Sin muchas expectativas a poder terminar este reto, me veo con el hecho de que lo he terminado. Y me siento orgullosa de ello. Apasionada como soy de la historia francesa, y en especial de la época de la revolución francesa y todas esas ideas ilustradas, no me hubiera perdonado no llegar a tiempo para éste reto que me viene como anillo al dedo.

Al final de la historia hay ciertas históricas en relación con algunas citas que aparecen. La mayoría de los personajes pertenecen a la historia de Francia, los Baker, los Goodrich y el Wickham me pertenecen.

Este fic participa en el reto normal "Momentos históricos" del foro ¡Ven por un reto!

La imagen es La Libertad guiando al pueblo, de Delacroix. Un cuadro que suelen relacionar con la Revolución francesa, aunque sin embargo pertenece a las revueltas de 1830

Espero que disfruteis de la lectura, tanto, como yo he disfrutado al escribir.


Pour l'avenir

Los Antecedentes.

Osadía aquella la de invitar a la monarquía y al clero a votar Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

El pueblo se topó aquella mañana con las salas de Versalles cerradas. Allí donde se solía celebrar los Estados Generales, reuniones en las que acudían representantes de los tres estamentos que convivían en la Francia de mil setecientos ochenta y nueve: nobleza, clero y pueblo; y que había sido acordado lugar de encuentro por la Asamblea Nacional, insatisfecho tercer estamento que se había organizado por su cuenta, sólo había puertas cerradas custodiadas por soldados que llevaban un nombre. La monarquía.

Una monarquía que no deseaba que la Asamblea se reuniera, puesto que aquello sería darle un poder al Tercer Estado, al pueblo, que no se merecía, porque haría tambalear aquello cimientos que habían costados siglos colocar. Supondría la eliminación de impuestos directos e indirectos y el que la nobleza tuviera que pagarlos, el voto individual, la ascensión de ciudadanos comunes a puestos en el gobierno. Sería realizar una Guerra de la Independencia como la que había sucedido en Estados Unidos, sólo que esta vez la independencia sería del pueblo respecto a los altos estamentos. La Asamblea era el primero paso para la destrucción de la monarquía. Y por ello, la monarquía junto con una gran parte del clero, no iban a permitir que tal cosa sucediera. En manos del pueblo estaba todas sus vidas.

Pero las ideas de revolución estaban anidando en las mentes del pueblo francés. Latente, el ejemplo que había dado los Estados Unidos, al otro lado del charco, seguía presente en Europa. La derrota de Gran Bretaña frente a una nueva potencia que los anglosajones creían inferiores y a las que cargaban con todas las desgracias que pudiera suceder en las islas Europeas, les hacía recordar a la masa francesa que un futuro mejor podía llegar si se libraban de la minoría opresora. Las ideas ilustradas latían. Y habían conocido el poder de la Asamblea. Con sólo mencionarla, Francia temblaba. La monarquía y el clero se acobardaban. El pueblo no iba a permitir que por encontrarse aquellas salas cerradas, el proyecto de la Ilustración cayera en saco roto. Mejor. Las ideas debían de salir de los recintos cerrados y llevarlas a la calle. A todo el país.

Temiendo que si no lo hacían ahora, nunca más pudiera hacer aquello, y, por qué no, temiendo las represalias que los otros dos estamentos pudieran tener frente a ellos por haber cometido tales ofensas y por haberse creído los dueños de Francia, los ciudadanos se refugiaron en un edificio cercano a Versalles, perteneciente a los lugares de ocio de la aristocracia del lugar. Allí acostumbraban a la pelota, y de allí el nombre que tomaba el lugar: Jeu de paume.

La voz se corrió por los pueblos. El sitio comenzó a llenarse de ciudadanos insatisfecho con el gobierno que les dirigía. Toda Francia comenzaba a despertar del letargo en la que parecía haberse sumido gracias a una clase dirigente chupóptera. Los días se fueron sucediendo, las reuniones pronto comenzaron a tomar forma. Finalmente, entre todos los presentes, quinientos setenta y siete miembros del Tercer Estado, casi todos los miembros del bajo clero y cuarenta y siete miembros de la nobleza, lograron sacar el veinte de junio de mil setecientos ochenta y nueve lo que se conoce como "juramento del juego de la pelota", clara alusión al lugar en el que fue confeccionado. El juramento hacía alusión a la nueva constitución que deseaban conseguir y por la que no saldrían del lugar hasta tenerla.

Dos días después, los miembros de la Asamblea, fueron expulsados de recinto. Con demasiadas fuerzas como para abandonar aquella idea, volvieron a reunirse, esta vez en la Iglesia de San Luis, gracias al reconocimiento que ya tenían en el clero.

Allí, el rey se reunió con ellos, dispersó a la nobleza y al clero, mas el tercer Estado no tenía pensado marcharse de allí tal fácilmente. Ni siquiera con la carta otorgada que el rey había firmado. Un poder que si bien el rey daba en aquel momento, era muy probable que lo quitase cuando todo aquello se hubiera calmado. El conde de Mirabeau, quien llevó toda la conversación con el rey, aparte de ganarse el respeto del pueblo, y grajearse el título de "el orador del pueblo" o "la antorcha de Provenza", consiguió el derrocamiento extraoficial del rey, con el consiguiente alzamiento del poder de la Asamblea.

Los miembros de la monarquía, junto con el rey mismo, Luis XVI de Francia, pensaron que tal osadía cometida por el pueblo al hacer gala de tal juramento y de pedir una constitución, duraría algunos días, hasta que éstos volvieran a sus quehaceres habituales y toda Francia volviera a la normalidad. Por ello, decidieron esperar, sin hacer nada al respecto. Sin embargo al paso de la semana de ver que el pueblo seguía allí encerrado, la monarquía acabó rindiéndose ante el hecho de que la llama encendida en el Jeu de paume estaba siendo propagada por el resto de las ciudades francesas. El rey, por su parte, mandó a llamar tropas militares que se comenzaron a desplegar por París y Versalles, lugares desde donde comenzaban a llover muestras de apoyo a la Asamblea, junto a otras ciudades del país.

Los Estados Generales dejaron de existir, y la Asamblea Nacional se alzó con el poder que éstos tenían. El nueve de julio de mil setecientos ochenta y nueve, la Asamblea de nombró a si misma Asamblea Nacional Constituyente, y pidieron al rey la retirada de las tropas, quien negó aquello, "por precaución". En cambio, ofreció a la Asamblea que se dispusieran en otras ciudades más alejadas de la capital.

Para luchar contra los militantes en caso de que hiciera falta, el pueblo se agrupó en lo que se denominaría las milicias nacionales, cuya insignia, roja y azul, junto con el añadido del blanco, formaría lo que sería la bandera de Francia.

"No separarse jamás, y reunirse siempre que las circunstancias lo exijan hasta que la constitución sea aprobada y consolidada sobre unas bases sólidas." (1)

La Toma de Bastilla.

Fortaleza del secreto, y lugar sin justicia, la Bastilla fue la primera cita de la Revolución. (2)

I

Sombreuil era gobernante en aquellos momentos de los Inválidos. Estaba viviendo todo el proceso de cambios que sufría Francia en aquellos momentos y era opositor a las nuevas ideas que estaban cambiando la mentalidad de todo un país. Había visto como el ministro que todo el pueblo francés quería, Necker, había sido destituido el once de julio de mil setecientos ochenta y nueve. El pueblo salió de nuevo a las calles pidiendo su vuelta al gobierno.

Sin embargo las revueltas se fueron sucediendo. Primero a favor de Necker y del duque de Orleans, el "rey ciudadano", luego por la rebaja del trigo…

Las milicias nacionales, la guardia del pueblo, temiendo un altercado con los militantes a cargo del rey, buscaban abastecerse de armas, su principal problema. Electores del Ayuntamiento se acercaron a los Inválidos para reunirse con Sombreuil. Tenían una clara intención. Llevarse las armas que el gobernante custodiaba. Sombreuil, conocedor de que aquellas armas posiblemente fueran a parar a manos del pueblo, se negó a realizar tal acto.

El catorce de julio, los Inválidos fueron los primeros afectados de la revuelta popular.

El pueblo en masa corría hacia el edificio, buscaban armas, y las conseguirían costase lo que costase. Sombreuil se reunió con la guarnición en la sala donde guardaban las armas y tras mandar a algunos de sus soldados a los cañones para que dispararan en cuanto vieran las milicias populares, dio una expresa orden a sus soldados.

—¡Quitad los percutores!

Poco a poco, los soldados empezaron a obedecer, salvo uno, que salió entre los soldados y plantó cara a Sombreuil. Thimothée Goodrich se había cansado de todo aquello.

—Lo siento, mi gobernante. —El tono empleado era de un tono sarcástico, mientras realizaba una exagerada reverencia. —Si quiere que no las armas no tengan percutores, quíteselos usted mismo. —El mosquete que Thimothée tenía en sus manos, cayó a los pies de Sombreuil, quien tras mirarlo, dirigió una mirada llena de odio hacia el que creía el mejor de sus hombres de todos cuantos trabajaban en la defensa de los Inválidos. Sin embargo el susodicho hombre ya no estaba delante de él. Salía por las puertas corriendo. —¡Viva el pueblo!—Gritaba mientras cruzaba el umbral de la puerta.

El gobernante, a falta de tener a alguien a quien sermonear por tal insurgencia, miró al resto de soldados, quienes habían detenido la labor que les había encargado.

—¿Y vosotros a qué esperáis?—Les espetó con apremio mientras cogía aquel mosquete entre sus manos y se lo lanzaba a uno de los soldados, quien dejó que cayera al suelo. —¡Vamos!

Las exigencias de Sombreuil no hicieron mella en ellos, la mayoría, poco a poco, fue saliendo de la sala, siguiendo el camino de Thimothée. Sólo unos cuantos se quedaron en la sala, unos cuantos que, por la prisa con la que quitaron los percutores, hubieran salido junto a la mayoría de sus compañeros, sino temieran posibles represalias si aquella revuelta no salía bien.

Antes de lo que el gobernador esperaba, las milicias golpeaban las puertas cerradas de los Inválidos. Sombreuil, creyendo que antes de aquello oiría los cañones, puesto que había enviado soldados a cubrirlos, salió corriendo por el palacio hasta llegar a la zona donde supuestamente estaban sus hombres. No había nadie. Los cañones estaban vacíos, ni siquiera preparados. No tuvo que pensar mucho para saber que Thimothée estaba tras aquello. Y menos, cuando escuchó como las puertas se abrían.

—¡Adelante, ciudadanos! ¡Por una Francia libre!—Aunque la voz era conocida por el hombre, deseaba verlo con sus propios ojos. Asomándose por uno de los huecos que dejaban los cañones, Sombreuil pudo comprobar como Thimothée estaba sumido en una las columnas del palacio y blandía en una de sus manos el símbolo de la milicia. Aquella bandera azul, blanca y roja.

Con temor a encontrarse con el pueblo enfurecido, el gobernador se encerró en su despacho, escuchando aquel derroche de energía que parecía nunca acabar. Saquearon los Inválidos, se llevaron sus armas y todo aquello que pudiera servir en una lucha. Los gritos ensordecedores de la muchedumbre, que nunca tenía suficiente con lo que tenía, pedía más. Y ese más sólo podía darlo otro edificio cercano. Debían de tomar la Bastilla.

II

La noticia corrió como la polvora, una vez que los Inválidos habían sido saqueados. Por las calles de Paris, Jean Baker corría como si su alma se la llevase el diablo. Tropezaba con las piedras que se encontraba por la calzada, pero eso no importaba. Todo el mundo debía de conocer la noticia. Y a cada ser que se encontraba se la daba. Debían de sumarse al pueblo y hacer historia.

El joven Jean se había organizado aquella mañana, como lo llevaba haciendo desde que había empezado toda la revuelta, junto al resto de las milicias para acudir a por armas, el mosquete que llevaba colgando en su espalda lo demostraba. Su meta era su propia casa, en la que entró corriendo, casi chocándose con la puerta. Su joven esposa, Camille Baker, salió a su encuentro, asustada por tal forma, asustada por todo lo que podía pasarle a Jean. Sabía que, como los hombres, las mujeres se habían sumado a la pedida de una nueva situación para Francia, pero Camille no era muy dada a aquellos eventos, y con las tropas militares rondando cerca, menos todavía. Cualquier cosa podía suceder, pero no podía evitar que Jean fuera. Su marido nunca podría quedarse de brazos cruzados ante un movimiento de tal calibre.

Vio a Jean apoyado en la pared de casa, la luz del día entraba por la puerta abierta, y sonidos de revolución incitaban a salir a la calle y ver qué pasaba. La imagen del mosquete colgando ahora de un brazo del joven, asustó a la chica, quien temía que el francés hubiera realizado cualquier locura para conseguirlo.

—¿Qué pasa, Jean?—Se acercó corriendo al joven rubio.—¿A qué vienen esas prisas?—Le miró a los ojos, en los que pudo leer un sentimiento de furor que se transmitía a todo aquel que le mirase. Incluida la propia Camille.

—¡Los Inválidos han caído, Camille!—Sonaba emocionado, mientras le cogía las manos a su esposa para sacarla de la casa, para llevarla junto a él a la lucha que se iba a llevar a cabo—¡Estamos tomando la Bastilla! ¡Las tropas se nos han unido! ¡Tienes que ir a verlo!

Contagiándose de aquel sentimiento, y con la idea de que hasta los militares habían sucumbido al poder de la Asamblea, Camille no pudo hacer más que dejarse guiar por Jean por las calles de Paris, una vez había logrado que el joven se sentara un rato y se serenara tras la larga carrera que había tenido que realizar para llegar a la casa. La idea de que el poder estuviera cambiando de bando de una forma tan rápida presagiaba que pronto aquello acabaría, la monarquía caería y el pueblo tendría el poder. Sin embargo, que terminara pronto y dejara a los ciudadanos con aquellas energías hacía pensar a Camille en posibilidades a las que personas, como Jean, se dedicarían una vez todo hubiera acabo. ¿Se llegarían a cometer locuras sólo por que seguían teniendo ganas de hacer algo?

III

Había demasiado jaleo fuera de la fortaleza. Demasiado para lo que se solía escuchar desde las celdas. Carromatos que se caían, el día del mercado, santos oficios… No. Aquel día los sonidos eran especiales, además de que no había programado nada de aquel tipo. Llevaba oyendo a los carceleros durante varios días. Al parecer Francia se había vuelto loca y el pueblo ahora tenía el poder. ¿O simplemente es que por fin había a la cordura que le había arrebatado la magia de Versalles?

Sentado en el suelo de su celda, Zaccharie Wickham, uno de los siete presos que la Bastilla tenía entre sus muros aquel catorce de julio de mil setecientos ochenta y nueve, se alteró al escuchar las voces que provenían del exterior.

—¡Queremos la Bastilla!—Muchos corearon a su vez, mientras volvían a golpear la puerta del edificio, deseando entrar. Deseando liberar a sus presos. Y aun más. Deseando conseguir las armas que la Bastilla tenía. Con las que había cogido de los Inválidos no tenían suficiente y la Bastilla era el segundo lugar para conseguirlas. El primero que llevaba resonando en la cabeza del pueblo.

Y es que la Bastilla era la cárcel política. Cualquiera podría entrar allí en calidad de preso con sólo una carta firmada del rey. Su uso como fortaleza militar ya no era necesario y ocupaba un lugar clave en el centro de la capital francesa. Desde hacía tiempo, el pueblo deseaba destruirla, pero nunca habían logrado que sus quejas fueran mucho más allá de los Cuadernos de Quejas. Aquella vez no sólo iban a obtener armas, sino que la caída de la Bastilla estaba tan cerca, como el pueblo lo estaba del recinto.

Si Zaccharie se hubiera acercado aquella mañana a la ventana que tenía en su celda, aparte de ver una muchedumbre enfurecida que clamaba más poder, hubiera visto mosquetes alzados, personas que desde todas las direcciones se acercaban a la Bastilla con diversos deseos, pero el más común era ver como el lugar era tomado por el pueblo.

En su lugar siguió escuchando. Si hubiera estado en otra celda mucho más cercana a la multitud, en lugar de gritos y silbidos, hubiera escuchado como un hombre daba indicaciones a los demás sobre cómo debía de tomar aquel lugar. Zaccharie no le conocía, y posiblemente pocos de los ciudadanos que le escuchaban sabían su nombre, pero en aquel momento todos confiaban en él, porque su plan parecía factible. Trepar por los muros y desde dentro abrir las puertas. Manos voluntarias no faltaron para desempeñar tal oficio. Las negociaciones con René-Bernard Jordan de Launay, el alcaide en aquellos momentos de la Bastilla, no había dado resultado. Sin embargo tras la victoria en los Inválidos, con un gobernador semejante a aquel, el pueblo francés sentía que iba a poder lograrlo.

El ciudadano, que desde el suelo, seguía dando órdenes a sus compañeros para que subieran a salvo por los muros, era un tendero. Albert Pannetier.

IV

Era poco probable que la encontrara entre la multitud que se dirigía a la Fortaleza de la Bastilla, puesto que eran demasiadas personas que pasaban corriendo y no le daba tiempo a reconocer ninguna cara. Pero tras entrar en la casa y no encontrarla, supuso que sería una de las mujeres que se habían sumado a las masas deseosas de armas. Corrió por entre la muchedumbre gritando el nombre de aquella mujer. Thimothée Goodrich había roto el contacto con su hermana mejor, Clotildée cuando ésta se había casado con un tendero de apellido Pannetier, sin mal no recordaba.

La unión de ambos jóvenes, que aseguraban que se habían enamorado y que nada impediría su amor, podía ocasionar la ruina para Thimothée y su familia, quienes habían decidido cortar por lo sano. De aquello había pasado varios años en los que el soldado no había tenido ninguna noticia sobre su hermana menor.

Sin embargo el fragor de la batalla que se estaba llevando a cabo y el que hubiera cometido tal insurrección, viéndose como líder de los militantes que se había sumado a la revuelta, le habían conferido a Thimothée el poder para buscar a su hermana, disculparse con ella por aquellos años de indiferencia que había tenido para con ella y luchar juntos por cambiar el futuro. Porque Thimothée había conocido a Pannetier y sus ideas para con una Francia mejor y podía poner la mano en el fuego al pensar que él había sido uno de los primeros que se habían sumado a las revueltas. Arrastrando a Clotildée con él.

Era un momento por el que Thimothée buscaría a Clotildée para luchar juntos por la igualdad entre ciudadanos en Francia.

V

Junto a la multitud clamante de conseguir armas con las que luchar por obtener sus deseos, Camille y Jean Baker corrían entre ellos, agarrados de las manos para no perder al otro en la carrera por alcanzar la cabecera de la multitud. En aquel sitio, si se separaban, posiblemente tardarían bastante tiempo en encontrarse y tiempo era precisamente lo que no tenían con todo lo que estaba pasando en cada instante. Sabiendo que ambos podían ser de ayudas por si ocurría cualquier desgracia. Cualquier altercado. Ninguno se fiaba de los soldados que pudiera haber en la Bastilla. Deseaban estar en la cabeza, desde donde pudieran ver cualquier altercado, desde donde, también, eran más vulnerables para con los demás.

Jean tenía un arma que no dudaría en disparar si la ocasión se presentase oscura. Si se veía atrapado. Si veía que iban a por Camille. No había disparado nunca ninguna, pero tenía aquel convencimiento de que su instinto de supervivencia era más fuerte que su nulidad para con las armas. Deseaba que su instinto no le fallase si llegaba el momento de tener que disparar con ella. Camille por su parte tenía conocimientos en medicina, heredados de su padre, un viejo doctor de pueblo al que solía ayudar cuando era una niña. Si alguien resultaba herido, podría echarle una mano, aunque rezaba a los cielos para que no tener que hacerlo, puesto que significaba que nada malo había pasado.

De vez en cuando, ambos miraban al cielo, a los muros de la fortaleza. Los ciudadanos, movidos por la voz de un hombre, Albert Pannetier, subían por la fortaleza con cuidado, intentando evitar que los mosquetes que colgaban de sus hombros cayeran al suelo, o en su defecto, y lo que más asustaba, que el propio ciudadano presa de un infortunio, cayera del muro de la fortaleza. A los pies de la fortaleza, todos esperaban impacientes a que las puertas se abrieran para cruzarlas. Camille y Jean se vieron detenidos por el tapón que creaba la gente en la puerta, por lo que detuvieron su paso. Expectantes por lo que venía a suceder.

VI

Dentro de la celda, Zaccharie Wickham había escuchado órdenes del interior de la fortaleza. En el patio principal, René-Bernard Jordan de Launay estaba reuniendo a todos los soldados de la Bastilla. En un primer momento, Zaccharie había temido que Launay fuera a coger a los prisioneros de la Bastilla para llevarlos al patio y desde allí amenazar al pueblo que quería entrar con matar uno a uno a aquellos pobres infieles que sólo habían tenido la desgracia de encontrarse en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Pero la idea de Launay iba a ir mucho más lejos, según podía escuchar. Tenía pensado hacer que los ciudadanos lograran entrar en la Bastilla, en el momento cumbre de jolgorio por parte del pueblo, mientras éstos comenzaban a entrar en la fortaleza, dar la orden de disparar contra ellos, indiscriminadamente.

Conocedor del plan del alcaide, Zaccharie se asomó por la ventana de su celda que daba al exterior de la fortaleza. Pudo ver como los ciudadanos subían por los muros. Y comenzó a gritar, queriendo llamar la atención de la muchedumbre. Queriendo hacerse oír por encima de los gritos de centenares de personas que se agolpaban y gritaban como si sus vidas estuviera en ellos.

—¡No lo hagáis! ¡Launay os va a masacrar a todos!—Gritó con todas sus fuerzas, pero su voz se perdió en el gentío.

Aquello le frustraba. La lejanía con el bajo de la Bastilla, ocasionaba que pasara desapercibido por parte de los que se habían aglomerado en torno a la fortaleza. Su voz no era lo suficientemente alta, como para llamar la atención, de aunque fuera, un miembro de la masa, alguien que hiciera callar al resto. Veía, impotente, como los ciudadanos comenzaban a colarse en la Bastilla y como faltaba poco para que estos abrieran las puertas principales de la fortaleza y con ello, que la masacre comenzara.

Zaccharie se dejó caer por la pared de su celda, hasta sentarse en el suelo, tapándose los oídos con ambas manos. Eso no le impidió escuchar como desde fuera comenzaban a festejar el hecho de que las puertas del lugar se estaban comenzando a abrir. Ni la idea de una posible libertad anticipada podía animarle en un momento como aquel.

El desenlace.

- "Pero ¿es una rebelión?" preguntó Luis XVI.

- "No, señor, no es una rebelión, es una revolución." respondió el duque. (3)

VII

Las puertas de la Bastilla comenzaron a abrirse mientras Thimothée Goodrich lograba alcanzar la cabecera de la muchedumbre. Cercano a él, veía a Albert Pannetier. Había cambiado desde la última que le había visto. Los años habían pasado más por él, que por otros conocidos que Thimothée tenía. El peso de llevar encima de sus hombros a toda Francia debería ser el causante de aquel desmejoramiento que visible del tendero.

Dirigió sus pasos hacia el joven, con una clara pregunta en su mente, que se quedó en blanco cuando escuchó la voz que provenía del interior de la fortaleza, al tiempo que los ciudadanos se preparaban para entrar.

—¡Fuego!—La voz de Launay se escuchó. Como si por un instante toda Francia se hubiera quedado en silencio para oír aquella orden del alcaide de la Bastilla a sus hombres. Los soldados agrupados en el patio principal, blandieron sus armas y lanzaron una primera sarta de disparos que dieron en las primeras filas de personas.

Thimothée no se libró de aquellas balas. La sangre comenzó a teñir de rojo por la zona abdominal el uniforme de militar que llevaba. Cayó al suelo, junto a otros compañeros que habían resultado igualmente heridos. Algunos de ellos, con un poco más de suerte que el soldado, sólo debían de lamentar que la bala solo había dado a un brazo.

Los gritos se escucharon por todo el exterior del lugar. Todo se volvió un caos, mientras la gente comenzaba a huir del lugar. La mayoría, en un claro gesto de compañerismo, cargaba a los heridos lejos de la primera línea de batalla. Otros blandieron sus propios mosquetes y dispararon contra los soldados. Los cañones comenzaron a hacer gala de su fuerza, siendo dirigidos por los ciudadanos enfurecido con aquellas personas ciegas por la creencia de que el eran más fuertes que los soldados que custodiaban la Bastilla. Soldados expertos, mientras que ellos era simplemente una milicia popular.

Thimothée se vio cargado por dos personas desconocidas, intentaba no perder el conocimiento, y por ello se concentró en las personas que le rodeaban. Una joven pareja cercana a ello, se encontraba estática, discutía.

—¡No vas a ir, Jean!—La joven tirada del brazo del chico rubio, quien enarbolaba el mosquete que tenía como si fuera una bandera, un símbolo de la revuelta.

No hacía falta mucho para saber a dónde quería ir el chico de nombre Jean. Mientras la mayoría de los presentes que no tenían armas, habían salido corriendo, los que tenían la suerte de poder hacer frente a los soldados, se habían quedado a luchar.

—¡Camille! ¡Tengo que hacerlo! ¡Francia nos necesita!—Y como si le fuera imposible convencer por medio de palabras a la joven, el muchacho alzó la voz, hacia donde estaban llevando los heridos—¡Chicos! ¡Camille os puede curar! ¡Sabe medicina!

Y antes siquiera de que la joven fuera llevaba hacia los heridos por la gente, Jean ya se había soltado de su brazo y corría hacia la entrada de la Bastilla, para miedo de Camille.

VIII

Las milicias populares no eran expertas, pero las ganas de victorias, lograban que las fuerzas de los soldados se vieran sobrepasadas por los ciudadanos con mosquetes y cañones que se concentraban en la entrada a la fortaleza. Launay había fracasado. Había creído que el pueblo se rendiría y que saldría corriendo con aquella amenaza, pero no era así, y sus soldados poco a poco iban perdiendo la fuerza y se rendían al pueblo.

El intercambio de disparos se hizo continuo por varias horas, hasta llegar a la friolera cantidad de cien muertos por parte de la milicia popular. El pueblo fue apoyado por soldados, que desertaron del cuerpo militar del país y portaban sus propias armas, o aquellas que quitaban a los muertos.

Cuando la tarde llegó, el alcaide Launay dio cese de fuego por parte de sus hombres y se encerró en la Bastilla junto a los soldados que quedaban en aquel momento. Aprovecharon la circunstancia para hacer recuento de ciudadanos. De quitar a los muertos de la primera línea de batalla. De reorganizar las armas por si Launay y los suyos volvían a salir con intención de seguir con la batalla.

En lugar de eso, una carta fue encontraba en una hueco de las puertas interiores de la Bastilla, firmada por el alcaide, quien rendía armas, pidiendo que ninguno de sus soldados, ni el mismo, fueran ejecutados por las milicias. Al contrario de lo que pedía, la guarnición de la Bastilla, junto al alcaide, fueron apresados por la milicia.

El nuevo y repentino alboroto, causo impresión en Zaccharie, junto con el resto de prisioneros en la bastilla. Habían sido testigos auditivos del enfrentamiento que se había llevado a cabo, y parecía que todo había acabado. Los gritos que aseguraban que habían tomado la Bastilla se sucedían y con ellos, se prosiguió a la liberación de los prisioneros. Zaccharie, como el resto de ellos, no sólo consiguió la libertad, sino que además le dieron un mosquete para que luchara junto a la milicia popular por cambiar la Francia del presente.

Temeroso de las consecuencias que podía acarrear la negativa de enarbolar un arma, tras lo que había presenciado, el francés salió de la fortaleza para encontrarse con el panorama desolador que dejaban los muertos y los heridos en el campo de batalla. Desde luego no parecía ser una victoria del todo satisfactoria.

Una vez saquearon la Bastilla, llevaron a la guarnición, como al alcaide, al ayuntamiento. Sin embargo por el camino, Launay fue apuñalado por parte del pueblo, y su cabeza fue cortada y exhibida gracias a una pica, para luego ser paseada por todo París a manos de un carnicero, que se jactaba de lo poco fuerte que resultaba el alcaide en aquellos momentos, aquel gesto se volvería bastante común en aquella revolución. Tres soldados, que veían en aquel gesto de los ciudadanos, una ofensa para con el que había sido su jefe, y que habían pretendido atacarles durante el trayecto, también resultaron muertos, mas con sus cuerpos no se cometió ninguna ofensa, como había ocurrido con Launay.

IX

Mientras la masa popular, recorría la distancia que separaba la Bastilla, del ayuntamiento, Camille Baker buscaba a su marido entre aquellos rostros felices por la victoria obtenida contra todo pronóstico, que en un primer momento parecía. Temía por la vida de él, porque conocía lo osado que podía llegar a ser y que seguramente no había parado hasta estar disparando en primera línea de la batalla.

Mientras había estado curando a los heridos que se concentraban en torno a ella y varios ciudadanos más, no había dejado de pensar en Jean. Era adulto, sí, pero a veces la francesa creía que se comportaba como un niño.

La muchedumbre fue dejando de ser tan concentrada, hasta que terminó, dejando a la rubia a la cola de ésta, con la Bastilla a sus espaldas. El temor cada vez inundaba más su cuerpo.

—¿Qué haces que no te unes a los eventos?—La voz provenía de detrás de ella.

Sin dilación, la joven se dio la vuelta para encontrarse con el chico a quien buscaba. Salía de la fortaleza por su propio pie. Ya no tenía el mosquete, aunque había ganado una herida en el brazo, seguro que por el intercambio de fuego. Verle, aparentemente tan bien, llenó a Camille de una alegría que ocasionó que saliera corriendo a abrazarle, olvidando aquel brazo herido.

Había visto demasiado cerca el horror de las revueltas. No hubiera podido soportar que también las revueltas se lo llevaran a él. Que hubiera sido un número más en aquella cifra que contaban por centenar de muertos.

X

Aquella noche. La ciudad dormía. O al menos para Luis XVI. Quien seguía ajeno a lo que acontecía a la ciudad. Había mandado a retirar tropas, como si desconociera lo que había pasado en la Bastilla. Su mente estaba en otro lugar. Su mente sólo tenía lugar para su esposa, la reina María Antonieta, y no quería que esta se viera importunada por la revolución que parecía haber calado en la población.

Como en el día anterior, a la hora de escribir su diario una palabra resumió aquel día. Nada. (4)


El futuro de Thimothée lo dejo como un lienzo en blanco porque nunca me decidí a matarlo o ha dejarle vivir. Así que lo dejé incierto. El nombre de Camille es idea de roboticmixie.

1-Pertenece al Juramento del juego de Pelota, redactado por Jean-Joseph Mounier.

2-Arlette Farge, La Bastille, mythe et réalités, dirigido por Michel Vovelle, L'État de la France pendant la Révolution, 1789 - 1799, La Découverte, 1988. (Sacado de Wikipedia)

3- ROJAS OSORIO, Carlos; Invitación a la Filosofía de la Ciencia; Revista de Filosofía de la Universidad de Costa Rica, 2005. (Sacado de Wikipedia)

4- Referencia sacada de la Wikipedia, aunque es dada para el día 13 de Julio. Sin embargo, tras haber leído varias entradas en el diario de María Antonieta, como del monarca, y sabiendo no era raro que pusieran tal palabra, me tomé la licencia de ponerlo también para el 14 de julio.