débil a la vez, cuando los vidrios se incrustaron en su cuerpo. Fue como mirarnos al espejo mientras él moría, sintiendo impotencia por no poder hacer nada e impedirle soltar sus últimos alientos.

Corrí hacia allí, y nervioso, tomé la mano que Zack me tendía, en el momento justo en que se le iba la vida. Logré ver sus ojos asustados antes de que terminaran de cerrarse.

No descubrí que había estado llorando hasta que una gota de agua salada cayó sobre mi propia mano. Y al instante siguiente, salido de la nada, se oyó un gruñido a mis espaldas.

Aterrado, giré mi cuerpo con lentitud, y no pude evitar gritar de terror cuando unos colmillos blancos y puntiagudos se abalanzaron sobre mí.

Desperté sobresaltado, agitado y sudoroso. Estaba enredado entre las sábanas. Instintivamente giré la vista hacia la cama de mi izquierda, y suspiré aliviado cuando reconocí el cuerpo de mi hermano en ella, que se movía a un ritmo acompasado causado por su respiración mientras dormía plácidamente.

Allí, sentado, intenté tranquilizarme yo también y controlar mis pulsaciones. Me mantuve despierto unos pocos minutos más, hasta que me calmé. Las imágenes del sueño aún seguían latentes en mí, podía recordarlas como si hubiesen sido verdad. Pero era imposible, no podían serlo.

Aún así, una parte de mí pensaba todo lo contrario. Hasta hubiera jurado que podía sentir los pensamientos de Zack en mi propia mente y recordé su última palabra "¡Corre!", para mi horror sonaba tan real. Pero no le quise dar importancia.

Respiré profundamente otra vez y me dije a mí mismo que sólo había sido un mal sueño. Y me dispuse a dormir intentando luchar contra ese espantoso presentimiento.

Me acomodé nuevamente sobre el costado izquierdo de mi cuerpo, y abrazado a la almohada dejé que poco a poco mis párpados cayeran rendidos por el cansancio con la figura de mi hermano durmiendo en frente de mí como última imagen que distinguió mi cerebro. Segundos antes de perder el conocimiento, aquella orden me llegó a la memoria otra vez, pero ya era demasiado tarde. Caí rendido a los brazos de Morfeo.

Nunca logré ver aquellos diabólicos destellos rojizos debajo de mi cama.