Ok... Esta nueva historia es un poco rara. Está inspirado en 300 y hace rato que quería escribir esta historia. Habrán algunos nombres que no son originales (enseguida se darán cuenta), y otros que sí lo serán, pero bueno... Sin más qué decir, les dejo con el prólogo de esta nueva historia.

¡Saludos!

EuRiv.


El Reino de los Guerreros.

Prólogo.

Era una noche de luna llena en una humilde choza apostada en las costas de Lagar, Thornwald.

Observando fijamente la luz de una vela, una mujer de cabellos castaños claros enredados sostenía entre sus brazos a una niña recién nacida. La madre de la niña, una joven mujer de piel clara, cabellos negros, ojos castaños, nariz perfilada y labios sonrosados, le inquirió con preocupación:

- ¿Qué es lo que ves, Kilauea?

Con labios temblorosos, la mujer continuó mirando fijamente la luz de la vela; la pequeña recién nacida empezó a moverse y a llorar, pero eso no detuvo el torrente de palabras que Kilauea La Vidente profería mientras veía en aquella luz en medio de la oscuridad toda una serie de acontecimientos futuros:

- Vientos de guerra soplarán desde el Levante hasta el Imperio – dijo -. Vientos de cambio llegarán desde las Tierras del Sur hasta las Tierras del Norte conquistadas por manos fersíes cubiertas de sangre. Todos los astrólogos y astrónomos del Imperio anunciarán desde este momento su nacimiento… Y el linaje de Ladón Medbh sentirá el miedo recorriéndose en sus espinas dorsales.

- ¿Por qué dices eso?

Kilauea cerró momentáneamente los ojos. Volviéndose hacia la joven mujer, acarició las mejillas de la niña recién nacida y le respondió:

- Esta niña traerá muchos disgustos a los fersíes. En sus manos cohabitarán la paz y la guerra, naturaleza común de los hijos de Esparta, especialmente de los de tu propia casa.

Se levantó de la silla y, entregando la niña a su madre, añadió:

- Has dado a luz a una guerrera.

- Dudo mucho que Aslan quiera que la críe como tal.

- Es tu hija.

- También es la suya.

- Pero no sabrá que la crías como espartana mientras lo hagas desde las sombras, Medea.

La aludida desvió la mirada mientras que Kilauea añadió:

- Tu niña heredó tu naturaleza. No se doblegará jamás a las convenciones del Norte. Jamás lo hará… Lo sé porque lo he visto.

Suspirando hondamente, Medea le replicó:

- Si Aslan la reconoce como suya, entonces no podré estar a su lado para criarla. Glauca la malcriará como lo ha hecho con todos los hijos que ha tenido con su amante y que, sin embargo, Aslan los reconoció como suyos por bien político. Prefiero mil veces que él no sepa de su existencia.

- No puedes. Sabes bien que Glauca siempre había deseado una niña.

- Pues que tenga la suya propia con su amante. Esta niña es mía… Vivienne es mía.

- ¿Vivienne?

- Sí. Vivienne Esparta es su nombre. No llevará el apellido de su padre, pero sí el mío. La criaré como fui criada: Sin convenciones idiotas.

Ambas mujeres se rieron; no obstante, aquella risa fue interrumpida por sendos golpes en la puerta. Medea tomó una espada que estaba al lado de la cama y la empuñó. Kilauea, por su parte, se acercó a la puerta y preguntó:

- ¿Quién es?

- Abran en nombre del rey – le respondió una voz varonil.

Kilauea se volvió hacia Medea; ésta asintió la cabeza mientras escondía la espada debajo de las sábanas. La Vidente abrió entonces la puerta y, encarando al guardia que estaba de pie frente a ella, preguntó:

- Buenas noches, mi buen señor. ¿En qué puedo ayudarle?

- El rey y la reina me enviaron a preguntar por la salud de la dama de compañía.

- Diles que se está recuperando de una fiebre, buen hombre.

- Debo verla.

- Hazle pasar – le dijo Medea, quien, habiendo adormecido a Vivienne, la escondió en una cesta debajo de la cama.

Kilauea obedeció y dejó pasar al soldado. Éste, al entrar a la choza, se acercó a Medea y le dijo:

- Sus Majestades están preocupadas por su salud, señora Medea.

- Bueno, como me veis, así estoy. He tenido una fuerte infección desde hace meses. El médico me dijo que parece ser que soy alérgica a las nueces, ya que me hincharon como a un pescado.

El soldado la observó detenidamente y, tras sacar conclusiones, le dijo:

- Con el debido respeto, señora, pero creo que usted está ocultando algo.

- Si cree que estoy mintiendo, pues está bien. No veo inconveniente ni me preocupa.

- La alergia a las nueces no lleva cuatro meses… O nueve meses, el período en donde una mujer está en estado.

- Oh…

- Soy el médico real, por cierto.

Medea desvió la mirada. El médico real, al notar aquella reacción, explicó:

- El rey sospechó desde el principio la razón de su indisposición repentina como dama de compañía. De ello enteró a la reina, quien decidió dispensarle en pago al favor que le hizo su esposo de reconocer a todos los hijos del señor Gedeón como suyos. Es por eso que ambos me enviaron para ver su estado de salud y el de la criatura.

La espartana, viendo que no había remedio, se estiró un poco y sacó la cesta con la niña moviéndose repentinamente ante la interrupción de su sueño, causando que estallara en llanto; al tenerla en su regazo, Medea empezó a arrullarla mientras que Kilauea, quien se puso al lado del médico, le dijo a éste:

- Es una niña. Su nombre es Vivienne.

- ¿Me permite verla? – preguntó el médico.

Medea, con desconfianza, se la entregó.

El médico la recostó en la cama y la examinó cuidadosamente. Al terminar, la tomó y, entregándosela a la madre, le dijo:

- La niña se ve fuerte y de buena salud.

- Gracias – replicó Medea.

El galeno asintió y, pidiendo permiso, se retiró de la choza. Kilauea, al ver que el médico montaba su caballo y se iba, cerró la puerta de la choza. Volviéndose hacia Medea, le dijo:

- Va a avisar al rey del nacimiento de la niña. ¿Qué harás?

- No lo sé, Kilauea. Posiblemente Aslan la reconozca como suya… Solo espero que su reina no la malcríe.

- No lo hará, mi amiga, no lo hará.

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Glauca Arpéia abrió la puerta de la sala del trono. Una de sus damas le había avisado que había llegado el médico real de su viaje a Lagar, donde vivía momentáneamente su dama de compañía, Medea.

Aslan Peloponesos, su esposo, estaba sentado en el trono mientras escuchaba el informe del médico real respecto a Medea y a la niña recién nacida. Luego de escuchar el informe, le dijo:

- Gracias, Daxos. Puedes retirarte.

- No hay de qué, Su Majestad. Mi Reina.

El médico se marchó de la sala del trono. Glauca, acercándose a su esposo, le preguntó:

- ¿Y bien?, ¿qué te dijo?

Aslan, mirándola de reojo, le dijo:

- Es una niña.

- ¿Una niña? ¡Oh, es maravilloso! ¡Una compañera de juegos para los chicos!

- ¿Qué? Es una niña, no un varón. Además, es mi hija, no una simple sirvienta.

- Por eso te lo digo: Ella crecerá con los niños y recibirá el tratamiento de princesa real por ser tu hija.

- Dudo que Medea quiera que la críe como tal.

Levantándose del trono, le dijo:

- Medea fue criada en el Sur. Ella es de Esparta, no de Thornwald.

- ¿Y eso qué tiene? Ambos estamos parejos en la situación. Me parece justo por todo lo que has hecho por mí y los chicos.

- Tú no entiendes: Las mujeres espartanas no se andan preocupando por vestidos, joyas y fiestas. Las espartanas son criadas para ser guerreras, libre pensadoras, madres y estadistas. Son personas lo suficientemente inteligentes para doblegarse a convenciones como las nuestras. Medea criará a Vivienne…

- ¿Vivienne? – interrumpió la reina – Es un nombre raro.

- Como dije: Medea criará a Vivienne como se cría en Esparta… Y consentiré eso sin importarme lo que digan en la corte.

- Ten cuidado, Aslan. Eso a muchos no les gustará.

- A nadie le gustó que reconociera a tus hijos con Gedeón como míos, Glauca… Y mucho menos les gustará la idea de tomar a Medea como segunda consorte.

Dicho eso, el rey se retiró de la sala del trono. Mientras tanto, desde el otro lado del muro, una sirvienta, quien había presenciado todo, salió caminando pausadamente hasta la cocina, donde le esperaba un enviado de Kilauea.

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- ¡Debe ser una broma! ¡No puedo hacerlo! – protestó Medea.

- Señora – le dijo Edró, el mensajero de Aslan-, la ley le permite al rey tener hasta dos esposas.

- ¡¿Dos esposas?! No… No, no, no, no. No… Eso no es aceptable. Al menos no para mí. Eso es peligroso y mucho más con los lobos hambrientos dispuestos a traicionarle en cualquier momento con los fersíes. ¿Se ha puesto a pensar el rey en las consecuencias de ese acto?

- Lo he pensado – interrumpió una voz.

Edró y Medea se volvieron. El mensajero, inclinando levemente la cabeza, le saludó:

- Mi rey.

- Déjanos solos, Edró – ordenó el monarca, quien tenía la barba afeitada y estaba ataviado de una camisa de seda roja con mangas de líneas plateadas, pantalón negro y botas.

- Sí, mi señor.

El mensajero se marchó. Medea, indispuesta, lo encaró y le dijo:

- No seré tu esposa.

- Medea…

- No.

- Medea, como segunda consorte tendrías los mismos privilegios de la primera consorte: Damas de compañía, sirvientes, apariciones oficiales…

- Aslan, eso no es correcto. No es correcto políticamente hablando.

- ¿De qué hablas? Mi madre fue segunda consorte. Siendo la cocinera de palacio, fue amante de mi padre.

- ¿Sin importar las consecuencias políticas que conllevaría?

- ¿Qué consecuencias?

Medea se apartó del rey y se acercó a la ventana. Con firmeza, aclaró:

- Un matrimonio de ese tipo no siempre lleva estabilidad política. De hecho, al casarme contigo, estarías dando a los fersíes la oportunidad de dirigir su mirada hacia el Sur.

- Los fersíes no lo harán si yo se los pido como el aliado que soy para ellos.

- ¡Qué poco conoces a los que te rodean, Aslan!

Volviéndose hacia el rey, añadió:

- No estoy dispuesta a arriesgar la vida de nuestra hija ni la de mi pueblo por esto. ¡Es un suicidio contraer matrimonio contigo a sabiendas de que Grecus planea una expedición hacia el Sur!

Aslan calló muy sorprendido mientras que Medea continuaba con su explicación:

- Kilauea me confirmó lo que había escuchado en palacio por boca de Gedeón mientras charlaba con Gratus, el embajador fersí. Una de sus visiones constató que Grecus pretende extender sus tentáculos hacia el Sur, hacia Esparta, Hicsa y Fithia, para ser exacta, pero ahí no termina la cosa.

Sus labios temblaron. Estaba consciente de que las próximas palabras que le diría a Aslan podrían desatar o una guerra o simplemente serían ignoradas, pero sabía que si no las decía, entonces todo estaría perdido.

- Siendo Thornwald, Tracia y Avalon las únicas tierras sin conquistar, Grecus ha puesto espías en todos lados de esos países, incluyendo aquí mismo, en este palacio.

- ¿Espías? ¿Por qué?

- Porque él quiere anexar Thornwald, Tracia y Avalon al Imperio como unas colonias más.

El rey continuó en silencio.

- Según me dijo Kilauea, los espías son todos hombres y mujeres protegidos por Glauca a instancias de Gedeón.

- Oh, no…

- Si ignoras la situación, Aslan, ellos te traicionarán en cualquier momento. Incluso Glauca te traicionará si Gedeón continúa manipulándola como ahora.

Las palabras de Medea cayeron como piedra en Aslan, quien, en pleno estado de shock, sintió que se tambaleaba.

Medea no le mentiría teniendo como base de sustento a la vidente imperial, Kilauea, de cuyas visiones él mismo había comprobado que eran verdaderas. Normalmente, como el rey caprichoso que era, desestimaría aquellas afirmaciones y obligaría a Medea a casarse con él por el mero hecho de que la deseaba y la amaba, pero no. Por primera vez en su vida se había dado cuenta de los alcances que tendría su matrimonio con ella; prácticamente estaría forzándola a poner en bandeja de plata a Esparta, cosa que ella no soportaría ni consentiría aunque le ofrecieran el oro de todo el mundo.

Sopesando las palabras de la espartana, la miró directamente a los ojos y le dijo:

- ¿Y qué sugieres que haga?

Medea, con pesar, le dijo:

- Lo mejor que puedes hacer es desconfiar de los favoritos de Glauca… Y tristemente de ella también.

- Glauca quiere que la niña conviva con los chicos.

- Mientras que Gedeón no le ponga la mano encima por ser una amenaza a sus planes, entonces estará bien.

- Puse a uno de sus hijos como heredero al trono. Vivienne no será una amenaza para él.

- Eso es lo que tú piensas, pero no lo sabremos hasta averiguarlo, Aslan.

El aludido suspiró.

Abrazó a Medea, sintiendo en la calidez de aquellos delgados y fuertes brazos la seguridad que siempre le había producido desde la primera vez que la estrechó, solo que a esa seguridad añadía la incertidumbre de saber qué pasará en su futuro y el de su recién formada familia.

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El Emperador Grecus III de Fersia estaba estupefacto.

Sus astrónomos y astrólogos, los más conocidos del Imperio, estaban ante su presencia discutiendo sobre un mismo asunto: El nacimiento del Linaje de la Destrucción del Imperio.

Eso ni siquiera su padre, el fallecido Grecus II El Gran Cazador, lo habría creído. De hecho, el occiso nunca creía en charlatanerías ni en supersticiones, salvo en la Videncia, el extraño don que los dioses otorgaban a quienes pensaban que obraría según la situación del Imperio.

Kilauea La Vidente, quien había regresado de Thornwald luego de haber concluido un retiro espiritual, estaba a su lado con la mirada seria. Al verla con ese semblante, el Emperador le preguntó:

- ¿Has visto lo que ellos vieron en las estrellas?

Kilauea, con tranquilidad, le replicó:

- He visto que habrá resistencia por parte de las tierras que pretendes conquistar, mi señor.

- ¿Y qué me cuentas del Linaje de la Destrucción?

- ¿De cuál Linaje hablas, hijo de Pherketh? Que yo recuerde, eso es un mito.

- ¡Las estrellas no mienten! – replicó Serapis, un anciano barbudo ataviado con una túnica azul con verde ceñida con un cinto de seda roja – Ellas nos han anunciado el surgimiento de la Madre Destrucción.

- ¿Y en dónde crees que está esa Madre Destrucción, buen sabio?

- Las estrellas señalan hacia las tierras de Thornwald y Tracia.

- Os recuerdo que hace unos diez años vosotros habíais anunciado lo mismo, Serapis.

El anciano calló mientras que Grecus, un poco más tranquilo, le dijo:

- Me parece increíble que estén anunciando de nueva cuenta el nacimiento de la Madre Destrucción cuando aún lo anunciaron en el pasado.

- Ese nacimiento de hace diez años era del Padre Destrucción, quien tiene igual importancia que este nacimiento.

- Kilauea no ha visto en sus visiones semejante cosa. ¿Cómo es posible eso?

- Bueno, es posible que los dioses no hayan querido revelarle a la Vidente la existencia de la Destrucción, mi señor.

- ¡Tonterías!

- Piensa así si queréis, mi Emperador… Pero esos niños se unirán y de ellos surgirá un poderoso linaje que pondrá fin al glorioso reinado de tu descendencia.

- No hay Linaje más poderoso que el de Ladón Medbh.

Serapis, con resolución, concluyó:

- No había linaje más poderoso que el de vuestro glorioso ancestro, mi Señor.

- ¡¿Cómo te atreves?! – exclamó el Emperador en furia - ¡Guardias!

Los guardias entraron a la suntuosa sala del trono. Tomando al anciano sabio, intentaron llevárselo, pero éste, consciente de lo que serían sus últimas palabras, dijo:

- Escucha mis palabras, Emperador necio: Esos niños que nacieron en un intervalo de 10 años son el receptáculo de un poderoso linaje que surgirá de las lejanías. ¡Ese Linaje de la Destrucción traerá consigo la guerra a este Imperio si no detienes tus ambiciones de conquistar todo lo conocido!

- ¡Llévenselo!

- ¡Detén esto antes de que tu ambición te consuma y lleve tu linaje a la muerte!

Los guardias sacaron a rastras de la sala del trono mientras que Kilauea, tratando de controlar su angustia, le dijo:

- Perdonad la vida de tu siervo, ¡oh, amadísimo Emperador! Es un anciano y no merece la cárcel por haber dicho cosas atribuidas a su senilidad.

- ¡Insultó el poder de mi linaje!

- Mi Señor, es un anciano. ¿No os ha dicho vuestro padre alguna vez que los ancianos pueden empezar a decir tonterías por la edad?

Grecus se mordió los labios.

Tras reflexionar un momento, mandó llamar a uno de los guardias y le dijo:

- Liberen al prisionero y díganle que está expulsado de la corte. Se le respetarán los privilegios obtenidos por su servicio, pero al morir él, esos privilegios se terminarán y su familia será vendida como esclavos.

- Sí, Poderoso Emperador.

Con un ademán, el Emperador despidió al guardia mientras que Kilauea, aliviada momentáneamente, se volvió hacia el Emperador y le preguntó:

- ¿Queréis que os vea el futuro, mi Señor?

- No estoy de humor, Vidente. Puedes retirarte a descansar.

La mujer inclinó su cabeza y se retiró del salón del trono.

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- Lo has visto, ¿no es así, Vidente? – preguntó Serapis Pendragón, uno de los astrólogos más famosos del Imperio, luego de observar la mirada de Kilauea, su antigua protegida.

- Sí… Lo he visto…

Pendragón bebió un sorbo de su té muy intranquilo. Kilauea, notando esa tranquilidad, le dijo:

- Sabes que Yobahín así lo ha querido, Serapis. Estas conquistas sangrientas deben terminar. El Emperador incluso debe dar la independencia a sus colonias.

- Estoy de acuerdo con ello, hija mía. Pero…

Riéndose quedamente, añadió:

- El hombre… ¡Ah, qué criatura tan complicada de comprender es el hombre! El hombre nació para ser libre, no para ser gobernado por alguien que no merece ni siquiera un beso a sus pies. El hombre nació para no dejarse consumir por la ambición de amasar la tierra en proporciones que jamás logrará controlar en su totalidad; puede manejar porciones pequeñas, pero porciones del tamaño del Sol jamás.

Se levantó de su asiento y observó el inmenso jardín que se presentaba ante su vista con nostalgia y con intranquilidad.

- Me temo que, de ser la voluntad de tu Dios, así van a ser las cosas – continuó hablando -. Grecus no está dispuesto a escuchar los consejos de aquellos que saben bien cuándo parar. Nadie de su dinastía lo ha hecho y él no será el primero ni el último en escuchar a quienes se preocupan verdaderamente por el bien de su pueblo… La ambición lo corroe, le da sed de más y más sin importar cuántas vidas inocentes caigan en sus manos.

Kilauea, comprendiendo las palabras del sabio, se levantó y le replicó:

- ¿Qué harás?

- ¿Yo? Salvar a mi familia. No sé cómo, pero lo haré… Pero eso no es tan importante como el mero hecho de que tu amiga espartana tenga que cuidarse las espaldas ahora que su niña nació… La niña que llevará en sus manos y en su vientre el final de este Imperio.

Ambos callaron un momento.

Kilauea se debatió entre hacerle una pregunta o dejar las cosas así como están; ella sabía desde su interior que Serapis temía a algo como para que le avisara al Emperador. Pensando que tal vez podría llevarse un disgusto, resolvió plantearle su duda:

- ¿A qué le temes, Serapis?

El sabio se volvió hacia La Vidente.

- ¿A qué te refieres?

La joven mujer se acercó a su ex protector y, poniendo una mano en su hombro, le contestó:

- Estás intranquilo desde que leíste en las estrellas el nacimiento de la hija de Medea. Eso indica que le temes a algo… ¿A qué?

Serapis se apartó y tomó asiento.

Resoplando, miró a La Vidente a los ojos y le dijo:

- No es que tenga miedo, Kilauea… Es sólo que simplemente me he dado cuenta lo bajo que hemos caído como Imperio y lo necesario que es para todos que el linaje de Ladon Medbh se extinguiera para siempre. Si bien eso no evita que surja un nuevo imperio con las mismas características, me di cuenta de que este imperio estaba condenado desde el principio a caer tan rápidamente como surgió.

Kilauea le miró sin comprender aquellas palabras, a lo que Serapis añadió:

- Mi niña… Si Grecus y sus hijos continúan arrebatando las tierras que jamás les pertenecieron, entonces una gran rebelión se desatará... Y eso es algo que sé que no viviré ni que veré en mis años de vejez.

La Vidente no pudo estar más que acorde.