Cuando vine aquí, llevaba un vestido que decían, era de bruja y me reverenciaban por los actos más comunes en mi país natal.

La Bruja me hace usar sólo prendas de sirvienta. Negro y blanco: sirvienta bruja. Hay algo de respeto y al mismo tiempo burla en este gesto.

Y yo sé que soy tan bruja como ella cuando llegó aquí. Pero al dormir, la veo de la mano con sus hermanas, imponiéndose y luego peleando entre ellas, dividiendo tajantemente el mundo conocido para no volver a cruzarse.

Y el beso de la otra me quema por las noches.

Yo no tengo una familia. La que dejé no me quería. Ni deben haberme buscado.

Lo más cercano eran nuestros compañeros. Y las cenizas de ellos vuelan el aire: me atormentan día y noche con pensamientos terribles.

Vivo llorando y la bruja no lo nota. Cree que es por orgullo y me llena de caricias, me besa cuidadosamente en todas partes o casi en todas, salvo en donde me bendijo su hermana.

Y tal vez sea por orgullo. Porque no entiendo su...amor, más que su odio. Porque sé que es capaz de tocarme con sus manos arrugadas y frías como un príncipe oscuro. Si cerrara los ojos y ella no me mandara abrirlos, recordándome que estoy enamorada por sus pócimas que nunca tomo, no sería tan terrible.

No.

Es capaz de hacerme eso y otros días de mirarme como si no me conociera, de mandarme a hacer las tareas más absurdas, como si no me alcanzara con las sucias, limpiando la cisterna. También tengo que secar las hojas de los árboles y arrebatar recién nacidos para sus aquelarres, a los que voy en calidad de sirvienta, llenando copas y platos con delicias que sólo pruebo dentro de mi codiciosa mente.

Hasta que acaba el banquete y ella duerme o se ha ido a volar con las de su misma pluma.

Yo soy inferior. Me quiere a su modo. Le gusta que yo atienda su casa con diligencia. No me detesta siempre. Y cuando me pega, al otro día, si me encuentro con sus ojos, me acaricia.

Y yo no lloro. La sal se acumula dentro de mí pero ya no lloro. No.

Me preocupa él. Lo busco a él. Lo quiero a él.

Mi pobre bestia.

Y yo no le decía así antes. Antes, él era un amigo.

Amigo.

Se paraba en dos patas, lo mismo que yo.

Me hablaba con pasión y era un cobarde.

Es el único que queda vivo.

A veces me pregunto si no es una ilusión o una parte mía no aceptada, un conjuro mal hecho, una alucinación por fiebre o soledad, que son la misma cosa.

Él está encadenado afuera. La Bruja, la que sabe quién es y cómo ser, lo puso así, cuando el pobre era más pequeño y se encontraba atontado.

Mi pobre bestia.

Sé que no es así. Que en todo caso, debería decir, mi pobre amigo.

Y al principio, yo lo decía.

Pero luego...

Yo soy la única que va a verlo. Que tira de la cadena en su cuello. Y él, que ruge improperios y amenazas a todos, especialmente la bruja, a mí me lame la cara. Ronronea contra mí.

La pobre bestia.

Y yo, que no tengo nada o tengo muy poco. Yo, que vivo para complacer a una bruja a la que odio, lo busco a él para completarme.

Lo abrazo y me levanto el vestido que la Bruja ha intentado poner sobre mis bragas todo el día.

De noche es suyo y yo también.

Él duele. Un poco. Pero más duele ser esclava y bruja, tener esta potencialidad frustrada de fruta madura, pudriéndose muy lejos para ser disfrutada.

Él no duele tanto como la Bruja. Yo ya lo conozco y sé cómo piensa. Cómo ama en su cobardía. Cuando se engancha en mí, siento ternura. No me desangro más que cuando la bruja pone sus dedos afilados dentro de mí.

Hasta es. Más. Humano.

Y yo, mientras que esto dura, también.

Un poco.

Pero no dejo de ser bruja, me pongan lo que me pongan, me hagan lo que me hagan y sin importar a quién desee.

Y hoy invitaré a la Bruja a bañarse conmigo. La engañaré para que se derrita. Tomaré sus ropas, triunfal. Y ya me veo, antes de tiempo, llorándola y arañando mi propia cara, para que nuestras cicatrices se parezcan.

Cicatrices de sirvienta rebelde.

Cicatrices de reina orgullosa.

Es lo mismo.

La ropa de doncella es un elogio, en realidad: blanco de bruja, negro de bruja mala. Sólo soy sierva de la infección dentro de mí.

Usando el vestido de la bruja, oliendo como ella, soltándome el cabello oscurecido, me pregunto si la bestia me reconocerá.

Si no lo hace, tengo que matarla.

Y ese ya es otro tema, más digno de pena y lástima. Mi pobre amigo, ahí sí que pienso, metiéndome a la bañera de agua caliente y llamando, seductora, a que la Bruja a que me toque.

Y se derrita.

De todos modos, ella, en su esencia de serpiente, no es dueña de un león cobarde. Soy yo, en todo caso, como viuda negra.

(Y me preocupa tanto su daño como si fuera a darse contra mi piel. Una vez se cayó de su escoba y corrí yo a su lado, más rápido que nadie de su aquelarre)

Y yo la odio y lo deseo.

Y yo la amo y lo detesto.

Soy bruja y campesina. Sirvienta de brujas.

Amable y corrupta.

Ya era así cuando vine. Esta tierra es sólo una excusa y quizá la elegí o la soñé como todo lo demás.

Mi ropa es la noche.

Soy (in)domesticable.