LAGRIMAS DE TINTA.

SINOPSIS:

A los diecisiete años, terminando la escuela secundaria y con un trabajo de medio tiempo como maestra de apoyo escolar, Evangelina Dellier no tiene tiempo para el amor, especialmente luego de que sus ilusiones hubiesen sido destrozadas hace un tiempo atrás. Sin embargo, encuentra imposible resistirse a una oportunidad con el chico que le rompió el corazón.

Daniel Ponce necesitaba un descanso de su posesiva novia cuando conoció a Eva, poniendo su mundo de cabeza y llevandolo a afrontar sus miedos y los de ella para estar juntos.

Pero cuando los secretos que ambos guardaban salen a la luz, ¿podrán ser capaces de superar los obstáculos, o dejaran que el pasado los venza?


CAPITULO 1

Esa tarde había salido de su casa temprano, caminando despacio para ordenar sus ideas, disfrutando el cálido sol de Abril; las hojas secas de otoño crujían bajo sus pies. Llevaba sólo una ligera chaqueta de algodón, ya que aún no hacía mucho frío, y un par de jeans gastados. Su cabello color ébano caía suelto a la mitad de su espalda, la suave brisa revoloteando un par de mechones.

Sonrió irónicamente, ¿cuántas veces había soñado con ir a esa casa?

Su memoria la transportó a aquél momento trágico, cuando había sido tan sólo una chica enamorada, desnudando su corazón para que le fuera devuelto en mil pedazos. Trozos que se había esforzado en juntar nuevamente, protegiéndolos celosamente.

Su mayor preocupación era ayudar a su familia ahora, y lograr cumplir con sus propias ambiciones. El amor definitivamente podía esperar.

Por eso había decidido aceptar el trabajo; necesitaba probarse a sí misma que había dejado a esa joven soñadora e inocente atrás, tenía que probarse que realmente había superado aquello.

Sin embargo, estaba completamente aliviada de que él no había abierto la puerta, sino que había sido su hermano, justamente a quien ella venía a ver.

- ¿Francisco Ponce? -preguntó, aunque ya sabía que era él.

- Sí, adelante. -Dijo con una expresión aburrida. Aparentemente no estaba muy emocionado de pasar su tarde encerrado en esa casa.

Sí, yo tampoco, pero muchas opciones no hay... Pensó amargamente.

Él la condujo a la sala, donde le hizo tomar asiento en el sofá frente a la mesita de café, en la que descansaban sus libros.

- ¿Y cómo te llamas?

- Eva. -Sonrió, tendiéndole una mano.

Él se la estrechó con fuerza, devolviéndole la sonrisa.

- Así que, átomos y moléculas, ¿eh? -Dijo en un suspiro, lanzándole una mirada aburrida a sus libros.

- Más como formulación de química orgánica.

El joven entornó los ojos y ella no pudo evitar preguntarse si él era como su hermano mayor. Tenía que admitir que se veía muchísimo como él, pero no llegaba a completar esa imagen perfecta que ella tenía del chico. Francisco tenía los mismos rasgos, pero su rostro era de expresión suave y su mirada era casi dulce. Casi. Ambos compartían el mismo tono bronce de cabello y los ojos café de Fran eran más oscuros que los de su hermano, aunque el mayor de ellos tenía la mirada más profunda. Y la mandíbula más definida, y su rostro no reflejaba dulzura, sino cierta malicia y travesura que hacía a las chicas suspirar.

Que es lo que ella estaba haciendo en este momento, en medio de su explicación.

- ¿Estás bien? -Preguntó su alumno con el ceño fruncido.

Ella se aclaró la garganta, tratando de ocultar su rubor bajo su cabello oscuro.

- Como te iba diciendo...


Un golpe en la puerta los distrajo a ambos, ya iban una hora de clase y restaba una más, por lo que el muchacho se apresuró a ver quién era. Debía reconocer que, aunque no se mostraba muy entusiasmado con el estudio, parecía bastante agradable. Le respondía las preguntas con amabilidad y fingía -sí, fingía- poner atención a lo que estaba enseñándole. Decididamente el muchacho odiaba estudiar; ella debía encontrar una manera de meterle los conocimientos en la cabeza si deseaba que aprobara el examen de la próxima semana.

- Te dije que no se encuentra -oyó al muchacho alzar la voz, y giró su cabeza con curiosidad-, y no sé cuándo va a volver.

- ¡Pero yo le dije que vendría!

Eva se congeló. Conocía demasiado bien esa voz femenina. Y la odiaba.

- Bueno, pero te dije ya que no está, háblalo con él. -Espetó antes de cerrar la puerta.

Eva obtuvo un breve vistazo por encima del sofá a la joven que había hecho su vida imposible durante toda su infancia. Lucía igual que siempre: alta, delgada, cabello rubio oscuro, ojos color miel y un aire de superioridad que exudaba por los poros.

Fran se dejó caer ruidosamente en el sofá, soltando un bufido. Parecía demasiado molesto como para seguir pretendiendo que le interesaba lo que estaban haciendo.

- Lo siento por eso, -dijo suavemente.

- No hay problema, -respondió ella, tratando de ocultar su tono amargo. Él no tenía que saber cuánto le afectaba descubrir que ella aún estaba con él.

- Es la novia de mi hermano. Aunque él la está evitando; realmente no entiende cuándo no tiene que aparecerse.

- Sé que no es de mi incumbencia pero, ¿por qué tu hermano está evitando a su novia?

Eva se mordió la lengua. ¡Ella no debía preguntar por él!

- No es su novia en realidad... Bueno, no sé. Lo fue hace un tiempo, pero es como que vienen y van, ¿sabes? Ella está como obsesionada y es difícil despegársela. Creo que Daniel ya no quiere nada con ella pero es muy insistente.

- Oh.

- Sí.

- Y veo que mucho no te agrada.

- Es una perra.

Eva no pudo evitar soltar una carcajada, lo que le hizo a Fran sonreír.

- Estamos de acuerdo en eso. -Ella resopló.

- ¿La conoces?

- Lamentablemente sí. Fuimos a la escuela juntas, donde solía hacerle la vida imposible a todo el mundo; por suerte a mediados de la secundaria ella se transfirió a otro colegio.

- Al igual que yo, al mismo colegio -dijo con pesadez.

- Lo siento, -Eva arrugó su nariz, agradeciéndole al cielo que ya no se cruzaba con Melisa. El pobre de Fran tenía que lidiar con ella todos los días.

- Cuando mi hermano está con ella, no es tan malo. Pero cuando se aleja porque agotó su cuota de paciencia, se torna completamente insoportable...

Eva se moría de ganas por preguntarle dónde estaba él, qué estaba haciendo, y con quien; pero se mordió la lengua. No debía preguntar, no debía siquiera interesarle. Al menos no se encontraría con él el primer día. Si continuaba ausente durante todas las tardes de la semana, no tendría de qué preocuparse. Fran aprobaría su evaluación y ella no tendría que volver a pisar su casa y arriesgarse a verlo y volverse una tonta enamoradiza otra vez. No, eso no sucedería...


Cuatro tardes después, su alumno ya había logrado comprender química. Ella había logrado entender un poco al chico y descubrir un buen método para motivarlo y que entendiera la materia.

Gracias al cielo la otra joven no había vuelto a aparecerse, lo que menos quería era que ella averiguara que Eva estaba ayudando al muchacho, lo que provocaría que: o bien le saboteara el trabajo o bien la pusiera en vergüenza frente a su alumno. O ambos. Nunca logró comprender por qué Melisa disfrutaba tanto de hacer sentir mal a todo el mundo.

Para su suerte, Daniel tampoco había aparecido en esos días.

Una sonrisa satisfecha se plasmó en su rostro al llegar a su cuarto, dejando su carpeta en el pequeño escritorio, se quitó las zapatillas y se recostó en su cama, escondiendo los pies debajo de la colcha; disfrutaba del silencio en la casa, que no era muy común. Seguramente su madre había llevado a los niños al trabajo con ella esa tarde, y su hermano mayor estaría en una de sus clases.

Eva era la segunda de cuatro hermanos, los demás todos varones. Marcos era el mayor, un año más grande que ella, tomaba clases en la universidad, y estaba en búsqueda de un trabajo estable. Exactamente el mismo plan de Eva para el próximo año. Luego seguían Tadeo de trece años y Jonathan de diez años. Sus pequeños traviesos, que ya no eran tan pequeños. Todos compartían el mismo color oscuro de cabello, heredado de su padre y los resplandecientes ojos verdes de su madre; si bien ella no llegaba al metro con sesenta, su hermano mayor había alcanzado una formidable estatura de metro con ochenta y cinco, y no tenía dudas de que sus pequeños hermanitos lo harían también. Tadeo ya estaba alcanzando la altura de su hombro, de hecho.

Los cuatro vivían con su mamá, Clara, que era empleada en una librería mayorista en el centro de la ciudad. Ella tenía la suerte de tener su cuarto propio, al ser la única mujer; sus tres hermanos debían compartir la alcoba, lo que generalmente provocaba catástrofes de grandes magnitudes por temas tan existenciales como quién elegía qué ver en la televisión o quién había dejado las apestosas medias sucias debajo de la cama.

Sin embargo, Eva no se imaginaba una vida sin ellos. Ya era demasiado duro sin su padre; a quien habían perdido hacía dos años en un accidente. Su padre había sido un hombre honesto y trabajador, pero aun así había dejado algunas deudas más la hipoteca, y el sueldo de su madre no alcanzaba para cubrir todos los gastos. Fue por eso que su hermano mayor comenzó a buscar trabajos pequeños después de la escuela, y ella se había decidido a ofrecerse de tutora por una paga por hora, lo que la ayudaba con los gastos de la escuela además de ayudar en la casa.

Por esto había aceptado ayudar a Francisco, aunque el muchacho fuera el hermano menor de quien le rompió el corazón...

Eva se frotó los ojos, tratando de suprimir las lágrimas. Se había prometido que ya no lloraría; no derramaría una sola lágrima por ese maldito cabrón. Había estado aterrorizada de verlo esos días, pero había decidido que su trabajo era más importante y que debía actuar de una forma profesional -bueno, tan profesional como podía ser a los diecisiete años-, y que sería completamente indiferente hacia él. Tratarlo de mala manera sólo demostraría cuánto la lastimó y que aún le guardaba rencor; y definitivamente no debía actuar como una niña enamorada nuevamente, ella ya no era así. Así que decidió pretender. No le daría el gusto de verla afectada por él otra vez.

Ella resopló por la nariz, seguro que ni siquiera la recordaba.

Sólo una tarde más, -se aseguró-, y no tendrás que pisar esa casa otra vez.


Notas de la autora: ¡Hola! Primero que nada muchas gracias por pasar a leer, espero que les haya gustado este primer capítulo de mi novela juvenil, prometo que es muy tierna y dulce pero también tiene un poquito de drama. Espero que sigan leyendo y si quieren dejen un comentario para saber qué opinan.

¡Nos leemos pronto!

Sol.-