Hola, un placer.

He decidido hacerme un pequeño lugar aquí, en la muy exigente FictionPress. Espero que les guste, y cualquier crítica, sugerencia o amenaza, review o PM, por favor. Nada de cartas con ántrax.


REUNIÓN

El humo y el vapor ascendían en espirales desde las alcantarillas, creando formas neblinosas y fantasmales que confundían la vista. Llovía suavemente, no lo suficiente como para diluir el olor a gasolina, basura y aceite de motor que llenaba el aire. Todo tenía un tono gris ceniciento, desde las paredes de las enormes fábricas y ruinosos edificios en torno al callejón, hasta el suelo cubierto de charcos. La gente pasaba a su alrededor, sobre bicicletas o corriendo, salpicando agua a cada paso.

Caminó con pasos largos y relajados, con la cabeza hundida en la capucha de su larga gabardina oscura, y sus botas salpicando al pisar el agua. Se acercó lentamente a la única fuente de calor de la sucia calle, esquivando a los peatones que corrían. El pequeño puesto callejero olía desde lejos a aceite usado y licor barato, pero no le molestaba. De una manera algo absurda, llegaba a hacerlo sentir nostálgico. Apartó la pequeña cortina, siendo recibido por una vaharada de aire caliente del interior.

El tendero, un hombre regordete y de rostro arrugado, apenas le dirigió la mirada un segundo. Se secó las manos en su sucio delantal negro y se volvió hacia la estantería que tenía detrás, sacando una botella llena de líquido lechoso. Volcó parte del contenido en un tazón y lo colocó frente al taburete en el extremo izquierdo del mostrador, en el que el extraño ya estaba tomando asiento.

El hombre de la gabardina sonrió levemente, dando un trago al tazón de sake. El puesto era diminuto, con apenas cuatro taburetes viejos y una barra de madera resquebrajada. Tras ella, sobre un fogón portátil, una olla llena de algún guiso inidentificable hervía lentamente, inundando, poco a poco, el pequeño espacio de un olor dulzón. El hombre de la gabardina dio otro trago de licor, mirando al tendero de reojo. No le prestaba ninguna atención, concentrado en limpiar una taza sucia con un trapo aún más sucio.

A los pocos segundos entró otro cliente, un hombre bajo con un uniforme manchado de grasa, que se dejó caer pesadamente en la barra, en el extremo opuesto. Debía ser un cliente habitual, porque el vendedor ni siquiera pestañeó antes de servirle un cuenco del guiso y una taza de sake para después intercambiar rápidos diálogos en japonés, tan deprisa que costaba seguirlos.

El hombre de la gabardina entrecerró los ojos, notando los sentidos ligeramente embotados por el fuerte licor, imaginando por un momento que las frases rápidas dichas casi a gritos eran en portugués, y que el sonido de la lluvia estaba salpicado por gritos infantiles y sirenas de policía. Con la mirada clavada en el vapor, que ascendía en espirales del caldero rebosante, se perdió en recuerdos salpicados de chabolas de colores y niños que corrían descalzos, risas y gritos de mujeres a las puertas de las casas, música y cantos que salían de todas partes y se apagaban más rápido de lo que comenzaban.

El repiqueteo de un cuenco lleno contra la madera de la barra le hizo volver en sí. Pestañeó, aturdido, y clavó la vista en el hombre del puesto, que le dirigía una mirada oscura. Le dio un golpecito al borde del cuenco con un par de viejos palillos que luego le tendió, examinando la oscuridad que cubría gran parte del rostro de su rostro. Miró un momento del hombre al cuenco y se quitó la capucha, revelando un rostro joven, y que aún así parecía extrañamente envejecido, como si hubiera vivido demasiado en poco tiempo. El tendero ni pestañeó, ignorando los ojos negros que lo miraban interrogantes.

Doozo—. La voz del hombre sonó ronca, afectada sin duda por años de alcohol, antes de volver a sumergirse en la conversación que mantenía con el otro cliente apenas un minuto antes.

Itadakimasu. — el joven susurró la respuesta, antes de hundir los palillos en el guiso. A pesar del aspecto, tenía que reconocer que el sabor no estaba mal. Se llevó a la boca un trozo de carne de especie indeterminada, disfrutando de la sensación de calor en la lengua.

Removió el cuenco de forma distraída unos segundos. Entró otro cliente, un hombre que se tambaleaba debido a la borrachera, dejándose caer sobre un taburete al lado del segundo cliente y apoyando la cabeza sobre la barra. El joven siguió comiendo, ignorando los intentos del borracho por cantar la última canción de moda, éxito de algún idol adolescente.

Suspiró. Fuera había empezado a llover con más fuerza, y el ruido del agua sobre el tejadillo de lona y madera estaba consiguiendo adormilarlo. Los recuerdos seguían deslizándose en su mente. Le pareció oír una autoritaria voz femenina que lo llamaba, mientras el calor húmedo se le colaba bajo la ropa, mezclándose con el sudor, y el sabor amargo del miedo le llenaba la boca.

Se obligó a volver al presente, a la realidad. Estaba en Tokio, Japón, en la zona más pobre de la parte industrial de la ciudad. Era diecisiete de diciembre de 2013. En catorce días sería año nuevo en Occidente. En cincuenta y tres días cumpliría veinticuatro años. En veintiocho se cumplirían quince años desde la última vez que había pisado Río de Janeiro.

Su casa. Él único lugar donde su corazón quería regresar. Él único al que jamás podría hacerlo.

Tras él se escuchó el sonido de la tela de la entrada al sacudirse levemente, anunciando la llegada de otro cliente.

—Buenas noches, señor Verde.

La frase, dicha en inglés, un idioma que hacía ya varios años que no oía, y con ese pesado acento norteamericano le bajó por la columna como un jarro de agua fría. Se volvió hacia la estilizada figura envuelta con un impermeable negro, sin pasar por alto el repentino silencio del tendero y el primer cliente, aunque el borracho aún seguía canturreando suavemente. La mujer se quitó el gorrito de plástico, revelando una cabellera rubia perfectamente peinada en un moño alto, coronando un rostro de rasgos hermosamente infantiles. La mujer lo miraba con lo que podría definirse como una sonrisa profesional, a través de unas gafas de montura de carey que solo conseguían que pareciera aún más fuera de lugar allí, en un sucio puesto callejero de los arrabales de Tokio.

—Me ha encontrado—, gruñó el joven en inglés tras unos segundos, mientras su mente intentaba recuperar el uso de un idioma que apenas había usado en años. La miró un segundo, obligándose a relajar cada terminación nerviosa de su cuerpo, que reconocía la cercanía de aquella mujer instándole a que huyera, antes de volver a centrarse en su plato de guiso. — ya sabe donde estoy. Ya puede irse.

Su tono molesto no afectó en absoluto a la mujer, que se acercó a él con pasos cortos y rápidos de bailarina. Paseó la mirada con desagrado por el puesto callejero, ignorando al borracho que la miraba con expresión confusa, y clavándola en el cochambroso taburete que quedaba libre. Tras unos segundos de indecisión, optó por rodearlo y colocarse a su izquierda, de pie y mirándolo fijamente. Se recolocó las gafas con gesto nervioso, colocándole la mano derecha en el brazo.

—Señor Verde…

—Lárguese.

La pequeña mujer resopló con lo que pretendía ser burla, pero que sus ojos delataban como furia, cerrando su mano en torno al brazo de él, clavándole sus uñas de perfecta manicura francesa.

—Me parece que en estos años de viajar como un paria, señor Verde, ha olvidado usted una buena parte de los modales que tanto esfuerzo… costó… inculcarle—. La mujer recalcó cada palabra con un apretón a su brazo, casi atravesando la gabardina con las uñas. El joven levantó la mirada del cuenco para clavarla en el rostro de ella. Era sorprendente constatar que todavía aquella diligente sonrisa permanecía en su cara, como si esa fuera su expresión por defecto. El tendero y sus dos clientes, haciendo gala de la famosa discreción japonesa, habían vuelto a atender cada uno a sus cosas.

El señor Verde bajó la mirada a la pequeña mano que lo apretaba, examinando la delgada muñeca y la piel pálida, como de cerámica, que parecía a punto de romperse sobre los nudillos por la fuerza con la que lo oprimía. En silencio, dejó los palillos junto al cuenco, perfectamente alineados, y apoyó su mano derecha sobre la diminuta mano de ella, como si la acariciara.

La sonrisa de la mujer se borró lentamente, sustituida por una línea temblorosa. Sus ojos se entrecerraron tras las gafas de carey. Su respiración se aceleró hasta casi empañarlas por completo.

Bajo la mano del joven se escuchó un crujido.

La mujer hizo una mueca de dolor, tirando para liberar su mano del agarre. Lo miró con odio, mordiéndose el labio inferior para contener las lágrimas. El joven cogió de nuevo los palillos sin apenas mirarla y volvió a concentrarse en su comida.

La mujer sollozó, sujetándose la mano contra el pecho. Cuando volvió a hablar le temblaban los hombros.

—La Reina quiere verlo—, la oyó coger aire bruscamente, seguramente en un intento de contener un grito de dolor—. En tres días, en su hotel de Londres. Si no está allí…

— ¿Hace cuánto que lo sabía?—, la cortó, sin volverse a mirarla. El crujido de la tela del impermeable y sus pequeños quejidos de dolor le hicieron pensar que quizás intentaba recolocarse ella misma los dedos rotos—. ¿Hace cuánto que sabía que estaba en Tokio?

No quería, pero la pregunta salió de su boca antes de que pudiera remediarlo. En el fondo, sabía que necesitaba conocer la respuesta. Había dedicado los últimos tres años de su vida a escapar. Había elegido el continente asiático por lo diferente que era al resto del mundo que había conocido, para poder sentirse lejos de todo, tanto de la sombría primera parte de su vida como de la oscura segunda. Rusia, China, el subcontinente indio, las dos Coreas, y al final de su viaje había terminado refugiándose en Japón, en los barrios más tristes y pobres de Tokio, tanto por la facilidad para pasar desapercibido como por lo mucho que, de una manera dolorosa, le recordaba al primer hogar que había tenido. Pero la Reina había dado con él.

La cuestión era cuándo lo había hecho.

—Tres meses—, la mujer soltó el aliento bruscamente, acompañado por un siniestro crujido de huesos recolocándose—. Quería que le felicitara por haber conseguido despistarnos en el sur de Rusia. Ella…—, gimió suavemente. El señor Verde tenía que reconocer que era dura para soportar un dolor así con tanta serenidad—… dijo que estaba muy impresionada por su capacidad para darle esquinazo.

El señor Verde inclinó la cabeza, fijando su atención de nuevo en la comida. Hacía tres meses… llevaba ocho en Tokio. Sintió una curiosa mezcla de rabia y alivio. Habían tardado en dar con él, ¿pero que había hecho hacía tres meses que lo delatara? No había hecho contacto con nadie diferente, ni había cambiado apenas su rutina. Vivía en un diminuto cuchitril, que pagaba puntualmente cada semana con el dinero que ganaba haciendo trabajillos sin ningún tipo de repercusión, sin llamar la atención de ninguna manera, o no más de la que podía llamar cualquier joven occidental afincado en una ciudad nipona. Puede que menos. ¿Qué había cambiado?

— ¿Va a ir?

Apretó los dientes, molesto por la insistencia de la mujer. El tendero le dirigió un rápido vistazo a la dama, intercambiando luego una mirada de complicidad con el cliente que aún permanecía sobrio. Puede que no entendiera el idioma, pero el tono de demanda y la tensión eran perfectamente legibles. Le rellenó al joven el tazón de sake.

— ¿La Reina le dijo que me diera el recado…?— se volvió para mirarla por primera vez. Todavía se presionaba la mano contra el pecho, pero había recuperado su sonrisa de profesionalidad— ¿… o que me llevara a rastras?

—Yo haré lo que sea por la Reina—, respondió la mujer, con un brillo de febril orgullo en los ojos, — incluido llevarlo a rastras, señor Verde.

El joven sonrió, como si la sola frase fuera una burla. Dio un largo trago de sake y dejó de nuevo el tazón sobre la barra. Sacó un par de billetes del bolsillo y los dejó junto a él. Se puso en pie.

Gochisosama.

El tendero asintió, sin decir palabra. Sintió las miradas de los tres hombres clavadas en su espalda mientras salía del puesto, dejando plantada a la mujer rubia.

Ya fuera, se cubrió con la capucha de la gabardina y se perdió bajo la lluvia.

Londres, ¿eh?

Su majestad esperaba en Londres. Y él, como buen caballero que era, iría a ella. Aunque tampoco es que tuviera más remedio.

.

.

Salía de Tokio lloviendo, llegaba a Londres lloviendo. La conclusión a la que llegó el señor Verde era natural y bastante razonable.

Puto Karma.

Habían pasado tres días desde que la mensajera de la Reina lo había contactado en Tokio. No le había sorprendido encontrar clavado un sobre con un billete y dinero en efectivo en la puerta de su apartamento. Y clavado era literalmente clavado. Con un cuchillo.

La Reina nunca había sabido pasar desapercibida, pero era él quien tenía que explicar por qué todo el dinero y el billete de avión tenían un agujero en el medio.

Salió del aeropuerto de Narita cerca de la medianoche, y llegó al aeropuerto Heathrow doce horas más tarde, con la sensación de que en lugar de haber estado viajando en el avión lo había hecho sujetándose al tren de aterrizaje.

Una hora de viaje en taxi más tarde estaba frente al God Save the Queen. El hotel más lujoso y, si uno conocía la verdad que había tras su nombre, el más egocéntrico de Londres. El edificio era como una enorme mansión de estilo barroco, profusamente recargado hasta en el último detalle. Por encima del elegante letrero cinco estrellas de acero esmaltado cegaban a cualquiera que se atreviera a mirarlas. El señor Verde paseó la mirada por la fachada, percatándose de lo poco que había cambiado el edificio desde su primera visita, hacía casi diez años. Era como un monstruo gigantesco e intemporal, con las mismas ventanas de cristal oscuro, los mismos adornos florales, el toldo negro y el cartel de letra elegante. Lo único que había cambiado era el portero, visiblemente más joven que el de sus recuerdos. Sin embargo, le dirigió la misma mirada tensa que solía dirigirle el anterior las raras veces que pisaba el hotel.

Había cosas que, sin duda, venían con el oficio.

El señor Verde pagó al taxista y caminó con pasos largos hacia la puerta del hotel, que el portero ya abría para él, mientras lo examinaba con ojo crítico. Aún llevaba su gabardina, pero bajo ella ahora relucía un traje a medida, completamente negro, cubriendo unas caras botas de piel. Si vas a pasear por el infierno, procura parecer un demonio.

Con las manos metidas en los bolsillos atravesó las puertas de cristal, notando al instante como todas las miradas del hall, envuelto del suelo al techo en alfombras de terciopelo rojo y caro mármol italiano, se volvían en su dirección. Los clientes siguieron como autómatas las miradas nerviosas de los empleados, deteniéndose en el joven de pelo castaño, piel inusualmente pálida y carísimo traje de diseño que acababa de entrar en el hotel.

Fue como si una ola de aire frío hubiera entrado con él. El señor Verde los ignoró, sacudiéndose ligeramente el agua del abrigo y acercándose a la recepción, adelantándose a la cola de clientes que esperaban su turno y sin prestar atención a la actividad que se desarrollaba a su alrededor.

El recepcionista observó al hombre durante unos segundos, intentando componer la frase que usaba para dar la bienvenida a sus clientes, pero solo le salió un jadeo entrecortado. Examinó al extraño, desde las puntas de sus zapatos caros hasta su pelo mojado por la lluvia y se estremeció, contagiado por el frío que el hombre había traído consigo. Tras casi un minuto, logró recordar cuál era la función que se esperaba de él.

—Bienvenido, caballero, al…

Se quedó congelado a media frase, observando la tarjeta que el señor Verde acababa de dejar frente a él, reluciendo en medio del mostrador de madera oscura como una joya.

Una carta de póker. La Reina de Diamantes de la baraja francesa.

El recepcionista inhaló bruscamente, atrayendo la atención de los clientes cercanos, que pasaban la mirada de uno al otro, sin comprender lo que ocurría. Un hombre de mediana edad con aspecto de salchicha comprimida en ropa cara, que al parecer era algo lento para captar la tensión ambiental, empezó a protestar por la prioridad que se estaba dando al recién llegado.

El señor Verde se volvió hacia él.

El hombre calló sin terminar su perorata, mientras la sangre huía de su cara. Retrocedió un paso, al parecer comprendiendo que era mejor mantener las distancias.

El señor Verde volvió a mirar al recepcionista, al que aquellos breves segundos le habían servido para recuperar un poco de su serenidad. Examinó al cliente recién llegado manteniendo la cabeza alta, a pesar del visible temblor de su cuerpo. El joven se recordó mentalmente dejarle propina.

—Bienvenido, señor. — el tono había cambiado, pasando del respeto a un temor reverencial. Deslizó las manos bajo el mostrador, buscando el pequeño cofre de madera que guardaba debajo. Bajó la mirada para examinarla, constatando con cierto horror que de doce tarjetas que había originalmente solo quedaban dos. Una roja, otra de brillante color verde, rodeadas por una decena de cartas idénticas a la del desconocido. Miró nerviosamente al hombre frente a él.

—Verde—, gruño, respondiendo a su muda pregunta. El recepcionista respiró hondo, tendiéndole la segunda tarjeta de acceso, y recogiendo la carta de póker.

—Lo están esperando, señor… Verde—, titubeó un segundo, como si no supiera cómo dirigirse a él—. Sala de conferencias…

—Sala Real, último piso—, completó el señor Verde, sonriendo con cansancio. Se alejó de la recepción con paso lento, dirigiéndose a los ascensores al fondo del hall.

En cuanto pisó el ascensor el botones tragó saliva audiblemente, presionando el botón que indicaba el último piso con tanta fuerza que al señor Verde no le hubiera sorprendido verlo romperse.

Mientras, en la recepción, los clientes observaban, con la boca abierta, como los empleados descolgaban los teléfonos y comenzaban a llamar una por una a todas las habitaciones ocupadas, para repetir siempre la misma frase.

—Lo sentimos, pero el hotel cerrará sus puertas en las próximas horas. Por favor—, y en ese punto, las miradas se dirigían invariablemente a la cajita de madera lacada, donde once tarjetas de acceso habían sido sustituidas por once reinas de diamantes, y una sola tarjeta roja aún relucía—, recojan sus pertenencias y abandonen el edificio.

.

.

El ascensor se detuvo con suave vaivén en la planta trece del edificio. El botones, visiblemente nervioso, le dirigió una pequeña inclinación de cabeza al señor Verde mientras este salía del cubículo. Un suspiro de puro alivio salió de sus labios en cuanto las puertas automáticas volvieron a cerrarse tras él.

El señor Verde se detuvo en medio de la pequeña sala, completamente tapizada en negro, que hacía las veces de recibidor en el piso trece. Era curiosamente pequeña y totalmente impersonal, sin ningún tipo de adorno, a excepción de las puertas dobles de madera que daban acceso a la Sala de Conferencias Real, sobre las cuales brillaba una gastada placa de bronce. Ni siquiera había lámparas, sino pequeños alógenos de luz blanca situados en el techo a intervalos regulares, cuya luz era casi toda absorbida por el color oscuro de las paredes y el techo.

Y tras un mostrador igualmente negro, en medio de la habitación, con su sonrisa de profesionalidad como estandarte, la mensajera de la Reina lo observaba en silencio. El señor Verde no pudo resistir la tentación de observar sus manos apoyadas sobre el tablero, constatando con satisfacción que la derecha estaba cubierta con un guante que parecía abultarse en exceso.

—Bienvenido, señor Verde—. La mujer consiguió imprimir a su tono un cariz relajado, pero tras las gafas de carey sus ojos azules gritaban que quería matarlo. El joven contuvo las ganas de sonreír—. En nombre de la Reina, le digo que es una inmensa alegría tenerlo de regreso. Nos alegramos mucho de que haya aceptado nuestra invitación.

—Muchas gracias—, dejó que su boca se curvara en una sonrisa que rayaba en lo siniestro, luchando contra las ganas de lanzar una carcajada demente que hubiera resonado por todo el edificio.

Se dispuso a rodear a la mujer para entrar en la sala de conferencias, pero un rápido movimiento por el rabillo del ojo lo detuvo. La menuda y exquisita mujer le apuntaba a la cabeza con una arma, un pequeño revolver que debía de haber sacado de debajo del mostrador. Cuando habló, el grado de cortesía en su voz era casi antinatural.

—Por favor, señor Verde—, en la pequeña habitación, el sonido del seguro del arma soltándose sonó como un golpe seco—, le rogaría que escuchara todo lo que tengo que decirle antes de entrar en el Salón de Conferencias.

El joven retrocedió, alejándose del cañón del arma, y volvió a su lugar inicial, con el mueble entre ambos. La mujer bajó la pistola, sonriendo con genuina amabilidad, y la hizo desaparecer de nuevo bajo el mostrador.

—Como iba diciendo, le doy la bienvenida en nombre de la Reina, — comenzó la mujer, entrelazando las manos sobre el tablero—, y le reiteró nuestro agradecimiento por haber aceptado nuestra invitación.

El señor Verde bufó. Si no hubiera aceptado, hubiera acabado en Londres de todas maneras. Y, conociendo el temperamento de la Reina, seguramente en una caja de pino.

—Esta reunión, al contrario que las otras que ha mantenido con la Reina, no será privada—, la ceja del señor Verde se alzó, sorprendida—. Y por ello, ha de llevar esto en todo momento.

El señor Verde intentó mantener una expresión neutral cuando la mensajera sacó una máscara de algún lugar fuera de su línea de visión. La tomó en las manos, examinándola desde todos los ángulos. Era casi totalmente blanca, a excepción de unas pocas líneas negras marcando las formas de lo que parecía un hocico, con una pequeña abertura en medio, y dos líneas verdes bajos los ojos, formados por dos agujeros ligeramente rasgados. Representaba una especie de gato. Le recordó a las máscaras teatrales que había visto en Japón en alguna ocasión, simplificada para hacerla totalmente impersonal.

El señor Verde respiró hondo, dándole la vuelta a la máscara para observar el interior, cubierto de una fina capa de silicona. Si debía cubrirse el rostro, entonces…

— ¿Están todos dentro?

—Solo falta otra persona además de usted, señor Verde—, aclaró la mujer, sonriente. El joven pudo oír el chasquido que hacía el seguro del revolver mientras lo quitaba y lo ponía, por debajo del mostrador—. Así que yo iría entrando, antes de que los dos se encuentren.

—Gracias por el consejo, — masculló el joven, colocándose la máscara sobre el rostro. La silicona se adhirió a su piel, ajustándose a sus rasgos.

—Entre ya, señor Gato—, le indicó la mujer, señalando con un movimiento de cabeza la puerta a su espalda. El Gato respiró hondo, luchando contra el errático latido de su corazón. No le gustaba aquello.

La Reina nunca había reunido a sus doce caballeros, y que lo hiciera de repente no era bueno. Cada una de sus terminaciones nerviosas le gritaba que huyera de aquel lugar sin mirar atrás, que se esforzara por seguir lejos de la mujer, aunque supusiera pasar la eternidad escondido en los más oscuros rincones de la tierra. Aún estaba a tiempo de dar media vuelta y perderse entre la gente que llenaba la ciudad de Londres, coger el primer avión que saliera de algún aeropuerto, y que lo llevara a cualquier rincón del mundo donde pudiera desaparecer.

Eso era lo que una parte de él deseaba. Pero esa parte de sí mismo desapareció bajo la fuerza de algo más grande que él, una sensación de reto, de exaltación. No sabía que podía pasar si cruzaba las puertas de aquella sala, y la sensación de que lo esperaba algo enorme, algo que podría consumirlo por completo solo con desearlo, hacía que el corazón se le pusiera en la garganta, presa de una violenta y maravillosa excitación. Más tarde, se diría a sí mismo que había sido algo plenamente calculado, que sabía perfectamente lo que hacía. Pero la verdad es que era un deseo, un impulso, como el día en que había decidido intentar una vana huída de la Reina y había acabado, sin darse cuenta, en la otra punta del globo. ¿Cuánto podría hacer antes de que todo se torciera? ¿Hasta dónde podría llegar?

Solo quería probarse a sí mismo.

Y sabía, aunque no fuera de forma consciente, que esa sería su perdición.

Cruzó las puertas de madera con la máscara de gato sobre su rostro. La Sala Real era inmensa, como el salón de baile de un palacio. Las paredes estaban cubiertas del suelo al techo de tapices y cuadros que no estarían fuera de lugar en un museo. Una moqueta roja amortiguaba sus pasos. La pared del fondo no era tal, sino un ventanal que mostraba toda la ciudad de Londres a sus pies, a vista de pájaro, como el sueño de un emperador.

Y en el centro de la sala había una mesa redonda, enorme, de madera hermosamente pulida, brillando como un perla debido a la suave luz que entraba por el ventanal. En torno a la mesa ya había personas sentadas, todas con máscaras similares a la suya. Se volvieron para verlo avanzar con paso tranquilo hasta uno de los dos sitios libres, cada uno en un lado de la mesa.

Los enmascarados, sin contarle a él, eran diez en total. Había un perro sentado a su derecha, que tenía los pies, enfundados en botas militares, estirados sobre la mesa; a su izquierda, una figura de voluptuosas formas femeninas lucía una máscara de pájaro, una especie de mirlo. Más allá del perro se sentaba una enorme mole musculosa que llevaba una máscara de toro demasiado pequeña, que no ocultaba en absoluto la forma cuadrada de su enorme mandíbula. Junto al toro, algo alejado de los demás, una figura extremadamente delgada, que no hubiera sabido decir si era hombre o mujer, se ocultaba tras una máscara que parecía representar una rata; al otro lado de ella un hombre alto y delgado, rígidamente sentado, lucía una máscara de jabalí de aspecto siniestro. A su derecha había un lugar vacio, y junto a este un hombre bajito con una máscara de sapo, que lo observaba con la cabeza ladeada. Junto a este, una mujer regordeta llevaba una máscara de coyote; y a su derecha otra mole de músculos, aunque no tan enorme como el toro, con una máscara de oso. Junto a él un hombre, que se había sentado sobre la silla en posición del loto, llevaba una máscara de algo semejante a un pato. El último, ya sentado a la izquierda del Mirlo, era un hombre de cuerpo esquelético que lucía una máscara de serpiente.

— ¿Fuiste tú?—, la voz del Perro sonaba interesada, y cuando lo miró le pareció ver sus ojos brillar de diversión tras la máscara.

— ¿Perdón? —, procuró sonar genuinamente confuso y amable. Su tono arrancó una fuerte risotada del Toro, que hizo temblar toda la mesa.

—Quiere saber si fuiste tú quien le rompió los dedos a la mensajera—, le aclaró el Oso, con voz grave y un acento que el señor Verde no supo identificar—. Nos ha hecho a todos la misma pregunta según entrabamos.

— ¿Fuiste tú, o no?—, lo apremió el Perro, cruzando los tobillos encima de la mesa, sin dejar de mirarlo. Al Gato le dio la sensación de que bajo la máscara lucía una sonrisa retorcida.

—Sí, — acabó admitiendo, fingiendo que no se percataba del interés que la conversación despertaba en el resto de los integrantes de la reunión—. Me tocó. —se vio obligado a aclarar.

Hubo otra risotada por parte del Toro, seguida de una risita que salió de la máscara de coyote.

—Tienes un carácter de mierda, Gato—, se quejó el Perro, poniendo las manos tras la nuca—, si la Reina pretende que seamos amigos la lleva clara. Yo solo soy amigo de gente simpática. —replicó con tono burlón. Miró al otro de él, al Mirlo, recorriendo su cuerpo con la mirada—, por ejemplo, esa señorita parece "simpática". ¿Quieres demostrármelo, cariño?

El Mirlo, que había mantenido la mirada perdida en algún punto de la pared, se volvió lentamente hacia él.

—Acércate siquiera—, comenzó, con voz inexpresiva—, y te arrancaré la polla.

El Perro rió con fuerza, pero fue el único que lo hizo. Los demás si habían notado la amenaza, perfectamente real, que se escondía tras esas palabras. La Serpiente, sentado junto a ella, rodó disimuladamente su silla para alejarse un poco. El Gato arqueó las cejas tras la máscara, pero no dijo nada. Observó las manos de la mujer, serenamente entrelazadas en la mesa frente a ella, y sintió un escalofrío bajarle por la espalda, comprendiendo hasta que punto sería mejor no provocarla. Alguien capaz de amenazar en serio de una manera tan relajada, sin ni siquiera titubear o cambiar de postura, era alguien que tampoco dudaría a la hora de cumplir dichas amenazas.

Una carcajada del Toro rompió el tenso silencio que se había formado.

— ¡Somos un grupo realmente divertido!

—Para el guionista de una película de terror, — intervino por primera vez el Jabalí, con tono irritado—, me pregunto por qué la Reina cree necesaria esta reunión.

—Quiere que seamos todos amigos, — insistió el Perro con una risita, redirigiendo su mirada al Mirlo—, somos sus bebés, tenemos que llevarnos bien.

—Si quisiera que nos "lleváramos bien", como tú dices—, lo cortó el Jabalí—, nos habría criado a todos juntos, en lugar de mantenernos aislados unos de otros durante casi quince años. Y no somos sus "bebés"—, concluyó, molesto.

—Somos sus caballeros—, le recordó el Sapo. Su voz era un susurro grave.

—Sus siervos—, lo corrigió tranquilamente el Oso, recostándose en su asiento. — y seguro que no estamos aquí para convertirnos en una familia feliz.

—Sois tan negativos—, se quejó el Perro, suspirando—, ella nos crió. Por tanto, es nuestra madre, ergo, somos sus hijos, ¿no?

El Gato le dirigió una mirada irritada, secundado por el Mirlo y el Jabalí, que parecía a punto de saltarle encima. Tenía los brazos firmemente cruzados bajo el pecho, y sus ojos parecían dos carbones encendidos tras la máscara.

—No sé mucho de madres—, admitió el señor Verde, procurando permanecer tranquilo—, pero no creo que ella tenga algo que ver con una. Nos recogió para utilizarnos, no porque le importáramos una mierda.

Vosotros no le importarías una mierda—, le espetó el Perro, pagado de sí mismo—, pero yo soy su niño, tíos. Ella misma me ha dicho muchas veces lo excepcional que soy.

—Haz caso al Gato, chico—, intervino el Pato con voz relajada—, a ella le importamos lo que la mierda que pisa. Aunque te diga misa.

—Supongo que a los anormales hay que mantenerlos contentos para que no molesten—, susurró la Serpiente. La Rata rió un instante, cortándose bruscamente cuando el Perro la miró.

—No hablas mucho—, le dijo el Oso a la Serpiente, inclinándose hacia él por delante del Pato—, pero cuando abres la boca no te ganas amigos precisamente.

La Serpiente se encogió de hombros, indiferente. El Gato se preguntó que había pasado antes de que él llegara para que el Oso afirmara algo así. Intentó relajarse en su silla, ignorando los desvaríos del Perro, que al parecer había tomado a la Rata como su nuevo objetivo.

— ¿Eres mudo?— le dijo, bajando los pies de la mesa para inclinarse por delante del Toro—. Eres un puto esqueleto—, se quejó—, ni siquiera puedo saber si tienes tetas. ¿Eres un tío o una tía?

— ¿De dónde coño se sacó la Reina a este gilipollas?—, gruñó el Jabalí, mientras el Coyote reía suavemente, de una forma muy femenina, como si todo aquello fuera lo más gracioso que había vivido nunca.

El Perro levantó la cabeza bruscamente.

— ¿Qué me has llamado?

—Gilipollas—, repitió el Jabalí sin titubear, acomodándose en su silla. El Perro se levantó y apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia él.

—Repítelo.

Al señor Verde le dio la impresión de que, tras la máscara, el Jabalí sonreía como un niño al que se estaba ofreciendo una piruleta.

—Gilipollas.

El Perro saltó por encima de la mesa, abalanzándose hacia el Jabalí, que lo esperaba con los puños cerrados. La Rata saltó hacia atrás, alejándose de la mesa, y el Toro inclinó el cuerpo contra la silla para evitar que el Perro lo golpeara al pasar.

—Les agradecería que mantuvieran la compostura, caballeros—, la voz de la secretaria detuvo en seco el puño del Perro, que iba directo a la máscara del Jabalí. La mujer rubia atravesó la sala con paso rápido, seguida de una pequeña figura que, sin prestar atención a los dos hombres a punto de liarse a golpes, tomó asiento en el último sitio vacio.

Llevaba una máscara, en su caso un gallo que, sin saber muy bien por qué, le pareció extrañamente siniestra. Acabó llegando a la conclusión de que tenía más que ver con la mujer que la llevaba que con la propia máscara. Era delgada, menuda, de ese tipo de mujeres que parecen niñas durante toda su vida. Incluso su ropa, una falda y un simple jersey de punto, tenía un aire infantil que estaba totalmente fuera de lugar con su forma de moverse, como si el aire tuviera el deber de abrirse para dejarle paso.

Alrededor de la mesa se hizo el silencio, mientras los caballeros de la Reina observaban a la recién llegada, captando la sensación de opresión que la acompañaba, como si su presencia consiguiera enrarecer el aire de la habitación. El único que no parecía notar nada de eso era el Perro, que desvió su atención del Jabalí a ella, bajándose de la mesa a su lado y agarrando su mano de improviso.

—Hermosa dama—, se inclinó en una parodia de reverencia, arrancándole al Jabalí un sonido de burla—, adivino solo por la fuerza que impone vuestra presencia que sois, sin lugar a dudas, una belleza.

El Gato se encontró a sí mismo intercambiando una mirada escéptica con el Coyote, mientras el Oso se llevaba la mano derecha al rostro, en un obvio gesto de vergüenza ajena.

— ¿Me dejareis ver vuestro singular rostro, una vez salgamos de este encuentro…?—, prosiguió, en tono meloso—, ¿… quizás en un encuentro más privado?

La Rata rio de nuevo, esta vez de forma mucho más audible. El Pato había cruzado los brazos e intercambiaba la mirada entre el Perro y el Gallo, expectante, como quien ve un partido de tenis. El Mirlo miró la escena de reojo y optó por seguir ignorándola.

—Te mataré—, así como la voz del Mirlo, al amenazar, era inexpresiva, la del Gallo era extraordinariamente risueña. Tanto que al principio nadie comprendió en significado de lo que había dicho. El Perro alzó la cabeza, y sus ojos, lo único que se podía ver con la máscara de por medio, estaban llenos de confusión. El Gallo prosiguió, sin variar el tono—, si me tocas, te mataré, señor Perro.

El nombrado saltó hacia tras como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Volvió a su asiento casi a la carrera, donde se dejó caer con pesadez. El Gato vio como sus manos apretaban con fuerza los bordes de la silla, en un intento por contener sus temblores, con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos.

—Por favor, caballeros—, la voz de la mensajera consiguió arrancarlos de su estupor. La mujer estaba de pie junto al gran ventanal, con un mando a distancia en la mano. Se dio la vuelta y apuntó al techo, desplegando una pantalla que cubrió la cristalera—, la Reina quiere hablarles. Por favor, presten atención a sus indicaciones.

Se dio media vuelta y salió de la habitación con paso rápido, apagando la luz en el camino, dejándolos totalmente a oscuras. El señor Verde oyó al Toro carraspear incómodo un segundo antes de que la pantalla se iluminara suavemente, mostrando la imagen de un elegante despacho. El fondo estaba cubierto de estanterías de madera y, al frente, tras un amplio escritorio de cristal, se sentaba la Reina.

La mujer sonreía como si se alegrara de verlos, pero la sonrisa no llegaba a sus ojos. Clavó la vista en cada uno de sus rostros cubiertos por máscaras, y todos tuvieron la sensación de que lo hacía en el suyo un segundo más que en los demás. El silencio era absoluto y la tensión se podía cortar con un cuchillo.

—Niños, — comenzó, con una voz que rebosaba amabilidad. Se levantó de detrás del escritorio y se apoyó en el frente de este, con las manos a los lados del cuerpo. Mirándola, hubiera sido imposible calcular su edad, que podría haber estado en cualquier punto entre los treinta y los cincuenta y muchos. Tenía el pelo negro, opaco, largo hasta los hombros, y era voluptuosa de una manera que hacía pensar en sensualidad, en atracción pura y dura —. Es un placer veros a todos aquí. Realmente, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vi a algunos de vosotros, — esta vez, su mirada si se detuvo sobre el Gato con toda la intención—, pero es bueno saber que, sin importar lo lejos que estéis, siempre volveréis a mi cuando os lo pida.

No se escuchaba ni un susurro en la sala. La Reina sonreía y los caballeros permanecían tensos, a la espera. Era la primera vez que los convocaban a la vez, y eso de por sí era extraño. Que la Reina tuviera ese brillo en la mirada, como si algo se estuviera fraguando en su mente, era aterrador. Todos la conocían lo suficiente como para saber que cualquier amabilidad era pura fachada, y que no podía traer, al final, nada bueno. Para ninguno de ellos.

—Supongo que os preguntareis, mis niños, para que os he pedido venir hasta aquí—, prosiguió—, tan de repente. La respuesta a eso es muy simple—, se desplazó por el borde del escritorio, deslizándose hasta alcanzar el borde. Sus largas piernas se mostraban casi hasta la cintura, apenas cubiertas por la fina tela de un vestido gris que ni siquiera podía calificarse como tal—. Me aburro, pequeños.

El Jabalí saltó en su asiento, como si esas solas palabras lo aterrorizaran. El Gato se volvió hacia él, notando como sus brazos cruzados parecían a punto de partir su torso en dos.

—Me aburro de mi vida, niños—, continuó la Reina—, de mi rutina. De verdad, creo que va siendo hora de que me jubile y ceda mi puesto. —hubo un sonido general de incredulidad. El Mirlo empezó a temblar de forma casi convulsiva. La Reina rió—. Por eso estáis aquí. Hace más de una década, os recogí a todos a cada uno de vosotros, pobres niños sin hogar, y os di una oportunidad de mejorar—, los músculos del Pato se tensaron mientras la Reina seguía—, y ya es hora de que cumpláis el cometido para el cual os escogí.

—Señora, — interrumpió el Sapo, rígido en su silla—, gracias por semejante honor, pero la verdad es que yo no creo estar preparado para una responsabilidad tan inmensa.

La Reina soltó una risa cantarina.

—Oh, cariño. No he dicho que podáis elegir, ¿o sí?—el Sapo se estremeció bajo la mirada oscura de la Reina. La mujer se pasó la lengua por los labios, de un brillante color rojo. El Gato sintió el corazón se le encogía en el pecho. Porque, aunque de cara al mundo la Reina no era más que una elegante y exitosa mujer de negocios, lejos de la imagen pública la mujer era una sombra, un nombre que provocaba escalofríos en aquellos que sabían la verdad sobre ella.

Porque lo que les estaba ofreciendo a ellos, a los chicos sin hogar a los qua había acogido hace años, lo que les estaba exigiendo que aceptaran, era un trono.

El trono del Imperio criminal más grande jamás creado. El trono del Bajo Mundo.

—No… no podemos…— el Pato cogió aire, luchando por hilvanar sus ideas—. Somos muchos, mi Reina. No hay manera de elegir quien será…

Se cortó bajo la intensa y burlona mirada de la Reina, que parecía encontrar divertidos sus intentos de huída.

—Por eso os he reunido, queridos—sonrió la mujer, risueña—. Porque he encontrado la manera perfecta de decidir cuál de vosotros me sucederá.

—Señora…—, intervino el Jabalí, con la voz temblorosa. La sonrisa de la Reina se ensanchó.

—El hotel está vaciándose en estos momentos. Las puertas se están sellando—, la Reina se mordió el labio inferior, con los ojos brillando de pura excitación—. Y la competición comenzará pronto.

La realidad golpeó al Gato con tanta fuerza que sintió que le faltaba el aire. Se inclinó contra la mesa, luchando por recuperar el aliento. Se sentía extrañamente embotado, cansado. Se llevó las manos a la cara, palpando la máscara, y en algún rincón de su mente, su conciencia le grito que se la quitara para poder respirar. La aferró con ambas manos y tiró, constatando con horror que parecía casi fundida con su piel, sin darse cuenta de que era su propia fuerza lo que le fallaba. En ese instante, no se percató de que el Jabalí, el Mirlo y el Oso tenían la misma reacción que él. Los demás parecían ligeramente confusos, llevándose las manos al pecho, intentando comprender por qué de repente les faltaba el aliento.

—Sabía que no todos estaríais de acuerdo con mi pequeño juego, así que he tomado las medidas oportunas—, aclaró la Reina, sonriente—. Tranquilos, es solo un sedante leve en el aire de la sala.

Al oír eso, haciendo gala de la lucidez que aún le quedaba, el Toro se levantó, tambaleándose, e intentó llegar a la puerta de la habitación. Pero los efectos de la droga pudieron más que él. Mareado, se tropezó con sus propios pies y cayó de bruces al suelo, respirando entre jadeos entrecortados.

—Despertaréis cada uno en un lugar del edificio. — la Reina rodeó el escritorio para volver a sentarse en tras él—. Y una vez allí, comenzará el juego. Tiene sus normas, por supuesto—, les aclaró la mujer, ignorando sus desesperados intentos por respirar. La Rata se llevó las manos a la garganta, sollozando—, y pronto las sabréis. Pero lo más importante, queridos niños, es esto—, la sonrisa de la Reina se ensanchó. El brillo de sus labios salpicó los dientes, creando la ilusión de que estaban cubiertos de rojo—, el último que quede vivo, gana.

La imagen se cortó, dejando la pantalla encendida en un neblinoso tono blanco. La cabeza del Perro chocó contra la mesa con fuerza cuando perdió la conciencia. El Mirlo había caído hacia atrás sobre el respaldo, el Jabalí había caído al suelo. El Pato estaba de pie, apoyado contra la mesa, resoplando con desesperación, a punto de perder la conciencia. La Serpiente y el Sapo parecían haber tomado la misma decisión: habían recostado la cabeza contra la mesa, resignados. El Coyote se abrazaba a sí misma, temblando.

El Gato, antes conocido como el señor Verde, trataba de mantener la calma. Intentaba mantener los ojos abiertos, buscando una vía de escape, pero estaba mareado, sin fuerzas, con la cabeza embotada. Y sería por todo eso que, más tarde, creería que levantar la cabeza y ver al Gallo, sentada con las piernas cruzadas sobre la mesa, plenamente alerta, había sido una alucinación.

Tras la máscara, el Gallo le guiñó un ojo, juguetona.

La cabeza del señor Verde chocó contra la mesa, y todo se volvió oscuro.