*¡Espero que os guste! Es la primera que publico aquí, en FictionPress.

Capítulo 1. "Alumnos clónicos, olores fuertes y miradas asesinas"

Suspiro profundamente. Aunque ya era Septiembre, sigue haciendo calor. Nunca he pensado que hace calor en un lugar tan lúgubre cómo en ese edificio, y los que lo rodean. Las paredes son de piedra antigua, muy gastada. El techo es alto y abovedado. Si se ve desde arriba, se puede observar que está formado por un vestíbulo circular que conecta seis pasillos desde los que se acceden a las clases y se cruza a las habitaciones.

Ahora mismo estoy en él. Hay bancos, y escaleras que dan al piso superior, que tiene la misma forma, solo que con un agujero en el centro, rodeado de una barandilla de la que, al tener miedo a las alturas, no me atrevo a mirar. En el techo cuelga una araña de plata y cristal, que no aporta suficiente luz. Solo hace que todo parezca más antinatural, más como un salón de los libros de Jane Austen o de una película de terror. El suelo está decorado con un mosaico de colores apagados: rojo, azul turquí y negro. Los únicos colores que puedo ver en todo el internado. Los cristales dibujan una flor, una rosa roja, muy oscura, rodeado de una línea azul. Hay pequeños pétalos, también azules, en el resto de la superficie negra y brillante. Es muy hermoso.

Casi tanto como tenebroso.

Por unos momentos, odio a mis padres por meterme aquí. Luego recuerdo que lo intentan hacer por mí, y que lo único que quieren es ayudarme a que me adapte a algún lugar. A mí me gustaría rendirme, decirles que no lo conseguiré, nunca, pero no me atrevo hacerlo. No quiero que mis padres se den cuenta, quiero que sean felices, aunque yo no lo sea.

Me siento en un banco gris y les llamo para decirles que estoy bien. Que he llegado sana y salva. Les miento y me como cosas. Les digo que me gusta mi nuevo colegio. No les hablo de lo tenebroso que es, ni que aún no he visto a ningún alumno, a más que yo. Tampoco que no siquiera los quiero ver.

Tomo una escalera y me voy al piso de arriba. Evito la barandilla. No me sorprendo a ver escaleras hacia nuevos pisos, con nuevas barandillas y nuevos miedos. En cambio, me dirijo al pasillo más ancho, el que da a las habitaciones de las chicas. La mía es la 18, una de las del pasillo más alejado. La comparto con otras dos alumnas. Sus nombres son Bridgit y Nya.

No sé si quiero conocerlas.

De nuevo, tiene forma de flor. Es la mejor descripción que se me ocurre. Una margarita de seis pétalos. En el suelo hay también una rosa, sólo que esta es azul y la rodean pétalos negros en un fondo rojo muy oscuro, cómo la sangre seca. En el centro, hay sofás de piel, negros y azules, además de una tele, estanterías también negras y algunas mesas auxiliares redondas, normalmente de color rojo sangre. Si hay en el piso treinta seis habitaciones, calculo, debe de haber unas seis por pasillo. La mía es la del final. Me han dicho que hay más en el quinto piso. Eso explica cómo hay más de trescientos alumnos, porque estoy segura que en esa planta no habría mucho más de cien en total, si en cada una hay tres.

Decido que mi habitación debe de ser de las últimas cuando veo que la primera de mi pasillo es la trece. Me da un poco de cosa que empiece por ese número, el de la mala suerte, nada menos. Pero, en contra de mi propia voluntad, me obligo a seguir por el silencioso pasillo. El suelo está tapizado. Está formado por pelo, rojo muy oscuro, que me hace cosquillas en la parte del pie que no está tapada por las sandalias blancas veraniegas. Las paredes siguen siendo de piedra y me parece que las puertas deben ser bastante pesadas. Son grises, y me recuerdan a las de las cárceles que se ve en la tele.

Decido que todo el enorme edificio me recuerda mucho al castillo de Drácula. Me da un escalofrío de sólo pensar en eso. No creo en ellos, pero seguro que no hay suelo para vampiros más adecuado que el que estoy pisando. Por un momento, me acuerdo de la Casa de la Noche y me dejo llevar por las fantasías.

Luego niego lentamente. Los vampiros no existen, y nunca voy a conocer uno buenísimo que desee un montón mi sangre.

Continúo andando por el pasillo, pegada a la pared de las puertas pares, mientras cuento de dos en dos.

Doce, catorce, dieciséis…

Trago saliva y uso todas mis fuerzas para mover la puerta, aunque es más lívida de lo que pensaba. Mientras tanto, me pregunto cómo serán mis compañeras de piso. ¿Cómo será la gente que estudia aquí? Si se parecen al menos un poco al concepto que adorna el edificio…

No sé si quiero descubrirlo.


El interior de la habitación huele bien y mal a la vez. Es un olor dulce, suave, almidonado. Pero, a la vez, huele a almizcle y a un olor metálico que me recuerda a sangre y a muerte. Me tapo la nariz en un acto reflejo. Enciendo las luces (unos globos blancos que cuelgan del techo) y me quedo unos instantes contemplando lo que me rodea. En el suelo hay un tapiz como el del pasillo, pero negro, y las paredes de piedra están mejor cuidadas, siendo suaves al tacto. Estoy en una pequeña salita, con unos pufs, una pequeña nevera que no podría albergar más que algunas latas, algún yogur y algo perecible; además de algún armario de estos de cocina, que está sobre mi cabeza.

Hay cuatro puertas, que supongo que dan a los dormitorios y al baño. Todo parece muy sofisticado y tal, pero me sigue dando la impresión que huele a muerto.

Una puerta se abre, y de ella sale una chica baja de cabello negro muy rizado, hasta los hombros. Sus rasgos son finos y su piel clara y fina, como la de un fantasma. Sus ojos son azules, fríos y distantes. Lleva ropa muy oscura: un vestido muy corto rojo sangre y unas botas de curo negro. Creo que tiene un aire de motera, o algo así.

No digo nada, solo me quedo mirándola con cara de boba, como una completa idiota. Solo salgo de mi trance cuando ella hable la boca, aunque no lo hace con un tono suave, sino uno que contrasta con sus rasgos delicados y frágiles, pero a juego con su estilo de vestir:

— Me llamo Bridgit Lewis. Mi habitación es esta —señala la puerta, con un gesto petulante—. No te acerques. Cómo aún no ha venido la otra chica, puedes elegir habitación.

Saca una cajita de pitillos de no se donde, lo enciende con un mechero negro de plástico y, con uno entre sus finos labios, vuelve a la habitación. Tengo entendido de que no se podía fumar en el edificio, detalle con el cual estaba totalmente de acuerdo, ya que hace mucho tiempo que odiaba su olor y su efecto en los pulmones y en la salud. Aún así no digo nada. Ni siquiera me presento, aunque ella debía de hacerse una idea de cuáles son mis posibles nombres.

Me meto a la tarea de elegir la habitación. Nunca me han atraído las cosas que están a la izquierda, ya que soy muy superficial, pero, cuando me di cuenta de que era algo mayor y que tenía mejores vistas que la central, no pude hacer otra cosa que llevar la maleta adentro. Decido que luego tendré que personalizarla un poco: parecía muy impersonal con solo una cama con sábanas negras, una cómoda pequeña de tres cajones, una ventana con unas cortinas negras y azules, una mesa también negra y una silla del mismo color. Hay una lámpara roja encima de la mesa.

Me siento en la cama. Es bastante mullida, y las sabanas suaves. Dejo la maleta junto a mis pies, y voy sacando algo de ropa y poniéndolo en la cómoda. Acaricio mi chaqueta favorita; la que me han regalado mis padres unos meses antes de venir aquí. Aún huele a limpia y a nueva. Cojo mi móvil y veo si hay algún mensaje, aunque lo dudo mucho. Luego lo dejo encima de la maleta. Pongo los libros encima de la mesa, junto a un pequeño portátil negro que ha dejado la Academia en cada habitación.

Aún así, su uso es limitado. Solo hay conexión durante unas pocas horas en los fines de semana. En el resto de la semana, solo tenemos acceso a apuntes y otras informaciones que nos envían con algún programa que solo funciona dentro del enorme edificio.

Cuando acabo de vaciarla, me tumbo de todo y contemplo el techo. Es alto, y oscuro, cómo si hubiesen pintado la vieja piedra de negro. Intento no mirar la luz que cuelga del techo directamente, ya que me molesta los ojos. Me levanto de nuevo, y cojo un libro para pasar el rato. En la maleta se mezclan mis nuevos libros de texto con otros de lectura. El mismo desorden se ha trasladado a la mesa, por lo que me cuesta un poco encontrar uno, entre tantos títulos y capas.

Cuando lo consigo, oigo a alguien abriendo la puerta que da a la salita. Pienso que es Nya, la otra chica, así que voy a saludarla.

Cuando salgo, me encuentro con una chica de mi misma altura, de piel algo bronceada y con un tatuaje de las espinas de una rosa en la espalda, que se ve desde la camiseta de tirantes negra. Además, lleva unos vaqueros negros y unas sandalias. Todo negro. Como el maquillaje que le rodea los ojos o el lápiz labial. No sé de qué color es su cabello realmente, ya que lo tiene pintado de violeta y recogido en una trenza mal hecha.

Bridgit sale un poco después de su habitación. Tiene unos auriculares puestos, del que sale música rock, la que casi escucho desde aquí. Bridgit me continúa dando miedo.

Creo que ella y Nya ya se conocen, porque se cruzan unas miradas. No parecen amigas, más bien al contrario. Empiezo a creer que me he metido en medio de una guerra. Nya no le dirige la palabra, y Bridgit vuelve a su habitación, cerrando su puerta con fuerza. Entonces, y sólo entonces, Nya me mira. Sonríe.

— Soy Nya Rockins —me dice, dándome la mano— ¿Hanzel Kaye, no? Es un placer —me parece mucho más simpática que la otra chica, pero, aún así, sigo sintiendo algo en mi barriga que me dice que tenga cuidado.

Por esa mezcla de sensaciones, tanto en responder.

— Es… lo mismo digo —no añado nada más, y me quedo mirando a los cordones de mis zapatillas, que vuelven a estar desatados.

— Ya has conocido a Bridgit, ¿no? —me pregunta, mientras cierra la puerta con su llave. Yo también tengo un copia, y seguramente Bridgit igual— No le hagas caso, es una paria y una amargada —habla muy alto, como queriendo que ella la escuche. Entonces decido que no quiero quedarme de parte de ninguna, que no quiero meterme.

— No, da igual… — intento decir, pero Nya me interrumpe.

— No te preocupes, seremos grandes compañeras de habitación. Y, si no me equivoco, eres nueva. Necesitas que alguien te ayude con todo esto —por unos instantes, me alegro. Pero luego, vuelvo a la realidad. ¿De verdad quiero ser su amiga? ¿Y ella la mía?

— Eh, sí —decido decir simplemente— Te lo agradecería.

— Así me gusta.

Me siento como su perrito faldero. Es una sensación que no me gusta. Pero tanto ella como Bridgit, quizá todos los alumnos de Gallery, son tan prepotentes, como si fueran estelas. Estoy segura que a su lado, yo soy totalmente insignificante.

Antes de irse a su habitación, Nya me da un abrazo amistoso, como si nos conociésemos de toda la vida. Pienso que debería ayudarla con la maleta, pero me quedo ahí.

Nya tiene el mismo olor que todo el edificio, a muerte y a rosas. Y ahora me lo ha pegado a mí.


— Bienvenidos a la academia Gallery —nos dice la directota, una señora de unos cuarenta años, de cabello corto y castaño, que lleva un vestido negro muy elegante—, tanto para los viejos como para los nuevos alumnos.

Estamos en el salón de actos de la primera planta. Es una enorme estancia, tres veces la habitación que comparto con Bridgit y Nya, con un pequeño escenario y unas sillas de plástico que no son muy cómodas que digamos. Arriba, está la directora y los profesores, todos, sentados en unas sillas parecidas a la nuestra. La mujer, de rostro hermoso pero duro, habla a través de un micrófono que agarra suavemente con la manos derecha, a pesar que ya está conectado al palo y negro y está claro que no se puede caer. Pienso que es un acto reflejo, parecido a lo que estoy haciendo yo: sujetarme a la silla con fuerza, de manera que mis nudillos queden blancos, aunque es poco probable que sea necesario, pero me ayuda a relajarme.

La mujer continúa hablando, empieza a contarnos la historia del edificio y sus instalaciones.

— Este centro educativo tiene poco más de cincuenta años —dice, como si fuera algo que nos interesase—, durante todos esos años, han entrado y salido muchos alumnos. Siempre han sido… ejemplares —me fijo que elige las palabras con mucho ahínco, cómo si son pinceladas y quiere que el cuadro quede perfecto, sin un solo fallo—. Vuestros padres y tutores esperan lo mismo de vosotros; por eso os han matriculado aquí. Aquí aprenderéis ciencias, letras, humanidades… pero espero que también aprendáis ética y sobre el comportamiento humano. Lo que debéis dar a la sociedad…

» Sé que este edificio os parecerá hermoso y sofisticado, y que queréis estar a la altura de nuestras expectativas —dice las palabras con orgullo, y me parece que de verdad ama su academia—, pero no os preocupéis. Estoy seguro que ninguno me defraudará —en su voz, hay una pequeña amenaza. Tiemblo de pensar sólo en cómo serán sus castigos.

» Por último, sólo os quiero recordar qué no todos tenéis la misma cultura y los mismo costumbres —recalca la palabra cultura, también costumbres— y que no quiero problemas entre vosotros. No aceptaré ni el más mínimo fallo en eso, cualquier incidente se llevará un castigo, una penalización o incluso vuestra expulsión. Quiero que tengáis una buena convivencia —por alguna extraña razón, me parece que hay un doble sentido en sus palabras, cómo si con incidente se refiriese más que a alguna pelea o a un insulto. A algo mucho más serio.

La directora, que se ha presentado como Sra. Holmes, continúa hablando de cosas más triviales, cómo las clases, los profesores o dónde estaba cada cosa. Nos habla de una cafetería y de una cocina, dónde está, cuál es su horario… Nos dice cuándo es el toque de queda y cuales son las consecuencias de romperlo.

— Si alguien sale después de la diez de la noche de su habitación, o está a esas horas en alguna que no sea la suya, nos veremos obligados a castigarla con seriedad. Es muy peligroso andar por ahí fuera con animales salvajes y no quiero tener que responsabilizarme de ningún incidente. Aún así, si lo hacéis, el profesor encargado os mandará algún exhaustivo trabajo, limpiar los suelos, ayudar en la cocina… Lo que él crea conveniente — nos dirige una mirada dura. Veo que a algunos, cómo a Bridgit, es mucho más vehemente. Pienso que debe ser porque ya lo hizo, aunque no puedo estar segura.

Poco a poco, voy perdiendo la atención, y me relajo. Estoy junto a la pared, y a mi lado hay una chica de cabello rubio cobrizo. Sus ojos son color caramelo, casi anaranjados, es el tono más raro que he visto en mi vida. Me parece que su piel debe quemar, me trasmite una sensación de que es… llameante.

Nya está unas filas detrás de mí, con sus amigas. Son chicas parecidas a ella, como la misma actitud desenfadada pero fría. Orgullosa. Algo que cada vez me parece más común, una actitud que comparten todas las personas que viven o enseñan entre estos muros.

La chica de ojos caramelo me mira. Por primera vez desde que empezó esto, me sonríe. Sus dientes son blancos. Me parece raro fijarme en algo así, pero me olvido todo en cuánto me habla.

— Yo que tú prestaba más atención.

Me hace raro que me haya reñido. Es un poco decepcionante. Pero la hago caso y cojo las siguientes palabras del discurso de la directora.

— Por último, quiero decir no hagáis caso a los rumores. Sé que muchos, por no decir todos, os habrán dicho que el año pasado desapareció mucha gente. Eso son bromas pesadas para asustaros. Este centro es seguro, y nada de lo que puede pasar puede demostrar que no es así —la Sra. Holmes se despide y le pasa el sitio a otra persona, no escucho sus palabras. A pesar de sus palabras, su tono me ha trasmitido que no se acaba de creer lo que dice.

¿Qué ha pasado el año pasado?

Me obligo a cerrar la boca. Sé que vuelto a tener cara de idiota, pero no puedo evitarlo. Este lugar… me da escalofríos.