La Joven de la Sangre de Oro.

Prólogo.

Era la noche de la Segunda Luna de Sangre en la ciudad de Mérida, Yucatán. En una casa ubicada cerca de una de las avenidas más emblemáticas de la capital yucateca, un grito ensordecedor se deja escuchar. En una de las habitaciones de aquella casa había una mujer tendida encima de una cama; con las manos agarrando fuertemente la tela que había sido amarrada en los bordes, la mujer empezó a pujar con todas sus fuerzas.

Estaba sola, tal vez acompañada únicamente de la luz de las velas que había encendido y colocado en cada uno de los extremos del cuarto, ya que en ese entonces la luz se la habían cortado el día anterior. El sudor caía de su frente, la respiración sonaba agitada, y sentía cómo su bajo vientre era desgarrado ante la fuerza del parto.

Pujó por segunda vez.

El dolor era intenso, pero Elisabeta Kapéiev-Ionescu sabía que debía ser aún más fuerte que ello; podrá quejarse del dolor, mas el amor materno podía más que cualquier cosa.

¿Dónde estará ese hombre que tanto le había endulzado el oído?, ¿la habrá abandonado al último momento o acaso él no había llegado a la ciudad aún? Dudaba mucho de que la haya abandonado; un hombre de su naturaleza no abandonaba a un amigo, a un compañero, o a ella, su propia esposa, y su propio hijo o hija a punto de nacer. Su familia.

Abrió los ojos.

La Luna Roja se alzaba gloriosa en el firmamento nocturno. Podía verla en su ventana: Grande como una pelota de fútbol, roja como la sangre e imponente como en tiempos pasados.

Pujó una tercera vez.

La puerta se abrió de manera violenta; un grupo de personas se introdujo en la pieza. La mujer esbozó una sonrisa al notar entre ellos a alguien familiar.

- Vassili… - murmuró mientras que el mencionado, un varón de cabellos castaños oscuros, se acomodó a su lado y la tomaba de la mano murmurando su nombre:

- Elisabeta…

- Está saliendo la cabeza – mencionó una mujer vestida de blanco mientras se quitaba el abrigo y se colocaba en posición frente a Elisabeta-. Una puja más y habrás terminado, Elisabeta.

La aludida asintió.

- Respira tranquilamente – instruyó la mujer de blanco -. A mi señal, puja.

Asintió nuevamente.

- ¡Puja!

Elisabeta empezó a pujar mientras que la mujer de blanco, quien era una partera, jalaba con mucho cuidado al bebé; éste, una vez fuera del vientre materno, el bebé empezó a llorar.

Vassili, sorprendido, no pudo evitar sentir que las lágrimas salieran de sus ojos; la partera, envolviendo al nuevo recién llegado en una manta, se incorporó y se la llevó a los orgullosos padres diciéndoles:

- Felicidades. Es una niña.

Los jóvenes unieron sus frentes y miraron con amor a su hija. La partera, volviéndose hacia un hombre de cabellos canosos, le dijo:

- ¿Crees que sería prudente dejar esto en manos de Vassili?

El hombre mayor miró atentamente a la joven familia y respondió:

- Es todo lo que podemos hacer por ahora.

Vassili levantó la vista.

- Si la niña es lo que creo que es, la Orden del Dragón no dudará en buscarla y apoderarse de su sangre – añadió -. Debemos impedir a toda costa que la encuentren.

Elisabeta, al escuchar esas palabras, abrazó con un poco más de fuerza a su hija mientras que Vassili, incorporándose, decía:

- Es mi hija de quien estamos hablando, Marcus. Es una criatura inocente como cualquier otra. Ella…

Miró disimuladamente a su hija, quien bebía leche del pecho de su madre.

- Ella no es lo que dicen la Antiguas Runas.

- No sabemos si lo es aún, Vassili – contestó Marcus -. Es posible que ella viniera a este mundo de manera coincidente…

Le dio la espalda y, mirando a la luna de sangre, concluyó:

- En la Noche del Primer Día del León.

- Al igual que muchos otros más – replicó Elisabeta.

- Yo no estaría tan segura de eso – interrumpió la partera -. Nada de lo que dicen las Antiguas Runas puede ser una simple coincidencia.

Elisabeta miró a su hija y acercó su mejilla a su frente. Marcus, viendo aquella escena, añadió:

- Le diré a David que envíe refuerzos. Jiraiya. Vassili. Elisabeta.

- Marcus – le respondió Vassili.

El hombre se marchó de la habitación. Jiraiya, volviéndose hacia la pareja, les dijo:

- En dado caso de que esta niña fuera la Sangre de Oro, lo mejor que deben hacer es esconderse…

- Yo no huyo – interrumpió Vassili con firmeza.

Jiraiya lo miró con sorpresa.

- Esta niña es el orgullo de mi clan. Mi orgullo. Ella es fuerte… Sé que lo es.

Miró con una sonrisa a su mujer y a su hija.

- Si morir por mi familia está en mi destino, entonces lo haré con gusto.

Elisabeta levantó los ojos y conectó su mirada con la de Vassili; la mujer de cabellos negros vio en aquellos ojos azules una verdad absoluta: El amor absoluto en su máxima expresión.

Amor…

Los hombres, y las mujeres, de su naturaleza no dudaban de ello, de dar la vida por sus amigos, por su familia, por la persona a la que aman. Solo ellos son capaces de llevar al límite las emociones humanas, de entenderlas y temerlas, de controlarlas en dado caso de que estén dañando sin querer a los demás; son capaces de amar sin esperar nada a cambio, son capaces de desear sin esperar a que sea retribuido. Son capaces de odiar, pero evitan destruir lo que aman.

Para ellos, el amor es el sacrificio, el trabajo en equipo, la lucha por salir adelante. Todo eso en el ser humano se ha extinguido hace mucho tiempo, pero en ellos, en los Nephilim, no.

Sonrió débilmente.

Amor… ¡Qué hermosa palabra!

Una lágrima empezó a salir de su ojo derecho mientras miraba a su hija dormir plácidamente en la chimenea. Sintiendo dolor en el vientre, se inclinó y le depositó el último beso de amor maternal en la frente de la niña; al separarse, vio que había dejado una mancha de sangre, pero no le tomó importancia.

- S-sé… Sé que sufrirás, hija mía – sollozó con dificultad -. S-sé que posiblemente tengas una infancia difícil, p-pero… Pero… Pero no te rindas. No te rindas ante las adversidades. Sé… Sé fuerte… Ama… No esperes nada a cambio. S-simplemente ama a tu prójimo…

Sus ojos castaños empezaron a oscurecerse.

- Te amo…

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- ¿Qué haremos con ella, Marcus? – preguntó Jiraiya con preocupación.

Marcus Ilona se volvió hacia Jiraiya Kazekage. Detrás de ella se encontraba el resto de los miembros del Covenant, quienes lo miraban expectantes, atentos a cualquier respuesta suya como jefe del Consejo. Luego desvió la mirada hacia la cuna de mimbre de la hija de Vassili y Elisabeta, quienes habían muerto asesinados horas atrás; la niña no paraba de llorar desde que había llegado a una de las tantas sedes del Covenant, ubicada debajo de la iglesia de El Jesús de Tercera Orden.

No pudo evitar sentir pena por la huérfana; la pequeña crecería sin saber quiénes eran sus padres ni el motivo por el cual habían muerto asesinados, pero, a su juicio, aquello sería lo mejor para ella. Al menos hasta que tuviera la edad suficiente para sopesar los hechos.

Era por eso que había tomado una decisión determinante.

- Hemos de buscar a un humano que pueda adoptarla – dijo mientras acariciaba con un dedo la mejilla de la recién nacida.

- ¡¿Un humano?! – exclamó Hubert Van Persie.

- Es una locura, Marcus – intervino Jiraiya.

- La niña es de los nuestros – añadió Victor Huyandyi -. No podemos dejarla con un humano.

- No hay otra alternativa – cortó Marcus con determinación -. Esta niña puede correr peligro con nosotros.

- ¿Peligro? – objetó Jiraiya – Marcus, no sabemos si ella realmente es la Sangre de Oro.

Los demás no podían estar más de acuerdo. Sin embargo, Marcus replicó con certeza:

- Jiraiya… La verdad no sé por qué, pero tengo la corazonada de que esta niña sí lo es.

Jiraiya notó en la voz del líder del Consejo y cabeza del clan Ilona un deje de confianza y temor; era como si ese hombre, el más longevo y sabio de su clan, pusiera toda su confianza en que aquella criatura, en caso de ser la Sangre de Oro, pudiera hacer un buen trabajo en mantener bajo su cuidado la Llave de la Prisión de Cronos.

Ilona, por su parte, se sentó al lado de la niña y meció su cuna.

Él era un hombre que confiaba más en el instinto que en cualquier otra cosa; por supuesto, no siempre le hacía caso, pero en esa situación, en ese momento, sintió que debía hacerle caso. Sintió que su nacimiento en una fecha común y durante un evento extraordinario no era una coincidencia.

Estaba seguro de que la niña poseía un enorme don, un gran poder; podía percibirlo ante el mero contacto del beso en la frente.

Esta niña es fuerte… Más fuerte que cualquiera de su clan… Que yo recuerde, solo habían dos personas que poseían semejante fuerza…

Levantó la mirada y se sobresaltó.

Frente a él estaba un niño de cabellos rubios, ojos azules, ataviado con un pantalón azul, camisa caqui y sandalias cafés. De su pequeño dedo índice salía un hilo rojo, el cual, tras recorrer con la vista la dirección, terminaba en el dedo índice de la bebé.

El niño rubio, con mirada curiosa, le preguntó:

- ¿Puedo verla, abuelo?

Marcus, aún lleno de sorpresa, asintió. El niño rubio, sonriente, se acercó a ellos a paso redoblado; en cuanto vio a la niña, el rubio se sintió feliz y exclamó:

- ¡Me gustas! Prometo cuidarte y protegerte… Eres muy bonita.

El jefe Ilona se conmovió ante semejante declaración.

- ¿Puedo darle un beso? – inquirió el niño.

- En la frente, caballerito – replicó el Nephilim.

- ¡Sí!

Increíble…, reflexionó el hombre. Mi nieto y esta niña están predestinados a estar juntos…

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Un gruñido surge de las profundidades del Lago del Hades; Caronte, el mítico Barquero de los Muertos, no se extrañó al principio de que los gruñidos de Cronos resonaran en el Lago. De todos modos él, siendo el encargado de guiar a las almas de los difuntos hacia el Cielo o el Infierno, siempre pasaba ante las puertas de ese último lugar para dejar en las orillas a los que cometieron un alto número de pecados.

Posiblemente eran gruñidos de satisfacción al ver a más infelices unirse a su mundo… O al menos eso pensó hasta que notó que las aguas del lago empezaron a crear ondas deformes conforme los gruñidos empezaron a aumentar de volumen.

Aquello empezó a asustar a Caronte.

Solo algo podía poner a Cronos en un estado de furia y desesperación, posiblemente hasta de felicidad si el sello estuviera debilitándose.

El Sello de Pandora, pensó mientras dirigía su mirada hacia las rejas de hierro candente en donde se encontraba encerrado el legendario Rey del Mal. Ahí, en el centro, estaba una figura, una runa Calice para ser exacto. Aquél sello estaba desgastado, pero, a juzgar por sus cálculos, todavía podía aguantar durante 25 ó 30 años, tiempo durante el cual debería nacer, según las Antiguas Runas, la nueva Sangre de Oro.

Abrió la boca de sorpresa.

Desviando su remo, se dirigió hacia Manala, el Camino Medio entre el Cielo y el Infierno.

Que Yahveh cuide a esa criatura que nació esta noche, en la Segunda Luna de Sangre, porque Cronos ya sabe que su enemigo nació y está dispuesto a matarle.

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Jiraiya se levantó estrepitosamente de la mesa. Negumi, su hija, la miró con preocupación.

- ¿Qué sucede, madre? – preguntó - ¿Qué es lo que percibes?

La japonesa se fue corriendo hacia la biblioteca; ahí, se inclinó en el centro del piso y empujó un azulejo hacia adentro. El piso se abrió y dio paso a una columna con un libro antiguo de forro animal; tomó el libro y lo abrió.

- ¿Qué sucede, madre? – insistió Negumi.

La mujer se detuvo en una página y empezó a leer:

Durante el Año de la Segunda Luna de Sangre una nueva Sangre de Oro surgirá, siendo fruto de la unión entre un humano y un Nephilim. Esto solamente sucederá si el Sello empezara a debilitarse en un espacio poco menor de 30 años…

- El Sello… ¡Oh, Dios, Marcus tenía razón!

Negumi la seguía mirando sin entender. Jiraiya, acercándose hacia la ventana, contempló cómo la Luna de Sangre desaparecía lentamente.

- Cronos ya lo sabe…