Sé bien qué pretendes de mí, alegre Sombrerero de mis sueños, cuando te inclinas de esa manera y me alcanzas la carta de la reina, sugiriéndome cómo vestir en su palacio desierto, mientras que todos los súbditos que aún no se resignan al regocijo se agolpan alrededor de la cama de la enferma emperatriz.

Y no, no ocurrirá. No.

La primera vez que caí aquí, por accidente, era niña queriendo ser mujer. Al cruzar el espejo, sin embargo, pasaba de la sanidad a la locura.

Y ahora que he vuelto, puedo darme cuenta de cómo somos realmente. La inspiración de una síbila, llámalo como quieras. Ya no importa, Sombrerero.

Toma todo lo que es tuyo y necesites. Tus martillos y tazas de té. Tus trajes de sarga extravagante y los sombreros de copa que te dieron el nombre. También unas galletitas para que preparemos la merienda a mitad de camino, sobre algún hongo que me haya servido de casa o paraguas cuando yo era pequeñita, tan pequeñita que no hubiera podido quererte nunca.

No.

De todos modos, lo que lleves de aquí se transformará allá. En mi tierra. La verdadera tierra.

Si nos quedamos aquí, no sobrevendrá nada digno de lo cual escribir. Ningún visitante que nos sueñe apreciará las maravillas lo suficiente como para reverenciarnos en un poema absurdo. Desapareceremos.

Y sólo nos quedará el reino que no tardaremos en conquistar, porque a pesar de su poder, es pequeño y servil. Necesita amos y nos forzaremos para ser de esa talla, serviles como somos, siquiera a nosotros mismos.

La oscuridad que ya existe crecerá y prosperará en nuestro interior. Cuando me de cuenta, no sólo me habré hecho vestidos como los de la reina: también habré mandado traer los suyos y sus joyas. Mi cabello se ennegrece entonces. Mi boca se pone roja hasta cuando no la pinto.

Y odio ser una mujer. Quiero ser siempre la Alicia contra la que chocaste. La que te encontró con torpeza y te amó sin saber lo que era. Quiero ser niña aunque me caiga a pedazos y una niña de rostro limpio no puede gobernar.

Sólo queda irnos. Te dejo elegir cómo. Podemos buscar el agujero por el que caí o cruzar el espejo del cuarto de la reina, ahora que sus súbditos me miran con el respeto de una pronta emperatriz. Eso es más rápido que esperar un huracán que nos transporte por el cielo. Pero si lo prefieres, haré con mis vestidos viejos un globo que nos lleve.

Aún no he probado los zapatos rojos que me fueron dados cuando decidí venir de nuevo, en calidad de princesa y de alguna manera sirvienta. Cuando me veía forzada a sonreír a la reina bruja de corazones y a dormir en su cama, llorando a escondidas y fregando pisos cuando no bailando de gala sobre ellos, dependiendo de los caprichos de mi madre adoptiva y ama.

No quiero dichos zapatos. Ahora mismo son los que me permiten caminar erguida y buscarte con caricias en la oscuridad, dejándote sacar el humo opiómano de la oruga, apretándote contra mí y rogándote que seamos diferentes.

Porque hoy, claro, sólo son zapatos rojos con base de plata. Pero mañana será un vestido y una corona, al igual que un abrigo vivo, teniendo de cetro una serpiente obligada a mantenerse tensa. Y no quiero ser la misma mujer que me hizo tanto daño.

Tú que besaste mis heridas deberías saberlo mejor que nadie.

No temo volver a mi realidad y ver en lo que me he convertido. Ya tengo suficiente rojo en mi atuendo para no ser pura. Pero mientras que soy más blanca y aún bruja, escapemos.

Estoy preparada para la vigilia. Para mi cuerpo olvidado junto al árbol de mi infancia truncada. Para mi cuarto empolvado y el espejo humilde que me regalaron cuando cumplí quince años. Y la tierra simple de la que huí sin saber que la detestaba.

Si me quedo, seré la reina. Y nunca olvidaré los golpes de mi predecesora. Ni sus besos ni sus caricias. Sus palabras dulces. Y su látigo. La firmeza de su mano. Y mi sangre derramada a montones.

Las cicatrices se quedarán y no habrá seda ni terciopelo que las haga sanar. Sólo la morfina que cortó a la mitad la vida de la emperatriz que ahora nos abandona.

Y no serás mi esposo, sino mi esclavo. Y no me quejaría, claro. Si no supiera que el que vino antes de ti odiaba a la reina tanto como yo.

No deseo que me odies como ya me odio al verme en pesadillas como ella. Mientras que aún son pesadillas.

La parte más oscura de mí, desde que ella ha caído, apretándome la mano, pidiéndome que permanezca a su lado, mira la corona brillante. Y recuerda el dolor.

Quiero ahogarla, cortarla en pedazos. Hacer que su sufrimiento cese. Pero no puedo dejar de mirar con fascinación lo macilento de su cara regordeta. ¿Es esta la mujer que fue mi terror?

Con impaciencia se apaga el brillo maligno de sus ojos y sólo le tengo algo de pena mientras que codicio sus joyas. Cuando llegue su fin, lo sé, se las arrancaré y las usaré sin piedad alguna.

Debemos irnos antes si nos vamos. Y juntos.

Necesito que me salves de mi reinado.

Necesito que te salves a ti mismo con tu primer recuerdo de mi inocencia, para que pueda recuperarla. Cuando cierro los ojos, ya no veo la que era cuando caí aquí, en tus brazos. Sólo veo a la Reina de Corazones. Tiene mis facciones pero es ella, reencarnada. Oscuridad y sangre. Algo de blanco, por ser bruja. Oscuridad y sangre. Comodidad en ellas. No.

Necesito que nos salves a ambos. Y no me importa si del otro lado eres un mero guardabosques, un sirviente o un campesino. Tampoco si mi herencia de reina no puede reproducirse. Si me convierto sólo en tu esposa, en una obrera. Porque incluso sucia sé que me erigiré reina de mí misma.

Si me quedo aquí, en cambio...tu cabeza será la primera en rodar. Para que nadie sepa que hubo una joven débil que te necesitó y que fue lo bastante patética como para pedirte que nos salvaras a ambos.