La presente historia participa en "¡Te reto a escribir! -Desafío Anual-", del foro "De relatos y escritores".


I. Querido futuro: no te quería saber.

Citlalli odiaba los chistes sobre ser la sabelotodo.

Citlalli podía saberlo todo.

No era su culpa. Todos en su familia poseían la maravillosa habilidad de ver el futuro tanto como se quisiera, solo que ella era un caso especial: entre menos deseaba conocer el porvenir, más se le presentaba delante de los ojos. Y eso la tenía más que harta.

Así que, entre eso y el caos mundial porque se buscaba y se capturaba a todo aquel que demostrara una habilidad superior a la de un humano normal, Citlalli no tardó en convertirse en un rumor, en una presencia que se sabe que está allí y a la vez, no está.

Ah, sí, y comenzó a vender sus predicciones al mejor postor. El método para que la Patrulla de lo Sobrenatural (la PaSo) no la molestara fue simple. Retrocedamos un poco en el tiempo.

Cuando Citlalli tuvo edad suficiente para ser independiente, se lanzó a las calles sin nada más que una maleta llena de ropa, una bolsa llena de zapatos, una caja llena de material de adivinación, una carpeta con sus documentos de identidad, un monedero rosa relleno con sus ahorros y las llaves de la casa rodante que su madre recibió de cierto político que le debía un par de favores. Se despidió de la familia, quienes por turnos, le fueron soltando diversas predicciones sobre lo que encontraría en el camino, esperando que le sirvieran de algo. Citlalli, por una vez, no renegó del don familiar, sino que con toda calma anotó todo lo que le dijeron en un cuaderno con la portada llena de ecuaciones algebraicas, para luego cerrarlo y guardarlo en la caja con material de adivinación.

Los videntes no se despiden, creo que lo saben. Al menos los que son verdaderos videntes. No, ellos saben dónde estará cada persona que les importa. Así que la despedida generalizada de Citlalli, aunque en unas cinco versiones diferentes, fue algo así.

—Sé que no volverás, así que cada que puedas, comunícate.

Y Citlalli no hacía reclamos por semejante verdad.

Ella también lo había previsto.

Así, recorrió primero la ciudad, visitando a unos pocos amigos que le ayudaron a remodelar la casa rodante para convertirla en un local esotérico ambulante y luego, pasando a su librería favorita por una dotación de libros de Álgebra. No podría vivir sin algo de lógica en su cabeza. A continuación, pasó al Municipio, donde después de cuatro horas, tres paradas en las ventanillas equivocadas, dos sobornos y un peligroso roce al límite de su paciencia, le otorgaron una licencia como "prestadora independiente de servicios profesionales", por la que tuvo que pagar la módica suma de ciento cincuenta coas, y ya con eso en mano, se lanzó a la prueba de fuego.

Su última parada en su ciudad natal antes de salir de ella para siempre, fue la Zona Centro. Allí, a un costado de la plaza principal, se estacionó, acomodó todo en el interior de la casa rodante y finalmente abrió la puerta, colgando de la manija un letrero con caligrafía llena de florituras, pintada en rosa y dorado, con varios destellos causados por brillantina.

La Doncella Citlalli, hija de los Dioses

Haga la pregunta adecuada y obtendrá la respuesta que desea

La gente común era fácilmente atraída con la posibilidad de conocer su futuro. Y Citlalli era una de las mejores videntes de su familia. No le costaría nada ganarse la vida de esa forma; además, el plan no tardaría en darle la oportunidad de demostrar a la PaSo que no era lo que buscaban.

De tener un montón de curiosos alrededor de la casa rodante, poco a poco se formó una fila y la gente salía de allí con expresión maravillada, deseando que se cumpliera lo que la "adivina" pronosticaba. Al final de la tarde, un par de personas de uniformes morados se colaron al frente de la fila, recibiendo abucheos de las personas formadas que se callaron cuando vieron las letras amarillas en el bolsillo superior izquierdo de sus camisas, así como sus armas.

Era curioso cómo la mayoría de los oficiales de la PaSo, en vez de pistolas, portaban lo que parecían batutas algo gruesas, revelando así que eran hechiceros entrenados para capturar a cualquier ser humano sobrenatural… Tan sobrenatural como ellos.

Citlalli, con una sonrisa tan tenue que nadie la advirtió, hizo pasar a los oficiales a su humilde casa rodante y les preguntó qué se les ofrecía, para luego mostrar con toda confianza su licencia municipal, una identificación y después, a solicitud de uno de los oficiales, predijo si él o su compañero ascenderían de rango alguna vez. Como les contestó que no, a duras penas los dos oficiales contuvieron una risa divertida, la dejaron en paz y le pidieron que más le valiera no estar en la ciudad dentro de veinticuatro horas, no fueran a demandarlos los ciudadanos por falsedad en un servicio prestado. Citlalli, mansamente, asintió y los dejó ir.

Como es la última vez que veremos a estos dos oficiales, explicaré qué pasó para que se creyeran que Citlalli solo fingía ser vidente para ganarse la vida.

La pregunta específica del oficial fue "¿mi compañero y yo ascenderemos pronto?", y Citlalli contestó que no. Ahora bien, los dos sabían que, el mes entrante, el que estuvo callado durante toda la visita a la casa rodante iba a asumir un nuevo puesto, por lo tanto, para ellos Citlalli "falló". Lo que ignoraban era que, físicamente, el oficial seguiría en la misma planta del edificio de la PaSo durante unos quince años antes de que le asignaran una oficina propia de su nuevo rango dos plantas más arriba. Así pues, la predicción de Citlalli fue correcta, pero no como ellos esperaban.

Oh, Citlalli sabía bien cómo aprovechar las ambigüedades. Después de todo, era vidente.

Después de eso, Citlalli esperó a que anocheciera, cerró su casa rodante, vigiló su entorno para asegurarse que no anduviera ningún mirón por allí y acto seguido, salió corriendo de aquella calle, de aquella colonia y, poco a poco, se dirigió al norte lo más que pudiera en línea recta.

Sí, una predicción le había dicho que el norte era un lugar seguro para ella.

Pero claro, las ambigüedades a la hora de usar su don también aplicaban a la mismísima Citlalli. Solo que no se dio cuenta de ello hasta mucho después.

Todo por un simple y no tan específico deseo.

"No quiero saber dónde veré el fin de los días".

–&–

Hola, hola, queridas personas que se atreven a leer esto.

Pues sí, me he unido a otro reto. Un anual. Es que Pemse (Porque el mundo se equivoca) no avanza y necesito despejarme de algunos otros fics llenándome la cabeza con otra cosa.

En el presente reto, se asignan varias variables por sorteo, y una de ellas es el género principal de la historia. Me ha tocado Parodia y como no he escrito algo así en mi vida, me voy a divertir de lo lindo con esto, aunque claro, puede que al final consiga un verdadero desastre.

En este primer capítulo, conocemos a Citlalli, una vidente que odia ser vidente. Pobre, entre menos quiere saber el futuro, más se le presenta. Se ha lanzado a la aventura a ver si puede usar el don como a ella le venga en gana, aunque eso es contradecirse un poco a sí misma, pero en fin…

Por otra parte, se ha insinuado que existe una organización encargada de localizar y atrapar a todos los que demuestren una habilidad fuera de lo normal: la Patrulla de lo Sobrenatural, la PaSo, cuyos trabajadores de campo son hechiceros en su mayoría (otra ironía de la historia, ¿no es obvio?). Citlalli ha logrado engañar a oficiales de la PaSo en su ciudad, pero bueno, no era tan complicado, solo se aprovechó de la forma en que los oficiales hicieron su pregunta.

Y premio para quien detecte la "ambigüedad" en el deseo que formuló Citlalli para predecir a dónde debía ir. Creo que es demasiado evidente, pero vamos, sorpréndanme.

Por último, pero no menos importante: Citlalli toma su apodo de un nombre náhuatl que significa estrella y coa, la moneda mencionada en este capítulo, es en realidad el nombre de un instrumento que usaban en México antes de la Conquista (y quizá después también, ahora mismo no recuerdo), que consistía en un palo con una especie de pico en un extremo, y se usaba para perforar la tierra donde después se iba a sembrar.

Cuídense mucho y nos leemos a la próxima.