CAPÍTULO 21: LA MANO

Los niños escogieron una película de superhéroes y Héctor también disfrutó de ella, riéndose con las bromas de los protagonistas o entreteniéndose con las escenas de acción. Como estaban en verano, aquella extraordinaria sesión matutina estaba llena de familias y el ambiente que se respiraba era tranquilo y distendido. Todo marchaba sobre ruedas, hasta que una señora de la fila anterior a la de ellos, decidió echarse un poco de colonia refrescante.

El aroma del perfume provocó que Clitzia arrugara la nariz y que Tizziano estornudara. Héctor soltó una pequeña carcajada ante aquella reacción que le pareció adorable, pero entonces los dos niños salieron corriendo. Sorprendido, tardó un par de segundos en salir tras ellos, provocando las protestas de quienes se sentaban a su lado.

Una vez fuera de la sala, Héctor apenas alcanzó a ver que los niños doblaban una esquina. Les llamó, entre sorprendido y molesto por esa forma brusca de marcharse.

- ¡Tizziano! ¡Clitzia!

Les alcanzó poco después, aunque solo dio con la niña, porque el muchacho había desaparecido.

- ¿Por qué habéis salido corriendo? – preguntó, frunciendo el ceño.

- Tiz tenía que ir al baño.

- ¡Pues me lo decís! ¡No podéis saliros así! – regañó Héctor. Después se apretó el puente de la nariz. - ¿Tizziano está bien?

- Sí, sí, ahora sale.

Se acercó a la puerta del baño, pero Clitzia le agarró por el brazo como para detenerle.

- Que ya sale, de verdad – insistió la niña, en tono suplicante.

Héctor podría haberse librado fácilmente de aquel agarre, de un solo tirón, pero sintió que aquella no era la manera correcta de proceder.

- Calabacita… ¿qué ocurre?

Clitzia se quedó en silencio y se mordió el labio. Su expresión casi parecía culpable.

- ¿Está tu hermano en alguna clase de lío? – tanteó Héctor. Quizás había pasado algo durante la película sin que él se diera cuenta. – No tiene que esconderse de mí.

Clitzia no le respondió, pero se mordió el labio con más fuerza. Convencido de que se trataba de eso, Héctor notó que se le encogía el corazón. ¿De verdad el niño pensaba que tenía que esconderse de él?

"Bueno, ¿y qué esperabas? ¿Llevas la cuenta de cuántas veces le has castigado en estos días?" se recriminó, lleno de culpabilidad.

Suspirando, llamó a la puerta del baño, dispuesto a hablar con el pequeño. No obtuvo respuesta.

- Tizziano… píccolo

Nada. Desoyendo las peticiones de Clitzia, Héctor agarró el picaporte y empujó la puerta.

No había nadie en los lavabos, pero alcanzó a ver cómo se cerraba de golpe una de las puertas de los retretes. Justo antes de que la puerta se cerrara, sin embargo, sus ojos repararon en algo que al principio no pudo asimilar, porque era una imagen que no tenía sentido.

Parecía una mano, una mano verde y pequeña con las uñas largas que podrían pasar por garras.

- ¡Vete! – se escuchó la voz de Tiz, desde el interior del urinario.

Héctor intentó buscarle un sentido a lo que sus ojos habían visto. ¿Era en verdad una mano? ¿No habría visto mal?

"¿También la sombra en las fotos la viste mal?" se dijo. "¿Cuántas pruebas más necesitas para aceptar que está ocurriendo algo raro aquí?

- ¿Tizziano? – preguntó.

- ¡Que te vayas!

- No hasta que vea que estás bien, píccolo.

- ¡Estoy bien! – replicó el niño, sin salir de su escondite.

- Entonces sal aquí para que pueda verte.

- ¡NO!

- No tienes que tener miedo, Tiz – le aseguró. "El que estoy aterrado soy yo", añadió para sí mismo.

- Solo me puse malo del estómago, eso es todo – dijo Tizziano, y Héctor tuvo claro que mentía.

Se debatió entre forzar la puerta del inodoro o asomar la cabeza por el hueco de debajo. Finalmente, con algo de vergüenza y deseando que no entrara nadie en el baño justo en ese momento, optó por lo segundo y se agachó.

Esperaba ver las piernas del niño, pero era como si no hubiese nadie dentro de aquel cubículo. Se agachó más, y entonces lo vio, sentada sobre la taza tapa del retrete: una pequeña criatura verde, con ojos azules y brillantes y pelo largo en forma de cresta.

La criatura era muy pequeña, al menos comparada con el tamaño del niño al que Héctor había esperado encontrar. Le observaba con ojos tristes y asustados, como la cebra que está a punto de ser devorada por el león.

Lo único que Héctor pudo hacer fue abrir los labios sin emitir ningún sonido.