Diana se sentía sola y era secretamente miserable. El resto de las deidades habían gestado a sus hijos ya, los sacaron de carne y sangre o los hicieron florecer. Harta de su soledad, Diana hizo lo mismo: Aradia nació del barro suave formado por la colisión de sus lágrimas en la tierra.

Y Aradia era luminosa como su madre.

Y pudieron haber sido felices entonces pero Aradia se sentía sola, como Diana. Y pidió un compañero. No tenía que ser igual a ella. Pero sí, parecido.

Diana no se esmeró demasiado. Esperaba que Aradia retrocediera espantada o asqueada ante el producto final y que luego se declarara la única digna de adorarla.

Así estarían juntas sin interrupciones.

Pero...

—¡Es perfecto así! —dijo Aradia ante el primer hombre.

—Es una máquina asesina. Si le doy vida, besándolo como a ti, no hará otra cosa que matarte.

Pero Aradia no escuchó y rogó tanto, que Diana cedió.

La pareja se fue junta, dejando a la diosa sola de nuevo y secretamente, aún más miserable que antes.