Besada por el fuego

Por Nochedeinvierno13


Esta historia participa en el Reto "Crímenes y malvados" del Foro "De relatos y escritores".

Crimen: Violación.


Tiene el cabello de un color rojo vibrante como si hubiera sido besado por el fuego y sus ojos son una perfecta combinación de matices verdosos que se semejan a dos esmeraldas. La piel es blanca como la nieve que suele caer en invierno y sus dientes perlados a menudo son enseñados en una bella sonrisa. Su aspecto es inusual entre las personas de su clase y su belleza se puede asociar a una clase social a la cual no pertenece. Siempre la observas desde la distancia y sigues sus movimientos con sigilo, como una fiera al asecho de su presa. Dudas que ella tenga conocimiento de tu interés en su persona. Nunca debe haber pasado por su mente la sola posibilidad de que justamente en ti podría despertar una cierta atracción pero esa posibilidad ha tenido lugar.

Al principio has querido ignorar esa curiosidad que emerge de los más profundo de tu ser cuando la contemplas pasar rumbo mercado del pueblo y evitar que tus ojos se cierren entorno a la cintura femenina que intenta ocultarse debajo de esos vestidos desgastados que suele lucir. Con el tiempo transcurrido ya no quisiste reprimir los instintos más bajo que ella provoca en ti pero entendiste que de alguna forma es necesario saciarlos. Intentaste olvidar su cabello besado por el fuego y sus ojos esmeraldas, en los brazos de la hija del tabernero, un hombre que no le importa vender a su hija por unas monedas de cobre, que vive en las afueras del pueblo. Una muchacha que poco le importa la reputación que forja entorno a su persona y rápido aprendimiento cuando del arte del placer se trata.

Acudiste cinco noches seguidas a sus sábanas y aunque pudiste apaciguar momentáneamente tus instintos, estos volvían con más ímpetu, con más fuerza que el día anterior. «Mientras no pronuncie palabra alguna, su boca no me recuerda a ella —fueron tus pensamientos. Entrabas en su cuerpo con fuerza, tratando de arrancar cualquier palabra que pudiera emerger de su garganta—. Su cabello es negro como el carbón y su piel bronceada, no es ella.» Pronto entendiste que solamente puedes hacer desaparecer esos instintos y esa inquietud que en ti nace, cuando tengas a la muchacha de ojos esmeraldas entre tus brazos. Solamente cuando el cabello rojo se escurra entre tus dedos como si el fuego estuviera en tus manos y esos ojos verdes se fundan con los tuyos al mismo tiempo que tú te fundes dentro de su cuerpo; será el instante donde todos tus instintos se aplacarán por completo y podrás volver a conciliar el sueño.

Esa conclusión llena tu mente día a día y aunque sigues acudiendo a la cama de la hija del tabernero, lentamente has comenzado a trazar un plan. Un plan que en tu imaginación se perfila exitoso pero que varios factores deben influir a tu favor. Primeramente debes contar con la buena voluntad de la muchacha para contigo y también debes encontrar el momento adecuado para que la situación llegue al punto que tanto te es necesario. «Lo primero que debo hacer, es conocer su rutina diaria y buscar el momento indicado para interceptarla —son tus pensamientos mientras escuchas el crepitar de la leña en la chimenea—. Debo comportarme de forma caballerosa, a las pueblerinas siempre les gusta que las traten como princesas. Le gusta sentirse más de lo que verdaderamente son.»

A la mañana siguiente, espoleas tu caballo en dirección al pueblo de casas pintorescas pero humildes y callejones retorcidos. Los pueblerinos se muestran reacios a responder tus interrogativas y entonces es cuando maldices por ser tan despiadado con ellos. Los pocos que te responden con algo más que monosílabos, no te brindan información que escape de tus conocimientos pero hay un nombre que capta tu atención. «Hay un muchacho que la pretende desde que son niños —te comentó un mujer y te dio la impresión de que era una de esas mujeres que se dedicaban a comentar acerca de la vida de sus vecinos—, su nombre es James. Un nombre demasiado pretensioso a mi entender, ya que no pertenece a la realeza. Su padre es un pastor y su madre una lavandera.» La mujer no ha sabido decirte si su pretensión es correspondida y eso te ha impulsado a averiguarlo por tus propios medios.

Grave error.

No ha sido difícil encontrar la casa del muchacho. El único pastor del pueblo es su padre y vive en una casucha en la zona noroeste del pueblo. Tu rocino allí se dirige cuando el sol está a punto de ocultarse en el horizonte y algo comience a hervir dentro de tu cuerpo. No sabes reconocerlo como tampoco has sabido reconocer lo que te sucede con ella, pero pronto encuentras una respuesta a la sensación. Tienes celos de la posibilidad de que ella corresponda sus sentimientos y aún más cuando en tu mente se posa la idea de que consagren un matrimonio. «Las ratas buscan juntarse con otras de su misma clase para agrandar aún más su miseria.»

Esquivas a un perro que te enseña los dientes y tus ojos se pegan a la traslúcida ventana para poder contemplar la acción que dentro es llevada a cabo. Poco es lo que puedes ver pero es suficiente para que tu mente comience a formular conclusiones precipitadas. Son dos cuerpos que bailan al compás que el otro le marca y risas que vuela en todas las direcciones. No puedes divisar con claridad el color de su cabello pero sabes que él está deslizando sus dedos por sus mechones y sus ojos esmeraldas se posan en él y nadie más que él.

Aprietas los puños fuertemente al costado de su cuerpo y él perro lanza un gruñido que alerta a los dos amantes que dentro de la casa se encuentran. El caballo se para sobre sus patas traseras y tú sujetas las riendas con fuerzas para calmarlo. Escuchas pasos acercándose y voces que murmuran. Te subes de un solo movimiento y agitas las riendas para que comience a trotar. Dejas la casa del pastor atrás y aunque tú no te volteas, estás seguro que ellos te han visto. No han reconocido tu identidad pero son concientes de que alguien los estaba observando y tiene pleno conocimiento de los actos que suelen realizar a escondidas de sus padres. «Serían la vergüenza del pueblo si sus vecinos se enterarán —piensas mientras el viento te lame las mejillas—, pero yo no quiero que sientan vergüenza de sus actos. Yo quiero que él pague por tomar primero lo que me corresponde por ley.»

En los días siguientes piensas con detenimiento tu próximo movimiento.

Sabes que la muchacha se dirige en dirección al mercado en busca de su madre que allí trabaja cuando amanece, después se dirige a la capilla donde pide la bendición al sacerdote y regresa a su casa a hacer las tareas domésticas mientras su padre trabaja. El momento indicado para que la interceptes es cuando se dirige desde la capilla a su casa. «Su madre se encuentra en el mercado y su padre trabaja a esa hora, lo que significa que ella estaría sola.» No te detienes a pensar en que algún vecino puede observarlos y comentar, pero eso tampoco es un impedimento para tus planes. Ninguno de los pueblerinos se atreve a desafiarte y una sonrisa en tu rostro se forma cuando imaginas el instante donde ella va a ser tuya.

«Primero me deleitaré con la belleza de su rostro y luego con la belleza de su cuerpo. Una vez que haya aplacado la fiera que dentro de mí se esconde, veremos si el pueblerino continúa interesado en ella. Una muchacha mancillada que ha traído la vergüenza a su familia. Nadie quiere estar relacionado con escorias de esa clase.»

El amanecer te encuentra despierto en tus aposentos. Te engalanas con tu mejor túnica sin saber la razón, esa pueblerina no se merece ni siquiera tus mejores ropas y te sorprendes cuando ese pensamiento te inunda la mente. «Es sorprende lo rápido que un hombre puede cambiar de motivación —reflexionas—. Antes, la quería tener entre mis brazos para poder saciar mis necesidades masculinas. Quería tenerla en mis manos para poder deleitarme con su belleza. Ahora la quiero para mancillarla y acabar con todo lo que quiere. Ese campesino puede tenerla día a día pero cuando yo la tenga en mi poder, ella nunca se olvidará con quién yació.»

Ella camina florida por las calles del pueblo cuando la encuentras con tus ojos. Agitas las riendas del caballo en su dirección y una mueca de sorpresa inunda su rostro cuando le impides el paso. Viste un vestido marrón como la tierra húmeda y su cabello rojizo va atado en una coleta alta. La observas ladeadamente, te gusta su cabello suelto no atado. Sus ojos te escudriñan, debatiéndose entre la curiosidad y algo similar a la indiferencia.

—Su Alteza.

Ella hace una reverencia pero su mirada se alza por encima de la tuya. «Además de pueblerina es una muchacha altanera y me será complicado dominarla. Pero al igual que aprendí a dominar a los animales, la podré domar a ella.»

— ¿Cómo es tu nombre muchacha? —es extraño que no conozcas su nombre. En tus pensamientos siempre te has referido a ella como la muchacha de cabellos rojizos y ojos esmeraldas, pero nunca has pensado en su nombre. Dudas conocerlo.

—Mi padre y mi madre me llaman Gabrielle, señor —dice ella y tú no puedes evitar pensar que alguien además de sus progenitores le llama así—. ¿Le puedo ser de ayuda?

Te muerdes el interior de la mejilla y haces un movimiento fluido con tu mano. Indicas en dirección al caballo.

—Mi caballo está cansado y no he conseguido un aljibe de donde pueda proveerlo de agua —ensanchas tu sonrisa—. ¿Usted tiene idea dónde puedo hallar un aljibe?

—Mi casa cuenta con un aljibe —responde Gabrielle dubitativa.

— ¿Sería tan amable de guiarme?

Ella duda por unos segundos pero termina asintiendo con un movimiento de cabeza. Caminar hasta su casa no les lleva demasiado tiempo y durante el transcurso ella no pronuncia ni una sola palabra. Gabrielle se encarga de abrir el cerco que da al patio lateral de su casa, allí donde se encuentra el aljibe y tú observas su cintura que describe ondas en el aire. Su belleza te hipnotiza pero luego recuerdas la razón de encontrarte allí. Tú no quieres disfrutar de su belleza visual. Lo que tú quieres es sentir su belleza como el hijo del pastor lo hace y quieres consumir esa belleza hasta que ella haya quedado reducida a nada más que cenizas.

Gabrielle se acerca a tu caballo con un contenedor de agua y el equino comienza a beber rápidamente. Ella evita en todo momento encontrarse directamente con tus ojos pero eso no impide que los tuyos, contemplen sus gemas esmeraldas.

—Un día caluroso, ¿no es así? —comenta ella—. El verano más duro y largo que ha asolado estas tierras. Aunque supongo que usted no lo ha notado, porque el castillo no debe filtrar el calor.

—Incluso en un castillo se puede sentir el calor y la sequía que acarrea como consecuencia. Aunque jamás sabré que se siente tener ampollas en las plantas de los pies y en las palmas de las manos.

—Usted es un príncipe, claro que nunca sabrá lo que es caminar con el sol calcinándole la piel o lo que es el trabajo duro.

—Tienes razón en cuanto a eso —aseguras, no te imaginas cargando un costal de papas o atendiendo un puesto en el mercado—. ¿Qué edad tienes muchacha? Ya debes estar en edad de ser pretendida.

Ella vuelve a llenar el contenedor con agua y lo acerca al caballo. Gabrielle traga saliva antes de contestar a tu pregunta y presientes que va a decir una mentira.

—Solamente tengo quince años, señor —Gabrielle hace una pausa—. Mi padre insiste en que aún soy joven pero...

—El hijo del pastor y la lavandera, es el dueño de tu corazón —completas por ella.

Sus ojos verdes se abren desorbitadamente cuando pronuncias esas palabras y no te sorprende en absoluto.

— ¿Cómo lo ha sabido? —no debes responder porque ella ya ha encontrado una respuesta—. ¡Usted nos estaba espiando aquella tarde!

Ella intenta un movimiento pero tú la sujetas rápidamente por las muñecas y ejerces un poco de fuerza para hacer que sus rodillas se claven en la tierra seca del suelo. Con un brazo rodeas su delicado cuello blanco y le susurras lentamente al oído:

—Me has vuelto loco. Has desatado un monstruo en mí que se enfureció aún más cuando descubrí que te acostabas con el hijo del pastor como la sucia ramera que en realidad eres. El pastor los casaría en silencio. Por ley sabes que debes pertenecerle al rey primero, antes de casarte y después al príncipe. Pero tú decidiste alterar el proceso.

Gabrielle te muerde la mano con la que intentas cubrirle la boca y tú sueltas una maldición entre dientes. Le sujetas del cuello nuevamente y le obligas a que incline su cabeza hacía atrás por la violencia con la que estás tratando.

— ¡No por favor no lo haga! —exclama y su súplica es música para tus oídos—. No lo volveré a verlo jamás, lo juro.

—Lo quiero todo de ti —afirmas—. Quiero todo lo que él ha tenido y quiero más. No me iré de aquí sin tomar lo que me pertenece.

—Yo no te pertenezco —dice Gabrielle al borde de las lágrimas.

Tus dedos pronto sienten el agua que corre por sus ojos esmeraldas. Desatas su cabello que cae como una cascada roja y tu nariz se empapa del aroma silvestre que posee. Su piel es suave como la imaginaste tantas veces y ahora que la tienes toda para ti, crees que vas a explotar de tanta satisfacción. Ella se retuerce entre tus brazos tratando de escapar pero sabes que no va a hacerlo porque la tienes sujeta con fuerza y tú desgarras su vestido, dejando al descubierto su espalda.

Deslizas las palmas de tus manos por la piel de su espalda y ella se pone de pie por causa de tu descuido. También te pones de pie y alcanzas a agarrarla por los hombros. La empujas al suelo y le golpeas el rostro tantas veces que Gabrielle pierde cualquier intención de luchar contra ti. Incluso con sus mejillas maltratadas, sigue luciendo hermosa y aunque sus ojos ya no brillan con intensidad; poco te importa.

Vuelves a explorar su piel mientras las lágrimas siguen corriendo por su rostro. Un fino hilo de sangre corre por la comensura de sus labios y tú lo lames con ansias, degustando el sabor metálico de su boca. La besas con ímpetu y miles de sensaciones te invaden por dentro. Los mechones de cabello se escurren entre tus dedos como si las palmas de tus manos pudieran controlar el fuego y te encargas de exprimir cada gota de placer que Gabrielle puede brindarte.

—No puedo prometerte que seré delicado y tampoco que será rápido, porque no acostumbro hacerlo de ese modo —le susurras y le muerdes con fuerza el lóbulo de la oreja—. Puedes consolarte en la idea de que una vez que te haya tomado, serás libre para unirte con él en matrimonio. ¿No es lo que más desea? Convertirte en la mujer del hijo de un pastor y una lavandera, no tiene comparación a ser la amante de un príncipe.

—Nunca —murmura ella, con la poca lucidez que le queda.

—Porque claro, yo nunca podría desposarte —completas con cinismo—. Enciendes mi deseo pero ni aún así, podría desposar a una pueblerina que ya ha sido utilizada por el hijo de un pastor. Te usaré de todas las formas posibles y una vez que me haya deleitado con tu cuerpo, te abandonaré y tú fingirás que nada ha sucedido, ¿me entendiste?

— ¿Teme de la mancha que puede resultar en su reputación?

—No tienes idea de nada, muchacha. Tus padres no te han educado como corresponde, no debes desafiar a quienes son superiores a ti —le corriges y tus manos viajan por el largo de sus piernas tersas—. Eres muy hermosa para ser solamente una rata inmunda que se esconde en un callejón de este pueblo asqueroso. ¿Por qué eres tan bella?

Gabrielle no responde y los latidos de tu corazón aumentan a medida que vas ascendiendo por sus piernas. Te da la sensación que estás acariciando terciopelo por la suavidad y cuando encuentras el calor que irradia su zona de placer, tu sangre comienza a hervir dentro de tus venas. De repente, necesitas liberarte de la cárcel que son tus pantalones y fundirte dentro de ese calor. Tus dedos esquivan los rizos rojos de su entrada y tus caricias allí se vuelven demandantes. Quieres satisfacer tus deseos, no quieres hacer que ella goce, solamente te importan tus necesidades.

Entras en ella de un solo movimiento mientras que tus manos buscan sus pezones sensibles que aún permanecen cubiertos por la tela desgastada del vestido. Gabrielle lanza un gemido de dolor cuando comienzas el violento vaivén de caderas y tú muerdes su cuello para ahogar los jadeos guturales que escapan de tu garganta. Te encuentras rodeado por sus paredes calientes y te sientes completo. Sientes que todo ese deseo acumulado durante tanto tiempo, ahora se libera enteramente y quita un peso de tus hombros. La curiosidad, la inquietud, la rabia y los celos, son ahogados dentro de su cuerpo.

Tu semilla se desborda en su interior y recuperas el control sobre tu respiración. La sueltas de repente y tan rápido como entraste; sales de su cuerpo. Te pones de pie, arreglándote las cintas del pantalón y tomas las riendas de tu caballo. Te subes en el animal pero antes das una mirada a la chica con la cual te acabas de deleitar. Gabrielle tiene los cabellos revueltos como el mar y es imposible divisar el color de sus ojos por las lágrimas que siguen nublándolos. Ella trata de cubrirse con el vestido hecho jirones y se arrastra por el suelo, tratando de calmar el dolor que le inunda el cuerpo. Has sido brusco y la has lastimado pero poco te importa.

Su cuerpo ya no te atrae como al principio. La sangre corre por su rostro y por sus piernas blanquecinas. Los hilos que manejaban a la muñeca de porcelana han sido cortados por tu tijera y te preguntas si el hijo del pastor seguirá queriendo casarse con Gabrielle cuando se enteré de que ha sido utilizada por ti.

« ¿La querrá mancillada? La he dejado rota como un cristal, he expuesto su fragilidad y me he saciado con su cuerpo.»

Espoleas tu caballo en dirección al castillo, dejando atrás a la muchacha que a se refugia en su propio deshonor. Un deshonor que solamente tú has causado y que traerá la vergüenza sobre su familia. En un punto piensas que has sido misericordioso, has impedido que la muchacha sea acusada por haber violado una de las primeras leyes.

«Del rey será la mujer antes que del marido —recitas en tu mente— y si del rey no es, del príncipe será.»

Gabrielle sabría entonces lo que es ser besada por el fuego literalmente y ya no gritaría.