Mel

LA CABEZA ME DOLÍA COMO NUNCA. O al menos eso podría haber dicho si ya por estos días no se hubiese transformado en algo habitual.

Caminaba sola a mi casa luego de la charla con Nate. A pesar de que se hubo ofrecido para traerme como buen amigo que era, me vi obligada a rechazarlo de inmediato. Bien sabía yo que donde más quería estar su corazón era en otro sitio, del otro lado de la ciudad. Si tienen que saberlo: con su novia, la Dani, una de mis mejores amigas de la Universidad. ¿Qué clase de amiga habría sido si le hubiese permitido estar un minuto más apartado de ella?

Igual que lo que más quería en esos momentos era estar sola…

Aunque cuando la noche estaba tan oscura como ahora, uno tendía a reformularse.

Ni una sola estrella asomaba en el cielo, hoy ni siquiera se podían entrever los pequeños, pero habituales pedacitos de luna que por lo menos te hacían saber que seguías en este planeta y que no habías sido tragada por un agujero negro. ¿Pero qué más se le podía pedir a Valdivia? Con sus eternas nubes e inexistente cielo, aun tenía material para sorprenderme.

El viento calaba a través de mi parka, como era típico de los meses de invierno. Miré hacia el cielo como si buscara algo, cuando lo que realmente hacía era olfatear el aire, por lo menos no olía a lluvia. Aún así, sólo una pequeña parte de mí sentía frío, la otra sentía vívidamente una vergüenza muy profunda.

¿En qué había estado pensando esta tarde cuando le había contado a Nate? Suspiré con resignación. De todas formas si no se lo decía yo se iba a enterar de igual modo—me sorprendería si no lo hubiese sabido ya. Las únicas personas en el mundo que sabían lo profunda, irracional y patéticamente enamorada que estaba de Matthew Elliot Watson—¿a qué no es un hermoso nombre?—eran la Pili y la Dani. La verdad, hubiese sido un secreto que hubiese preferido llevarme a la tumba, pero la insistencia, bipolaridad, y el constante estado de hiperventilación de la primera me habían encerrado en un Jaque Mate del que no había podido escapar—a menos claro, que hubiese mentido, pero si iba a empezar a mentirle a mis amigas, entonces a quién podría contarle la verdad—lo que se había traducido en que en el pequeño plazo de un día su enorme bocota hubiese guiado a que la segunda se enterase. Siendo justos, no hubiese sido la gran cosa de no ser porque, como ya saben, la Dani es la novia de mi nuevo amigo Nate—a quién le acababa de contar—quien resulta ser nada más y nada menos que el mejor amigo de Matt.

¿Menudo lío? ¡Ya lo creo!

Y el tema es que este chico, Matt, tenía como costumbre fingir no saber de mi existencia la mayoría del tiempo, cuando yo sabía que en realidad era mentira. No sé por qué lo hacía, o si era consciente de hacerlo, la cosa es que me estaba—está—volviendo loca. Si me ignora yo sufro, y cuando no lo hace me confunde. Porque sí, muchas otras veces se acercó a hacer preguntas e incluso una vez nos compro almuerzo—a la Pili y a mí—pero luego cuando le preguntamos mintió diciendo que lo había comprado Nate. ¿O quizá si lo compró Nate y me estoy poniendo más paranoica que de costumbre? Y las preguntas que hacía ni siquiera tenían mucho sentido…

Un instante era un tipo normal, al siguiente ya no lo era. Y sin embargo, no me podía quitar de la cabeza que todo lo que había hecho no era coincidencia. ¿Besar a una perra? ¿En serio? Y nada más y nada menos que a segundos de haberme hablado y a minutos de haberle confesado a la Pili… ¿Podía ser que de hecho hubiese escuchado nuestra conversación? ¿Aún con lo lejos que estaba? ¿Podía siginificar eso algo más? ¿Por qué yo? ¿Se estaba riendo de mí? ¿Disfrutaba verme sufrir? ¿Quería verme llorar?

Era tan raro.

Decidí enfocarme en mi caminar y en no toparme con indigentes o algún flaite en el camino—ni una gracia habría sido si me asaltaban—en vez de seguir con esa línea de pensamientos que sólo conseguirían sacarme más lágrimas. Pero las palabras que había respondido Nate a mi declaración seguían dando vueltas en mi cabeza. ¿Qué no tenía que tomarme a Matt muy en serio? ¿Qué era un idiota? Entonces, ¿Por qué su tono sugería que debía de armarme de paciencia? Como si no fuese algo a lo que podía llegar y sacar de mi vida. Como si estuviese condenada a seguir viéndole y relacionándome con él. Si es que a eso se le podía llamar relacionar… Y para colmo de todo había terminado diciendo que a pesar de todo no era un mal chico.

¡Aaaaaaaahhhh! ¡Sólo deseaba poder gritar!

Un par de manos me tomaron por la cadera desde atrás y entonces sí se cumplieron mis deseos de gritar.

ManosDeHombre, ManosDeHombre, ManosDeHombre. No podía darme el lujo de entrar en pánico, pero tampoco era como si tuviese muchas otras opciones. Reuní todas mis fuerzas y toda mi velocidad para impulsarme de sus propios brazos y adquirir el momentum que me permitiría girar. Me preparé mentalmente para dar un golpe certero, sólo uno, pero efectivo. Tendría que ser en la nariz o en las pelotas para darme tiempo de correr, pero por el ángulo de giro tendría que inclinarme por la primera. Lástima.

Pero las vueltas del destino hicieron que me parase en seco, aunque bien podría haber sido el tiempo el que se detuvo.

-¡Idiota!- grité al reconocer esos ojos mirándome intensamente en la oscuridad al tiempo que trataba de evitar el rubor que comenzaba a subir a mis mejillas-¡Casi te golpeo!-

Y menos mal no había optado por mi segunda opción. Sí, era oficial que ahora estaba completamente ruborizada.

-Pues deberías- Su voz sonaba fuera de lugar—más ronca—y la forma en que unía cada sílaba requería de toda mi concentración para lograr comprenderlas. Fue entonces que me golpeó el olor a copete que salía de él. Inconscientemente enrosqué la nariz-De hecho todavía estás a tiempo, así me enseñarías una lección. Es lo que merezco ¿o no?-

Sus palabras tenían sentido, quizá demasiado sentido, demasiada honestidad… Pero con lo poco que lo conocía y siguiendo los consejos de mis amigos—personas que le conocían aún más—podía saber que tal grado de honestidad no era algo que se pudiese esperar de él. No de él, no de Matt.

Respiré profundamente, rogando ordenar mis ideas y mantenerlas en línea todo el tiempo que llevase librarme de esa situación. El problema era, que no estaba segura de querer librarme de esa situación.

Cada uno de los detalles de su rostro—no, de su cuerpo—parecía llamar a su vez a cada una de mis células a actuar. Quería tocarlo, acariciar su cabello, recorrer los pómulos de su cara con mis dedos. Quería sentir sus brazos alrededor de los míos, sus manos juguetear con mi pelo. Y sobre todo quería saber qué se sentiría sentir sus labios acariciar los míos. ¿Sería suave? ¿Agresivo? ¿Salvaje? No podía decir que me molestase alguna de esas ideas, por mucho que me pesase. Sabía que era estúpido, sentir todo eso por una persona a la que vagamente conocía, sobre todo porque nunca había sido del tipo de personas superficial y aún así había algo en él…

Matt.

¡Pero NO! ¡Contrólate Melissa Poblete por favor! Me ordené con la suficiente fuerza como para poder volver a respirar.

-Matt ¿Qué haces aquí?- fue todo lo que conseguí decir. Pero una pequeña parte de mí intuía que me había estado siguiendo. Sólo porque se trataba de mi parte más egocéntrica era que decidía no escucharla.

-¿No vas a golpearme?-

-¿Por qué iba a golpearte?-

-¿Entonces no te molesta?- volvió a cubrir la distancia que nos separaba y a tomarme por la cadera. Era consciente de cada centímetro donde su piel tocaba mi cuerpo, a pesar de ser a través de mis jeans. Sentía mi cuerpo arder de regocijo ante la calidez de su cuerpo y podía saber, con toda seguridad de que podía perder mi mente en cualquier segundo.

-¡Sueltame!- conseguí gritar, y para mi asombro, mi voz salió más firme de lo que realmente me sentía.

¡Success! Celebré en mi fuero interno.

El resultado fue inmediato, y ya no sabía si había ganado o perdido.

-Entonces deberías golpearme- volvió a insistir -¡Golpeame!- La última palabra se le escapó media quebraba y yo comenzaba a preguntarme si quizá, no había algo más en su petición. ¿Una razón que valiese la pena? ¿Cien por ciento justificable y cuerda? Pero la verdad era que estaba completamente curado-¡Golpeame Mel!-

Aún estado curado mi nombre sonaba como una canción en sus labios. Así de intensa. Así de melodiosa… Pero rápidamente logré empujar los sentimientos que comenzaban aparecer. Creo que esa era la primera vez que le escuchaba llamarme por mi nombre…

-¿Por qué quieres que te golpee?-

-Porque al menos así tendría una razón para recordar mantener mi distancia-

Distancia. Él quería mantener su distancia, ahí estaba, lo había dicho, no era parte de mi imaginación. De pronto la rabia pudo más conmigo.

-¡¿Qué?! ¿Alejarte? ¡Pero qué diablos! ¿Qué te hice? ¡¿Qué te he hecho para que quieras alejarte con tantas ganas?!- Cuando apenas y hacía un rato me había tomado por la espalda.

-¿Que qué me hiciste? ¡Todo! ¡Sobre todo querer hacer esto!-

Y de pronto ya no sabía ni como me llamaba. Un calor me irradiaba todo el cuerpo, cálido y cómodo. Como si fuésemos hechos para estar cerca. Sentía sus dos manos sujetando firmemente ambos lados de mi mandíbula y un poco más arriba, sus labios impulsados con una ferocidad casi hambrienta sobre los míos.

Su respiración agitada sobre mi mejilla sobresaltaba a la vez la mía, haciendo que me olvidase del mundo. De todo, incluso de su olor a alcohol. Pero no podía olvidarme…

Una vocecita en mi cabeza me advertía que eso estaba mal, que no podía permitirlo, él estaba con otra. ¡Maldita Estefanía! Y además estaba curado ¿Qué me hacía pensar que realmente ese beso estaba dedicado hacia mí?

¡Al diablo con todo! ¡Y que me pudra en el infierno!

Estaba aburrida de ser la niña buena, la chica santa, que siempre hacía lo correcto, que cumplía en esfuerzo siempre, tanto en casa como en clases e incluso con mis amistades. Tenía tanto derecho a esto como todos los demás, tanto derecho a ser feliz como todos y sobre todo tanto derecho de besar al hombre que me tenía entre sus brazos como lo tenía Estefanía—¡sino más! Ella andaba por ahí besando a cuanto hombre quisiese y yo solo quería a uno. A Matt.

Por una vez en mi vida, me iba a dejar ir. Sólo iba a sentir. Ya mañana habría tiempo de llorar si era necesario. Lo que era hoy, lo traje más hacia mí, justo cuando la lluvia comenzó a caer. Valdivia nuevamente me sorprendía con lo obvio. Gracias Valdivia, una vez más llegaría mojada a mi casa, pero una cosa era seguro, esta noche, aunque oscura, ya no sería tan fría como las otras.