Garm aúlla ante Gripahell,

romperá los nudos, y correrá el lobo;

sé muchos conjuros, más allá veo aún

el duro destino de los dioses triunfantes.

VÖLUSPÁ (La profecía de la vidente)

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EL FINAL

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"Cuando Angrboda alumbró a Fenrir, él sabía qué, sin importar cuánto esfuerzo dedicara a cambiar la predicción de la vidente, ésta se cumpliría. Conocía el secreto de las runas, la lengua de los poetas, y había sacrificado su ojo izquierdo en el pozo de Mímir para que le fuera desvelado el destino de dioses y hombres, el destino de los nueve mundos; su propio destino.

Odín siempre amó a los lobos, ellos simbolizaban la fuerza de la naturaleza, el valor y la furia desatada en el corazón de un guerrero o su noble entrega en el campo de batalla. Quizás por eso lo salvó de ser desterrado y permitió a la bestia vivir en los valles y colinas de Asgard.

Así el animal creció salvaje y libre, alimentándose de la carne que Tyr le proporcionaba o cazando en los bosques, corriendo a través de la pradera, midiéndose contra el viento y aullando al cielo en las noches de luna llena.

Pero llegó un día en que los Aeser vieron en su tamaño monstruoso una amenaza que podía precipitar unos acontecimientos para los que aún no estaban preparados y tomaron la decisión de apresarlo.

Primero lo intentaron con la gruesa cadena Leding,de la que Fenrir tiró y se libró sin apenas esfuerzo.

Después probaron con Droma cuyos eslabones eran aún más fuertes que los de la anterior, pero de nuevo el hijo de Loki se deshizo de ella con facilidad.

Al darse cuenta los dioses de que no lograrían fabricar una atadura lo suficientemente resistente como para mantenerlo bajo control, pidieron ayuda a los enanos y estos crearon a Gleipnir. Un dulce lazo suave y liviano como alas de mariposa que nada lograría romper, pues estaba hecho de seis cosas imposibles: elsonido de la pisada del gato, la barba de la mujer, las raíces de la montaña, los nervios del oso, el soplo de los peces y la saliva del pájaro.

Tyr dejó su mano derecha como prenda en la boca del lobo y éste consintió en que lo encadenaran a la roca Gelgia, en la remota isla Lyngvi, de la que ya no pudo soltarse. Desde entonces empuña el dios manco de la guerra su espada con la mano izquierda.

En las tierras de hielo y nieve de Niflheim, donde las noches duran toda una estación y las brumas cubren el día, a orillas del lago negro del dolor descansa Fenrir. Dos ríos de sangre fluyen de la espada que sujeta su mandíbula y tiñen de rojo las aguas de la bahía. Pero cuentan las crónicas de Ydraggsil que un día Gleipnir sucumbirá a la maldad de los hombres y el lobo correrá de nuevo libre por las praderas de Asgard para enfrentar a Odín, en la batalla del fin del mundo…"

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Muchas noches de insomnio contemplabas desde las ventanas de Valhalla la llanura tratando de imaginar este momento y nada, ni siquiera la más aciaga de tus visiones, es comparable con el horror que te rodea.

Las llamas calcinan la pradera que el rocío de la mañana perlaba, despertándote con el fragante olor a tierra mojada y hierba fresca y que ahora huele a humo y carne calcinada. La carne de gigantes y diablos junto a la carne de tus propios hijos que no dejan de caer bajo el peso de las armas. Para las llamas no hay amigos o enemigos, aliados o adversarios, sólo cadáveres que consumir.

Los que aún están vivos pelean para que esa vida que conservan no les sea arrebatada. Es una lucha inútil. Has tenido el honor de presenciar las batallas más feroces entre los hombres de Midgard y en tu mano el poder de inclinar la balanza de la victoria. Pero esta vez no habrá vencidos, ni vencedores. No puede haberlos cuando todo se acaba, cuando el mundo que conoces está a punto de desaparecer.

Entre el caos descubres a Feyja junto a su ejército de valkirias, batiéndose sobre fieros lobos alados, negros como el abismo, cuyos dientes afilados arrancan extremidades a mordiscos. Apenas si puedes distinguirlas porque en la barbarie del combate sus cabellos dorados y sus coseletes rojos han perdido el brillo. ¡¿Son acaso esas las bellas doncellas de Urd?!

Las espadas de los elegidos seccionan cuellos y cortan brazos a su paso, rajan vientres o se hunden en los corazones, los escudos se quiebran a golpe de martillo y las lanzas buscan cuerpos que horadar. La sangre salpica el rostro y las corazas de muchos y un punto de locura arde en sus ojos.

Los que caen son arrollados por el resto. Yacen en el suelo, destrozados o agonizando, desangrándose entre gritos de dolor, suplicando una muerte que esta vez es definitiva. Ya no hay promesas de un futuro de hidromiel e inocentes vírgenes.

Vigrid es una rugiente marabunta de bestias sedientas de sangre matándose entre sí; y a pesar de ello no puedes dejar de sentirte orgulloso de tus hijos, de su arrojo y su sacrifico, de la entrega y el valor que demuestran incluso sabiendo que no hay esperanza.

Un rugido anuncia tu destino. Lo ves en mitad de la pradera, sus fauces enrojecidas devoran hombres enteros y olfatea el aire con el hocico en alto. Te está buscando y de nuevo su aullido amenazante se eleva por sobre el fragor del combate.

Ciñes con firmeza las bridas de Sleipnir y te yergues orgulloso sobre tu corcel de ocho patas. Eres el principio y el fin, el padre, juez y verdugo que con mano firme ha gobernado los nueve mundos desde tiempos inmemoriales.

En la distancia, sus llameantes pupilas amarillas se clavan en las tuyas, te advierten del peligro. Es el odio en estado puro, la mirada salvaje de un monstruo que lleva demasiado esperando este momento. Nunca has conocido el miedo y quieres pensar que ese escalofrío que recorre tu espalda es la emoción de enfrentar la que será tu única derrota.

Tratas de contener el imperceptible temblor de tus manos y tus dedos se estrechan en torno a Gungnir, la lanza mágica fabricada por los enanos que nunca yerra el blanco. Ha llegado la hora. Vidar, tu hijo, vengará tu muerte pisando la mandíbula del lobo y sujetando su quijada hasta desgarrarle la garganta, pero antes has de cumplir lo que la suerte tiene reservado para ti.

Sabes que es el final, lo has sabido siempre, aunque eso no lo hace más fácil. Respiras en profundidad y te parece sentir de nuevo el fresco y fragante aire de Asgard llenando tus pulmones, aprietas los dientes con fuerza y hundes los talones en el lomo gris de tu montura. Levantando una nube de polvo, cabalgas rápido hacia él y él corre hacia ti.

Salta, el choque es feroz y desata la rabia.

Apenas te quedan unos minutos de vida pero enfrentas la muerte como el valiente vikingo que eres. Ruges, aúlla, peleas, ataca, te defiendes… La furia recorre y calienta tus venas, la audacia bate tu corazón y un grito de coraje rompe en tu garganta. El éxtasis de la batalla obnubila cualquier pensamiento, cualquier dolor mientras sus zarpas te destrozan y sus colmillos devoran tu cuerpo.

Ydraggsil tiembla, el mejor y más justo de los dioses ha caído, y ahora entiendes que la muerte puede ser un dulce elixir…

Gracias por leer.