Es imposible describir lo que sintieron Clitzia y Tizziano al salir del aeropuerto. Primero tuvieron que asimilar que se encontraban en otra ciudad, en otro país, intentando encajar eso entre alguno de los bruscos cambios que su vida había sufrido en los últimos meses. A pesar de haber visto el aterrizaje, de haber vislumbrado la ciudad desde arriba, una parte de ellos aún temía que fuera una broma. Que al bajar volvieran a estar en Italia, y que Héctor se fuera por donde se había venido. A ninguno de los dos les trasmitía mucha confianza aquél hombre bien vestido, bien perfumado, y bien presumido, porque si no se colocó veinte veces el pelo delante de la azafata no lo hizo ninguna. Los niños no eran tan niños, y tampoco tontos, así que se dieron cuenta en seguida de que Héctor era un ligón. Coqueteó con todo el género femenino de la tripulación, y también con algunas pasajeras, mientras ellos se hacían los dormidos. Y porque el viaje duró sólo hora y media, que si llega a durar más Tizziano estaba seguro de que se hubiera olvidado de ellos para irse por ahí con alguna de esas. Tizziano estaba dispuesto a que Héctor le cayera mal, y aún así no podía evitar considerarle gracioso. Si era sincero tenía que admitir que le caía simpático… pero no para cuidar de él. Le daba una semana de plazo para rendirse, y tenía la sospecha de que Héctor se hartaría antes. No era más que un niño rico en cuerpo de hombre, poco acostumbrado a tareas pesadas o desagradables. Quién sabe por qué había aceptado cargar con ellos, pero en cuento empezara a suponerle un esfuerzo lo dejaría. Tizziano estaba seguro.

El caso es que de una forma o de otra tenían que acostumbrarse al hecho de que la vida que conocían se había terminado. Con Héctor o sin él, ya no estaban en Italia. Tuvieron exactamente cinco minutos para éste proceso de adaptación, porque al dejar la terminal les estaba esperando una limusina. Se quedaron sin respiración al ver que Héctor caminaba hacia el lujoso coche como si fuera algo natural. Les abrió la puerta y les instó a subir, tras dar alguna indicaciones al chófer.

- ¿Es tuya? – preguntó Tizziano, y Héctor se rió.

- No. Reconozco que la he alquilado para fardar un poco. Para daros la bienvenida. Yo tengo un Q7.

Ni Clitzia ni Tizziano sabían lo que era un Q7, pero sonaba a mucho dinero. Se subieron, y en seguida atravesaron una autopista. Tizziano se fijó en el camino que estaban siguiendo.

- ¿Nos alejamos de la ciudad? – preguntó, extrañado. Tenía entendido que Héctor era de Madrid.

- No vivo en el casco urbano. Vivo en La Moraleja – explicó Héctor. – Está a trece kilómetros de Madrid.

Clitzia y Tizziano se miraron con la misma angustia en sus ojos: cada vez se alejaban más y más del camino que les llevaba de vuelta a casa, por si aquello…no, cuando aquello saliera mal. No tenían ni idea de qué era o dónde estaba La Moraleja, pero les sería difícil regresar al aeropuerto de Barajas desde allí.

La impresión que sintieron al ver la limusina no fue nada comparado con su reacción al llegar a la casa de Héctor. Bajaron del automóvil y se quedaron allí, de pie, sin decir o hacer nada.

- Pues ya estamos – dijo Héctor, sonriendo al detectar la admiración en los dos niños. - ¿Qué, entramos?

Héctor empezó a recorrer un camino de piedra que le llevaba hasta la puerta principal, pero se fijó en que los niños no le seguían. Tampoco le miraban. No despegaban la vista de la enorme casa blanca que tenían en frente.

The White House* era una mansión de 1700 metros cuadrados distribuidos en tres plantas, con amplios salones, siete suites, zona de servicio, dos cocinas de diseño, salón con gran chimenea en la planta principal y un espacio diáfano con grandes ventanales y salida al jardín. La parcela en la que estaba edificada tenía 5200 metros cuadrados, una fabulosa zona de spa, una piscina de contra corriente profesional, una piscina normal y un baño turco. Había también un gran jardín rodeado de robles y pinos que recordaban a un frondoso bosque.

Decorada con resinas y lacados blancos e impecables piezas de diseño contemporáneo, era enteramente blanca por dentro y por fuera. Clitzia y Tizziano sólo pudieron contemplar una parte ínfima de éste esplendor al ver sólo el exterior, y ya se sintieron sobrecogidos.

- ¿Qué pasa? – preguntó Héctor, viendo que no salían de esa especie de shock.

- Es imposible – dijo Tizziano.

- Esto tiene que ser el Cielo. – dijo Clitzia, con un suspiro que terminó en una sonrisa. A Héctor le hizo cierta gracia esta expresión.

- Pues si esto es el Cielo, tú tienes que ser un ángel, porque ahora vives aquí.

- No puede ser – negó Tizziano. - ¿Por qué te burlas de nosotros?

- Yo no me burlo de nadie. Esta es mi casa… - explicó Héctor, un tanto sorprendido. Se dijo que tendría que haber previsto esa reacción. Casi todo el mundo se quedaba pasmado al ver esa mansión: con más razón ellos después de la vida que habían llevado. – Venid. Vamos a dentro, y os la enseño. Tenéis que elegir habitación.

Clitzia le miró algo insegura, y de alguna forma Héctor supo lo que tenía que hacer. La tomó de la mano y la sonrió, indicando que no pasaba nada. La niña pareció relajarse con esto, y se dispuso a seguirle. Pero Tizziano tiró de su mano libre.

- Non andare con lui. – dijo, medio enfado. - Non vedi tu non lo conosci? Questo non può essere la sua casa, e se lo è…

non può desidera che noi stare con lui. – concluyó Clitzia, entendiendo lo que su hermano quería decir, y abatiéndose de pronto. Se había dejado ilusionar por lo hermoso que era aquél lugar. Se sentía como una princesa recién llegada a su nuevo palacio.

[Traducción: No vayas con él. ¿No ves que apenas le conoces? Esto no puede ser su casa, y si lo es…no puede querer que nos quedemos con él. ]

Héctor no entendió todo el diálogo, aunque sí captó las respectivas emociones de ambos chicos. Frunció el ceño al ver que no se decidían a acercarse más allá del punto en el que se encontraban.

- ¿Qué ocurre? No sé vosotros, pero yo quiero darme un baño, cenar, y acostarme.

- ¿Por qué estamos contigo? – preguntó Tizziano, con algo de agresividad. - ¿Por qué nos has traído aquí?

Héctor se vio en un dilema. Para todo el mundo, él era el padre biológico de los niños. Esa era la versión oficial. Sin embargo, era posible que los niños supieran la verdad. Después de todo tenían que tener un padre en algún lado… uno desconocido, ya que Clara había guardado el secreto con su vida, pero existente. Aunque la lógica decía que los niños no conocían a ese individuo (porque si no los funcionarios hubieran sabido a quién buscar, y que él no era el progenitor), a lo mejor sí sabían algo de él, porque su madre se lo dijera en algún momento. Podía darse el caso de que ellos supieran que él no era su padre, y aunque no lo supieran en algún momento tendría que decírselo.

- Vuestra madre os dejó a mi cargo – respondió entonces, ciñéndose a la pura verdad, pero reservándose el resto de información, de momento. – Eso me convierte en…

- ¡En nadie! ¿Te enteras? – espetó Tizziano. - ¡No eres nada nuestro y no tenemos por qué estar contigo!

Más sorprendido imposible. Héctor no entendía nada.

- ¿Es que no os gusta? – preguntó, señalando a la casa. Tal vez no querían vivir ahí.

- ¡Eres tú quien no nos gusta! - gritó Tizziano, pero por alguna razón a Héctor le pareció que era mentira.

- En ese caso, lo siento, porque importa poco si os gusto o no. Yo estoy a cargo ahora. Así que entrad en casa, y elegid una habitación.

Tizziano estaba un poco asombrado, porque estaba siendo bastante desagradable y aun así Héctor seguía animándole a entrar. Le estaba dando la excusa perfecta para deshacerse de ellos. ¿Por qué no lo hacía?

El niño no sabía bien si le estaba poniendo a prueba a él, o a sí mismo. No sabía si estaba viendo a ver si Héctor les quería allí de verdad, o si estaba intentando auto convencerse de que ese no era lugar para ellos, antes de forjarse esperanzas.

Decidió sacar la artillería pesada y empujó a Héctor con todas sus fuerzas, aunque éste no se movió ni un milímetro, como si una ardilla tratara de desplazar un muro.

- ¡Tú no me das órdenes! – gritó.

Héctor le sujetó por los hombros, y se inclinó un poco para mirarle cara a cara, a la misma altura. Le tocó la frente con dos dedos, en un gesto heredado que su padre hacía con él, para conseguir su atención.

- Sí, sí lo hago. Yo te digo lo que tienes que hacer, a dónde tienes que entrar y cómo tienes que comportarte. Yo te digo cuál es tu casa y con quién tienes que estar. Lo único que no puedo decirte es quién te agrada o te deja de agradar, aunque espero que con el tiempo entiendas que yo sólo quiero ayudarte.

Tizziano le miraba como hipnotizado. Tal vez fuera por la firmeza con la que le estaba hablando, pero sintió algo extraño en el estómago. Se dio cuenta que era la segunda vez que ese hombre le regañaba, y hacía mucho tiempo que nadie hacía eso, porque su madre había estado enferma durante muchos meses, y él había tenido que cuidar de su hermana… sin que nadie cuidara de él. Se mordió el labio, embargado por un montón de sensaciones contradictorias.

- ¿Viviremos aquí? – preguntó, inseguro.

- Como no quieras vivir en un árbol… - replicó Héctor, sonriendo un poco. – Esta es mi casa. Esta es nuestra casa.

- Demasiado bonito para ser verdad… - suspiró Clitzia, poniendo en palabras lo que Tizziano estaba pensando.

- Eso pensé yo cuando vi que dos personitas iban a ocuparla – respondió Héctor, haciéndole una caricia en la mejilla a la niña.

- ¿Personita? – protestó Tizziano, no muy contento con el apelativo.

- Hasta que llegues por lo menos a ésta altura sí – rió Héctor, y le revolvió el pelo.


N.A.: The White House existe de verdad, tiene ese nombre, y es tal cual la he descrito. Sí, lo sé, yo también quiero vivir ahí xD
Está el pequeño detalle de que cuesta
11.900.000 euros.