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«EL MONSTRUO DE AZUL»

Por Phaenna.

El monstruo está atrapado en la cocina.

La abuela me dice que no me preocupe y que suba a mi habitación, pero no le hago caso. Estoy cansada de hacer caso. Estoy cansada de los gritos. Estoy cansada de que el monstruo me odie. Y estoy aún más cansada de que el monstruo sea mi mamá.

¿Por qué mi mamá no me quiere? A veces, por las noches, bajo sigilosamente a la cocina y la observo durante largos minutos: son los únicos momentos en los cuales está silenciosa, bebiendo de una botella y respirando a la propia mesa... Observándolos como si fueran más importantes que yo.

¿Por qué mi mamá quiere más a una botella y a una mesa que a mí? Ahora veo a mi abuela y al monstruo discutiendo, y temo que hayan golpes como hace unos días. Es mejor que no me descubran, así que me acerco unos pasos más hacia la puerta, y me encierro en el armario de las escobas.

—Las odio —oigo decir al monstruo, y su tono de voz me provoca escalofríos—. ¡Me quiero ir de esta casa y no volver más!

Aunque me tapo las orejas con las manos, no es suficiente y sigo oyendo lo que dicen.

—Vete —dice mi abuela con calma—, y no verás más a Azul. Ve a convertirte en otra puta más de la cuadra, que es lo que estás ansiando hace mucho.

No entiendo en su totalidad lo que dice, pero sé que no es bueno. Mi abuela puede gritar y puede ser cariñosa, pero nunca habla de ese modo. Jamás.

—No me importa Azul —espeta el monstruo, y las lágrimas que tanto intenté evadir comienzan a resbalar por mis mejillas sonrosadas.

—Pero sí te importa ir a drogarte a la esquina, ¿no?

Cuando nadie contesta, sé que la respuesta es afirmativa. No sé que es drogar pero sí se que, tal como la botella y la mesa, los quiere más que a mí. Le importan más que yo, que su hija. Me odia, me lo dice siempre. Me grita que preferiría que yo no hubiese nacido, que preferiría haber seguido con su vida.

—La niña tiene que comer, Rafaela —continúa mi abuela. Cuando dice al monstruo su nombre, sé que está mucho más enojada de lo que aparenta—, tiene que tener ropa con que vestirse. Necesita cosas, cosas que se supone que su madre le dará.

—Ve a pedir cosas por caridad.

Tampoco sé qué significa eso, pero igualmente me duele.

—¿Por qué no las pides tú? ¡Al menos haz eso por tu hija!

—¡Esa niña no es más mi hija! —grita el monstruo, y ahora no puedo dejar de llorar—. El dinero que gano es mío, no de esa chiquilla. ¡Que se muera de hambre si quiere! Y ojalá que contigo suceda lo mismo. —Acto seguido, sale de la cocina golpeando con fuerza la puerta.

En este momento estoy apretando con fuerza mis orejas, pero las palabras del monstruo no dejan de repetirse en mi cabeza una y otra vez. Mi abuela siempre habla del egoísmo de Rafaela, pero hasta hoy no había entendido de qué se trataba. Mi mamá no me quiere.

Y el monstruo al fin se liberó de sus ataduras.


Tenía que escribir sobre el egoísmo. Según la RAE, es un "inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de los demás", y en ello me basé para este relato. No pude contar todo lo que quería contar por el simple hecho de que las palabras no salían, y de que me dolía plantear una madre tan egoísta sobre la vida de su propia hija... Pero fue lo único que se me ocurrió. También siento que me quedó un poco raro narrándolo desde la perspectiva de una niña pequeña. No sé. Gracias por leer :)