Dedicado a Dosilazo.


La princesa ve las hordas del enemigo avanzando por los campos fronterizos a su reino. Se despide de su aya con abrazos y besos, del resto de sus sirvientes con promesas de un regreso y prepara las dos botellas junto a su lecho.

Bebe una sin respirar y duerme.

Durante su sueño tiene el ejército más numeroso jamás entrenado en esas tierras. Hay un baño de sangre que ella encabeza, usando una armadura dorada y sobre un caballo negro como la noche.

Al despertar, las hordas enemigas yacen mermadas en un cementerio gris alrededor de su pequeño reino. Pero no son cuerpos repletos de carne fresca, sino esqueletos pelados en los que las arañas hacen sus telas y se posan los cuervos, ya sin esperanza de alimentarse.

La princesa se siente flaca, gris, amarga. Sus siervos a su alrededor no se mueven. Su aya ha muerto sosteniéndole la mano.

El severo retrato de su padre le indica que beba la otra poción, la del fracaso y orgullo.

Ella lo hace sin reticencias, a pesar de haber triunfado.

El sueño duró demasiado.