He tardado, debido a cientos de problemas personales y técnicos, muchísimo tiempo en poder volver a dedicarme a esta historia. Gracias, de corazón, a los que se interesaron por el primer capitulo. A partir de ahora, el ritmo de actualización será de cada dos semanas, más o menos.

Y sin más, los dejo.


CUANDO UN REY DICTA LAS NORMAS

El señor Verde abrió los ojos, mareado, y con la boca pastosa y amarga. Lo único que veía eran líneas borrosas, y la cabeza le vibraba como un martillo neumático. Maldijo en portugués, idioma que solo se permitía utilizar cuando su cerebro era incapaz de procesar ninguno más, preguntándose qué coño había hecho la noche anterior… ¿habría vuelto a emborracharse con esa cosa asquerosa que vendía el señor Tanaka, el de la tienda de ultramarinos? Sabía a gasolina, pero conseguía que un hombre de doscientos kilos hiciera el pino con una mano… o que él acabara en el barrio de las putas, sin dinero y con la sensación de que le había pasado un tren por encima.

Otra vez no, por favor.

Tuvo que sentarse y mirar alrededor para darse cuenta de que no estaba en su ruinoso apartamento de Tokio. La habitación estaba en penumbra, pero era fácil apreciar que cada mueble en ella era una lujosa antigüedad. La cama en la que había estado acostado era una maravilla de cuatro columnas, cubierta por un dosel blanco que llegaba hasta el suelo.

Nervioso, el señor Verde lo apartó de un manotazo. Probablemente, solo con el escritorio junto a la cama… no, solo con una de las lamparitas que había sobre él se podría levantar la economía de un país del tercer mundo.

Y solo había un lugar en el mundo lo bastante decadente como para tener algo así. God Save The Queen. En más de un sentido.

Repentinamente alerta, sintiendo cada músculo del cuerpo como si le hubieran dado una repentina descarga eléctrica, se puso de pie sobre la cara alfombra persa. Alguien le había quitado las botas y las había colocado pulcramente junto a la cama. Su gabardina y su chaqueta tampoco estaban, pero no había rastro de ellas. El señor Verde atravesó la habitación en cuatro largas zancadas, hasta llegar a la puerta, comprobando que estaba cerrada a cal y canto. Con el ceño fruncido, intentando controlar la tentación de hacerlo corriendo, se acercó a la ventana, justo enfrente de la cama, y descorrió las pesadas cortinas de un tirón.

Lo único que podía ver a través del cristal era un remolino blanco. Londres sin duda, pensó amargado. La famosa niebla londinense había aparecido en el mejor momento posible. También llovía, no había ni que dudarlo, y las gotas chocaban con fuerza contra la ventana, que, por supuesto, no se podía abrir. No, claro que no, ¿Qué lógica tendría que la ventana pudiera abrirse?

El señor Verde respiró hondo, conteniendo las ganas de pegarle un puñetazo al cristal. Se dio media vuelta y caminó hacia la puerta del baño, en el otro extremo de la habitación. Como todo allí, era lujoso hasta llegar a lo insultante, pero la única ventana estaba cubierta por una gruesa persiana blanca que no podía ni empezar a levantar.

Volvió a la habitación y se puso a registrarla, a medio camino entre el nerviosismo y la furia. La Reina había decidido jugar con ellos, y el juego no sería ni la mitad de divertido si no lo comenzaban estando ya paranoicos, tensos y furiosos. El señor Verde no descartaba que la mujer estuviera observándolos en ese momento, probablemente con una sonrisa digna del gato de Cheshire en su cara, feliz y excitada ante lo que se imaginaba en su retorcida cabeza.

La afición de esa mujer a los juegos crueles era… el señor Verde se estremeció ante el recuerdo, obligándose a apartar esos pensamientos de su cabeza. No era el momento para eso.

Si de él dependía, jamás sería el momento.

El señor Verde abrió el vestidor. Era tan obscenamente grande que por unos segundos tuvo la impresión de que había salido a un pasillo. Pero, realmente, era un vestidor. Aunque fuera tres veces más grande que el cuchitril donde había vivido en Japón.

Justo en el centro de la habitación le habían dejado su gabardina y su chaqueta, sobre un banquito de madera cubierto de terciopelo rojo. Junto a ellos estaba la máscara de gato que había llevado en la reunión. El señor Verde la cogió con el entusiasmo con que se enfrentaría a una serpiente venenosa. ¿Esperaban que se la volviera a poner?

Debajo de la máscara había otra cosa. Un sobre de oficina… ¿de papel manila, lo llamaban? ¿Pero qué importancia tiene eso ahora mismo? Eran curiosas las tonterías en la que la mente se concentraba en momentos como esos… Desconfiado, dejó la máscara de nuevo sobre el banco antes de volver el sobre y soltar la solapa.

Le dio la vuelta al sobre, dejando caer su contenido en el banco tapizado. Solo había una hoja de papel doblada, del tamaño de un folio. El señor Verde alzó las cejas. Dentro del folio doblado estaba la tarjeta que había dejado en la recepción. Y en el papel solo había escritas unas pocas frases a máquina.

Solo los caballeros gozan del favor de la Reina.

I.- El hotel es el reino, y aquí solo la Reina manda. Los caballeros obedecen a la Reina

II.- Si la alarma suena una vez, la Reina quiere que los caballeros luchen

III.- Si suena dos veces, la Reina quiere que los caballeros se detengan

IV.- Los caballeros solo usarán las armas que el reino les proporcione

V.- Si nacen alianzas, morirán si la Reina así lo desea

VI.- Un caballero solo es caballero cuando lleva la máscara de la Reina.

Que el juego comience. Que Dios siempre salve a la Reina.

La última frase provocó que la boca del señor Verde se retorciera en una mueca de disgusto. Una sensación de nausea le subió rápido por la garganta. Las reglas del juego, establecidas por la Reina.

Las reglas de las que dependía su vida.

.

El Gato, antes conocido como señor Verde, no tuvo ninguna duda de que ahora la puerta se abriría. Presionó la tarjeta contra la cerradura, oyendo al instante el leve click del cierre electrónico, camuflado dentro del mecanismo tradicional. La Reina lo calculaba todo, lo planeaba todo y lo colocaba todo de antemano a su entera satisfacción.

El juego no sería divertido si no podían salir de las habitaciones para al menos intentar matarse. Pero no podían matarse sin que ella les hubiera dicho cómo.

En cuanto pisó el pasillo en penumbra sonó una alarma. El ruido, parecido a una sirena de policía, se escuchó una sola vez antes de apagarse.

Si la alarma suena una vez…

La competición empezaba ya. No había tiempo de adaptarse o pensar. El Gato se aseguró de haberse colocado bien la máscara antes de echar a andar por el corredor, atentó a cualquier sonido que pudiera producirse a su espalda.

La gente de la reunión, el resto de los caballeros, estaban por ahí, en alguna parte. Quizás cerca. Pero había un pequeño rincón de su mente que descartaba esa posibilidad.

¿Qué gracia tendría? Le decía la voz de la Reina en su cabeza, ¿Qué tendría de divertido que os encontrarais todos tan pronto? ¿No sería mejor alargarlo… no sería mejor dejar que fuera un gran… espectáculo?

El señor Verde bufó. Esa vocecilla insidiosa lo había acompañado durante muchos años, como un eco de los días que había pasado bajo la tutela de aquella mujer. Por mucho que intentara olvidarla, ella vivía dentro de él, como un parasito permanente. Se preguntó si a los otros les pasaba lo mismo. Probablemente nunca lo sabría.

Es mejor así.

Porque él pretendía vivir. Y, para vivir, no se hacen preguntas.

Si solo hubiera sabido lo equivocado que estaba…

.

.

El señor Verde tenía razón en una cosa. No era el único que caminaba por los pasillos, con el cuerpo tenso, atento a cualquier sonido que pudiera producirse a su espalda.

El Jabalí había sido el primero en salir de la habitación, aunque eso, claro está, él no lo sabía. Al contrario que los demás, no había intentado buscar vías de escape de inmediato. De hecho, se había dirigido al armario como un autómata. A él también lo esperaban la máscara y la lista de normas de la Reina. Ahora, caminado por un corredor casi a oscuras, se planteaba la situación con calma.

A pesar de todo, en el fondo nada de aquello lo había sorprendido demasiado. La Reina no sería la Reina si no tuviera sus normas, un control absoluto sobre todo, y siempre lista una forma de atar con cables de acero a quien ella quisiera. Para él ser su marioneta no era ninguna sorpresa.

¿No era por eso que existía, que existían, para empezar?

No… hubo un tiempo en que existía para algo más que para ella. Que quería algo más que escapar de ella, que había más.

Pero había sido hacía mucho, y los recuerdos estaban mejor enterrados en un sitio profundo, donde no se los oía gritar.

Intentó pensar en cualquier otra cosa. Tenía que despejar la mente para poder funcionar… y lo mejor para eso era… ¿Cómo era aquella canción… la cantaba… Johnny Cash, podía ser? Me centré en el dolor, la única cosa que es real… intenté matarlo, pero siempre lo recuerdo todo…*

El repentino sonido de la alarma hizo que el corazón se le pusiera en la garganta y la canción desapareciera de su mente. Había empezado el juego. Avanzó con rapidez hasta el extremo del pasillo, buscando un lugar donde refugiarse.

Estaba desarmado. Suponía que todos lo estaban. Si tenían que luchar en ese instante, ¿cómo podrían hacerlo? ¿Acaso la Reina pretendía que se mataran a golpes?

La idea le dio nauseas, pero lo peor de ella era que no podía descartarla del todo.

Pero, si lo pensaba bien… demasiado rápido, demasiado improvisado. Apenas estaban empezando a moverse.

Ella estaba esperando que pasara algo… ¿pero, el qué?

El Jabalí caminó agachado para cruzar el siguiente tramo de pasillo. A unos pocos metros, tras la siguiente esquina, veía el tenue parpadeo de un fluorescente. Se había despertado en una lujosa habitación con salida a un corredor de servicio en lugar de a uno principal, seguramente la de alguno de los directivos del hotel. Hasta entonces su camino solo había estado iluminado por las luces de emergencias que brillaban sobre las puertas cerradas que se iba cruzando.

Llegó a su objetivo prácticamente gateando. Apretado contra el suelo, intentando que su sombra no lo delatara, se asomó al corredor iluminado.

La Rata estaba allí, a apenas unos metros. Y, pensándolo bien, tenía que darle la razón al imbécil del Perro. Era imposible saber de qué sexo era. O siquiera la edad que tenía. Con la máscara puesta, podía ser tanto un niño que apenas había entrado en la adolescencia como una mujer joven especialmente escuálida. Su ropa era demasiado amplia para apreciar nada, y su pelo, que llegaba justo por debajo de las orejas, parecía cortado a propósito para confundir a quien intentara adivinarlo.

Sin saber muy bien porqué, eso inquietó al Jabalí. A todos los demás podía catalogarlos de alguna manera, de todos podría afirmar al menos lo básico sobre ellos. Podía darles una identidad en su cabeza, algo que los hiciera menos aterradores, más humanos.

Pero la Rata solo era la Rata.

Y estaba de pie en medio del pasillo perfectamente iluminado, caminado lentamente de una forma tan inquietante y fuera de lugar como ella misma. Un paso largo, un saltito, dos pasos cortos, un paso largo, un salto largo con los pies juntos… ¿había decidido ponerse a bailar de repente?

Quizás había enloquecido. A lo mejor esa era su extraña manera de enfrentarse a lo que fuera que iba a pasarles. O estaba haciendo el tonto sin más.

El Jabalí se dio media vuelta, en silencio, y volvió al pasillo a oscuras sin delatar su presencia. Seguramente habría una salida en dirección contraria. Pasara lo que pasara en la cabeza de la Rata, no quería estar cerca cuando le diera rienda suelta.

.

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La Rata se detuvo a medio paso largo. Sin perder el ritmo que llevaba, se volvió en dirección al pasillo a oscuras que tenía detrás. Le había parecido oír algo… alguna alimaña se arrastraba por las sombras, estaba segura.

Pero no era el momento. Tenía tiempo de sobra para enseñarle modales a las sabandijas cotillas que miraban desde las esquinas. Esos animalitos molestos debían aprender a ser respetuosos.

¿Eres mudo? Eres un puto esqueleto, ni siquiera puedo saber si tienes tetas, ¿eres un tío o una tía?

Animalitos maleducados que solo sabían decir cosas obscenas y malas… bestias a las que enseñaría como debían comportarse en una sociedad civilizada.

Sí, la Reina le había dado una gran oportunidad. Lo había sabido nada más abrir los ojos en la habitación. El solo pensarlo dibujó una sonrisa tras su máscara.

Aún sonriente, se volvió y siguió caminando, con aquel ritmo tan particular que parecía una danza.

.

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En otra parte del hotel, el señor Verde se pegaba a la pared, intentando fundirse con las sombras, aún sabiendo que era inútil. El pasillo en el que se encontraba era amplio y estaba bien iluminado. Ni siquiera había muebles que lo pudieran ayudar a ocultarse.

Y, justo por delante de él, podía oír pasos que se aproximaban.

El camino por el que había llegado no era una opción. No le daría tiempo a retroceder antes de que quien quiera que fuera llegara hasta donde estaba. Mantuvo la mandíbula apretada, intentando forzar al resto de su cuerpo a mantener la calma.

Estaba desarmado. Estaba desarmado, acorralado e indefenso en medio de un juego siniestro e imprevisible ideado por una psicópata sin escrúpulos, que probablemente estaba observando cada movimiento que hacían con una amplia sonrisa en la cara.

Que esperaba con impaciencia que quien se le estaba acercando estuviera dispuesto a abrirle la cabeza a golpes.

El Gato se estremeció. El miedo se había instalado en su estómago, retorciéndose como una araña de demasiadas patas. Lo mantenía paralizado, clavado en el suelo como una rarísima estatua de adorno. El miedo…

¿Tienes miedo, niño? Yo te enseñaré lo que es el miedo… ven aquí, niño, ven aquí…

La voz se filtró desde el fondo de su mente, desde los recuerdos que estaban allí enterrados. Durante un segundo, no estuvo en el pasillo iluminado del hotel. No, estaba en un lugar mucho más aterrador, oscuro, que olía a cosas terribles y donde había algo que daba mucho, mucho más miedo que eso que se acercaba.

En medio del corredor, con la mirada fija en el lugar desde donde venía el sonido de los pasos, al señor Verde le pareció sentir como sus dedos se cerraban en torno a algo frío y húmedo.

El miedo se desvaneció. El frío del objeto en su mano se extendió por su cuerpo. El corazón dejó de intentar romperle las costillas, y sus pies se separaron de la alfombra. Con la mente de nuevo en marcha, y sintiendo el peso en la mano derecha, caminó con rapidez hacia una pequeña puerta de servicio que había dejado atrás. La mullida alfombra absorbió el ruido de sus pasos.

Quien se acercaba debía pesar mucho más que él, a juzgar por el ruido que hacía al andar. O quizás era tan estúpido como para haberse puesto a correr como un histérico en lugar de ir con calma.

El señor Verde no lo sabía ni le interesaba. Su mente había cambiado por completo de ritmo. El peso del objeto en su mano había dado a su cerebro algo en lo que concentrarse, le había dado una fría lógica que seguir. Por eso no titubeó cuando la cerradura no cedió. Sacó la tarjeta llave y la presionó contra ella, igual que había hecho en la habitación.

Sonó un click.

El Gato cruzó la puerta, cerrándola rápidamente a su espalda. Se había refugiado en un armario de la limpieza. El olor a productos químicos le hizo arrugar la nariz. Esperó en silencio hasta que los pasos estuvieron a escasos metros de la puerta. Quien quiera que fuera, iba corriendo. Resoplaba del esfuerzo.

Cuando lo oyó sobrepasar la altura de la puerta, el señor Verde la abrió lo suficiente como para llegar a verlo doblar la esquina, distinguiendo los hombros de luchador profesional y los cuernos de la máscara que asomaban por encima de frente.

Al parecer, era el Toro quien se dedicaba a correr como un histérico. El Gato sacudió la cabeza. Lo mismo le valdría pintarse una diana en el pecho. Puede que él estuviera evitando un enfrentamiento, pero el resto de caballeros…

El señor Verde sacudió de nuevo la cabeza, intentando alejar esas ideas de su mente. Él no iba a luchar. Encontraría la forma de escapar, y ahora que iba armado…

El Gato tragó saliva. El miedo volvió a instalarse en su estómago, retorciéndose como una araña de demasiadas patas, pero ahora por un motivo bien distinto.

Sus manos estaban vacías.

... le dolía muchísimo la cabeza. Y la boca. Le dolían tanto que tenía los ojos llenos de lágrimas. Y olía mal, todo olía muy mal. A cosas malas. A esa cosa amarga que bebían los mayores, y a sangre… sangre como la de… y a sudor, y a pis, y a cosas sucias y viejas.

Y olía al monstruo, al monstruo que le decía cosas que no entendía, que gruñía y escupía… el monstruo era malo, malo como las cosas malas… y su mano se estiró hacia atrás y sus dedos rozaron algo frío y mojado…

.

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Al Toro le pareció escuchar algo, como si hubieran dejado caer un objeto pesado sobre la alfombra. Detuvo su carrera y se volvió, listo para lanzarse a por quien fuera.

No estaba en absoluto histérico. Tampoco era un estúpido.

El Toro comprendía. Lo hacía de una manera que los demás caballeros, estaba seguro, nunca llegarían a alcanzar. La Reina no era retorcida, la Reina no era complicada. La Reina no quería un caótico espectáculo en el que se dedicaran a huir y esconderse.

Ella quería que se enfrentaran.

Y él los enfrentaría. Haría que fueran hasta él, de uno en uno, o todos a la vez. Conocía su propia fuerza, sabía de lo que era capaz. Y si no le quedaba más remedio que matar a todos aquellos tipos de la reunión para salvarse…

Por debajo de la línea de la máscara, demasiado pequeña, el Toro dejo ver una amplia sonrisa. De su pecho brotó una ronca carcajada que quedó resonando en los pasillos del hotel incluso después de que volviera a su alocada carrera.

.

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Había caído de rodillas. El señor Verde había caído de rodillas en medio del pasillo. Se había metido el puño en la boca, con la esperanza de contener el grito que pugnaba por salir de su garganta.

Mantuvo los ojos abiertos, fijos en algún punto perdido en la alfombra, mientras la cabeza le palpitaba como si algo vivo intentara abrirse paso dentro de ella. Se esforzó por mantener los recuerdos, y el pánico, oh, joder, el pánico, enterrados en ese pequeño y oscuro rincón de su mente que se había creado hacía años para ello.

Enterrados profundamente, donde no los oía gritar. Donde el monstruo tenía que seguir encerrado.

Se obligó a recuperar la compostura, lenta, dolorosamente. Los rugidos del monstruo se calmaron cuando el recuerdo, una imagen borrosa que se negaba a examinar, se evaporó de su mente. Dentro de ella, una puerta que se había abierto apenas unos centímetros se cerró de un sonoro portazo.

Esos recuerdos no eran importantes. Podía vivir sin eso. Podía vivir sin saber. Podía vivir sin volver a saber.

El señor Verde se levantó, con las rodillas temblorosas, y se obligó a seguir caminado. Desde los nudillos de su mano derecha, la que se había encajado en la boca para no gritar, caía un pequeño reguero de sangre.

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El pasillo se bifurcaba unos metros más adelante. El señor Verde, mucho más calmado, se detuvo para examinar sus opciones. Dos pasillos exactamente idénticos, sin nada más que docenas de puertas cerradas en cada uno.

Sin planteárselo demasiado, echó a andar por el de la derecha. No se oía ni siquiera el sonido de sus pasos, que seguían siendo absorbidos por la gruesa alfombra. Las puertas a los lados no estaban numeradas. Seguramente por orden de la Reina, las placas de bronce que indicaban el número de cada habitación habían sido retiradas. Las marcas eran visibles sobre la madera.

¿Por qué iba a darles la Reina una pista por la que orientarse, o siquiera un segundo de respiro?

Si iba a conseguir que se mataran, debía hacerlo bien al menos.

El señor Verde llegó rápido al otro extremo del corredor, que se bifurcaba hacia la izquierda en lo que no llegaba a ser un corredor, sino un callejón sin salida. En él solo había tres cosas: un pequeño aparador de madera, un enorme espejo de marco barroco y el Gallo.

El Gato se detuvo a medio paso, con la vista clavada en la pequeña espalda. El Gallo miraba hacia el espejo que ocupaba prácticamente toda la mitad superior de la pared frente a ella.

Espejo donde él se estaba reflejando claramente.

El señor Verde contempló su reflejo con horror. Con la máscara, parecía más un extraño demonio que un ser humano. La única parte visible de su rostro eran sus ojos, demasiado grandes, demasiado brillantes.

¿Ese era realmente él?

El Gallo soltó una risita.

Los ojos de ella también brillaban. Brillaban intensamente, de una forma casi infantil, y estaban fijos en él. Risueños, dulces.

Aterradores.

Durante un momento, las miradas de los dos se cruzaron a través del espejo. El señor Verde sintió una especie de vértigo. El monstruo de sus recuerdos volvió a rugir mientras la miraba. Tenía los ojos de un castaño tan oscuro que casi parecía negro, pero quizás fuera la luz… sí, quizás fuera la luz, porque hubo un instante, cuando la había mirado la primera vez, durante la reunión, parecía que habían pasado siglos desde aquello, en el que le había parecido que eran muy claros… ¿verdes? ¿azules?

Dejó de mirar los ojos del Gallo para examinar su máscara. Ella permanecía estática, sin dejar de observarlo a través del espejo. El Gato se había colocado a apenas un paso tras ella. Ni siquiera tendría que estirar la mano para tocarla.

Su máscara… el joven recordó un teatrillo callejero que había visto en Japón, no sabía dónde, hacía ya un tiempo. Apenas recordaba la historia, un cuento para niños sobre un gallo que vivía en una granja y se comportaba de forma cruel. Despertaba siempre a todos los animales cuando aún era de noche, y un día ellos habían decidido darle un escarmiento… no recordaba el final de la historia…

Pero la máscara era… ¿era la misma máscara?

El Gallo ladeó la cabeza, y el señor Verde tuvo la impresión de que le sonreía con burla.

Antes de que ninguno de los dos pudiera abrir la boca, a sus espaldas sonó un golpe tremendo, como si alguien estuviera golpeando dos trozos de metal uno contra otro, con toda su fuerza.

Ninguno dijo nada. Intercambiando una mirada de silencioso acuerdo, se volvieron y corrieron en dirección al sonido.

.

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No fueron los únicos en escucharlo.

El Mirlo estaba sentada en la parte superior de una pequeña escalera de caracol que conectaba una planta con otra. Se había despertado en la elegante habitación que permanecía abierta a su espalda, y, a pesar de la alarma, había decidido esperar antes de empezar a moverse. Concretamente, esperaba a que fueran los otros los que se movieran antes que ella.

Lo más importante de la supervivencia era tener claro donde estaban los depredadores y como se movían. Una vez que supiera eso, podría empezar a pensar cómo acabar con ellos.

No le entusiasmaba la idea.

Pero morir no era una opción.

Se frotó la muñeca izquierda con el pulgar de la otra mano, de forma mecánica. Suspiró al sentir el tacto del brazalete de cuero en medio de ambos. Se sentía extraña con aquello puesto, pero era mejor que la alternativa.

Se estremeció. No quería pensar en la alternativa.

Durante un instante, se dejó llevar por el recuerdo y sonrió tras la máscara. Volvió a frotar el pulgar contra la muñeca, sintiendo un cosquilleo que subía por el brazo.

El fantasma de una sensación de hacía mucho.

Se obligó a si misma a volver a la realidad. No era tiempo de recuerdos ni de nostalgia. No podía permitirse ser débil. La Reina era retorcida hasta las últimas consecuencias, y aprovecharía cualquier gesto de debilidad para echársele encima. Y los caballeros, sintieran lo que sintieran respecto a ella, no eran llamados sus hijos por nada.

Incluida ella.

Entonces sonó el golpe. Resonó con tanta fuerza, haciendo vibrar hasta la barandilla de la escalera, que el Mirlo supo que el origen tenía que estar justo debajo de ella, o al menos muy cerca. Hubiera jurado que sonaba a metal golpeando contra metal, pero no podía estar segura. Frunció el ceño.

Se puso en pie y bajó la escalera con la espalda pegada al tubo central. No había terminado de descender cuando los vio. Había tenido razón en su suposición, estaban prácticamente bajo ella, a apenas unos metros. La escalera bajaba hasta un pequeño recibidor, que se abría a un corto pasillo que daba a su vez a un amplio salón circular.

De alguna manera, no le sorprendió ver quiénes eran. Le habían parecido un par de idiotas durante la reunión, y aquello solo se lo confirmaba. La idea de que aquellos dos se mataran no le parecía especialmente terrible. Sabía Dios que había que evitar que los imbéciles se reprodujeran, antes de que terminaran de joder la especie.

Procurando no hacer ruido, se acercó para ver la pelea. De todas formas, podría haber disparado un cañón y no lo habrían oído. Aquello no era una pelea, era una jodida batalla campal. Probablemente, se los podía oír en todos los rincones del hotel.

La Reina tenía que estar retorciéndose de la risa.

Uno de los anormales levantó una mesita de café y la lanzó por los aires.

.

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El Gato se agachó para evitar que una mesita le arrancara la cabeza de cuajo. El Gallo, que iba justo detrás de él, apenas tuvo tiempo de lanzarse contra la pared antes de que el mueble se estrellara donde ella había estado un segundo antes. Sin inmutarse, se agachó y avanzó rápidamente hasta un pasillo secundario. El señor Verde la observó desaparecer con el ceño fruncido tras su máscara, aún con el cuerpo pegado al suelo.

Se incorporó lo suficiente para poder caminar en cuclillas hasta el final del corredor, desde donde le llegaban el ruido de lo que parecía la madre de todas las peleas.

La sala frente a él estaba destrozada. Se trataba de un gran salón circular, cubierto con una gruesa alfombra, que en otro tiempo debía haber tenido mesas ratoneras y sillones, pero de los muebles solo quedaban restos. Era como si un tornado hubiera arrasado con todo.

Y, en medio de la sala, luchaban el Perro y el Sapo.

Se golpeaban con lo que tenían a mano. O, más bien, el Perro golpeaba y el Sapo se defendía como podía. Retrocedía, mientras intentaba poner distancia entre ambos desesperadamente, pero era inútil. El Perro golpeaba con una saña que resultaba escalofriante, tanto que se podía intuir su expresión desquiciada incluso con la máscara de por medio.

El Sapo se hizo con una sillita de madera, una de esas ridiculeces decorativas, y la interpuso entre ambos. El Perro la hizo astillas y se abalanzó de nuevo.

Tenía una barra de metal en las manos. La había sacado de uno de los expositores que decoraban la habitación, arrancándola del marco de cristal que lo recubría. El ruido que había traído hasta allí a los otros caballeros habían sido sus golpes intentando arrancarla de su sitio.

Y ahora que lo había conseguido, no desaprovecharía la oportunidad de usarla.

Volvió a golpear, esta vez directamente hacia la cabeza del Sapo, que se agachó para esquivar el golpe y rodó por la alfombra, tratando de escapar. Sin embargo, no fue lo suficiente rápido. La barra volvió a descender y en la sala entera resonó el sonido de algo quebrándose bajo el acero. El Sapo siguió rodando, dejando tras de sí un rastro de sangre que caía desde algún punto de su cabeza.

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El Gato, agachado junto a la boca del corredor, siguió en silencio la desigual lucha entre el Sapo y el Perro. Observó como el segundo levantaba su arma por encima de la cabeza y la dejaba caer, con fuerza, fallando por apenas unos milímetros. El Sapo, aturdido, había dejado de rodar por la alfombra y ahora se arrastraba en dirección a otro de los pasillos, intentando escapar. El Perro había detenido sus ataques desenfrenados para observarlo.

El señor Verde apartó la vista, negándose a ver como acababa. Era demasiado. No podría sobrevivir a eso. Si apenas había empezado, y ya había alcanzado ese nivel de brutalidad, si ya se estaban matando de esa forma, ¿qué pasaría en unas horas? ¿y si aquello se alargaba? ¿y si pasaban días ahí dentro, persiguiéndose como ratas en una trampa?

Una oleada de nauseas le subió por la garganta.

Captó un movimiento por el rabillo del ojo. En el salón circular desembocaban varios pasillos, y en la entrada de uno de ellos, a apenas media docena de metros, el Jabalí observaba la pelea. Permanecía con el cuerpo pegado al suelo, igual que él, sin apartar la mirada del Perro.

No tardó mucho en darse cuenta de que no estaban solo ellos dos observando. La silueta del Pato se recortaba contra una columna, justo frente a donde él se ocultaba. Asomando desde una pequeña balconada del piso superior, el Oso observaba aparentemente impasible. Y, más allá, agachada entre un pasillo y un sofá destrozado, el Mirlo observaba, fuera de la línea de visón de los combatientes. Y seguramente el Gallo estaba escondida en alguna parte, observando también. De los demás, el Toro, la Rata, el Coyote y la Serpiente, no había ni rastro. Quizás estuvieran mirando también desde algún lugar fuera de su campo de visión.

Todos dispuestos a contemplar la primera baja del juego.

El Perro se acercó al Sapo moribundo, con la barra de metal levantada por encima de su cabeza. El otro seguía arrastrándose, desesperado, hacia el pasillo que tenía delante.

En su mente, pensó el Gato, deben ser kilómetros.

Pero el Perro no lo dejó seguir avanzando. Lo detuvo colocando un pie sobre su espalda. El cuerpo del Sapo chocó contra el suelo, y su sollozo de dolor fue lo único que se escuchó.

El Perro levantó más la barra de acero, estirando los brazos muy por encima de su cabeza.

El Sapo gritó.

El Gato desvió la mirada.

La alarma sonó dos veces.

Fue como si el tiempo se congelara. De repente, incluso los sollozos del Sapo pararon. No se escuchaba ni un sonido, ni el más mínimo ruido. Los caballeros, paralizados, todavía miraban la barra de metal, detenida en el aire antes de alcanzar su objetivo, sin comprender exactamente qué había pasado.

La alarma había sonado dos veces.

Si la alarma suena dos veces…

Se había detenido. Todo se había detenido antes de terminar. La información se filtró lentamente en la mente de los caballeros, dejándolos momentáneamente paralizados. Luego, solo se oyó un suspiro colectivo cuando dejaron de retener el aliento.

El Gato se dejó caer sentado contra la pared, sintiendo como el nudo que se había formado en su garganta se iba deshaciendo. Un escalofrío bajó por su espalda, y una sensación extrañamente densa se instaló en su estómago. Había estado esperando que la barra cayera, había creído, durante un instante, que caería

Cerró los ojos y se negó a seguir pensando en ello. No había caído. Y eso era bueno. Todo estaba en silencio, había calma y…

Su oído lo captó, pero su mente tardó en procesarlo. El silencio se había roto de nuevo. Durante un instante de confusión, creyó que la alarma había vuelto a sonar. Pero no era eso.

Lo que oía era la respiración acelerada del Perro. Y los sollozos del Sapo. Y, sobre ellos, la voz del Jabalí.

—¿Qué haces? ¡Para! ¡Por el amor de Dios, para!

El Perro había vuelto a levantar la barra por encima de su cabeza. El Jabalí gritaba, horrorizado. El Sapo chilló. Los demás caballeros volvieron a contener la respiración, expectantes.

—La Reina no tolerará que incumplas sus normas— la voz del Mirlo sonó indiferente, pero mantenía el cuerpo en tensión mientras miraba al Perro, que apenas desvió los ojos del aterrorizado Sapo un segundo para observarla—. Eso podría traerte problemas.

—Cállate, puta— el Perro soltó una carcajada ronca, que resonó fuerte y clara e hizo que el Jabalí avanzara un paso, preparado para saltarle encima—. La Reina sabrá perdonar al mejor de todos sus hijos.

El arma del Perro bajó, trazando un arco perfecto en dirección a la cabeza del Sapo.

El Jabalí gritó, queriendo impedir que llegara a su destino.

Nunca lo hizo.

Algo detuvo al Perro, pero no fue el Jabalí, ni ninguno de los otros. El cuerpo del Perro se curvó hacia atrás, como impulsado por un resorte, cayendo cuan largo era en la alfombra, con la barra aún en las manos. En pocos segundos, un charco de sangre se formó alrededor de su cuerpo caído, empapando la alfombra.

Había sido tan rápido que el Gato no fue capaz de procesarlo hasta pasado un momento. Observó el cuerpo tirado, desmadejado en el suelo como una muñeca rota. Olvidando su intención de pasar desapercibido, caminó lentamente hasta situarse a su lado, oyendo claramente como la sangre se escapaba del cuerpo con un sonido de borboteo.

El monstruo de sus recuerdos rugió con fuerza.

El señor Verde alzó la mirada del cuerpo a tiempo para ver como el arma automática se ocultaba de nuevo en la columna del piso superior, a apenas unos metros desde donde el Oso observaba la escena.

Se escuchó un chirrido metálico.

—Por favor, atención, por favor— la voz de la secretaria de la Reina sonaba amplificada, con un tinte metálico—, la Reina desea decirles que espera que esto haya servido de ejemplo. Recuerden siempre seguir las normas que ella les ha proporcionado. Muchas gracias.

El mensaje terminó tan pronto como había empezado. Lentamente, los caballeros salieron de su aturdimiento y se miraron los unos a los otros, con las pupilas dilatadas por el miedo y la sorpresa.

Joder.

En opinión del Gato, era la palabra más adecuada. Los demás empezaron a moverse rápidamente, poniendo distancia entre ellos antes de que la alarma volviera a sonar.

Podría ser en cualquier momento.

Se sobresaltó al darse cuenta de que solo quedaban cuatro personas en la sala circular. Él, en el centro, junto al cuerpo inerte del Perro, el Jabalí y el Mirlo, en extremos opuestos, y el Sapo, que se levantó, tambaleándose, y se quedó mirando el cadáver como si no acabara de entender lo que había ocurrido.

Tengo que alejarme de aquí.

Ese fue el único pensamiento coherente que su cerebro logro formar. De alguna forma, consiguió ordenar a su cuerpo que diera media vuelta y volviera al pasillo.

—Ninguno de nosotros va a salir vivo de aquí.

Se volvió para mirar al Jabalí. La voz del hombre había sonado ronca, rota, como si estuviera conteniendo un grito. Miraba a algún punto detrás del Gato, pero cuando este se volvió comprobó que no había nada allí. El Mirlo había desaparecido, y solo quedaba el Sapo, que miraba en torno a él como si intentara situarse.

—Uno de nosotros sobrevivirá— contestó, sin tener muy claro por qué lo hacía. El Jabalí bufó, alto y claro, sobresaltando al nervioso Sapo.

—No hablo de eso.

Y, sin más, se dio media vuelta y se perdió en los corredores.

El Gato suspiró. No tenía sentido, nada tenía sentido, pero tenía que sobrevivir. Era lo único que podía entender en toda aquella locura.

Dándole la espalda al Sapo, y al cadáver del Perro, se dirigió al pasillo por el que había llegado.

Nunca sabría por qué en el último momento se volvió a mirar la sala una vez más.

Pero siempre recordaría al Sapo, completamente alerta, blandiendo la barra de acero en el aire con fuerza y los hombros temblando de risa apenas contenida.


* La canción es Hurt, original de la banda Nine Inch Nails, y fue versionada por Johnny Cash en 2002. Se considera que fue él quien hizo la interpretación más brillante de ella.