Este fic participa en el reto "Mitología" del foro ¡Ven por un reto!


Perséfone

O

La Diosa de los Infiernos

.

pura–

Ella olía a virgen.

Tenía un sabor dulzón que le entraba por la garganta y le recorría las fosas nasales. Lo notaba en cada papila de la lengua y el sabor viajaba como estímulos por la sangre, dirigiéndose a todo su cuerpo, hasta las manos, hasta el estómago, hasta la mirada. Sólo con sentirla de lejos podía saber que estaba ahí, pues le inundaba todo el cuerpo y le controlaba hasta tal punto de suprimirle como entidad pensante y poderosa.

Sí, olía a virgen, como virginales eran su rostro y figura.

Una piel tersa que le cubría todo el cuerpo, blanca y fina, como la más delicada de las porcelanas; más tentadora que la propia tentación; que parecía brillar bajo los influjos del sol, como si fuera la mismísima manzana de la discordia –que sin duda debía pertenecerle a ella y no a otra diosa, no a otra mortal–.

Los cabellos, dorados, como briznas de oro envolviéndola alrededor del cuello, adornado con mechones rojizos que parecían avecinar la fiera alma que escondían. Los ojos, pardos, que al sol se volvían un ocre amarillento, enormes, cubiertos de pestañas negras y opacas y que se le enmarcaban en el rostro pálido y largo. La nariz, ancha y menuda y debajo los labios, rosados, carnosos y dispuestos para ser besados.

Era alta y esbelta, con las piernas blancas más largas que jamás hubiera visto. La cadera ancha y la cintura estrecha, que guardaba sitio para un vientre plano y terso que se situaban bajo unos pechos menudos y casi infantiles.

No sólo olía a virgen, y su cuerpo era virginal. No.

Perséfone era virgen. Una criatura única, sin marchitar, aún demasiado joven y dueña de su sino. Libre, sin nombre en la palma, sin nombre en el corazón.

tierra–

La escondían unos rosales verdes, con pinceladas de rojo, totalmente vivos. Parecía que con sólo estar presente, ella desprendía vida, parecía que alegraba la existencia, parecía que le alegraba su eternidad, ésa de la que era esclavo.

Sus pies descalzos se apegaban a la tierra, acariciados por la hierba y el rocío de las primeras horas de la mañana. Era la hija que retornaba a sus más primeros orígenes, y era su cuna quien la recibía con los brazos dispuestos para acogerla en su seno, para cuidarla y guardarla de los seres que pudieran atentar contra su pureza y bondad natas.

Podía apreciar la curva de su espalda, sus huesos marcándose bajo la piel que escondían unos ropajes de hilo blanco. Su largo brazo se extendía cuan largo era hacia el suelo, acariciaba los pétalos de alguna flor dichosa con delicadeza y ternura, y les susurraba cantos celestiales, venidos desde su más dulce corazón. Otras veces era el mismísimo barro, avenido entre sus manos, tembloroso y sabiéndose afortunado de encontrarse a disposición de su sensible tacto.

Y luego danzaba para él, o puede que sólo fuera en su imaginación, y la danza era en realidad para ella, para toda la natura que la envolvía y que la hacía parecer tan viva, tan infinita, tan suya y exclusivamente suya y de nadie más, ni siquiera de él.

Perséfone no le pertenecía a nadie, sólo al suelo en el que se mantenía firme sobre sus pies, sólo podía ser la posesión de aquel ser que la dejara ser libre, sólo correspondía a la tierra.

lis–

Siempre sería su mayor debilidad, su más evidente flaqueza. Aquello que sentía en el pecho cada mero momento que aparecía en sus pensamientos no le hacía pensar lo contrario. Y a pesar de su consciente eternidad, su saber imperecedero, no podía evitar sentir calambrazos en todo su cuerpo, en toda su inmortalidad, que le hacía sentirse tan muerto, tan desesperado, cada vez a un mayor nivel, haciéndole llegar a creer que podía extinguirse en cualquier momento.

Por eso decidió moverse, avanzar hacia ella con movimientos ágiles y silenciosos, seguro de sí mismo en ellos, a sabiendas de que su acecho sutil era tan imperceptible que ella jamás hubiera podido huir. Sin embargo, su mirada de ojos marrones lo paralizó. Era la primera vez que osaba apreciarla tan de cerca, y qué decir que la visión no le decepcionó, creyó haber estado mirando un viejo retrato durante demasiado tiempo antes de contemplarla de verdad.

Restaría como testigo de la atrocidad acometida un lirio sobre la hierba. El mismo lirio a punto de marchitarse que Perséfone había intentado recoger del suelo. El mismo lirio que ella había soltado de entre sus dedos, al colocarse delante de ella tan atroz figura. El mismo lirio que podría confesar la mirada de los ojos pardos que él había visto, la que ella había mandado como un mensaje de bondad y confianza. El mismo lirio que las ninfas entregarían a Deméter.

El mismo lirio que sería el testigo del rapto de Perséfone.

viva

Aun podía escuchar los gritos de Deméter desde la tierra de Gea, sus graznidos le perforaban los tímpanos y se sorprendía de que su dulcísima Perséfone restara dormida sobre el lecho. Sus ojitos cerrados y su piel serena le indicaban que nada le había perturbado el sueño en lo más mínimo.

La contemplaba día y noche sin apartar ni un segundo la mirada, temiendo perderse el despertar de la joven, perdiéndose el abrir de sus ojos pardos y su mirada perdida.

El Inframundo temblaba y a él no le importaba, sólo aquella figura que descansaba sobre el lecho le parecía la única y verdadera realidad, aquello y ninguna otra cosa.

La imaginaba de mil y una maneras, en cientos de situaciones a su lado y nada le podía parecer más perfecto, se creía muerto en el pasado, se creía renacido con ella a su lado, que estaba empezando a comprobar lo que era la vida, de la que tanto siempre le habían hablado.

Deseaba con todas sus fuerzas que su corazón –el de Perséfone– palpitara al ritmo que el suyo, que sintiera tanto por él como él sentía por ella, quería ver de vuelta en su mirada, todas las cosas que él tenía que decirle, toda la eternidad que tenían que compartir.

Y de repente un parpadeo, y el mismísimo reino de los muertos se llenó de luz, se llenó de vida.

hogar

Su mirada parda hablaba, pero sus labios callaban. Y a pesar de ello la entendía, con la mismísima mirada le decía cuan asustada estaba e incluso podía advertir en ella algo de odio, y aunque era inmortal, eso lo mataba. ¿Acaso no comprendía la grandeza de sus sentimientos, de cuán importante era para él?

Pasaban los días y de su boca no salían palabras, pero su mirada le pedía que la devolviera a casa, a su madre, a todo lo que ella conocía, que respondiera a las suplicas de Deméter que rogaban el retorno de aquello que era suyo y que le había sido hurtado vilmente.

La tristeza de sus ojos le llevaba a la locura, le llevaba al sacrificio, a la infelicidad propia.

La acompañó hasta las mismísimas puertas del infierno, depositando en ella todo lo que él sentía, le dio a entender que la liberaba, que comprendía que no pudiera corresponder la fealdad de su alma si es que la tenía. Sus ojos pardos viajaron a través de su ser, escucharon en sus palabras.

Y sintió, sintió tanta verdad, tan profundo y denso, tan real que por primera vez se le aceleró el corazón, golpeándole por dentro, hacia todos lados, en todas direcciones.

No la liberaba, se dijo. La había liberado ya en el momento en que la raptó durante aquella eterna primavera, imponiendo el más helado invierno en la tierra de Gea.

Vio un granado a su derecha, había crecido fértil durante su estancia en el Inframundo. Agarró uno de los frutos, abriéndolo por la mitad. Saboreó las semillas, mirándole a los ojos. Se estaba entregando, pues ahora que había probado bocado en el Infierno pertenecía a él para siempre.

Pertenecía a Hades para siempre.

amor

Los dioses no amaban, los dioses no sentían; hasta podría decirse que estaba prohibido, condenado. Pero lo que Hades sentía por Perséfone era amor puro y sincero, y si no lo era, era lo más próximo que podría sentir jamás.

Era a lo que cada día se acercaban más y más las emociones que despertaba Hades en la pequeña Perséfone.

No, el amor entre los dioses no existía, era un imposible, pero dichoso de aquel que recibiera el amor que las deidades que gobernaban el infierno se profesaban.

Porque ella era Perséfone en la tierra de Gea, donde al volver devolvía el color y la alegría. Porque ella era la Diosa de los Infiernos cuando estaba a su lado.

Porque él era desconsuelo cuando ella se marchaba y porque era Hades cuando regresaba.