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Me tocó: Revolución Industrial


Ned se encaminó a paso resuelto detrás de Matthew Robins, el hombre rechoncho que lo había despertado a mitad de la noche. Estaba bastante molesto por aquella interrupción del sueño, pero no podía quejarse, después de todo, era su trabajo, y si él rechazaba el encargo, otro lo tomaría, robándole las ganancias. Y nunca permitiría algo así.

—Detective Hope, ya llegamos— le llamó Matthew, sacándolo de sus pensamientos.

Ned ignoró a las personas que estaban congregadas frente a la puerta de la fábrica, y dirigió su mirada al suelo, donde estaba el cuerpo inerte de un hombre. Por su palidez, supuso que llevaba varias horas muerto. Se acercó al cadáver y notó un gran tajo en el cuello. No era tan difícil deducir la causa de la muerte. Sin agregar una palabra, miró al hombre que lo había traído ahí, interrogándolo con la mirada sobre la identidad del difunto.

—Se llamaba John Boyle— respondió el hombre—trabajábamos juntos.

El detective asintió, y volvió a examinar el cadáver. No parecía tener nada extraordinario, y la única herida visible era la del cuello. Le levantó la playera para examinar el torso, pero no había nada interesante, así que decidió mover la cabeza en busca de algún otro golpe. Al no encontrar nada fuera de lo común, llegó a la conclusión que el asesino había sorprendido a su víctima, tomando al hombre desprevenido.

Haciendo un gesto para dispersar a los curiosos, examinó el suelo alrededor del cuerpo. Las lluvias que habían caído sobre la ciudad durante el día, habían trasformado la calle en un camino lodoso, y eso podría ser una gran ventaja, se podrían encontrar huellas del asesino y así seguir el camino. Pero la multitud a su lado había borrado cualquier rastro del delincuente. Soltando un bufido de fastidio por tener que prolongar la investigación, examinó nuevamente los detalles. Miró los zapatos enlodados de John, los pantalones empolvados por el trabajo del día, la camisa recubierta de sangre, la barba descuidada, el cabello sucio; no había nada que le llamara particularmente la atención.

Se reprendió mentalmente al notar que había cometido un enorme error. Por supuesto que algo estaba fuera de lugar, pero por el estado desastroso de la escena del crimen, no lo había notado. En el suelo no había ni una gota de sangre, y por la cantidad que tendría que haber perdido el hombre, tendría que haber por lo menos una mancha rojiza. Pero no había nada. Eso era una buena señal, al menos sabría por dónde empezar.

Sin decir palabras, comenzó a analizar su entorno. El asesino había llevado el cuerpo hasta ahí, pero al parecer, la víctima era corpulenta y por lo tanto, pesada, lo que conducía a pensar que lo había matado cerca del lugar. Miró a su derecha, la calle ancha rodeada por las casas de los obreros no parecía un buen escenario, demasiado concurrida aún en la noche. A su izquierda, la calle terminaba con una hilera de negocios, protegidos de las miradas indiscretas por un pequeño pórtico. El lugar ideal, a su parecer.

Caminó velozmente, seguido por el Señor Robins y una mujer desconocida, hasta los arcos, y observó cada centímetro del lugar, sin encontrar lo que tanto buscaba. Torciendo la nariz con disgusto, volvió hasta el cuerpo del Señor Boyle y volvió a estudiar el entorno. Detrás de él, había un pequeño callejón oscuro, que habría sido un perfecto escenario de no tener unas largas escaleras por las cuales le habría sido imposible subir al muerto. Eso solo dejaba una opción, la fábrica que estaba frente a ellos.

Se acercó a la puerta y la empujó con el pie, notando que estaba abierta. Se adentró en la habitación oscura, y maldijo la deficiente iluminación del exterior, que no lograba alumbrar el lugar lo suficiente.

—Necesito luz— dijo dirigiéndose a Matthew, y el hombre salió deprisa de la fábrica. Unos minutos más tarde, estaba de regreso con unas velas.

—Es lo que pude conseguir— se justificó.

Ned las tomó y comenzó a avanzar despacio, apuntando la luz de la pequeña flama hacia el piso. Unos pasos más adelante, encontró unas manchas de sangre sobre las cuales había sido claramente arrastrado algo. Con una sonrisa de satisfacción en el rostro, siguió el rastro carmesí y llegó al lugar donde se había llevado a cabo el homicidio.

El cuarto era pequeño, había una mesa con hojas encima y una pequeña estantería con papeles enrollados, quizás algunos proyectos de la empresa. Cerca de la mesa, había un enorme charco de sangre, seguramente de la víctima. Volteó a ver a Matthew y le preguntó que era esa habitación.

—Es la oficina del Señor Starke, el dueño de la fábrica.

El detective Hope asintió, y se encaminó a la salida, dejando perplejo a su acompañante.

—Regresaré en el día, no puedo ver nada ahora —se explicó.

Al llegar a la entrada de la fábrica una mujer lo estaba esperando. Tenía los brazos cruzados, y una mirada de angustia en el rostro. Se acercó a él.

—¿Sabe qué pasó?—preguntó en un susurro. El detective la miró con las cejas arqueadas, y ella se apresuró a añadir—Soy Mary, la esposa de John.

Ned se sorprendió al oír quien era la mujer que había estado pendiente de todos sus movimientos desde que había llegado, pero era un golpe de suerte haberla encontrado, podría hablarle sobre su marido, mientras esperaba la luz del día para seguir con la investigación.

—Vamos a su casa, necesito saber algunas cosas.

oOoOo

El departamento de la familia Boyle era igual de pequeño y sucio que el de cualquier obrero de la ciudad. En la pequeña sala, cuatro personas estaban esperando a Mary. En cuanto entraron, los cuatro se sobresaltaron y una niña avanzó hacia la mujer.

—¡Mamá!— gritó la más pequeña de la familia —¿Encontraste a papá?

Mary rompió en llanto, contándoles a sus hijos lo que había pasado, y ellos no tardaron en unirse al lamento de la mujer. Ned por su lado estaba bastante incomodo con la situación, y tras carraspear para llamar la atención, le preguntó a la mujer que le hablara de la vida del Señor Boyle. Tras ofrecerle una taza de té, la mujer comenzó a relatar la historia.

Mary y John Boyle se habían conocido hace más de quince años. Ella había empezado a trabajar en una fábrica de telas, mientras él había abandonado los campos después de que el taller donde trabaja había quebrado, y había buscado fortuna en la ciudad. Había encontrado rápidamente trabajo en la fábrica siderúrgica, y al poco tiempo de conocerse se habían casado.

La pareja había tenido cuarto hijos. El hijo más grande, Henry, tenía catorce años y trabajaba en la fábrica con su padre. Richard, el segundo hijo, tenía diez años y ayudaba en la minera de carbón junto con su hermano Thomas, de ocho años. Ann, con tan solo seis años, ayudaba a su madre en la fábrica textil, esperando su turno para poder entrar en el mercado laboral.

Hasta ahora, no había nada ni remotamente sospechoso por lo cual seguir la investigación, y Ned terminó aburriéndose, fingiendo escuchar a la mujer mientras intentaba mantener los ojos abiertos. El té caliente y el tedioso relato de la señora, lo habían hecho caer en un estado de sopor agradable. Los parpados le comenzaron a pesar, la mente a nublarse, y justo cuando la conciencia le abandonaba el cuerpo, uno de los hijos habló.

—Mi padre tuvo una discusión con el señor Starke en la fábrica hace algunas noches — comentó Henry.

—¿Sabes el motivo del altercado?— preguntó el detective, espabilándose con la nueva información.

—Mi padre le estaba exigiendo un mejor salario para mí, decía que ya era un adulto y que tenía que pagarme más, pero el Señor Starke le contestó que debíamos conformarnos o nos dejaría sin trabajo a los dos.

El detective Hope sabía que eso era una situación habitual desde que los talleres habían cerrado y las fábricas eran cada vez más grande y poderosas en la ciudad. No había que sorprenderse por los malos tratos a los empleados, ni los bajos sueldo a mujeres y niños, pero siempre había algún revolucionario que quería tratar de conseguir algo mejor. Estaba ese grupo nuevo que se hacía llamar ludistas, o algo por el estilo, que querían intentar destruir todas las maquinas para volver a los viejos tiempos, pero Ned dudaba que tuvieran éxito.

—¿El señor Boyle estaba en algún grupo de protesta?— cuestionó él, pensando que eso podría haberle acarreado varios problemas.

—¡Por supuesto que no!— chilló Mary escandalizada —Era un buen hombre, y se la pasaba trabajando para poder mantener a su familia. Nunca haría nada como eso, y menos si con eso podría haber perdido su empleo. El Señor Starke tiene unas largas jornadas laborales, y créame señor, nadie podría ir a romper cosas después de eso.

Ese tal Señor Starke era el único sospechoso que tenía por el momento, en su oficina había ocurrido el asesinato, y ahora se enteraba de que había problemas entre la víctima y su jefe. Se levantó de su asiento, y tras despedirse apresuradamente, salió rumbo a la fábrica. El sol comenzaba a asomar tras las casas del barrio, y muchos obreros salían de sus hogares para empezar su día de trabajo.

Al ver la ciudad despertar, Ned supo que era hora de volver a la fábrica para examinar el lugar.

oOoOo

Una hora más tarde, tras desayunar algo, el detective Hope llegó a la fábrica del Señor Starke. Sin esperar invitación, entró al lugar y fue recibido por unos gritos.

—¿Quién entró a mis aposentos?— gritaba un hombre a los obreros —Si descubro quien fue, se irá. No volverá a trabajar aquí.

—No es necesario, su hombre ya está muerto— intervino Ned.

—¿Y quién es usted?— gritó Starke.

Tras presentarse como el detective Ned Hope, Joseph Starke se tranquilizó y lo guió de vuelta a su oficina. Ned le explicó al hombre como habían encontrado a su trabajador, John Boyle, durante la noche y le habían llamado para encontrar al asesino. Observó con detalle la reacción del dueño de la empresa, pero no parecía estar nervioso, más bien estaba aburrido con los detalles.

—Parece que aquí lo mataron— dijo Ned en cuanto entró al lugar.

A la luz del día, la escena parecía más espeluznante. En el piso estaba el charco de sangre que había notado unas horas antes, pero la habitación no estaba tan ordenada como parecía. Los papeles del escritorio estaban manchados por el líquido carmesí, y algunos habían caído al suelo, empapándose y quedando inservibles.

Joseph despotricó un par de veces antes de intentar salvar sus papeles, mientras el detective intentaba encontrar algo que le ayudara a dar con el asesino. Por las marcas rojizas en la mesa, cerca del asiento del señor Starke, John había estado parado al otro lado, inclinado hacia adelante, probablemente hurgando en las cosas de su jefe.

—¿Cómo sabe que no estaba en mi asiento?— preguntó Joseph tratando de entender la lógica del detective.

—Mire la dirección de la sangre. Va desde el centro de la mesa, hacia la silla. Sería al revés si hubiera estado parado en su lugar.

El hombre asintió, entendiendo el razonamiento y Ned volvió a sus especulaciones. El delincuente lo había sorprendido en esa posición, por eso le había sido tan fácil rematarlo. Seguramente se había acercado por detrás sigilosamente y en un rápido movimiento le había rebanado el cuello con un cuchillo afilado. John probablemente había tenido segundos para reaccionar, enderezarse, ver a su verdugo y caer al suelo soltando su último aliento. El asesino entonces, lo habría tomado de los pies y arrastrado hasta la entrada. No, no tenía el cabello ensangrentado como habría ocurrido de haberlo jalado por sus extremidades inferiores, así que lo había alzado por los hombros para llevarlo a su destino final.

Ahora que todo cuadraba y no había duda sobre como se había llevado a cabo el crimen, necesitaba descubrir el motivo por el cual se encontraba John ahí, y sobre todo, que buscaba. Al volver a observar el lugar, comenzó a descartar algunas posibilidades. No había ido por los libros, pues estaban en el estante a lado de la puerta, los pergaminos enrollados estaban en su sitio, según el testimonio de Joseph y lo único que había sido desordenado era el escritorio. Se acercó y captó con el rabillo del ojo un papel arrugado que se había caído, salvándose milagrosamente de la sangre. Se agachó y comenzó a desdoblarlo, encontrando los planos de una nueva máquina para la empresa. El señor Starke le arrebató el papel y lo miró.

—¡Maldito, quería robarme mi último invento!—gritó furioso y golpeó la mesa con el puño.

El detective enarcó una ceja ante el exabrupto, anotando mentalmente que ese hombre frente a él parecía cada vez más sospechoso. Decidido a encontrar pruebas más contundentes, pues no quería que se escapara a la justicia, decidió que tendría que volver a hablar con Matthew, el compañero de la víctima.

Encontró al señor Robins concentrado frente a una máquina, moviendo palancas y vertiendo mezclas de metales. Al oír alguien acercarse, Matthew levantó la cabeza y saludó al detective con un movimiento de esta.

—Necesito que me hable de la víctima— dijo sin rodeos.

El obrero le explicó que en ese momento no podía ausentarse del trabajo, pero lo vería frente a la fábrica al terminar su turno. Ned decidió aprovechar ese tiempo para ir a descansar; tenía que recuperar el sueño perdido la noche anterior.

oOoOo

Varias horas más tarde, Ned se despertó. Tras desperezarse, se preparó algo de comer y finalmente salió rumbo a la fábrica. El aire frio lo golpeó a la cara en cuanto cruzó el umbral, y terminó de despejarlo. El sol ya se había metido hacia un par de horas y ahora solo las calles principales estaban iluminadas. Ned se ajustó su abrigo y caminó a paso veloz hasta llegar en la pequeña plaza donde había encontrado al señor Boyle.

Matthew Robins lo estaba esperando frente a la puerta y al verlo llegar, le hizo un gesto con la mano. Se dirigieron a los pórticos que estaban cerca del lugar y se sentaron en un banco de piedra. El detective comenzó a interrogar al hombre y este le contó todo lo que sabía sobre John.

—Era buen trabajador, pero tenía la convicción de que podía ser mucho más en la vida. Siempre decía que el Señor Starke se hacía rico gracias a nuestro duro trabajo y él no iba a permitirlo. Según él, podía abrir su propia fábrica, amasar una fortuna y entrar en la gentry, como tantos otros hicieron— Eso explicaba porque el hombre había intentado robar los planos de su jefe. —también decía que estaba cansado del trato del Señor Starke, repetía que si no le comenzaba a pagar mejor a su hijo, toda su familia se iría a las Colonias, aunque nunca lo llevaría a cabo, porque no sabía que tal recibirían a los ingleses después de la independencia.

El detective llegó a la conclusión que John era un revoltoso, y podría haber acumulado enemigos en muchos lugares, uno de ellos lo había encontrado en un momento vulnerable y había decidido no perder la oportunidad. Ya estaba listo para dar por concluida la investigación, así que después de agradecer a Matthew por su ayuda, se levantó y comenzó a alejarse, cuando un grito llamó su atención. Miró al señor Robins, pero este ya estaba entrando a la fábrica, siguiendo el sonido.

El detective corrió tras él y lo agarró por el brazo, frenándolo. Se llevó un dedo a los labios, indicándole que fuera silencioso y se adentraron al lugar. Unos ruidos de forcejeo llegaron desde los aposentos de Joseph, y Ned aguzó su oído.

—Esa vez no te vas a salvar—dijo un desconocido —anoche me equivoqué, pero no va a volver a pasar.

El detective Hope irrumpió en la habitación y se encontró frente a un hombre con un cuchillo en la mano, que intentaba herir infructuosamente al señor Starke. "¡Es el asesino!" pensó Ned estupefacto, pero sin mover un musculo. Había quedado muy sorprendido con la escena, y se había quedado petrificado. Un segundo más tarde, el delincuente se encontraba desmayado en el suelo. El detective levantó la vista y vio a Matthew con un martillo en la mano, con el cual había dejado inconsciente al asaltante.

Tras recuperar el movimiento de su cuerpo, levantó al sospechoso y lo llevó ante la autoridad. Ahí lo encerraron durante horas en una habitación y con "técnicas muy persuasivas", lograron sacarle una confesión. El delincuente, que resultó llamarse Jack Carr, había planeado el homicidio de Joseph Starke desde hace meses, por el simple hecho de querer vengarse de él. Al parecer, Joseph le había comprado su viejo taller al señor Carr y había transformado el lugar en la fábrica que lo había vuelto rico. Jack no le perdonaba haberle timado de esa forma, engatusándolo para vender su negocio por una miseria y dejándolo sin su sustento para vivir, así que habría maquinado una sencilla represalia, con la cual él quedaría satisfecho y el otro pagaría por sus pecados.

Pero John Boyle había complicado las cosas. El día que Jack había escogido para actuar, John había decidido poner en marcha su plan para volverse alguien en la sociedad inglesa. El señor Carr había sorprendido el señor Boyle en medio del hurto, pero no se había percatado de su identidad. Luego de herirlo gravemente y esperar que el desangramiento hiciera lo suyo, lo llevó a rastras hasta la entrada de la fábrica que tanto odiaba, pues quería mostrar su buena obra a todos los ciudadanos. A la luz de las farolas, se dio cuenta de su error, el hombre al que acababa de asesinar no era la víctima que quería. La noche siguiente, a pesar de saber que un detective estaba buscando al culpable del crimen, no había podido resistirse y había ido corriendo para terminar con su venganza.

El detective Hope había escuchado la confesión con poco interés, mas se había sentido estúpido al no prever ese escenario. En ningún momento se le había ocurrido pensar que la muerte de John Boyle hacía sido un accidente desafortunado, la víctima había estado en el lugar y el momento equivocado.

Sin quedarse a escuchar la sentencia –seguramente lo ahorcarían como hacían con todos los homicidas- el detective Ned Hope cobró por sus servicios y se fue a su casa, decidido a borrar ese lastimoso episodio de su cabeza. No se molestó en informar a la familia Boyle sobre lo acontecido, probablemente Matthew Robins lo haría.


Notas:

Esa es mi pequeña aportación :D, está ambientada a principios del S. XIX.

intenté no enfocarme demasiado en los eventos de la revolución industrial, pero traté de reflejar la vida de un obrero común (John Boyle), de un artesano que había perdido el trabajo por las fábricas (Jack Carr) y de lo despiadados que eran los dueños de las empresas (Joseph Starke). El detective Ned Hope me encanta, no le interesaba mucho resolver el crimen, el solo quería cobrar, por eso se había dado por vencido tan rápido xD

¿Alguien notó mi pequeño chiste con el asesino? Tiene que ver con su nombre... sí, es Jack el degollador xDDD