Prologo

La luna brillaba implacable en el cielo Londines. Bellatrix la estrella más brillante de la constelación de Orión refulgía furiosa sobre la ciudad. Los edificios se alzaban majestuosos e imponentes, delante a las mentes que los habían creado.

Uno de esos edificios poseía el hermoso nombre de la mujer que en esos momentos mecía a una niña pequeña de un lugar a otro. Su mano, suave y pequeña, acariciaba los mechones castaños oscuros de la cabecita que reposaba contra su pecho.

–Astrid – le llamó una voz grave, pero llena de amor.

La mujer levantó brevemente la mirada y sus ojos se clavaron en el espejo, en el cual se reflejaba el busto del dueño de la voz.

–Rómulo – susurró y sus ojos se encontraron con los ocelos avellanas de su esposo.

–¿Cómo está ella? – le preguntó sin dejar de mirar a las profundidades de los ojos azules de su amada. –¿Está mejor?

–No, – respondió Astrid, bajando la mirada. – no está mejor.

–¿Cómo? – preguntó el hombre con una leve nota de desesperación acompañado del único sentimiento que lo mantenía vivo. El amor por su familia.

–Tiene el sello – le dijo la mujer mientras subía la manguita que cubría el bracito de la niña. – Es una de ellos.

–Cuida de ella, Astrid – el hombre posó su mano en el hombro de la mujer. – Cuídala mucho, mi amor – la soltó suavemente. – No lo quedará mucho tiempo a nuestra princesa cuando La Orden se entere – lentamente el espejo se nubló y luego se rompió.