Mahtob.

I

Levantando la vista hacia el paisaje de la Ciudad Vieja, una joven mujer de piel morena clara, largos cabellos negros, ojos castaños y labios sonrosados levantó su mano con el lápiz en orientación vertical para asegurarse de que estaba haciendo un buen trabajo.

Un cliente que la contactó por Deviantart le había pedido que retratara al menos un paisaje representativo de la ciudad de Estambul, lugar en donde ella residía desde que tenía los 14 años.

Su hogar desde que tenía uso de memoria, mejor dicho.

Levantándose del tejado en donde ella se había apostado, Mahtob Ibn-Mufasa bajó por las escalinatas hacia el Gran Bazar, uno de los mercados más importantes de la ciudad y uno de los sitios más concurridos por los turistas. Caminando entre la muchedumbre, observó los productos que estaban vendiendo los mercaderes a un precio un poco elevado: Habían frutas, verduras, quesos de distintas variedades, vinos, especias, sourvenirs, alfombras, ropa. Todo lo imaginable que vendían impresionaba a los turistas, quienes estaban más que dispuestos a derrochar su dinero con tal de llevarse un pedazo de Estambul.

Saliendo del Gran Bazar, se dirigió hacia la Plaza Bayezid, en donde justamente se encontraba el campus de Ciencias Sociales de la Universidad de Estambul.

Ya era hora de entrar a clases.

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II

Roderick Vane se sentía como pez fuera del agua. Su amigo, Amir Kaya, le había invitado a tomar el té en una cafetería ubicada cerca de su casa. Aceptó la invitación con la esperanza de poder agradarle un poco más con sus colegas turcos en el doctorado de Ciencias Sociopolíticas de la Universidad de Estambul, aunque éstos no lo hallaban muy amigable y sociable.

Suspiró hondamente.

Tal vez debió haberse tragado su orgullo inglés de rechazar siempre las invitaciones de Amir a almorzar o tomar el té desde la primera vez por el temor ridículo de ir a lugares poco higiénicos.

Temores típicos de un europeo que nunca salió de su propia tierra.

Siempre habrá una primera vez, pensó mientras bebía un sorbo de Ayran, un yogur líquido con zumo de limón y sal muy consumido por la población en épocas de calor. Una bebida deliciosa para el paladar de alguien que normalmente pedía una cerveza, un whisky o un vodka.

Amir, su amigo y colega del doctorado, charlaba con Amina Fatyá y Yassir Ibn-Kabul, una pareja de novios próximos a casarse, sobre algunas anécdotas de sus vacaciones en Londres, Inglaterra, lugar donde conoció a Roderick. Éste intervenía lo más activamente posible, pero se quedó en silencio de manera abrupta al ver a Amir levantarse y exclamar agitando la mano:

- ¡Hey, Mahtob!, ¡por aquí!

Roderick se sintió paralizado tras escuchar aquél nombre.

Mahtob… Ese nombre… Ese hermoso nombre, se decía a sí mismo mientras se levantaba para cederle el lugar a la chica.

Mahtob, un poco extrañada ante el comportamiento del inglés, murmuró un "gracias" mientras se situaba a un lado de Amir, su mejor amigo. Roderick, por su parte, se sentó en la punta y trató de retomar la plática, pero su esfuerzo fue inútil: Sus ojos ya estaban enfocados en la dulce y bella recién llegada, y no pararía de mirarla en lo que quedaba de la tarde.

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III

- Te gusta Mahtob – comentó Amir mientras que él y Roderick caminaban por las concurridas calles del barrio Eminönü.

Roderick paró en seco. Amir, sintiendo que sus sospechas habían sido confirmadas, agregó:

- La mirabas demasiado en la cafetería, ¿sabes? Tanto que la incomodaste.

- ¿Celoso?

- No.

El turco reanudó la caminata seguido de Roderick.

- Mahtob es como una hermana para mí – dijo -. Me dolería mucho verla lastimada.

- Y no lo estará, al menos no por mí – replicó Roderick -. Ella no me ama ni mucho menos le gusto. Tú mismo lo has visto cuando le pedí que saliera conmigo allá en la cafetería.

Amir rió.

- Bueno, eso prueba que no todas caen ante tus encantos, Rod. ¡Je! ¡Realmente hallaste la horna de tu zapato con ella!

- No, Amir. Estás equivocado. Ella no es como yo. Ella no es de jugar con los sentimientos de la gente ni mucho menos se burla de ellos.

Los dos entraron al departamento.

Encendiendo las luces, Roderick se dejó caer en el sofá mientras que Amir iba a la cocina a sacar un par de latas de cerveza. Los recuerdos se agolparon en su mente mientras se llevaba las manos al rostro.

Mahtob le gustaba, cierto, pero había algo en ella que le evocaba fuertemente a alguien.

Ese aspecto lo tenía en ascuas; no sabía si decirle a Amir al respecto o dejar las cosas como están y fingir que nada pasaba. Sin embargo, sentía que si se lo decía a Amir, estaría desahogando una culpabilidad que arrastraba desde la época de la secundaria; tal vez Amir lo vería con otras luces y le dejaría de hablar o tal vez le diría que no había sido su culpa.

No, se dijo. Ya no puedo con esto.

- ¿Estás bien, Rod? – escuchó que Amir le preguntara – Te ves pálido.

Roderick levantó la mirada.

Es mejor que lo diga.

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IV

- ¿Qué piensas de Roderick, Mahtob? – inquirió Amina mientras le cepillaba el largo cabello ondulado - ¿Crees que quería algo serio cuando te pidió que salieras con él?

- No – contestó Mahtob -. Dudo mucho que quiera algo serio conmigo.

Amina se echó a reír exclamando:

- ¡Eres cruel!

- ¿Cruel? – replicó la dama – No soy cruel. Soy realista. Además, él parece olvidar que tiene una novia en Inglaterra. ¿Valdría la pena enamorarse de alguien que ya tiene dueña? No. Lo siento, pero no.

- Amir me dijo que ya terminó con ella hace unos tres meses.

- Pero es posible que se hayan reconciliado.

Volviéndose hacia su amiga, añadió:

- Amina, yo… No lo sé. Creo que es mejor para él y para mí permanecer como compañeros, amigos pues. No quiero sentirme mal por destruir una relación.

- No deberías. Tú no lo buscas. Es él quien te busca. Es él quien te come con los ojos.

Mahtob se quedó cabizbaja. Amina, comprensiva, añadió:

- La culpa aquí es de él por olvidar en poco tiempo a una mujer que lo amaba. Es su culpa perseguir lo inalcanzable, que eres tú. Lamentablemente el hombre siempre ha sido así desde tiempos inmemoriales.

- Sí… Tienes razón… Pero…

La joven se levantó del tocador y se sentó en la cama. Sintiéndose un poco nerviosa al respecto, concluyó con voz repentinamente entrecortada:

- Tengo miedo, Amina. Hay algo… Algo en él que…

Se llevó las manos hacia la cabeza y empezó a mecerse. Amina, un tanto alarmada, se acercó exclamando:

- ¡Mahtob, ¿qué tienes?!

Lágrimas salieron repentinamente de los ojos de la muchacha, quien, levantando la mirada hacia la de su amiga, contestó:

- ¡Siento que lo conozco, Amina! ¡Siento…! ¡Ya no sé qué siento!

Amina se llevó una mano hacia los labios mientras que Mahtob sollozaba amargamente por un recuerdo amargo que parecía resurgir de su estéril memoria.

Un recuerdo vinculado con Roderick.

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V

Roderick observaba el paisaje de la ciudad desde el balcón con una lata de cerveza en mano; su mente estaba divagando en el mar de los amargos recuerdos que despertaron desde que conoció a Mahtob; recuerdos que le hicieron desear que retrocediera en el tiempo y evitara toda la calamidad que aconteció en ese día en particular.

Suspiró.

Creyó que Amir le recriminaría muchas cosas, pero agradeció que no lo hiciera. En lugar de eso, el turco simplemente le dijo que ya había pagado su culpa lo suficiente, que ya no se atormentara por los resquicios de un pasado que se había tornado negro desde aquél fatídico día. "Ella intentó sobrellevar el abuso escolar, la soledad y la falta de atención de sus padres lo mejor que pudo", le decía. "Su muerte fue el resultado de un grito desoído de ayuda, del anhelo de huir de la realidad aplastante en la que vivía a causa de ello".

Cerró los puños con dolor y rabia. "Ya pagaste demasiado, Roderick", concluía su amigo antes de marcharse. "Déjala ir".

Las lágrimas brotaban de su rostro.

- Sarah… - murmuró.

La pobre y fea Sarah Sommersby, la encorvada niña recordaba a aquél personaje de esa popular telenovela colombiana que pasaban en la televisión los sábados por la tarde con sus largos vestidos floreados, sus zapatos negros, sus calcetines blancos, su suéter de reno, su fleco aplastado, sus dientes llenos de frenillos y sus lentes grandes. La niña que había sido blanco del bullying por parte de todos, incluido él y su propio hermano, Marcus, quien fuera el chico popular y capitán del equipo de rugby en ese entonces.

Marcus Sommersby era su mejor amigo; era el orgullo de papá y mamá, prácticamente el hijo soñado de todo padre que amaba los deportes y la disciplina. Marcus tenía un talento natural para el deporte, pero no para los estudios; como toda familia de vanidad elevada, la suya le dispensaba ese pequeño defecto. Sarah, por el otro lado, era una chiquilla que se esforzaba por obtener al menos un reconocimiento por parte de sus padres y de su hermano, a quien quería mucho a pesar de todo; tenía las notas más altas de la escuela, se enfocaba con pasión a las clases de violonchelo impartidas en casa de una profesora particular así como al francés y al latín. Incluso intentó ofrecer un pequeño concierto navideño para su familia sin éxito, ya que su familia estaba más enfocada en charlar con sus invitados y amigos que prestarle una mínima atención.

Todo había sido inútil.

Nadie la "pelaba", como solía decirse en los barrios bajos. Nadie le prestaba atención, ni siquiera los supuestos amigos que tenía en la escuela; se olvidaban de ella cuando quedaban en ir a la casa de uno de ellos a pasar la tarde o no la defendían de los constantes ataques e insultos de Jane Eyre, la chica más popular de la escuela y ex novia de Marcus. Y eso que siempre accedía a hacerles favores académicos.

¿Y él, el mejor amigo de Marcus? Igual que todos, siempre la ignoraba y le hacía toda clase de maldades como el típico crío de 17 años que era el más popular junto con Marcus…

Maldades que culminaron con el suicidio de la adolescente de 14 años.

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VI

- ¡Mahtob!

La aludida se volvió. Amir, quien se le acercó corriendo, tomó un poco de aire y le dijo estas palabras:

- Tu padre me dijo que te encontraría aquí en la biblioteca. ¿Estás bien?

- Sí – respondió la dama con extrañeza -… ¿Por qué?

- Bueno… Amina me dijo ayer que tuviste un ataque nervioso por un asunto relacionado con…

Mahtob levantó la mano en señal de silencio.

- Amir, por favor, no quiero hablar de eso. Ya pasó.

- Pero…

- Amir, no. No quiero ni mucho menos volver a ver a tu amigo el inglés.

- ¿No quieres volver a verlo? ¿Te ofendió acaso?

- No, no, no. No… Es sólo que no quiero verlo. No quiero tenerlo cerca de mí, no quiero ni hablar con él. Está decidido.

Amir se mordió el labio.

Mohammed, el padre de Mahtob, le había advertido que si le pedía a su hija que hablara con el inglés, ella simplemente se negaría. Sin embargo, el muchacho sentía que era necesario que Roderick y ella hablaran, que ambos aclararan las cosas respecto a un pasado que posiblemente los vincule entre sí. Por ese lado, el viejo Ibn-Mufasa estaba totalmente de acuerdo.

- ¿A qué le temes, Mahtob? – le preguntó sin rodeos - ¿Tienes miedo de recordar tu vida anterior?

Mahtob lo miró con sorpresa.

- Creo que debes saber que tú a él le recuerdas a alguien – continuó -, así como él te recuerda a alguien de ese pasado.

- Amir, por favor…

Ella desvió bruscamente su mirada hacia algún punto de la mesa. Amir, sin rendirse, llevó una mano hacia la barbilla de la mujer y la obligó a que lo mirara directamente a los ojos.

No estaba equivocado.

Los ojos de Mahtob revelaban una lucha interna entre el pasado y el presente, entre recordar el dolor o enterrarlo para siempre en su mente, en el baúl que había permanecido cerrado bajo llave durante los diez años que permaneció cerrado por el terrible trauma de ser una víctima más del tráfico de mujeres a los 14 años de edad. Mohammed, recordó, había sido el médico encargado de valorar físicamente a las víctimas de aquella red de comerciantes de esclavos sexuales. Fue él quien examinó a Mahtob en ese entonces y fueron él y Salma, su esposa, quienes la adoptaron luego de que Amin, el padre de Amir, dictaminara su amnesia permanente con pocas probabilidades de recuperarla…

Hasta ahora.

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VII

El doctor Mohammed Ibn–Mufasa observaba minuciosamente a Roderick mientras que éste, nervioso, trataba de buscar alguna palabra para dar por comenzada la inusitada reunión en el café Atattürk, lugar a donde Amir les pidió que acudieran para hablar del asunto de Mahtob. Éste, sintiendo que lo mejor sería iniciar él la reunión, aclaró su garganta y fue directo al grano:

- Gracias por venir, caballeros. Doctor Ibn-Mufasa, lamento citarlo en horario de trabajo, pero entienda que el asunto aquí es muy importante, sobre todo porque está de por medio la salud y felicidad de su hija.

- No te preocupes – replicó el médico -. Un asunto de este tipo no es para dejarlo relegado.

- Bien… ¿La trajo?

- ¿Qué cosa? – interrumpió Roderick.

Ibn – Mufasa sacó de su bolsillo la billetera y la abrió para agarrar una vieja fotografía; al dársela a Amir, le dijo:

- Es la más vieja que tengo de ella. Tenía 14 años cuando se la tomé.

- Bien – contestó -. ¿Puedo…?

- Por supuesto.

Amir le entregó la fotografía a Roderick. El inglés no tardó en ponerse en completo estado de shock.

- ¡Dios, no puede ser!- murmuró.

- ¿Sucede algo, señor Vane? – inquirió Ibn-Mufasa.

Sin emitir palabra, Roderick sacó rápidamente de su mochila un pequeño sobre y lo abrió para revelar su contenido ante los ojos de un sorprendido médico y del propio Amir. Ibn-Mufasa se sintió desfallecer al reconocer en la jovencita de la fotografía a su hija adoptiva; Amir, quien también observó la fotografía, murmuró:

- Entonces el asunto está resuelto.

Mirando directamente a Roderick, Amir se armó de valor y le dijo:

- Roderick, hay algo que debes saber al respecto de Mahtob… De Sarah, mejor dicho, ya que ese es su verdadero nombre.

Roderick guardó silencio mientras que el doctor Ibn-Mufasa, con cierta pena, explicó:

- Ella fue víctima del tráfico de mujeres.

Un silencio pesado se hizo presente entre los tres. Ibn-Mufasa, ante la expectativa de que Roderick reaccionara, decidió esperar a que éste le reclamara con la frase del "¿por qué no la entregó a la policía?" Sin embargo, el joven extranjero cerró los puños, bajó la cabeza y murmuró:

- Mierda… ¡Mierda!

Las lágrimas empezaron a derramarse en sus mejillas. Ibn-Mufasa, consciente de lo que pudiera ser la razón de aquella reacción, añadió:

- Casi le arrebataban la virginidad la noche en que se hizo la redada, muchacho. Estuvo cerca de morir por la golpiza que le dieron al tratar de defender a una de sus compañeras de cautiverio, una niña de 8 años de edad. A raíz del trauma de esos golpes, perdió la memoria por completo, desde su nombre hasta su hogar. El padre de Amir, quien en ese entonces se había encargado de evaluarla psicológicamente, declaró que ella tenía pocas probabilidades de recuperar los recuerdos de su vida anterior.

Roderick levantó el rostro. La rabia y la impotencia, incluso el arrepentimiento, estaban presentes. El saber que Sarah estaba viva debía suponerle la liberación de la culpa, pero ésta no se había borrado del todo: El sufrimiento a manos de gente sin escrúpulos se había elevado hasta la más indecible de las torturas a través de los puños y del intento por arrebatar la poca inocencia e ingenuidad que le quedaban.

Todavía la culpa estaba ahí. Todavía el recuerdo de ella saliendo corriendo de la escuela al ser humillada por él estaba presente.

Se levantó de la mesa y, tomando sus cosas, anunció:

- ¿Está Mahtob en su casa, señor Ibn-Mufasa?

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VIII

Salma y Mahtob preparaban el Baklava, un postre tradicional elaborado con pasta de nueces trituradas, masa, almendras y nueces con un baño de jarabe de miel. El Baklava era el favorito de la familia, especialmente de Mohammed, quien no tardaría de llegar de una reunión urgente con Amir, el hijo de Amin Kaya. Mahtob le había preguntado a su madre cuál podría ser esa urgencia, mas Salma, teniendo el mente la súplica de Mohammed de no revelarle nada a su hija, le contestaba con un "no tengo idea". La joven, no obstante, sentía que algo le ocultaba, pero no se atrevió a confrontar a su madre en ese punto.

Posiblemente sea algo relacionado con problemas domésticos, se decía a sí misma mientras preparaba la mesa.

- Mahtob – le llamó su madre.

- ¿Sí, madre?

- ¿Estás bien?

- ¿Eh? Sí, sí… Es sólo que estoy pensando en que padre está tardando mucho. Son casi las 7:30 de la noche.

Salma no pudo evitar reírse quedamente. Mahtob, mirándola con curiosidad, añadió:

- Madre… ¿Qué crees que esté pasando con el señor Faya?

- Bueno, honestamente creo que son problemas de trabajo – mintió Salma -. Digo, hasta ahora los Faya no han tenido problemas entre sí, así que posiblemente sean cosas de trabajo.

- Oh…

La mujer se reprochó a sí misma.

Odiaba mentirle a la joven que era la alegría de sus ojos maternos, pero debía cumplir con la petición de Mohammed de no revelarle nada. Odiaba ante todo que el extranjero haya tenido una parte de culpa en cuanto al reciente daño en la estabilidad emocional de la chica. Si Mohammed estaba en lo correcto, el resurgimiento de los recuerdos de Mahtob parecían deberse a que Roderick posiblemente le haya hecho algún daño en el pasado, un daño que la pobre chica no sabría cómo lidiar. Sólo rogó a que no se le ocurriera a su esposo llevar a la casa tan indeseable personaje.

El sonido de la puerta abrirse las desconcentró de su tarea. Mahtob, emocionada, se lavó las manos y se las secó para luego salir de la cocina para recibir a su padre.

- ¡Buenas noches, pa-!

Las palabras se le fueron. Sí, efectivamente su padre había regresado, pero no estaba solo.

- Buenas noches, Mahtob – le saludó Roderick con timidez.

- R-Roderick – murmuró -… ¿Qué…?

- ¡¿Qué hace ese hombre aquí?! – interrumpió Salma al verlo.

- Salma, por favor… – trató de calmarle Mohammed.

- ¡Largo!

- Esposa, por favor, ven… Dejémoslos solos.

- ¡¿Qué?! ¡No, de ninguna manera pienses que dejaré a mi hija sola con ese hombre!

- ¡Salma, ven aquí ahora!

- Madre, por favor – interrumpió Mahtob con tensa calma -. Estaré bien.

Salma iba a protestar, pero Mohammed, con señas, le pidió que respetara la voluntad de Mahtob. Con un respingo, la mujer se fue a la cocina acompañada de su esposo mientras que Mahtob, mirando fijamente a Roderick, le indicó que se sentara, a lo que él obedeció sin reparo.

Entonces ahí estaban los dos: Uno mirándose al otro; la mujer miraba a Roderick con una mezcla de dolor y rabia, sentimientos que en su vida presente estaban ausentes hasta antes de la llegada del hombre. Éste, por su parte, sentía que la voz se le iba y que el corazón se le encogía; tenía enfrente de sí mismo a la persona que había dañado moral y sentimentalmente. Tenía frente a él a una Sarah que parecía empezar a acordarse de él, a una Mahtob que luchaba entre ignorar los recuerdos de su turbulento pasado y aceptar que ya no sería posible escapar de ello.

- Mahtob – murmuró Roderick mientras intentaba tomarla de la mano -… Sarah...

- ¡No me toques! – exclamó Mahtob mientras apartaba su mano.

Roderick obedeció mientras que Mahtob, decidida a sacar el dolor guardado en su corazón durante mucho tiempo, sollozó:

- 10 años, Roderick. ¡10 años! ¡10 años de no recordar, de no saber nada de mí misma!

Se llevó las manos hacia la cabeza.

- Mi cabeza… Me está dando todo vueltas. ¡Con esas cosas que no quiero recordar! ¡Con el recuerdo y el dolor que me produjo ser golpeada por esos cerdos!, ¡con el dolor de las burlas e improperios que me lanzaban en la escuela!

La chica continuó sollozando mientras que Roderick se levantó, se acercó y se arrodilló ante ella para tomarla entre sus brazos y tratar de consolarla. Era lo menos que podía hacer para compensar el sufrimiento de aquella chica, aunque fuera de manera mínima.

- ¡No me toques! – exclamaba la chica mientras forcejeaba con él- ¡No me toques!

Pero Roderick no se rindió; al final del forcejeó, había conseguido abrazarla y ofrecerle su hombro para que pudiera descargar todo el dolor interior hasta que se cansara. Recostando su mejilla en el cabello de Mahtob, el inglés empezó a decir en voz baja un "perdóname" mientras unas lágrimas empezaban a caer en su rostro.

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IX

Mirando la primera fotografía que su padre adoptivo le había tomado, Sarah Jean Sommersby reflexionaba detenidamente si debía enfrentarse al pasado o dejarlo ahí, estancado e ignorado por su propio bien, si debía actuar como si nada o dialogar y esperar a que le pidieran perdón, aunque lo último no fuese necesario.

Un año ha pasado desde que había recuperado la memoria; 11 meses han pasado desde que el padre de Amir impartió una terapia para ayudarla a superar aquella etapa tan turbulenta de su vida y pudiera ella perdonar a los que habían hecho daño, especialmente a su familia y a Roderick. Un año de ver a este último y dos meses de no verlo luego de que partiera hacia Londres, lugar a donde ella, dentro de una hora y 40 minutos, aterrizaría y pisaría tras diez años de ausencia.

¿Qué sucedería a partir de ahí?, ¿se acordarían sus padres y su hermano de que habían tenido hija y hermana alguna vez?, ¿se acordarían los viejos compañeros del secundario de que ella existió alguna vez en su memoria, aunque la interacción haya sido poco frecuente?

Mahtob tendría que averiguarlo.