Prólogo

Un golpe a la puerta me sacó de la cama. Era ya bastante entrada la noche y afuera llovía bastante, así que supe que no debían ser buenas noticias. Me levanté y bajé a una velocidad de vértigo. Yo era cirujano, y era el único que vivía en este pequeño pueblito. Por lo tanto era casi normal que tuviera alguna emergencia por la noche. Sin embargo nada de lo que había vivido me hubiese preparado para lo que tenía ante mí.

Apoyado en el quicio de mi puerta, un muchachito apenas levantaba la vista del suelo. Tenía la pierna herida, y le sangraba profusamente.

—Gastón ¿Qué te ha sucedido?

El niño no dijo nada. Jamás había sido de muchas palabras, pero al menos me miró. Sus ojos azules estaban llenos de lágrimas contenidas. En todo el tiempo que lo conocía, jamás lo había visto tan afectado. Decidí dejar las preguntas para más tarde y lo ayudé a pasar y acomodarse en mi mesa de operaciones.

Sin dejarle protestar le corté la pernera del pantalón y dejé a la vista su herida. No me hizo falta mirarla mucho para darme cuenta que era un disparo. Me asaltaron muchas emociones, aunque creo que predominaban la sorpresa y la furia. Miré al muchacho, quien se sonrojó.

Suspiré y me tragué todas mis preguntas. Tenía un presentimiento sobre qué podría haber pasado. Con cuidado le limpié la herida y se la cosí. Me llamó la atención una vieja cicatriz que tenía en el pie, pero no dije nada.

—Ya he terminado con esto, en unas horas te dolerá menos.

—Gra-gracias —musitó. Apenas levantaba la vista del suelo. Antes de que pudiera impedirlo se puso de pie con dificultad —. Yo… creo que ya debo irme. Esto… no tengo… yo… —cerró los ojos y pareció tomar fuerzas para dejar de balbucear. —Sabes que no tengo dinero para pagarte.

Inmediatamente se ruborizó y fui consciente de la vergüenza que había tenido que pasar para decir estas palabras. Se me llenó el corazón con sólo verle. Sin embargo decidí mostrarme serio.

—En ningún momento te he dicho que vaya a cobrarte, así que tranquilo. Y si crees que voy a dejarte marchar en este estado, estás más que equivocado.

Gastón se mordió el labio. En el tiempo que lo conocía jamás me había rebatido. No más que no querer aceptar algún regalo. Pareció resignarse.

—Tengo que hacerlo, doc. La policía me está persiguiendo. Ellos me dispararon. Podría meterlo en un buen problema si me ven aquí.

Bien, eso explicaba todo. Debo admitir que me lo esperaba. Había escuchado una sirena cuando abrí la puerta.

—Eso ya lo sé. Pero no cambia lo que te he dicho. De todas formas, con la pierna así no podrás correr.

El niño me miró con la inseguridad pintada en los ojos. Parecía un perrito que han dejado de lado demasiado tiempo. Sin siquiera proponérmelo le acaricié el cabello. Tenía rizos. Se relajó ante mi contacto y suspiró ruidosamente.

En eso estábamos cuando la puerta se abrió. Unos cuantos policías entraron en la habitación. Gastón dio un respingo y me estrujó la mano con fuerza. Me sorprendió un poco que no tratara de escapar, pero debió deberse al estado de su pierna.

Miré inquisitivamente a la policía, hasta que reconocí a Bob. Me miró, como queriendo evitarlo, pero al final me explicó la situación.

—Martín, lamentó haber irrumpido así. Pero el chico se viene con nosotros. Lo encontramos robando las joyas de una dama de la zona norte. Lo hemos estado persiguiendo desde ahí. El precio es suficiente para pedir su cabeza.

Gastón palideció y me apretó con más fuerza si cabe. Supe que él sabía perfectamente las consecuencias de lo que había hecho. Si lo que robaba superaba cierto valor, el damnificado podía pedir la pena de muerte. Me rebelé ante esto. Quería a ese muchacho, lo conocía desde hacía un año y era una gran persona. Si robaba era porque no le quedaba otra opción, no porque le gustara. No iba a permitir que nadie le hiciera daño. Me propuse no gritar, pues sólo empeoraría la situación.

—Bob, lo conozco, es un buen chico. Debe haber algo que podamos hacer.

El comisario suspiró. Supe, por ese sencillo gesto, que tampoco le hacía gracia apresar al muchacho. Me miró un buen rato, escaneándome, hasta que pareció satisfecho.

—Si el muchacho tuviese alguien que se ocupara de él las cosas serían más fáciles. No tiene padres y vive solo. Pero si tuviera a alguien, sólo se debería pagar una multa, ya que tendríamos la garantía de que no estará solo y que no reincidirá.

Okey. Eso había sido un guiño en toda regla. Repasé mis opciones: hacerme cargo del muchacho y pagar su multa o dejar que lo mataran. Para mí la solución estaba clara. No tenía tiempo de pensar en cómo cambiaría mi vida el hecho de que un adolescente con problemas con la ley viviera en mi casa, pero lo otro no era una opción. Miró un minuto a Gastón. Sabía que el muchacho estaba solo, pero no sabía que tanto. Si hubiese sido consciente de que no tenía nadie que se ocupara de él, hacía tiempo que habría tomado esa decisión. El niño parecía confundido y abrumado. Me encontré con sus ojos, y si me quedaba alguna duda, aquello terminó de decidirme.

—¿Cuánto es lo que tengo que pagar? —dije mientras me dirigía a mis ahorros, consciente de que acababa de comenzar una nueva etapa de mi vida.