Las lágrimas bañan mis mejillas. Una a una se van deslizando por mi cara hasta esconderse en mi pañuelo. Las dejo caer por primera vez en mucho tiempo.

Veo marchar el batallón de mi marido hasta que no son mas que pequeñas manchitas negras que se van desdibujando en el horizonte.

Elvira y Sol se han alejado ya de la ventana y bajan a jugar al patio con sus muñecas de trapo. Estan riendose a carcajadas y juegan,ajenas a la crueldad del destino que se cierne sobre ellas. Un destino marcado desde que fueron clasificadas como mujeres en el momento de nacer.

Yo, Jimena, también fui una niña feliz, también jugué con muñecas. Pero con lo que mas disfrutaba era con la espada, organizábamos torneos entre todos los niños y ,ante la mirada desaprobadora de mi madre, yo solía ganar todos esos torneos. Me encantaba escabullirme a las noches por mi ventana y cabalgar hasta el amaneces montada en mi yegua. Era realmente buena cabalgando, podía hacerlo durante horas y no darme cuenta del tiempo que había transcurrido. Recorría la tierra asturiana bajo la luna, amando sus montañas, sus lagos, sus rios...

Pero llego mi adolescencia y todo mi alrededor puso todo su empeño en que yo actuase según lo que las normas sociales establecían para mi género y condición económica. Se acabaron las peleas y las escapadas nocturnas para dar lugar al largo recorrido de prepararme para lo que seria el destino de mi vida: ser una buena esposa.

Y así es, me he convertido en la perfecta mujer :hermosa, bondadosa y paciente, sobre todo paciente. Porque aquí estoy encerrada en este maldito monasterio mientras tu ,¡oh mi amado Rodrigo! , estais luchando contra los moros para recuperar la honra y el beneplacito de nuestro rey. THabría empeñado todos mis vestidos, cambiado las joyas por espadas y convertido mis delicadas maños en unas rugosas, pero con la suficiente fuerza como para sujetar una espada, si eso me hubiera permitido ir con el grupo de hombres que se alejan.

Hombres .Rodrigo,Nuño Gustioz,Martín Antolinez, Alvar Fañez y tantos otros sufren por primera vez el destierro en sus carnes. Pero yo ya he vivido el mío. Me desterraron, hecharon de mi tierra sin piedad, cuando, sin siquiera preguntarme, consideraron que lo adecuado era que viniese a Burgos a casarme con Rodrigo. Abandone mi Asturias querida, mis gentes, mis paisajes y mis

sueños de aventuras.

No derrame jamás una lagrima. Y aparente siempre felicidad ante mi marido, a pesar de ser el causante de mi desgracia. No le guardo rencor. Rodrigo es un buen hombre, siempre ha procurado lo mejor para mi y mis hijas.

Pero hoy, hoy puedo llorar y hacer creer que mi dolor se debe a mi separación de Rodrigo. Mas yo se que estas lagrimas que corren por mi mejilla no son de dolor sino de rabia. Rabia por mi, por mis hijas y por todas las mujeres a las que se nos priva del poder decidir sobre que destino queremos darle a nuestras vidas.