Subo lentamente por las escaleras marrones, mis plantas se colocan firmes en la húmeda madera, crujiendo de forma penetrante como un grito, característico como el corte de un cuchillo. Tiemblo en ese instante, y las vibraciones logran prolongar el grito que resquebraja la poca paz que existía en mis oídos.
El frío cala en mi piel, llega a mis músculos y fractura mis huesos con una lascivia demente que amenaza con su frívola presencia. Doy otro paso; cuento los segundos, y aspiro el helado aire con fuerza, el que me hace eriza en ese segundo los pequeños e incontables vellos de la nuca.
Abro los ojos sin mesura, y planto otro de mis nerviosos pies en la escalera de caracol. En ese momento me pregunto por qué siento tanto miedo si es que ya conozco esa ruta tan frecuentada por mí… tan conocida por mis pies, por mis ojos negros que buscan registrarlo todo con intranquila destreza, con fúnebres lamentos atorados a lo largo de mi tráquea.
Sigo caminando y acuchillándome poco a poco con esa canción cortante. La temblorina llega a mis hombros y el peso acumulado amenaza con tirarme cuesta abajo. Llego a la cima de ese caracol infinito; termino ese insufrible lamento y recorro el pasillo vacío, sintiendo un calor frío, una sensación tan extraña de adrenalina y parálisis tan fuerte que hiela mis piernas cuando me encuentro cara a cara con ELLA; sí, ella… aquella dama de ojos miel y piel de cal tan granulosa que parece hecha de piedra. Me dan ganas de odiarla, pero me infunde miedo… un miedo tan antiguo como la vida misma.
Ojos amielados, oscuros en el fondo de su ser y adornados por unos cabellos tan negros como una cascada de carbón, tan lisa y brillante como el diamante.
La fiereza de su realismo me intriga, la realeza de sus facciones resalta del marco de aquel cuadro tan… vivo, incluso creo que sus mieles me miran en este momento.
Vuelvo la vista a su amarga sonrisa, y cuando la regreso a sus ojos, encuentro que ha cambiado el ceño de sus delgadas cejas azabache a uno molesto y extraño, un ceño nuevo, una mirada diferente a cualquiera que aquella extraña mujer me hubiera mandado en el pasado. Al fin puedo respirar con calma, pero me basta para muy poco cuando leo la placa de aquel retrato… y en ella, de manera clara, fuerte y concisa, leo mi nombre en letras góticas.
"¿Pero cómo?" es lo primero que logra formular mi mente en cuanto hago de nuevo esa lectura… siempre la misma, las mismas letras y el mismo orden… ¿Qué diablos está pasando? Hasta donde tengo entendido, mis ojos son oscuros y no de un color tan vivo que resulta antinatural en materia. Mis manos vuelven a temblar y cierro mis orbes de carbón para abrir mis párpados lentamente… sus orbes dorados se han transformado en unos oscuros tan familiares que me veo obligada a alzar la mano y a recorrer todas mis facciones para asegurarme de aquello que sé que no quiero saber.
Llego a mis párpados y tiemblo aún más cuando tengo la clara certeza de que los ojos de la mujer de la pintura… son mis ojos en clara esencia; me mira con fijeza, no es una ilusión, es una fijeza absoluta y tan fría que puedo sentir cómo me mira, cómo me miro, cómo me veo. Una lágrima sale y todo se ha vuelto oscuro, la desesperación carcome mis huesos y esta temblorina maldita me estremece como nunca antes cuando los gritos ahogados intentan escapar sin éxito de mi garganta… azufre ¿¡es eso azufre!? Un olor metálico y espeso recorre mi nariz con agresividad; mis manos se calientan y una gota de un líquido cae a mis labios para ser relamidos y entender que he bebido la gota que creí que era una lágrima… siendo que es sangre en su forma más pura, en una forma que he de imaginar es de un brillante escarlata.
Todo se une de golpe… el negro de mi visión, la sangre… y su mirar… de alguna manera, aquella mujer maldita, aquella mujer del cuadro… me ha arrancado los ojos.