Parte II: Jan [Rojinegro]

No todas las mentes son un mundo, algunas son un abismo

I

– ¿Qué hora es?

Jan suspira, basta que se monte en un autobús para que le pase eso. Siempre queda sentado justo a lado de una señora que quiere contarle su vida, quejarse del país, hacer un nuevo amigo, quién sabe. Es increíble. Como de costumbre empieza con una pregunta sin importancia y usara la respuesta para crear una conversación a como de lugar, por más escueta que sea. Como si la música a todo volumen, el calor y el tráfico no fueran suficiente; el sistema de transporte en Venezuela incluye al menos una vieja metiche por autobús.

– Son la una y media

Jan tiene un parcial en media hora y por los vientos que soplan va a llegar tarde, se le olvidaron los audífonos así que tiene que soportar el interminable vallenato del autobús. Sin embargo, le gustaría usar ese tiempo para repasar mentalmente; quisiera asegurarse de que aun sabe lo que estudió porque justo antes de un parcial acostumbra sentir miedo de sufrir de Alzheimer o tener amnesia. Pero claro que no va poder porque esta señora esta a punto de contarle su vida y Jan no sabe como decir que no. Es una habilidad que simplemente no posee.

– Dios mío, que calor tan terrible esta haciendo a esta hora. Y eso es todos los días, por eso pregunto, desde las doce hasta las tres, cuatro el calor es insoportable.

Era cierto aunque estúpidamente evidente. Sí, en la tarde la temperatura era más alta, como es lógico. Jan tiene gotas de sudor corriéndole por el cuello y considera redundante hablar de cuanto calor tiene. Además, la señora esa pudo haberse quedado en su casa, de esa manera ni ella ni Jan estarían sufriendo.

– Yo salí porque mi cuñada me pidió que le comprara unas cosas, y como la operaron de las hemorroides hace dos días pues no ir ella. Después voy a visitarla ¿Y tú?

¿Jan qué? No tiene hemorroides, por amor a dios no quiere hablar de las de nadie. No tiene planes de visitar a alguien en ese estado y tener esa conversación. De hecho, si tal cosa le pasara a un amigo, o bueno un pana, lo evitaría por un largo tiempo y después nunca tocaría el tema de nuevo. Definitivamente no hablaría de ello en el autobús. ¿Por que está mujer le dice eso? Tal vez si la ignora deje de hablarle.

– ¿Por que saliste de tu casa con tanto calor? – insiste ella quebrándole las esperanzas.

– Ah, voy a la universidad. Tengo un parcial ahorita. – dice Jan deseando que la mujer entienda que eso significa que quiere silencio.

– ¿En serio? ¿Ya estás en la universidad? Mi hijo menor acaba de comenzar diseño gráfico también.

– No acabo de comenzar. Estoy en el sexto semestre de Ingeniería. – dice Jan haciendo énfasis en "Ingeniería" entre mal humorado y ofendido.

Que fastidio con eso vale. Jan tiene diecinueve, y ok, entiende que no es exactamente un adulto, pero que lo sigan confundiendo con un niño de bachillerato no le da nota en lo absoluto. ¿Qué va a saber esa vieja de todas maneras? Si tan sólo se callara, de paso le dijo que estudiaba diseño gráfico. ¿Qué es eso? Jan daría diez años de su vida por un par de audífonos en ese momento, un cigarro no estaría mal tampoco.

– Ay eso sí es difícil, mi sobrino estudia ingeniería en gas, pero en el Zulia, y eso es puro estudiar ese niño, ni sale ni nada. Es una carrera muy sacrificada, antes valía la pena pero con lo difíciles que están las cosas ya ni se sabe.

– Ajá, es difícil – dice Jan de mala gana. No necesita que alguien le describa cómo es la carrera que él estudia. No necesita para nada hablar con ella.

– Es estos tiempos es una desgracia que tanto estudiar y terminan siendo taxistas. – continua la señora – Claro que hay algunos a los que les va bien. El hijo de una comadre, o sea mi ahijado, es arquitecto y es bello ese muchacho, se graduó con honores y todo pero tampoco consigue trabajo, es este país ya no hay nada.

Ya era suficientemente malo que le dijera que iba terminar siendo taxista pero es que si empezaba con política Jan se lanza por la ventana. Oportunamente algo interrumpió la cantaleta quejona que la señora estaba a punto de proferir. Hubo un sonido sordo, el autobús se detiene y la mitad de los pasajeros se levantan casi en sincronía. "Le dio" fue la primera voz que escuchó, después vino el bullicio. "Lo mató", "¿Qué fue eso?", "Sonó durísimo", "Fue un golpe mortal".

Hasta donde entendió Jan atropellaron a alguien, pero no está seguro si fue el autobús u otro carro. Las cornetas empiezan a sonar desde atrás y se escuchan gritos desde el asfalto. La mitad de los pasajeros se van bajando sólo para ver qué pasó. Jan suspira, va a llegar muy tarde. No tiene muy claro porque se levanta como siguiendo el flujo de gente que quiere satisfacer su curiosidad, hasta que se baja del autobús. Tal vez, porque él también siente esas ganas de ver eso que pasa en las películas, pero en la vida real; o quizás sólo quería alejarse de la Sra. Parlanchina.

Se va acercando con paso lento, hace cinco minutos Jan hubiera creído que estaba apurado. Los gritos vienen del centro del círculo. Jan lo ve y es un niño, cuando mucho debe tener dieciséis. Tiene la pierna en un ángulo absolutamente equivocado; el pantalón se le está empapando de vinotinto a un ritmo preocupante. Le sale sangre por la boca, de diferentes lugares de la cara. Llora y se retuerce mientras alguien quiere hacerlo calmar y le preguntan si le duele la cintura, otras dos personas discuten acerca de quitarlo del medio de la calle o dejarlo ahí porque es peor moverlo. Lo mira atentamente pero no siente nada distinto que cuando lo ve en una película, le estaba molestando más el calor del asfalto quemándole los pies. No entiende, cómo es que no siente nada. ¿Cómo es que no le produce compasión o dolor este niño? ¿Por qué no? Hasta ese pensamiento es egoísta. Mientas alguien se desangra frente a él Jan sólo puede pensar en sus propios sentimientos.

El niño grita más fuerte. Suplica que lo ayuden, pregunta por su pierna; Dios mío, pregunta incansablemente si no va a quedar mocho, defectuoso. Jan no se mueve, no quiere verlo, pero piensa que tal vez si se queda, llegará a sentir algo. La gente se está desesperando a su alrededor, el tráfico se trancó, las cornetas y los insultos de más atrás llegan como ecos; otras personas le responden con más ahínco que no sean tan desgraciados y desconsiderados. El niño explica entre sollozos y sangre que él tiene que trabajar, que él tiene que ayudar a mantener a su familia, que no puede estar así, que necesita su pierna.

Finalmente despierta un sentimiento en Jan, envidia. Jan desea su dolor, quiere sentir eso, quiere que le importe, quiere tener una razón para estar bien. Quiere el sufrimiento y la sangre del niño, quiere ser él quien este tirado en el asfalto ardiente. Jan quiere sentir que es necesario, que alguien depende de él, que no puede darse el lujo de la inactividad. Jan desea el miedo del niño, el miedo a no ser suficiente, el miedo a fallar, el miedo a morir. Jan desea estar así de vivo, como ese niño que no sabe que está tan vivo.

Y entonces tiene ganas de llorar, ganas enormes de llorar. Pero no es por la sangre, el dolor o el sufrimiento ajeno; es por el suyo. Mierda que egoísta, cuan terriblemente mal esta todo con él. La Sra. Parlanchina le pone una mano en el hombro y lo empuja un poco para llevárselo lejos, donde no pueda ver más este circo decadente convencida que Jan estaba conmovido por la situación. Eso lo hizo sentir peor, inadecuado en extremo. No siente pena por el niño que llora y sangra, en lo más mínimo. Que trabaja y que mantiene una familia, que quiere seguir haciéndolo. No siente nada por él más que envidia.

– No se angustie, ahorita viene la ambulancia. Es que sinceramente en este país no hay ley, él no tenía que cruzar la calle ahí, pero como nadie le presta atención a nada. Un niño solo por la vida así, la madre le debería prestar atención. Pero no se angustie, que todo se soluciona, las cosas siempre pasan por algo, hijo, dios hace las cosas por algo.

No es sólo que no está convencido de que las cosas pasen por una razón; es aun peor. Jan parece conseguir esperanza de ese suceso. Pensar que uno puede morirse de forma tan repentina y fortuita le da una especie de calma tranquilizadora. Como si hubiera comprado un ticket de lotería y lo estuviera observando con delicia imaginando que quizás él sea el siguiente, que a él también lo puede atropellar un autobús. Hoy podría ser el último día de su vida, ciertamente las probabilidades eran pequeñas, pero es que nunca se sabe. Las conclusiones que saca de esto le marean. Siente su cuerpo como algo desfasado y ajeno. Se mira las manos y encuentra con sorpresa nauseabunda que son sus manos y las está moviendo, aunque le den usa sensación tan plástica.

Jan quiere morirse. No. Jan aún quiere morirse, es diferente. Algo que había comenzado como un deseo de pausar la existencia, de literalmente no existir por un par de minutos a ver si conseguía respirar se fue transformando lentamente en un intensísima ansia de morir. La compulsión de planificarlo, de medirlo, de imaginar la escena una y otra vez. Era la conciencia de que no había necesidad de seguir sufriendo.

La sensación de desesperanza llegó un día como Pedro por su casa, con una confianza y una calma. Era un león, apenas un cachorro que se llamaba "Quizás". Quizás sus padres nunca van a aceptarlo, quizás nadie va a hacerlo jamás, quizás no tiene amigos porque algo está mal con él. Quizás nunca va a ser suficiente. Quizás va a continuar siendo una decepción toda la vida. "Quizás" lo mordió, lo fue menoscabando, emboscando. Jan quiso encerrarlo en una habitación y no abrirla nunca más pero apenas y logró cerrar la puerta se dio cuenta que había sido él quien quedó encerrado. El león estaba afuera y rugía furioso, y se llamaba "Nunca". Nunca iba a escapar de ahí, nunca iba a ser feliz, nunca iba a ser amado.

Lo peor del asunto es que de alguna forma lo consideraban un mal escogido, un tipo de hábito desagradable. Jan nunca escoge nada y, sin embargo, tan a menudo siente que le reclaman sus elecciones. De manera que la gente le decía "Anímate", y es lo mismo que decirle a alguien con fiebre "Enfríate, vale". Entonces Jan metía la cabeza en la regadera bajo agua helada para esconder la fiebre a un público que no quería verla. O lo que es lo mismo, sonreía, pretendía que todo está bien. Y ahí sí sentía que se moría, o que haría bien en morirse.

Cuan increíblemente ingenuo había sido al pensar que eso era pasado. Casi sin darse cuenta las lágrimas están mojándole la cara. No quiere sentirse así, coño. No quiere pensar en eso, no otra vez. No es justo que le cueste tanto deshacerse de ideas así de enloquecedoras; y luego vuelvan como una avalancha sin aviso, mientras intentaba concentrarse en un parcial, en ignorar a una señora, en vivir. La derrota está siempre a la vuelta de la esquina.

– Venga, vamos a comprar un agua – dice señalando un kiosco cercano mientras lo agarra del brazo intentando calmarlo, Jan la sigue casi hipnotizado – Uno no entiende porque pasan las cosas pero Dios sí, quizás lo necesita allá arriba. Aunque mejor no pienses en eso, que segurito se pone bien. La gente joven es muy fuerte, si fuera de mi edad ahí si te digo, pero que va, seguro se recupera.

Esa mujer estúpida sigue creyendo que es aquel niño lo que tanto le afecta. Jan termina comprándose un refresco en vez de comprar cigarros que era lo que quería, porque qué va a decir esta mujer si empieza fumar. ¿Por qué le importa lo que diga? ¿No logra sentir compasión por alguien que se está muriendo frente a él, pero no quiere incomodar es esta señora? No es eso, nunca es eso. Lo que no quiere es que lo juzgue, y ni siquiera importa; ya es tarde, el juicio esta hecho. Respira profundo y logra serenarse un poco, o cuando menos logra hacer ver como que está más calmado.

– ...Además usted es todo un hombrecito, – continua hablando aunque Jan no escuchó el principio – bien buen mozo la verdad. Ya es hora de irse portando como tal. A mi no me importa, claro, pero qué van a decir las muchachas si te ven así. Siendo así tan inteligente y tan bien parecido no puede andar dando espectáculos, hijo, después van a pensar otra cosa.

Jan ya no soporta más escucharla tampoco. Toda su buena intención le duele profundo, le afirma lo mal que está y lo inadecuado que es. Sí, es todo un hombre, cuantas veces no lo han jodido con eso. Todo un hombre roto, coño. Lo peor de todo es que sí le importa lo que digan, sí le afecta lo que los demás piensen de él. Lo que es estúpido porque tampoco quiere conocer a los demás, no está interesado en ser una persona sociable ni nada por el estilo. Solo necesita que no lo juzguen, que no lo miren como si todo está mal con él aunque lo este.

– Gracias señora, me tengo que ir. El parcial y... bueno gracias, adiós. – balbucea despidiéndose con un gesto de la mano y alejándose de ella tan rápido como la decencia se lo permite.

– Dios lo cuide, hijo, dios lo cuide. – fue todo lo que alcanzó a decir la señora

¿Iba a ir al parcial realmente? Ya es tarde, es imposible llegar. ¿Pero que otra cosa puede hacer? ¿Volver a su casa? No, es una mala idea. Sabe exactamente como va a terminar eso, no puede encerrarse en su cuarto, no ahora. Jan piensa que es el peor día posible para haber olvidado sus audífonos y vuelve a sentir ganas de llorar. Ya no entiende mucho ni lo que siente, todo se le está mezclando en una sola masa de emociones que le oprime el pecho. No, no puede volver a casa.

Compra cigarros y fuma mientras camina medio sin rumbo. Hay gente que le gusta el aire puro y esas cosas, para Jan nada es mejor que el humo. La sensación es lánguida, un efecto cosquilleante, y una satisfacción igual a la de beber agua cuando se tiene la boca seca, excepto que lo que se alivia es la mente y no le cuerpo. Era un trato justo en su opinión, cambiar un poquito de salud física por un tanto de salud mental. Jan necesita las dos, si le sobra de una y le falta de otra no es descabellado intentar el equilibrio.

No es suficiente esta vez, hace falta mucho más que un cigarro para olvidar la sangre esparciéndose en el asfalto. Necesitaría, irónicamente, una hojilla. No quiere pensar en ello, pero se le está haciendo tan natural como respirar, privarse de ello es ahogarse. Ve todo tan gris, gente caminado a su alrededor, como robotizados. Nunca se siente tan solo como cuando esta rodeado de centenares de personas, cuando camina por la cuidad, la urbe que vibra mientras él se apaga.

Camina el resto del camino a la universidad como por inercia pero la razón es clara. Si regresa, si va a su casa ahora y cierra la puerta de su cuarto las cosas van a empeorar.

– Jan, pensé que no ibas a venir. No hay parcial.

– ¿En serio? ¿O sea que vine para nada? – pregunta encendiendo un cigarro aunque sabe muy bien a que vino.

– Sí, en serio, te iba a escribir pero como no estabas me imagine que sabias. No hay ni clases pues.

– Bueno, igual iba a salir mal – dice aspirando profundamente.

– Ni siquiera ibas a llegar ¿Por qué llegaste tan tarde? – pregunta Lérida que lo mira mal por estar fumando pero que ya no dice nada.

– El autobús en el que venía chocó. – responde Jan cuidándose de no hablar del niño.

– Mierda, ¿y te pasó algo? ¿Todo bien?

– No, nada, todo bien. – responde encogiendo los hombros.

Casi quisiera que fuera más difícil, que alguien insistiera más. Es un sensación del todo ambivalente porque decididamente no quiere que nadie lo sepa, pero debería llevar más esfuerzo. Es sencillícimo ocultar que no está bien, hace falta apenas un par de frases. Que tiene semanas sin conseguir dormir más de dos horas diarias, que está empezando a dudar como se siente tener hambre, que se está muriendo lentamente, y eso es incluso peor porque es lento.

Cada persona que le pregunta como está le hace daño, sin saberlo y sin quererlo; porque no les importa. Porque Jan dice que está bien, que solo está cansado porque la universidad, la vida; e invariablemente le creen, o hacen como que le creen. Jan no está bien y algo se le hunde por dentro en estás interacciones donde nadie lo ve; no pueden estar prestándole un mínimo de atención. Pero es que ni se entiende porque tampoco quiere que lo noten y le tengan lástima e intercambien miradas incómodas. Básicamente está descontento cualquier cosa que pase. Si no se dan cuenta que no se dan cuenta, y si lo notan que lo notan. Es horrible vivir así.

– ¿Por qué no hay clases? – vuelve a preguntar para llenar el silencio

– La universidad dio día de duelo. ¿No sabes eso tampoco? – pregunta Lérida sorprendida. Jan niega con la cabeza sabiendo que no le va a gustar la respuesta y ella continua – Aisa Oliveira se suicidó. Parece que se disparó en la cabeza y murió en el acto. ¿Tú la conocías, Jan? – pregunta al verlo llevarse las manos a la cara y hacer un gesto de horror.

No, Jan no la conocía. O sea, sabía quien era, todo el mundo lo sabía porque la chama era perfecta, o parecía. Lo que le duele es la imagen creándose con terrible rapidez en su mente. Disparo, sangre, sesos regados, muerte. Suicidio se repite como un eco. Saca otro cigarro del bolsillo, esto no puede estar pasando. ¿Por qué hoy, coño?

La sensación es agobiante, lo esta asfixiando, sería difícil de reconocer con exactitud si no acabara de tener una revelación maldita. Es envidia. Mierda, es la sangre tibia escapando a chorros, el corazón dejando de latir, el cerebro dejando de pensar. Oscuridad, silencio, paz. Aisa va un paso más, no es el niño al que el fin le vino sin pedirlo; ella lo escogió. Ella pudo mientras Jan se queda atascado en consideraciones y vacilaciones. Aisa Oliveira es el abismo con el que Jan a coqueteado por ya mucho tiempo.

Es como que se hundió en un pozo, todo es denso y arenoso, húmedo. Siente el corazón latir, escucha el tamborileo. Diástole: Sangre, Sístole: suicido. Y no entiende nada, no comprende como puede tener tantos deseos de morir y al mismo tiempo ganas de vivir. Quiere querer vivir, o algo así. Mierda, se le viene el mundo encima. Aisa Oliveira es la invitación a dejar de luchar, el derecho a estar cansado. Mira a su alrededor intentando conseguir razones para estar equivocado y no las encuentra. Si creyera en Dios, le pediría el valor de Aisa.

– Hay una gente recaudando dinero para comprarle flores. Pero la verdad no creo que se lo merezca.

– ¿Qué?

– O sea, que desconsiderada ¿no te parece? Hacerle eso a su familia y a sus amigos. La gente que se suicida no tiene corazón. Y de paso hay que comprarle flores.

Jan a veces mira a las personas con detenimiento y se pregunta intensamente qué es lo que piensan, cómo serán sus mentes. ¿Son agradables? ¿Es él el único que pasa por esa locura? ¿Será que de verdad está loco? Y siente algo parecido a los celos. Pero cuando dicen algo como lo que Lérida acaba de opinar los desprecia, por vacuos, por insulsos, por superficiales. Por idiotas y por ignorantes.

Sabe que está condenado a la infelicidad porque nada lo complace y ese estado mental es casi auntoinflingido. La ignorancia lo haría feliz, como tanta gente estúpida que vive en paz, y si pudiera escoger, si pudiera vaciar su mente de tanta pendejera, no lo haría. Y eso, eso tiene que ser masoquismo. En una frase, Jan es una contradicción.

– Me voy de esta mierda. Eso que dijiste, no esta bien Lérida, no está nada bien.

Es que ya no le queda autocontrol, no le queda nada. Las cosas que podría gritarle en este momento. Desconsiderada es Lérida, y estúpida. Jan se obliga a respirar profundo, a recordar que no lo hace a propósito, que ella estaba hablando de Aisa, no de él. ¿Pero hay tanta diferencia? Porque tal vez sea lo mismo, tal vez Aisa Oliveira no encontraba como explicar lo miserable que era sin que la hicieran sentir culpable y egoísta. Todo esa gente que ahora llora y anda comprando flores deben ser los mismos que tantas veces la ignoraron, los que le preguntaron si estaba bien pero no les importaba. Quizás ella pensó mucho en ellos y no quería lastimarlos, pero simplemente vivir era insoportable y ella era una carga de todas maneras. Puede que todo le dolía mucho, que la soledad insondable.

– ¿Y te vas por eso?

– No, me voy porque me quiero ir. – dice Jan, pero sí se va por eso, por eso y por todo lo demás.

Maldita sea, Jan tiene que proyectarse en todo, se empeña en creer que sus razones son las más consistentes, les da universalidad. Y le sirve, de alguna forma le sirve. Se distrae de lo importante; se olvida que si fuera él, Lérida no pensaría que es digno de una flor, ni que decir de ir al funeral. Ella probablemente sea lo más cercano que tiene a una amiga, coño. Jan esta al borde de un colapso nervioso, y si tan solo hubiera escogido palabras más amables, si ella hubiera mostrado un poquito de compasión. Eso hubiera hecho una diferencia aunque Lérida nunca va saberlo.

Jan salé a la avenida y toma un taxi porque no tiene fuerzas, no hay manera de una nueva travesía en autobús. No hoy, tiene tanto miedo de que sigan pasando cosas. Apoya la frente a la ventana, vuele a extrañar sus audífonos y se hunde en consideraciones. Si tan solo las Lérida supiera las incontables oportunidades que tiene de hacer una maldita diferencia. Si pensara lo que dice más a menudo, o cuando menos pudiera quedarse callada. Con pocas excepciones las palabras más duras, las frases que le han resonado de la manera más intensa no estaban ni siquiera dirigidas a él. Es simplemente un oyente casual, desventurado. Jan escucha lo que pensarían de él si supieran, comprende exactamente con que escala lo están midiendo. Es un examen que no puede aprobar.

No quiere ser él mismo al costo del odio y el rechazo. Sí, hay gente que eso le funciona, los rebeldes que consiguen satisfacción en la resistencia. Pero Jan no es una de ellos, no puede ni quiere vivir así. No disfruta ser señalado, pelear por aceptación es algo que le agota de pensarlo. A él se le ha revuelto todo nada más fingiendo reírse de chistes demasiado crueles para ser graciosos. Y la verdad, quiere jodidas flores en su puto funeral, coño. No había pensado, hasta ahora claro, que ni eso alcanzaba a merecer.

Una vez frente al su edificio está agotado, han pasado poco más de cuatro horas desde que se fue y parece tanto. Hace exactamente dos vidas. Arrastra los pies y ahora que nadie lo mira las ganas de llorar se vuelven incontrolables. Y Jan se odia tanto por llorar como por el hecho de que la presencia de un taxista fue suficiente como para contenerse todo el camino. La razón por la que fue a la universidad se ha desvanecido por completo. Al menos tiene el consuelo de que lo intentó, de verdad lo intentó.

Abre la puerta con las manos temblando deseando que no este ninguno de sus compañeros de apartamento, pero como de costumbre sus deseos no se cumplen, mucho menos hoy. Manuel estaba en la cocina. Jan sospecha que lo ignoró a propósito, para dejarlo conservar dignidad o quizás porque no le importaba. Cualquiera que fuera la razón se fue directamente a su cuarto sin articular palabra, al cerrar la puerta todo estaba perdido. El león esta de vuelta.

II

Todo el día deseando audífonos y ahora que está ahí ni se molesta en poner música, va directo al baño ya, no tiene sentido conservar esperanza alguna. Que estúpido fue en pensar que podía superar esto, que era más fuerte que la compulsión de destrucción. No lo era, nunca lo había sido. Le llevó tanto tiempo dejarlo. Él se esforzó, Jan quiso ser mejor pero nada más hizo falta un día de mierda para que todo se fuera por la borda, para mostrarle que si había logrado algo era apenas un retraso.

Se cuida específicamente de no mirarse en el espejo. Es un ritual ya harto conocido, esta fase inicial es automática, internalizada de una manera que aun es plena crisis es capaz repetir monótonamente. Primero se saca la ropa y la deja tirada de montoncito. Se lava las manos escrupulosamente, abundante jabón, agua tibia, frota compulsivamente entre los dedos y repite toda la operación. Una vez limpias, abre la única gaveta del gabinete. Toma un paquetico pequeño envuelto en papel, un hojilla estéril. Lo abre y la mira brillar. Jan no para de llorar y la única compañía que consigue es la Srta. acero inoxidable, con la promesa de una marca inolvidable.

Ya no hay vuelta atrás, no tiene energía para dejarlo una segunda vez. En esta ocasión no va a parar, es que no le quedan fuerzas. De hecho, es el último recurso y si lo está haciéndolo es porque todavía tienen algún deseo de vivir, eso parece no tener sentido pero es cierto. Es la única forma que consigue de funcionar.

Nadie va creerle tal cosa, si es que hubiera alguien que quisiera escucharlo, claro. ¿A quién va a contarle? ¿A Lérida? Ella esta convencida que los pensamientos suicidas tienen un origen egocéntrico y desconsiderado. ¿Qué pensaría si Jan le contara que el juega a rebanarse en pedacitos? No, no hay nadie. ¿Sus padres? Cada vez que lo ha intentado empiezan a enumerarle todas las razones por la que es afortunado, las muchísimas cosas que tiene que ellos no tenían. Le explican que no tiene derecho a ser infeliz, y que serlo es una muestra de desagradecimiento hacía los sacrificios que han hecho por él. Es decir, le hacen sentir aun peor que antes.

Entra en la bañera, todo lo que suena es su propio corazón, hace mucho tiempo que Jan aprendió a llorar en silencio. La piernas están abundantemente ornamentadas, y ya no tendrá el consuelo de pensar que son cicatrices de batalla, de guerra ganada y pasada. Se deja deslizar apoyado a la pared hasta que queda sentado, hundido. Casi parece que se observa desde afuera, la sensación es plástica, la boca le sabe a metal. Suspira profundo, la resistencia es inútil.

Toma la hojilla y traza un linea larga en el muslo en paralela armonía con las cicatrices que la suceden. El alivio llega fácil. En primera porque luego semanas sin sentir sueño, hambre, ni mucho menos libido, el sólo contacto del metal frío contra su piel es una suerte de sosiego. Y segundo, porque en cuanto se hunde en la carne, que cede con una facilidad inverosímil, Jan siente el cuerpo enviando señales de vida. El dolor lejos de adormecerlo consigue despertarlo. La sangre empieza a brotar tímidamente y Jan ve su fracaso absurdamente unido a una sensación de realización. Todo está bien ahora. La simplicidad que tan a menudo falla en entender se hace evidente. Esto es lo que merece, el orden se ha restablecido. Jan está vivo, así se siente estar vivo. En esencia es simple.

En ese instante no siente como que necesita ayuda. Es horrible admitirlo pero sangrando a borbotones finalmente puede respirar con calma. La sangre fluyendo fuera de él lo reconforta. Maldita sea, claro que entiende lo mal que está eso y de todas maneras es verdad. Hace tanto tiempo que no se sentía honestamente bien y es un método terrible pero de repente el fin sí justifica los medios. Jan quiso ser mejor y esa pudo ser la decisión estúpida. ¿En que sentido mejor? Porque justo ahora no se está odiando y eso un avance.

Más. Lo único que desea es más de esto. Lo dejo por miedo a perder cosas que de todas maneras no tenia ni iba a tener. En una palabra, aceptación. ¿Dónde está entonces la aceptación por la que tanto se esforzó? En ninguna parte. Pero hay una cosa que sí tiene: una hojilla y seis litros de sangre. No necesita tanto. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. ¿Siete? El siete supuestamente era el número perfecto, de Dios, de la armonía. Bueno, le parece bien, siete cortadas paralelas inundando el mundo de rojo tibio.

No importa cuantas veces lo haga, lo que siempre le hipnotiza es la revelación de estar hecho de carne, de carne como la que come. De carne blanda, Jan es una cosa. El metal se hunde y la sangre acude. No es un ser refinado, una conciencia complicada, es solo un cuerpo asqueroso, endeble, oloroso, lleno de fluidos y de sangre. Jan es carne y eso le alivia, significa que no es nada. El río rojo fluye lleno de paz y Jan finalmente no quiere llorar.

Una vez que alcanza esa sensación recupera la conciencia completa y racional de lo que está haciendo. Ha sido suficiente. Presiona las heridas hasta que el fluyo ha casi terminado y luego se levanta algo mareado y abre la regadera con agua tibia. Se siente casi drogado, es bueno y es malo. El rojo va desapareciendo hasta que no queda nada. Al final Jan se da cuenta que todo en él se contradice. Sentado en el retrete colocándose con cuidado antiséptico y cubriendo sus nuevas heridas con vendas. Hasta parece que le importa, que se preocupa por él mismo.