Mitología romana.

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Nanami era una chica científica que creía solamente lo que se podía comprobar, cada vez que escuchaba alguna tontera como leyendas, cuentos de hadas o novelas de fantasías se ponía a pensar que eran personas sin neuronas en funcionamiento. La pelinegra no captaba como sus propios compañeros de salón caían en ridiculeces como aquella, la más popular en estas fechas es la leyenda que cuenta que dos almas están destinadas a estar juntas.

Ésta jovencita simplemente deseaba que esas cosas terminasen lo más pronto posible, no toleraba que fuera lo que cuchicheaban en su salón, instituto... ¡en cualquier lugar en el que estuviera! Gruñía insistentemente; no pensaba que era correcto que los jóvenes desperdiciaran su tiempo en cuestiones que no llevaran a nada más que a perder el tiempo.

Y el tiempo perdido hasta los sabios lo lloran.

¿Cómo pueden desperdiciar su vida de esa manera? —se quejó la fémina caucásica leyendo una novela de caballería— Deberían aprovecharlo mejor.

Ella actualmente estaba en su habitación sin nada mejor que hacer que reclamar su natalidad, bueno eso era hace unos minutos, ahorita se quejaba de que perdían mucho tiempo y eso; la chica no se dio cuenta que algo —o alguien— entró en su habitación.

Me sorprende que una chica como tú piense que el amor no vale la pena.

Escuchó y al levantar la vista notó como un hombre castaño con una máscara estaba en su recamara... ¿flotando en el aire? Nanami pensando que era algún tipo de broma de parte de Sanae se levantó, cogió unas tijeras y procedió a cortar arriba donde —hipotéticamente— estaban las cuerdas que lo sostenían. Se controló lo mejor que pudo al momento que se dio cuenta que no había nada allá.

No dejas de hacer cavilaciones científicas, ¿verdad, Nanami?

La fémina hizo un monosílabo de disconformidad mientras veía a la persona frente a ella, se veía de veinticinco años de edad; ese cabello y esa voz le recordó a...

No pienses en eso pensó la de ojos grises metálicos, frenó unos de sus recuerdos.

Vaya.

—¿Vaya, qué? —preguntó escuetamente la estudiante.

Hubo silencio por unos minutos.

Te tardaste un poquitín en recordarme, mi princesa del hielo.

Ahora sí que no pudo evitar que sus ojos se abrieran de par en par.

—¿Eres tú? —preguntó con un hilo de voz.

Sí.

—¿Por qué me has dejado sola?

Lo siento, Nanami, es algo que no te puedo contar ahora. Solo te diré que tienes que escucharme pase lo que pase.

—¿A qué se debe eso?

Que supiera quién es no significaba que le daría la libertad de hablarle sobre cualquier burrada, la cerebrito era muy ostentosa con respecto a lo que conversa con cualquier individuo pensante; aún rememora la última plática que tuvo con Sanae, una chica que es su perfecta antítesis, Nanami solía ayudarle con sus deberes importando poco de qué materia fuera y la pelirroja le enseñaba a divertirse como una chica normal.

Sé que no crees en el amor no obstante debes saber que tienes tu propio "hilo rojo del destino" y, antes de que chilles, te aclararé que es alguien con quien congeniarás bastante bien.

Tres...

Dos...

Uno.

—¡¿Quién te crees que eres para decidir mi vida?! —vociferó enrabiada— ¡No te veo en cinco años y cuando lo hago me vienes a decir esto! ¡Es que eres tonto o qué!

Inhalaba y exhalaba con vehemencia, parecía que en serio explotaría en cualquier momento.

Te lo tomaste mejor de lo que esperaba.

Un enojo creciente se veía en la cara de Nanami.

Si lo sé es porque me lo dijo Cupido, él es quien ve estas cosas o quien las crea... en tú caso la creó desde que naciste Nanami, es algo a lo que no puedes escapar.

—Me importa un reverendo rábano lo que diga Cupido —graznó—, no me enamoraré de nadie —su siseó le hubiera puesto la piel de gallina si la tuviera.

Si te lo mencioné ahorita es porque en una semana conocerás al chico que estará a tu lado por lo que te resta de vida, eso y que ni tú ni él tiene voz y voto.

Suerte para él que es un fantasma si no le hubiera dolido la cantidad de objetos pesados y/o corto-punzantes que la pelinegra tiraba en ese momento.

Adiós, Nanami.

Con eso desapareció para no regresar.

Una semana después la chica científica veía, por alguna circunstancia, al estudiante de intercambio de la ciudad de Tokio; no entendía la extraña necesidad de estar de libidinosa tras él. La única persona con la era así era con Sanae, quien fue la transferida, y actualmente es ese muchacho; como chica que le cree a la lógica piensa que se le pasará rápido, que solamente será el interés de saber más de esa ciudad y ya.

Oh, pobre fémina ciega, si recordara lo que pasó hace siete días supiera el por qué de su comportamiento.


Omake.

Cupido observaba con una sonrisa de oreja a oreja a Nanami y a su futuro marido, como estos pronto —más de lo que se esperaban— comenzarían a congeniar. Ese dúo tenía algo en común: la azabache ignoraba todo lo que tenía que ver con su persona; el nuevo fastidiaba a los tontos enamorados.

Sí, la pareja perfecta.

—¿Este fue tu estupendo plan? —preguntó el hombre.

Cupido le miró— Naturalmente, Haku —respondió con tono de enamorado—. Era momento de enseñarle a ese par que con el amor nadie se mete.

—Pero tenías que crear el hilo del destino.

El dios del amor sonrió divertido.

Haku suspiró rendido.

—Has lo que se te de la gana —con eso el adulto se fue.

—Eso hice Haku.

El susodicho negó y pensó que Cupido era único en su tipo.